Città Nuova

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Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n.14/2009

Algunas encíclicas de los Papas han marcado diferentes cambios de etapa a lo largo de la historia. La Rerum Novarum dio voz a todo un movimiento cultural y social que buscaba respuestas a la crisis planteada por la cuestión social que generó el primer capitalismo industrial. La Quadragesimo Anno supuso, en momentos oscuros para Italia y para Europa, un grito de libertad y fraternidad. Su símbolo, el principio de subsidiaridad, resonó como un programa de liberación ciudadana en aquellos momentos oscuros. La Populorum Progressio, surgida en una fase de protesta social y cultural que denunciaba las limitaciones del capitalismo de segunda generación, representó para toda una generación, la del post-concilio, dentro y fuera de la Iglesia, un manifiesto para el compromiso social, económico y político.

La Caritas in Veritate es otro acontecimiento que jalona la historia actual. La última encíclica de Benedicto XVI debe ser recibida con alegría y esperanza por quienes operan en el ámbito civil, económico o político. La encíclica supone, al mismo tiempo, una continuidad con las enseñanzas sociales de la Iglesia y una importante innovación (sobre la que habrá que reflexionar mucho durante los próximos años).

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Antes que nada, el papa invita ya desde las primeras líneas de la carta, a superar una de las contraposiciones más radicales de nuestra sociedad: la que se supone que existe entre el ámbito o la lógica del don y de la gratuidad y el ámbito o la lógica del mercado. Esta necesidad de unidad es el corazón del mensaje de la Caritas in veritate y representa un punto de extraordinaria fuerza profética. Nada hay más ausente hoy del debate económico, de los mercados y de las empresas, que la gratuidad. Quienes hablan de gratuidad en economía son tomados por ingenuos, impostores («¿qué habrá detrás?»), y en todo caso peligrosos para el funcionamiento de los mercados y las empresas.

En efecto, por una parte a la gratuidad se la confunde (desnaturalizándola) con lo que no cuesta dinero o con la filantropía. Por la otra, el don se equipara con el regalo o con los artículos promocionales de las empresas. En realidad, tal y como nos recuerda el papa, la gratuidad tiene que ver con la charis, con la gracia y con el ágape, la palabra griega que los latinos tradujeron como caritas para poner aun más de relieve el estrecho vínculo que existe entre el amor cristiano y la charis, la gracia.

La gratuidad es gracia, puesto que es un don no sólo para los destinatarios de los actos de gratuidad, sino también para quienes los realizan, ya que la capacidad de amar gratuitamente siempre es algo que sucede dentro de nosotros y nos sorprende siempre, como cuando somos capaces de volver a empezar después de un gran fracaso o de perdonar verdaderamente errores graves de los demás. Esta es la gratuidad que el mercado capitalista no conoce y que esta encíclica, en cambio, nos invita a poner en el centro de nuestras relaciones económicas, políticas y sociales, allí donde parece imposible, pero donde ya hay muchas personas que la viven, en la economía «civil y de comunión» (n. 46).

Así se comprende la fuerte invitación del papa a superar la distinción entre profit (beneficio) y non-profit (sin ánimo de lucro). No existen ámbitos o sectores para la gratuidad, sino que todas las empresas, cualquiera que sea su forma, están llamadas a la gratuidad, que es la clave de lectura de lo humano. Si una empresa, con o sin ánimo de lucro, no está abierta a la gratuidad no es una actividad humana y por ello no puede dar frutos de humanidad. Y se comprende también el porqué. Benedicto XVI nos recuerda que el beneficio no puede ni debe ser el fin de la empresa, sino solo un elemento más, que ni siquiera es el más importante.

Al relanzar la gratuidad en el ámbito de la economía, la encíclica llama al mercado a descubrir su vocación de encuentro entre personas libres e iguales y lanza una crítica radical al capitalismo (precisamente por ello este término ni siquiera se cita en el texto). Solo salvaremos el mercado y la civilización que conlleva si superamos este capitalismo, hacia una economía civil y de comunión.

Tras la primera encíclica sobre la caridad y la segunda sobre la esperanza, cabría esperar que la tercera tratase de la fe. Y efectivamente así ha sido, ya que solo una visión del hombre, una antropología que cree en la persona hecha a imagen de un Dios comunión, con el made in trinity impreso en su ser, puede recoger la invitación a la gratuidad también en este mundo, en esta economía. En esta apuesta antropológica reside también la esperanza de que la economía que se anuncia deje de ser una utopía (un no lugar), para ser una eutopía (un buen lugar), el lugar de lo humano.

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La novedad: gratuidad y mercado

La novedad: gratuidad y mercado

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Editorial

Luigino Bruni
publicado en Città Nuova N.08/2009

Los emails están contribuyendo, y no poco, al deterioro de las relaciones interpersonales. Para cosas poco importantes los emails son un invento espléndido (información, comunicación, envío de documentos, etc.), pero para mantener relaciones más significativas, sobre todo en el trabajo, los emails se están revelando como un instrumento muy peligroso, sobre todo cuando recurrimos al email para resolver problemas.

Personalmente no recuerdo haber resuelto nunca un problema con un email. Suele ocurrir que cuando alguien nos escribe un email para señalarnos un problema o para expresar una protesta, casi siempre lo interpretamos peyorativamente. Normalmente ese email va seguido de una o varias respuestas que casi siempre empeoran aun más la situación.

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¿Por qué? Por varios motivos. En primer lugar, la inversión (de tiempo, por ejemplo) necesaria para escribir y enviar un email es muy baja, en comparación con la vieja carta en papel. La tendencia es a ser cada vez más rápidos y a prestar menor atención a los adjetivos y adverbios de los que depende mucho el tono afectivo de cualquier comunicación.

En segundo lugar, cuando escribimos un email decimos cosas para desahogarnos que nunca diríamos en una relación cara a cara – tanto es así que cuando después nos encontramos en el pasillo con el destinatario de uno de estos emails muchas veces nos ruborizamos arrepentidos de haberlo enviado.
Además los emails los leemos en solitario, delante de un PC, en un ambiente que no siempre es positivo.

Algunos consejos prácticos:

  1. Cuando se escribe un email de reacción ante un problema o de protesta, no enviarlo nunca si haberlo leído antes un par de veces;
  2. No enviarlo inmediatamente después de escribirlo, dejar pasar algunas horas; seguro que el enfado y la intransigencia habrán disminuido;
  3. Puesto que sabemos que la interpretación del lector tiende a ser peyorativa, hagamos que las atenciones y precauciones sean abundantes;
  4. No usar el email cuando hay un problema con una persona; siempre es mejor llamar a la puerta y reunirse con el otro, posiblemente fijando una cita de antemano para prepararse recíprocamente. Es cierto que el coste inicial y el riesgo ante un encuentro personal es mayor que el del email, pero el resultado en términos relacionales es infinitamente mayor;
  5. Por último, si queremos escribir algo importante a alguien, olvidémonos del email, tomemos el bolígrafo, compremos un sello, vayamos al correo y escribamos una bonita carta. Ese coste será una inversión en una relación.
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Luigino Bruni
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Peligroso correo electrónico

Peligroso correo electrónico

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Luigino Bruni
publicado en Città Nuova N. 07/2009

Por fin se ha presentado el plan de la administración USA para sacar a las finanzas y a la economía norteamericana de la crisis. Pocos días antes a todos nos había alegrado el anuncio de Obama de gravar con un impuesto del 90% las fabulosas primas económicas recibidas por los directivos de los grupos aseguradores (en especial AIG) rescatados con el dinero de los ciudadanos de las funestas operaciones de realizadas por ellos mismos.

Sin embargo, a la vista de la intervención de tipo financiero que se acaba de decidir, no me queda más remedio que expresar mi profunda duda, tanto desde el punto de vista de la eficacia como de la equidad. El gobierno norteamericano ha anunciado que el Estado y la Reserva Federal (la FED, el banco central de EEUU)  se harán cargo de buena parte de los activos tóxicos de los que en estos momentos están llenas las cajas de los bancos americanos y de todo el mundo. A diferencia de la propuesta de Bush (rechazada por los mercados financieros), en esta nueva operación se quiere que el sector público (Estado y FED) salve las finanzas en colaboración con el mercado, mediante la creación de nuevos fondos que serán comprados por el sector privado en subasta.

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Se trata de fondos especiales, ya que gracias a la fuerte intervención pública, los compradores obtienen grandes ventajas tanto en términos de rentabilidad como de riesgo (que recae casi por completo sobre el gobierno y la FED).

¿Qué se pretende conseguir con una operación como esta? Curar la enfermedad con el mismo virus que la causó. De hecho, los que mayor partido sacarán de esta operación (de resultado final muy incierto) serán los mismos protagonistas de la crisis (así se explica el entusiasmo de Wall Street). Con toda probabilidad, los primeros que van a participar en estas subastas drogradas serán precisamente los creadores de esos activos tóxicos, que son quienes conocen mejor que nadie su valor efectivo.

Los segundos que van a ganar con esta operación son las agencias de rating que tendrán ingresos extraordinarios por la certificación de los nuevos títulos que se van a emitir. Un excelente premio para quienes se encuentran entre los principales responsables de esta crisis. Tengo que confesar que esta maniobra me sorprende y me preocupa mucho. ¿No se podía haber esperado a primeros de abril para acordar una acción mundial anticrisis durante el G20? Cierto es que Estados Unidos ha desencadenado esta crisis, pero no es menos cierto que no puede salir de ella en solitario.

Muchas personas han depositado una gran esperanza en el presidente Obama. Sin embargo, sus asesores económicos parece que están perfectamente alineados con el pensamiento único del capitalismo financiero. El primer enemigo del que Obama se tendrá que defender es precisamente ese capitalismo especulativo y sin prejuicios que ha crecido durante las dos últimas décadas de neoliberalismo y que sigue en su puesto después de las elecciones políticas.

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Luigino Bruni
publicado en Città Nuova N. 07/2009

Por fin se ha presentado el plan de la administración USA para sacar a las finanzas y a la economía norteamericana de la crisis. Pocos días antes a todos nos había alegrado el anuncio de Obama de gravar con un impuesto del 90% las fabulosas primas económicas recibidas por los directivos de los grupos aseguradores (en especial AIG) rescatados con el dinero de los ciudadanos de las funestas operaciones de realizadas por ellos mismos.

Sin embargo, a la vista de la intervención de tipo financiero que se acaba de decidir, no me queda más remedio que expresar mi profunda duda, tanto desde el punto de vista de la eficacia como de la equidad. El gobierno norteamericano ha anunciado que el Estado y la Reserva Federal (la FED, el banco central de EEUU)  se harán cargo de buena parte de los activos tóxicos de los que en estos momentos están llenas las cajas de los bancos americanos y de todo el mundo. A diferencia de la propuesta de Bush (rechazada por los mercados financieros), en esta nueva operación se quiere que el sector público (Estado y FED) salve las finanzas en colaboración con el mercado, mediante la creación de nuevos fondos que serán comprados por el sector privado en subasta.

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Obama y las finanzas: una duda

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de Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n.4/2009

Si alguien quiere explicar a sus hijos la actual crisis y carece de tiempo o de ganas para estudiar los complicados mecanismos financieros, existe otro camino sencillo y eficaz: leer con ellos el capítulo XIV de Las Aventuras de Pinocho, de Collodi. « Cuando ya estaban a mitad del camino, la zorra se detuvo de pronto y dijo a Pinocho: “¿Quieres aumentar tus monedas de oro?”    “¿Cómo?”   “¿Quieres hacer con solo esas cinco monedas, ciento, mil, dos mil?”   “¡Ya lo creo! Pero, ¿de qué modo?”.   “De un modo muy sencillo. En vez de ir a tu casa, vente con nosotros”   “¿Y adónde vamos?”   “Al país de los búhos”. »

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Pinocho al principio no se cree la promesa y quiere volver a casa, pero el gato y la zorra insisten y le convencen, diciéndole: « "De hoy a mañana, tus cinco monedas se hubieran convertido en dos mil”.  “Pero, ¿cómo es posible que se conviertan en tantas?, preguntó Pinocho. Le respondieron: “Sabrás que en el país de los búhos hay un campo extraordinario, al cual llaman todos el Campo de los Milagros. Tú haces un agujero en aquel campo y metes, por ejemplo, una moneda de oro. Tapas después el agujero con tierra, lo riegas con un poco de agua de manantial, echas encima un poquito de sal y ya puedes irte tranquilamente a dormir a tu cama. (…)  ¿Sabes lo que encuentras? Pues un hermoso árbol que está tan cargado de oro como las espigas lo están de granos de trigo en el mes de junio” ». Pronto explica el gato esta original operación: «Nosotros no trabajamos por el vil interés; trabajamos sólo por enriquecer a los demás».

Muchos de los protagonistas de la crisis se han comportado igual que el gato y la zorra y muchas familias, bancos centrales y políticos, igual que Pinocho, creyendo en sus promesas sin escuchar al sabio Pepito Grillo: «¡Hijo mío, no te fíes de los que te ofrecen hacerte rico de la noche a la mañana! Generalmente, o son locos o embusteros que tratan de engañar a los demás. Créeme a mí, que te quiero bien: vuélvete a tu casa ».

En esta historia no hay títulos derivados ni estructurados, no hay brokers de Wall Street ni hipotecas subprime (véase el artículo de  Ferrucci sobre las finanzas creativas, en su blog), pero este hermoso capítulo de Pinocho encierra dentro de sí todos los elementos básicos y la lógica de lo que hemos vivido. En las finanzas no existen los milagros. La riqueza que crea desarrollo y vida buena es la que nace del trabajo humano.

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Pinocho y la crisis

Pinocho y la crisis

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Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n. 02/2009

Un día, poco antes de Navidad, me coincidieron dos compromisos en dos ciudades distintas, separadas por los Apeninos. Llego la víspera al aeropuerto de Fiumicino, me dirijo a la puerta de embarque y me siento tranquilamente a esperar. Cuando comienza el embarque me doy cuenta de que estaba esperando en la puerta equivocada y de que mi vuelo acaba de salir. Ya no tengo posibilidad de salir hacia Génova. El primer vuelo de la mañana siguiente sale demasiado tarde como para llegar a tiempo. ¿Qué hacer? Llamo a una amiga que tiene un amigo en el aeropuerto y consigo plaza para Milán. Desde allí, gracias a otros dos amigos, consigo llegar a Sestri Levante y finalmente, por la tarde, también a Cremona.

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Antes de salir yo había organizado todo confiando en el mercado (aviones, taxi, trenes), pero un despiste hizo que toda mi organización fuese en vano. Si aquel sábado no hubiese tenido amigos, no habría podido atender mis compromisos. Hoy el mercado se presenta como un gran mecanismo de sustitución de la amistad. Gracias al mercado, en nuestra sociedad podemos obtener de los demás las cosas y los servicios que necesitamos sin que los demás sean nuestros amigos o nos quieran. Esta fue la gran intuición que inspiró la obra de los primeros economistas (sobre todo de Adam Smith) y su entusiasmo por la sociedad de mercado, que es una gran empresa cooperativa, que funciona (o parece funcionar) sin necesidad de amor recíproco.

En realidad –y mi aventura aérea es prueba de ello-, el mercado es un sustituto de la amistad para cosas que en definitiva son muy sencillas. Pero si la vida se nos complica un poco, en seguida nos damos cuenta de que una vida sin amigos no sólo no nos hace felices (esto ya lo sabemos), sino que tampoco funciona en los momentos importantes. Mientras seamos jóvenes y sanos, mientras dispongamos de bienestar y carezcamos de imprevistos, el mercado es un instrumento útil que hace que nos sintamos casi omnipotentes.

Pero en cuanto llega una enfermedad seria, o la vejez, o la pobreza, o… se pierde el último avión, redescubrimos la verdad que contiene esta hermosa frase de Aristóteles: Nadie quiere vivir sin amigos.

Sobre esto y sobre otras muchas cosas hemos hablado en Aosta, en unas Jornadas sobre Felicidad y Vida cívica. Entre otros participantes, la filósofa americana Martha Nussbaum nos ha recordado una verdad antigua pero muy actual: una vida feliz necesita bienes relacionales, amistad. Sin embargo, esta necesidad hace también que la vida sea frágil, porque nunca podemos saber si los amigos van a responder a nuestro amor o si nos van a dejar, a traicionar, a herir.

Esta tensión vital no tiene cura. La existencia solo florece plenamente si se convive con esta ambivalencia.

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Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n. 02/2009

Un día, poco antes de Navidad, me coincidieron dos compromisos en dos ciudades distintas, separadas por los Apeninos. Llego la víspera al aeropuerto de Fiumicino, me dirijo a la puerta de embarque y me siento tranquilamente a esperar. Cuando comienza el embarque me doy cuenta de que estaba esperando en la puerta equivocada y de que mi vuelo acaba de salir. Ya no tengo posibilidad de salir hacia Génova. El primer vuelo de la mañana siguiente sale demasiado tarde como para llegar a tiempo. ¿Qué hacer? Llamo a una amiga que tiene un amigo en el aeropuerto y consigo plaza para Milán. Desde allí, gracias a otros dos amigos, consigo llegar a Sestri Levante y finalmente, por la tarde, también a Cremona.

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Amistad y libre mercado

Amistad y libre mercado

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Pasar del consumo individual al colectivo. Menos cosas y más bienes de ciudadanía.

de Luigino Bruni
Publicado en Città Nuova nº. 01/2009

Los debates sobre la crisis que aparecen continuamente en los medios de comunicación presentan un escenario con dos únicos actores, que son siempre los mismos: Mercados y Estado. La discusión, tanto sobre el origen de la crisis como sobre sus posibles vías de solución, se mueve siempre entre estos dos polos. Pero pocas veces se pone de relieve que por detrás, por delante y al lado de esta crisis, lo que hay es, sobre todo, una crisis moral, civil, política y antropológica, que afecta a nuestra relación con los bienes y a nuestros estilos de vida.

 

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Tomemos como ejemplo la insistente invitación a consumir más que invade nuestras casas estos días. Quienes lanzan este tipo de recetas para salir de la crisis, siguen considerando lo que ocurre como una enfermedad interna del sistema económico. Por eso la quieren resolver sin salirse del ámbito de la economía, a lo sumo volviendo a poner en el centro a la economía real (producción y consumo) que había quedado desplazada en estas décadas de borrachera financiera. En realidad las cosas son más complicadas y en buena medida son distintas de como nos las cuentan. Podríamos resumirlo de este modo: el consumo no es la cura, sino la enfermedad. Veamos por qué.

Uno de los principales factores desencadenantes de la crisis fue el llamado “caso de las hipotecas subprime”. Las familias americanas habían llegado a un punto en que ya no consumían lo suficiente (la industria automovilística, por ejemplo, ya había entrado en crisis), así que había que relanzar el consumo. La compra de una casa pareció un buen instrumento, pero había que rebajar los tipos de interés para hacerla posible. Pero con tipos bajos los bancos ganaban poco. Así se produjo la expansión de los mercados de títulos derivados, con tipos de interés artificialmente más altos. Hoy, para salir de esta crisis, se plantean cosas parecidas. Resulta raro y grave que tanto economistas como políticos permanezcan callados y no digan nada: en Estados Unidos los tipos de interés están cerca del 0% y Europa parece seguir el mismo camino. Todo para relanzar una vez más el consumo. Pero de vez en cuando deberíamos recordar que el interés no es sólo un coste para las empresas y las familias endeudadas, sino que también es un ingreso para quienes prestan dinero a esas empresas y familias. Pero, sobre todo, los tipos de interés, en una economía sana, son también un indicador de confianza y de esperanza en el futuro: hoy invierto 100 y mañana espero recibir los frutos de esa inversión. Un tipo de interés cero indica precisamente la ausencia de la confianza y la esperanza que se pretenden “relanzar”. Además ¿quién está dispuesto a prestar dinero a tipo cero? ¿Las familias? ¿El estado?  Pero si el estado no consigue vender todos los títulos que emite, la crisis llegaría a ser verdaderamente insostenible.

Entonces ¿podemos hacer algo que sea creíble y sostenible?
Antes que nada hay que relanzar el consumo colectivo y comunitario y reducir el consumo individual. Muchos han acogido con entusiasmo, por ejemplo, la implantación de la “social card”, porque se trata de otro instrumento para relanzar el consumo. Pero a la vez se está reduciendo, y se reducirá aun más, la transferencia de impuestos a las administraciones locales, que se traducirá en una disminución de bienes y servicios públicos, tales como el transporte, la sanidad y la educación (también hay que leer la crisis de la educación desde esta perspectiva). Así pues, el problema no es sólo el consumo, sino el tipo de consumo. Si los transportes y la sanidad disminuyen o empeoran y el trabajo se hace más inestable y precario, el costo para las familias es mucho mayor que los escasos cientos de euros de la social card. Es en las necesidades y en los bienes colectivos donde se juega hoy no solo el relanzamiento de la economía, sino también de la democracia y la ciudadanía.

Finalmente, la política económica debe ser más valiente y coherente. En primer lugar hay que recordar la antigua verdad (hoy totalmente olvidada) de que la primera manera, y la más seria, de relanzar el consumo es relanzando la ocupación y el trabajo. Cuando se está desempleado, la invitación al consumo es frustrante y ofende profundamente a las personas.
Además, no es posible denunciar, por una parte, la cuestión medioambiental y energética y por la otra impulsar el consumo de automóviles o hacer que los transportes públicos sean más escasos y más caros. Una política económica seria debería hoy incentivar el transporte público, hacerlo económico y accesible, cerrar al tráfico el casco histórico de las ciudades, desincentivar el uso del automóvil particular, sobre todo el de gran cilindrada. Se trata de políticas económicas anti-populares, que conllevan un coste y que exigen el compromiso de todos, pero que, precisamente por ello, si se llevan a la práctica, pueden ser sostenibles y serias.

En este nuevo año no se trata de consumir necesariamente menos (que también), sino sobre todo de consumir de otra manera: menos cosas y más bienes de ciudadanía, menos consumo privado y más consumo colectivo y público.

Una última nota. Es necesario que también con respecto al consumo empecemos a pensar globalmente. La globalización debería llevarnos a pensar en relanzar el consumo “bueno” en términos globales y no vinculado solo a una nacionalidad. Sin una política mundial que se ocupe del consumo colectivo y público de los países que siguen excluidos, es difícil imaginar una auténtica salida de la crisis. Hoy nos encontramos ante un cambio de época, que no puede quedar sólo en manos del consumo y del ahorro privado, ni sólo en manos de los gobiernos nacionales o regionales. Es necesaria una alianza global y mundial que, después de haber globalizado los costes de la economía global y sus fragilidades, empiece a globalizar los derechos y las oportunidades para todos los ciudadanos del mundo. ¿Es una utopía? No lo creo. Hay que pensarlo, imaginarlo, desearlo y a continuación empezar por nosotros mismos.

Vita:


El semanario Vita va a publicar mi “vocabulario de economía civil”, que aparecerá todas las semanas a partir del 9 de enero. La primera palabra será “trabajo”.

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Cambiemos de consumo (y de lógica)

Cambiemos de consumo (y de lógica)

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Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n. 19/2008

La actual crisis financiera está mostrando con gran fuerza la fragilidad y vulnerabilidad del capitalismo. En el sistema económico tradicional, una crisis como la actual no podía ni imaginarse. En aquellas economías se consumía lo que se producía y la renta de las personas y de los países era un indicador de lo que una familia o un país podían permitirse gastar e invertir.

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Las grandes crisis económicas (como la del 29) sólo podían ocurrir por una crisis de la economía real (quiebras de empresas), que producía desempleo y con él una reducción de los ingresos familiares.

Aquel sistema económico tradicional entró en crisis con el capitalismo financiero, que cambió la naturaleza del sistema económico y de la sociedad. Los bancos y las instituciones financieras han ido progresivamente cambiando su naturaleza, transformándose en especuladores, cuyo objetivo principal es el de conseguir beneficios (cuantos más mejor), olvidando poco a poco la función social que siempre habían desempeñado y siguen desempeñando. Este cambio ha producido algunas cosas útiles, pero a un precio muy alto: la tremenda fragilidad del sistema económico. El primer economista que anunció (en 1936) la nueva naturaleza financiera del capitalismo y su radical fragilidad fue el inglés Keynes, a quien deberíamos volver a leer y meditar.

Así pues, las crisis, como la que estamos viviendo, son la norma y no la excepción en nuestro capitalismo, sobre todo hoy, cuando la globalización amplifica los efectos de la crisis. La inestabilidad y la fragilidad no son más que la otra cara de un modelo de desarrollo que permite que 1.000 dólares de ingresos se conviertan en 5.000, 10.000 o 50.000 sin relación alguna con la economía real ni con el trabajo humano. Deberíamos ir acostumbrándonos a las crisis como esta y otras más devastadoras y prepararnos para limitar los daños, mientras este capitalismo no evolucione hacia algo distinto, más acorde con la persona y el medio ambiente.

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Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n. 19/2008

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El capitalismo financiero, contra las cuerdas.

El capitalismo financiero, contra las cuerdas.

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Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n. 18/2008

He pasado unos días de vacaciones en Sicilia.
Al volver a casa, pregunté a un señor cómo podía ir a pie al aeropuerto. Este señor, en vez de contestarme, tomó su automóvil y me llevó al aeropuerto (¡que estaba a 15 kilómetros!).

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Poco acostumbrado a estos gestos, desde que vivo a caballo entre Roma y Milán, acepté entre asombrado y agradecido, reflexionando conmigo mismo acerca del altruismo y la reciprocidad. Cuando supo que no era de Trapani, se desvió por el centro con el único objetivo de enseñarme los tesoros de su ciudad: iglesias, monumentos, el órgano más antiguo de Europa… Hablaba de ellos como si se tratara del patrimonio familiar. ¿Por qué habrá gastado este señor media hora de su tiempo para llevarme al aeropuerto y enseñarme el centro histórico?
Podría haber muchas explicaciones, pero la que hoy me parece más auténtica está en sus cromosomas: ese hombre lleva inscrita en su ADN una cultura de la acogida y la hospitalidad que le ha llevado a ver en mí a un individuo parecido al comerciante cartaginés o al marino árabe a quienes sus abuelos acogieron y tal vez dieron hospitalidad en sus casas. Esto se llama cultura.
Estoy convencido de que el futuro próximo, también el futuro económico, del sur de Italia y de la zona mediterránea, pasará por la transformación de ese patrimonio cultural en recurso para el desarrollo.
Hoy se habla mucho de turismo relacional, ya que el mercado se ha dado cuenta de que la gente, cuando va de vacaciones o cuando viaja en busca de arte y cultura, no pide sólo lugares bonitos y museos; quiere también construir relaciones auténticas con la gente que conoce al hacer turismo. No se conforma con frías prestaciones comerciales, sino que desea también bienes relacionales. El problema surge cuando nos damos cuenta de que las relaciones auténticas son como el valor: o se tiene o no se tiene.
En los cursos de formación para el turismo relacional se puede aprender a ser educados, amables, atentos y a poner a la persona en el primer lugar. Pero ese toque humano genuino de un hotelero o del dueño de una casa rural, hecho de simpatía y espontaneidad (fruto de siglos de cultura), no se puede aprender en ningún curso del municipio o la provincia. Es en este frente cultural donde la globalización encuentra (por suerte) su límite: se puede globalizar la técnica pero no el hecho de nacer y crecer en las islas Egadi.
Regresé a casa feliz, porque mientras haya alguien dispuesto a gastar su tiempo para hablar de sus monumentos con un forastero, hay esperanza para el Bel Paese.

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Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n. 18/2008

He pasado unos días de vacaciones en Sicilia.
Al volver a casa, pregunté a un señor cómo podía ir a pie al aeropuerto. Este señor, en vez de contestarme, tomó su automóvil y me llevó al aeropuerto (¡que estaba a 15 kilómetros!).

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El sur de Italia, valor añadido

El sur de Italia, valor añadido

Luigino Bruni publicado en Città Nuova n. 18/2008 He pasado unos días de vacaciones en Sicilia. Al volver a casa, pregunté a un señor cómo podía ir a pie al aeropuerto. Este señor, en vez de contestarme, tomó su automóvil y me llevó al aeropuerto (¡que estaba a 15 kilómetros!).
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Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n. 15/2008

La actual crisis del precio de las materias primas nos permite reflexionar un poco sobre nuestro modelo de desarrollo. En primer lugar nos hace ver a escala global y no sólo para algunos países como ocurría en el pasado reciente (de Argentina a Mexico), la gran capacidad que tiene la especulación financiera para influir en la vida diaria de las familias, una influencia casi siempre negativa.

Nadie niega que las finanzas sean hoy indispensables para las modernas economías de mercado. En cambio surgen muchas dudas cobre su papel civilizador, sobre todo cuando afectan (también por la crisis americana de las hipotecas) a las materias primas, que están en la base de todos los precios, desde el pan a la gasolina. ¿Cómo actúa en estos casos la especulación? Sigue la misma lógica que los barcos cuando frenan su carrera, o las petroleras cuando extraen más despacio o las refinerías cuando retrasan el trabajo, simplemente porque saben que si venden sus productos una semana más tarde el precio de venta habrá aumentado.

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La especulación financiera no hace más que amplificar esta lógica oportunista, dando como resultado que hoy tengamos que pagar el petróleo al menos 50 dólares más por barril que si se aplicaran simplemente las reglas de la oferta y la demanda. Estamos ante una burbuja especulativa típica, que nadie sabe cuándo explotará (personalmente creo que lo hará pronto).

¿Qué podemos hacer? Las recetas son muchas, pero aquí solo quiero proponer una reflexión. Algunos pioneros (individuos, instituciones, empresas) hace tiempo tomaron, por razones éticas, decisiones económicas contra corriente: consumo ético y sobrio, inversiones en títulos eco-sostenibles, recogida diferenciada de residuos, energías alternativas, estilo de vida vegetariano, etc. Hasta hace poco, esas decisiones parecían solamente opciones éticas, no convenientes desde el punto de vista económico y no incentivables a gran escala. La crisis actual y sobre todo la que se avecina, están haciendo que esas opciones éticas sean más convenientes: quienes hayan hecho propios esos estilos de vida y consumo ético hoy tendrán ventaja desde el punto de vista económico. Muchas veces, en el curso de la evolución, un cambio medioambiental ha causado la extinción de especies fuertes y numerosas y ha hecho emerger otras. La actual crisis económica y climática puede favorecer la asunción de estilos de vida y modelos de desarrollo más respetuosos con la persona y con la naturaleza.

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Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n. 15/2008

La actual crisis del precio de las materias primas nos permite reflexionar un poco sobre nuestro modelo de desarrollo. En primer lugar nos hace ver a escala global y no sólo para algunos países como ocurría en el pasado reciente (de Argentina a Mexico), la gran capacidad que tiene la especulación financiera para influir en la vida diaria de las familias, una influencia casi siempre negativa.

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Especulación, sobriedad y conveniencia

Especulación, sobriedad y conveniencia

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Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n. 12/2008

Hay un hecho evidente del que no se habla mucho: el hambre de una parte de la humanidad es una relación enferma y no una variable independiente. Entre el hambre de los más pobres y el consumo exagerado del norte hay una clara y fuerte correlación. Si queremos cambiar seriamente el escenario actual caracterizado por una minoría opulenta y una mayoría indigente (no solo de alimentos, sino también de derechos y libertades), debemos desplazar nuestra atención del plano económico y político (que siguen siendo co-esenciales) al plano cultural.

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Chiara Lubich resultó profética cuando, al lanzar la Economía de Comunión hace años, decía: Sin una cultura nueva no se hace una economía nueva. No es casualidad que una parte de los beneficios de las empresas se utilicen para la formación cultural no sólo de quienes reciben ayuda, sino también y sobre todo de quienes donan los beneficios. Cambiar el estilo de vida es la condición necesaria para darle la vuelta al problema del hambre en el mundo. Un cambio por parte de los países menos desarrollados económicamente, pero sobre todo un cambio en los que quieren ayudar. La primera acción que hay que acometer para vencer el hambre en el mundo es ordenar la propia vida personal, familiar, comunitaria, política e institucional hacia la sobriedad y la comunión, consumiendo menos y de otra manera, primando experiencias como el comercio justo, las empresas verdaderamente responsables y las finanzas éticas, en lugar de productos de alto impacto ambiental y cívico.

La miseria, el hambre y las crisis del medio ambiente están demasiado relacionadas entre sí como para poderlas abordar por separado. En el libro del Génesis, el gran código antropológico, no sólo religioso, de nuestra civilización, encontramos una señal fuerte a este respecto. Cuando Dios confía a Adán y Eva el jardín les pide que lo guarden. Cuando Caín mata a Abel, a la pregunta de Dios ¿dónde está tu hermano?, él responde: ¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano? Quien no es capaz de guardar a su propio hermano, tampoco es capaz de cuidar la tierra. Pero cuando no se es guardián, se es asesino, no hay término medio neutral. Sólo un gran cambio cultural, que nos haga pasar de la mutua indiferencia del mercado al cuidado del otro, puede llevar a solución la grave crisis medioambiental, ética y social de nuestro tiempo.

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Luigino Bruni

publicado en Città Nuova n. 12/2008

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Cuidar

Cuidar

Luigino Bruni publicado en Città Nuova n. 12/2008 Hay un hecho evidente del que no se habla mucho: el hambre de una parte de la humanidad es una relación enferma y no una variable independiente. Entre el hambre de los más pobres y el consumo exagerado del norte hay una clara y fuerte correlación. Si...
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Dar confianza en las relaciones cívicas, sociales y económicas puede ser arriesgado, pero produce bien común. Un estudio de Vittorio Pelligra.

Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n. 4/2008 

La confianza juega un papel fundamental también en las complejas estructuras sociales globalizadas de hoy en día. Cada vez está más documentado que las economías y las sociedades que funcionan y crecen son aquellas en las que las personas se ven unas a otras como sujetos dignos de confianza y consideran la traición de la confianza como una excepción a la regla.

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Donde sucede lo contrario, es decir donde cada uno (estado incluido) trata a los demás como potencialmente deshonestos, la economía no es la única que no crece, sino que la vida cívica retrocede y los conflictos aumentan. El dicho “fiarse está bien pero no fiarse es mejor” es peligroso y dice mucho de la cultura de un pueblo y de sus peligros.
La vida en común se rige por pactos implícitos de confianza, sin los cuales no sólo no podríamos realizar intercambios en el mercado, sino tampoco llevar al niño a la escuela o preguntarle a un farmacéutico.
Más que el interés, el gran adhesivo de la sociedad es la confianza.
Pero en cuanto queremos comprender la morfología de la confianza y saber algo acerca de cómo, cuándo, por qué y en qué condiciones nos fiamos de los demás, nos damos cuenta de que un concepto que parece tan sencillo y primitivo se hace de repente complejo, articulado y muchas veces contra-intuitivo.  Necesitamos instrumentos más sofisticados.
Para esto contamos con el reciente libro de Vittorio Pelligra, profesor de economía en la Universidad de  Cagliari, “Las paradojas de la confianza” (Il Mulino).
Pelligra es un economista, pero es más que eso. Es sobre todo un científico social que utiliza el lenguaje de la economía (sobre todo la teoría de juegos y la lógica relacional) para explicar fenómenos sociales (no sólo económicos) complejos.
En efecto, en “Las paradojas de la confianza” aparecen guarderías, análisis del conflicto, donaciones de sangre, teoría de las constituciones y de los sistemas legales, motivaciones intrínsecas, gratuidad y mucha psicología. Aparecen también muchas teorías sobre la confianza. Pero también, y me gustaría decir que sobre todo, es un ensayo que contiene una teoría original sobre la confianza, que el autor llama correspondencia fiduciaria. ¿De qué se trata? Para comprenderla en toda su extensión es oportuno analizar los resultados de los experimentos realizados por el propio Pelligra.
Además es posible intuir las consecuencias de dar/recibir confianza  pensando en nuestras relaciones interpersonales.
Cuando sabemos que quien nos da su confianza está arriesgando personalmente, en nosotros nace el deseo de ser dignos de ella. En otras palabras, recibir confianza genuina y desinteresada nos cambia, nos hace mejores y más capaces de no traicionar a quien deposita su confianza en nosotros.
Sobre la base de esta intuición antropológica antes que analítica – que en Pelligra madurará sobre todo fuera del ámbito académico (la vida es la fuente de toda intuición, sea o no científica) -, los capítulos de “Las paradojas de la confianza” nos guían a través de un apasionante itinerario hacia el descubrimiento de las distintas dimensiones de la confianza. Llegados al final, nos damos cuenta de cuán preciado es este bien inmaterial para nuestras sociedades. Preciado y frágil.
La lectura de este ensayo es también un curso – para estudiosos y ciudadanos pero también para políticos – para aprender a proteger y cuidar el delgado hilo de oro de la vida en común. Para que nos demos cuenta de que fiarse está bien, aunque cueste y sea arriesgado, porque es sobre todo esta confianza la que produce el bien común y el desarrollo cívico.

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Dar confianza en las relaciones cívicas, sociales y económicas puede ser arriesgado, pero produce bien común. Un estudio de Vittorio Pelligra.

Luigino Bruni
publicado en Città Nuova n. 4/2008 

La confianza juega un papel fundamental también en las complejas estructuras sociales globalizadas de hoy en día. Cada vez está más documentado que las economías y las sociedades que funcionan y crecen son aquellas en las que las personas se ven unas a otras como sujetos dignos de confianza y consideran la traición de la confianza como una excepción a la regla.

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Fiarse está bien. No fiarse es peor

Fiarse está bien. No fiarse es peor

Dar confianza en las relaciones cívicas, sociales y económicas puede ser arriesgado, pero produce bien común. Un estudio de Vittorio Pelligra. Luigino Bruni publicado en Città Nuova n. 4/2008  La confianza juega un papel fundamental también en las complejas estructuras sociales globalizadas de...