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Reseñas – En su ensayo sobre la aporofobia, la filósofa española Adela Cortina habla de justicia, de ética y de reciprocidad. Falta, no obstante, la visión evangélica y revolucionaria que se resume en el “Bienaventurados los pobres”.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/04/2024

En la Biblia, decir que alguien es «justo» (Noé, José, Simeón...) expresa un juicio ético que es superior incluso al adjetivo «bueno». En aquel humanismo, la justicia de Dios y de los hombres y mujeres, es importante al punto de ubicarse un poco por encima de la bondad. La historia de la filosofía moral siempre ha oscilado entre darle la primacía al bueno o al justo, reconociendo de todos modos que bondad y justicia son los dos ejes fundamentales de cualquier sociedad civil. La importancia que la Biblia le da a la justicia nos dice, entre otras cosas, que en las relaciones interpersonales, la justicia es particularmente importante cuando estamos tratando con la pobreza. Porque si soy pobre y recibo algo de ti, si creo y pienso que esta buena acción tuya nace de la justicia, la ayuda sería más digna y más liberadora que una ayuda que me llega porque eres bueno y altruista conmigo.

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Solo Dios es bueno sin endeudar a las personas que ama; pero entre seres humanos es muy raro que quien ayuda en nombre de su bondad no termine creando en el beneficiario, de modo más o menos intencional, alguna forma de deuda y, por lo tanto, de control y manipulación. Hasta aquí hemos aprendido, con mucho esfuerzo, que en los procesos de reducción de la pobreza y de la miseria es fundamental la dimensión de la reciprocidad. El ensayo de la filósofa española Adela Cortina, Aporofobia, el rechazo al pobre (publicado en italiano por Timeo en 2023), trata acerca de pobres, de justicia, de ética, de economía y mucho de reciprocidad. Y lo hace a partir de la etimología del título del libro: Aporofobia, una expresión griega que literalmente no sería “desprecio por los pobres”, porque la fobia, como sabemos, es un miedo irracional por algo que provoca el impulso incontenible de evitar el objeto de la fobia. Aporos puede referirse al pobre, pero en un sentido específico. Aporos, de hecho, no es la primera palabra usada en griego antiguo para decir pobre, en general se usa ptochos (en «bienaventurados los pobres» del evangelio, por ejemplo), o abios, que nos remite a la ausencia («a») de vida («bios»). A-poros es aquel sin poros, o sea sin solución, sin salida, que no posee los medios para librarse de una situación. Poros, recurso y astucia, es también uno de los padres de Eros (Platón, en El banquete); el otro padre es Penia, es decir, la pobreza, la indigencia. Poros hace entonces referencia a la capacidad de salir adelante, de arreglárselas, a la ingeniosidad.

El a-poros es entonces la condición del que no tiene salida, del que está en una trampa. El aporos -que tiene la misma raíz de aporía – es por tanto la pobreza de la que habla Amartya Sen (que Cortina considera como su referencia teórica en la definición de pobreza: p. 129 y ss.), es decir, la falta de libertad y de funcionamiento, la imposibilidad de llevar la vida que se quiere vivir (a-bios), la carencia de capabilities que permitan la salida de las trampas de las limitaciones de la vida. Desde hace algunas décadas aprendimos que la pobreza es una carencia de capitales que se manifiesta en una carencia de ingresos: se es pobre porque no se tiene capital educativo, médico, relacional, comunitario, social, y para no serlo todavía más hace falta en verdad actuar sobre los capitales de las personas y la comunidad, no sobre los ingresos. El ensayo es una reconstrucción, en realidad no siempre lineal ni fluida (se nota que el material de base es heterogéneo y no lo suficientemente amalgamado narrativamente) de las varias razones que lleva a las sociedades y las comunidades a despreciar a los pobres. La autora encuentra estas razones fundamentalmente con las categorías presentes en algunos clásicos de la filosofía antigua (la Biblia, Aristóteles, Séneca); moderna (Rousseau, Hume, Smith y sobre todo Kant) y contemporánea (Rawls, Walzer, Sen y la ética de la virtud).

No faltan las incursiones en el campo de la teoría económica, en particular en la economía comportamental (capítulo 6), donde citando la ya vastísima evidencia experimental, Cortina rastrea el fundamento psicológico y antropológico de la reciprocidad, que ella considera la principal explicación del origen de la aporofobia: “A lo largo de este libro hemos insistido en que los pobres son los que parecen no poder ofrecer nada a cambio en sociedades basadas en el juego del intercambio, en el juego de la reciprocidad que consiste en dar con tal de poder recibir, bien de la persona a quien se da, bien de alguna otra que está autorizada para devolverlo de algún modo. Ésta es la clave de nuestras sociedades contractualistas” (p. 125). La primera pobreza de los pobres sería entonces la ausencia de la capacidad de reciprocidad, que se convierte en la razón primera del desprecio de quienes dan y reciben con sus iguales, que, a decir de Cortina, ha sido incorporado evolutivamente también en nuestro cerebro (“Nuestro cerebro es aporófobo”: cap. 4).

Dicho sea de paso, el historiador Giacomo Todeschini (Visibilmente crudeli, 2009) nos enseña desde hace décadas que la Europa cristiana nació sobre la exclusión de los no-reciprocantes (judíos, sospechosos, pobres, marginales, nómadas, herejes, mujeres…) en las sociedades de las nuevas ciudades comerciales, cuyos ciudadanos eran aquellos capaces de entrar en la reciprocidad: las murallas recíprocas (cum-moenia) protegían los dones recíprocos (cummunus) de los cives de aquellos que debían mantenerse al margen de los nuevos clubes. El andamiaje teórico del libro, como recuerda la misma autora (p. 22), se remonta a 1995. Esta relativa maduración del proyecto de investigación da cuenta, al menos en parte, de por qué la autora, filósofa moral atenta al debate internacional (aunque el libro está muy marcado por el contexto español), no había discutido lo que entretanto se convirtiría en la principal ideología-religión masiva de la aporofobia en nuestro tiempo: la meritocracia.

En los años 90’ todavía era incipiente la tentativa del business de legitimar éticamente el desprecio por los pobres transformándolo en desmerecedor y, por lo tanto, en alguien que merece su propia pobreza y su consecuente expulsión. La meritocracia realizó perfectamente las promesas discutidas en el libro, recurriendo a la «cultura de la culpa» que se sumó a la de la vergüenza, que siempre ha acompañado a todas las sociedades. La culpabilización del pobre es uno de los objetivos que la meritocracia alcanzó con mayor eficacia y consenso, conquistando sobre todo el mundo de la izquierda y parte de la Iglesia. Dado el buen conocimiento bíblico de la autora, habría estado bien en el ensayo un análisis de la visión bíblica de la pobreza, sobre todo la evangélica, construida en torno a la revolucionaria frase: «bienaventurados los pobres».

Esta bienaventuranza, que no por casualidad es la primera tanto en Lucas como en Mateo, es la anti-aporofobia: es la aporofilia. ¿Cómo explicarla y darle un sentido en una sociedad construida en el miedo a los pobres y en su exclusión? - la primera exclusión hoy consiste en hacerlos invisibles. Son muy pocos, inclusive en la Iglesia, los que todavía creen en esta bienaventuranza y en el Sermón de la montaña. Y lo entendemos, porque esta bienaventuranza es la paradoja del Evangelio, lo inconcluso de lo inconcluso, el no-todavía que se aleja cada vez más de nuestro horizonte. Pero si no logramos descubrir al menos una bienaventuranza en la condición de pobreza, la reciprocidad entre iguales, que es la condición de todo buen y justo Bien común, estará cada vez más encerrada en un club cada vez más restringido; y la ideología meritocrática nos dará cada día nuevas «buenas» razones para restringir el club de los elegidos y aumentar el de los condenados de la tierra.

Credits foto: Immagine generata da AI di Pete Linforth  da Pexels:

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Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/04/2024

En la Biblia, decir que alguien es «justo» (Noé, José, Simeón...) expresa un juicio ético que es superior incluso al adjetivo «bueno». En aquel humanismo, la justicia de Dios y de los hombres y mujeres, es importante al punto de ubicarse un poco por encima de la bondad. La historia de la filosofía moral siempre ha oscilado entre darle la primacía al bueno o al justo, reconociendo de todos modos que bondad y justicia son los dos ejes fundamentales de cualquier sociedad civil. La importancia que la Biblia le da a la justicia nos dice, entre otras cosas, que en las relaciones interpersonales, la justicia es particularmente importante cuando estamos tratando con la pobreza. Porque si soy pobre y recibo algo de ti, si creo y pienso que esta buena acción tuya nace de la justicia, la ayuda sería más digna y más liberadora que una ayuda que me llega porque eres bueno y altruista conmigo.

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Pobres e invisibles: si el desprecio nace de la exclusión

Pobres e invisibles: si el desprecio nace de la exclusión

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Primero de Mayo entre personas y robots

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/05/2024

El encuentro entre el Papa Francisco y los presos de la cárcel de la Giudecca en Venecia el 28 de abril, es quizás la imagen más fuerte con la que ingresamos a este Primero de Mayo. Entre las palabras plenas de humanidad y de emoción, fueron fuertísimas aquellas sobre el trabajo, que volvía muy concreta la “dignidad” intocable que el papa puso en el centro de su breve e intenso discurso y en sus gestos. Las mujeres correspondieron al regalo de la visita de Francisco dándole el fruto de su trabajo: cremas, jabones, productos de la huerta y un solideo. Una de ellas le dijo, entre lagrimas, que el trabajo “es importante para nosotros” porque “da sentido a nuestras vidas”. Y nos recordaron que tras la excelencia ética del Made in Italy están también las cooperativas sociales, incluida Il Cerchio de Venecia, que permiten a las personas detenidas trabajar, y empezar así, trabajando, una resurrección. La cárcel puede ser un punto de observación privilegiado para comprender qué es en verdad el trabajo, porque es una especie de laboratorio vivo donde se puede ver en su esencia lo que en nuestras vidas aparece mezclado con otras muchas realidades que confunden y nublan su naturaleza. En las cárceles se ve mejor el trabajo, como se ve, de manera diferente, en el poco trabajo accidentado pero verdadero que queda todavía en los lugares de guerra. Aquellos jabones eran un ‘sacramento’ de algo más importante aún, como si el trabajo hecho en condiciones límite cambiase la sustancia del trabajo dejando inalterados los accidentes. Aquellas mujeres dieron al papa el fruto de su trabajo, por lo tanto, objetos, pero en realidad el primer y más importante regalo que le hicieron a Francisco fue su trabajo, el poder trabajar, el nuevo ‘sentido de la vida’ redescubierto y aferrado a una cosa buena y verdadera. Creo que no hay fiesta del trabajo más hermosa y humana de la que se celebra dentro de una cárcel donde se trabaja, y donde se trabaja verdaderamente, no trabajitos fingidos que producen objetos inútiles, porque sólo el trabajo verdadero nos salva, tanto dentro como fuera de la cárcel.

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Nos cuesta cada vez más por proteger el trabajo, los trabajadores, los contratos, sus derechos y deberes, porque nuestra sociedad, drogada por el consumo y las rentas, ya no ve el trabajo: ve sus signos, sus huellas, pero ha perdido su naturaleza. Porque el trabajo no es solamente la más grande y extraordinaria red de reciprocidad inteligente e intencionada de la Tierra, el primer lenguaje con el que los humanos hablamos y nos decimos a nosotros y a los demás quiénes somos, ni es solamente la actividad con la cual enriquecemos cada día la biodiversidad cultural del mundo. Todo eso ya es mucho, quizás muchísimo, pero no basta. Porque para entender el trabajo hay que declinarlo junto con ‘don’, una palabra no solo ajena y distante al trabajo, sino también considerada por muchos como enemiga y mistificadora. Y sin embargo, el trabajo se abre, se revela si se pone junto al don, allí madura tan bien como un kiwi en medio de las manzanas.

En el trabajo hay mucho don, pero no logramos verlo, escondido bajo la envoltura dura del contrato y los incentivos. Quizás no haya lugar colectivo con mayor presencia de don, de dones. Y no es sólo en las escuelas, en los hospitales y en la atención donde todavía logramos verlo claramente, sino también en los talleres, en las oficinas, en las calles, en los camiones, en las obras en construcción. El don en el trabajo no se encuentra solamente, ni sobre todo, en las horas extras que hacemos “gratis”, ni en el favor del cambio de turno con un colega. El don más importante está dentro de la normalidad laboral del trabajo, en las horas ordinarias del contrato, en las tareas de todos los días, porque el don está en cómo realizamos las actividades cotidianas, es la gratuidad del deber, las acciones que hacemos todos, esas acciones que hacemos todos en todas partes porque, simplemente, somos mas grandes y más dignos que nuestros contratos y que la descripción de nuestras funciones.

Y en cambio el don reducido a gratis es la gran victoria del capitalismo en el mundo del trabajo, cuando un día nos convenció por fin de que el reino del trabajo y del capital debían ser definidos en tanto inmunes al don. Y como sucede en cada proceso de inmunización, el antídoto ha sido introducir en el cuerpo un “pedacito” del mal por el cual protegerse. Así se inventaron los descuentos, la filantropía, el voluntariado y los regalos corporativos, esos “donúnculos”, dones homeopáticos inocuos para inmunizarse del don verdadero e íntegro. La magia homeopática es una de las artes más arcaicas y jamás desaparecidas: se reproduce en pequeña escala la realidad a la que se quiere golpear (por ejemplo, un muñeco) y se manipula el artefacto para herir a distancia al gran enemigo.

El capitalismo de finales del siglo XX intuyó que la forma más eficaz que tenía a disposición para extraer beneficios y rentabilidades en medidas extraordinarias consistía en crear nuevos ambientes artificiales depurados de la fuerza humana más subversiva: la de la gratuidad libre. Y así antes teorizó y luego implementó la idea de que el reino del mercado no es el del don, que hablar de don en el trabajo era solo manipulación e ideología para esconder explotación y ausencia de derechos, y que por lo tanto el trabajo no tenía nada que hacer con la gratuidad del don. Y le ha declarado la guerra, consciente de la fuerza desestabilizante de los contratos, las jerarquías, las descripciones del cargo – porque el verdadero don es excesivo, inmanejable y por eso subversivo.

Hay de todos modos una buena noticia. La gran campaña de “don cero” en el business no tuvo el éxito esperado. El don sobrevivió como clandestino, la resistencia se ha mostrado más tenaz de lo que el imperio pensaba, si bien hoy la gran industria de la consultoría y la ideología meritocrática están lanzando contra el don nuevos ataques globales por ambos frentes.

Y si es verdad – y es verdad – que en el trabajo hay mucho don libre, entonces los emprendedores, sobre todo los más cuidadosos, saben depender profundamente del don de sus empleados; son conscientes de que su más grande fragilidad no se encuentra tanto en el mercado sino en no poder controlar las dimensiones más importantes de la libertad de sus trabajadores. Por lo tanto saben, y lo aprenden a diario, que dependen radicalmente de algo fundamental que no pueden comprar, y que con el contrato compran cosas importantes pero no suficientes para hacer vivir bien sus empresas.

Aquí está también la inmensa dignidad del trabajo y de todo trabajador: la certeza moral de que el núcleo secreto de la propia actividad laboral, su diamante más precioso, no está en venta y que, por eso mismo, solamente puede ser donado. Y entonces decidimos donarlo, cada día, y lo donaremos también mañana, mientras sigamos trabajando como mujeres y hombres libres. Porque sabemos que el día en que dejemos de hacerlo y nos atengamos únicamente a la letra del contrato seremos personas menos dignas y menos libres y, en consecuencia, pésimos trabajadores.

En el Día del Trabajador debemos entonces meditar, mientras no trabajamos, sobre qué sucede durante el desarrollo de la actividad laboral; observarnos y observar a los otros en el gesto ordinario del trabajo, sobre todo en esta fase de transición tecnológica y antropológica de la época.

Si en el trabajo hay mucho don, por lo tanto muchísima dignidad y belleza, entonces también en los profesionales, que hoy están por ser sustituidos en masa por la Inteligencia Artificial, hay inscrito un infinito patrimonio de libertad, de honor, de dignidad. Antes de descartarlos como fierros viejos, deberíamos detenernos y hacer dos operaciones colectivas, y hacerlo en todas las empresas y en todas las instituciones: reconocerles su inmenso valor y luego agradecerles correcta y sinceramente. Porque entre las muchas incertidumbres de esta gran transición, tenemos una certeza: los robots y los algoritmos saben hacer muchísimas cosas mejores que nosotros pero no saben ofrecer un don.

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Primero de Mayo entre personas y robots

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/05/2024

El encuentro entre el Papa Francisco y los presos de la cárcel de la Giudecca en Venecia el 28 de abril, es quizás la imagen más fuerte con la que ingresamos a este Primero de Mayo. Entre las palabras plenas de humanidad y de emoción, fueron fuertísimas aquellas sobre el trabajo, que volvía muy concreta la “dignidad” intocable que el papa puso en el centro de su breve e intenso discurso y en sus gestos. Las mujeres correspondieron al regalo de la visita de Francisco dándole el fruto de su trabajo: cremas, jabones, productos de la huerta y un solideo. Una de ellas le dijo, entre lagrimas, que el trabajo “es importante para nosotros” porque “da sentido a nuestras vidas”. Y nos recordaron que tras la excelencia ética del Made in Italy están también las cooperativas sociales, incluida Il Cerchio de Venecia, que permiten a las personas detenidas trabajar, y empezar así, trabajando, una resurrección. La cárcel puede ser un punto de observación privilegiado para comprender qué es en verdad el trabajo, porque es una especie de laboratorio vivo donde se puede ver en su esencia lo que en nuestras vidas aparece mezclado con otras muchas realidades que confunden y nublan su naturaleza. En las cárceles se ve mejor el trabajo, como se ve, de manera diferente, en el poco trabajo accidentado pero verdadero que queda todavía en los lugares de guerra. Aquellos jabones eran un ‘sacramento’ de algo más importante aún, como si el trabajo hecho en condiciones límite cambiase la sustancia del trabajo dejando inalterados los accidentes. Aquellas mujeres dieron al papa el fruto de su trabajo, por lo tanto, objetos, pero en realidad el primer y más importante regalo que le hicieron a Francisco fue su trabajo, el poder trabajar, el nuevo ‘sentido de la vida’ redescubierto y aferrado a una cosa buena y verdadera. Creo que no hay fiesta del trabajo más hermosa y humana de la que se celebra dentro de una cárcel donde se trabaja, y donde se trabaja verdaderamente, no trabajitos fingidos que producen objetos inútiles, porque sólo el trabajo verdadero nos salva, tanto dentro como fuera de la cárcel.

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El verdadero valor está en el don

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Editoriales - La Fiesta de San José

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 18/03/2024

San José es muy amado por los cristianos por muchas razones, entre ellas su normalidad. A José lo sentimos realmente como uno de nosotros, aunque sabemos que en esa vida ordinaria suya vivió una experiencia humano-divina extraordinaria y única.

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José era, dice el Evangelio de Mateo, "un hombre justo" (1:19). Justo es un adjetivo que dice mucho en la Biblia, quizás en el humanismo bíblico ser justo es más importante que ser bueno. El primer "justo" es Noé (Gn 6:9). Noé y José tienen muchas cosas en común. Son justos, no hablan con palabras (no tenemos de ellos un registro de diálogo) porque hablan trabajando, actuando con las manos y los pies. Ambos son "salvadores" y cuidadores, son padres, constructores, carpinteros, y ambos saben salir de escena una vez cumplida su tarea, sin sentirse héroes: Noé después del diluvio planta una viña y vuelve a ser un hombre común, José después de la infancia de Jesús desaparece de los Evangelios y del Nuevo Testamento, donde su nombre ya no aparece.

De José sabemos poco, pero no poquísimo. Sobre todo los Evangelios de Mateo y Lucas nos hablan de él. En Mateo, es José (y no María) el primer protagonista de los capítulos sobre el nacimiento y la infancia de Jesús. Se le aparece un ángel tres veces en sueños. José es un soñador, como el otro José, su antiguo ancestro. José de Nazaret sueña. En particular, sueña con ángeles, ángeles que le hablan mientras duerme. Y las teofanías que llegan en sueños, para muchos hombres y mujeres de la antigüedad, tienen una mayor fuerza de verdad. José es un hombre que sabe soñar (se necesita toda una vida para aprenderlo). Es un soñador de Dios, insertado en el corazón del relato del más grande sueño de Dios - "te suplico: mi Dios, mi soñador, sigue soñándome" (Jorge Luis Borges).

Queremos mucho a José porque es una hermosa figura de padre y de esposo.

Aunque vivió en un mundo en el que los maridos dominaban a las mujeres y a los hijos, José se nos presenta como un humilde guardián, un protector de María y del niño Jesús, un esposo y padre que en tiempos de crisis (Herodes) sabe lo que debe hacer, y lo hace sin demorar. No es un jefe de familia, no es amo de casa: está junto a su mujer y a su hijo, los protege, se ocupa de sus vidas, lleva el pan a la casa. Y en un momento en que la mirada sobre los hombres y los maridos ha vuelto a oscurecerse por la violencia absurda de alguien que empaña la noche de todos, es importante mirar esta bella figura de hombre gentil, de padre y marido respetuoso que sabe cuidar, que sabe llevar a cabo su tarea de custodia amorosa.

Es casi seguro que José era joven cuando tomó a María por esposa. Sin embargo, la tradición y la historia del arte lo han imaginado y representado casi siempre como un anciano.

Según el Protoevangelio de Santiago, un texto del siglo IV, José se casó con María cuando ya era anciano y había tenido otros hijos, y para Epifanio de Salamina (Panarion) José era viudo y se casó con María cuando ya tenía más de ochenta años. Los Evangelios no dicen esto y, por tanto, los dejan imaginar como los novios de la época: jóvenes y en la primavera de la vida. Su antigua viudez es sólo teológica (ligada a las tradiciones sobre María), y está bien dejarla para la historia, y pensar entonces en José como un marido joven y trabajador.

José, de hecho, es también para nosotros el carpintero. Mateo (13:55), hablando de Jesús, lo llama hijo del "carpintero". Marcos (6:3) nos dice que también Jesús fue "carpintero", y es probable que durante una parte de su juventud lo haya sido realmente. Lo que es seguro es que Jesús creció en casa de un carpintero. No se crió (como Samuel) en el templo, ni en un palacio de la corte, ni siquiera en una tribu de nómadas. Creció en una casa en medio del trabajo, y trabajó con sus manos. Respiró durante años los olores del aserrín y de la madera lijada, y se formó en la disciplina del trabajo artesanal, un arte antiguo, muy estimado incluso en la Biblia: “Pongamos como ejemplo al carpintero: corta un árbol, le quita la corteza, trabaja con cuidado la madera y fabrica una mesa que presta buen servicio” (Sabiduría 13:11).

Hoy, 19 de marzo, es un día del trabajo para recordar a José, pero recordando al José trabajador también recordamos y celebramos al Jesús trabajador. De hecho, hay que festejar porque en el origen del cristianismo hay una familia de trabajadores manuales, de artesanos con manos callosas marcadas con las astillas de madera y los golpes del martillo. Es realmente una gran y hermosa noticia. Por eso, no debe sorprendernos que Benedicto XIII incluyera en 1726 a San José en las letanías de los santos de todos los libros litúrgicos. Fue, de hecho, un Papa social que fundó como obispo más de 170 Montes frumentarios para los pobres entre Manfredonia y Benevento. Y no nos sorprende que José fuese un santo muy querido por Bernardino da Feltre, el fraile franciscano que estuvo en el origen de los Montes de Piedad, bancos populares fundados para liberar de la usura a los trabajadores y sus familias.

El cristianismo es, por lo tanto, una historia de trabajo y de trabajadores, desde sus primeros pasos. Incluso los primeros apóstoles eran pescadores, trabajadores llamados cuando ajustaban sus redes a orillas del lago. Las manos que partieron el pan en la última cena y luego en el ágape de las iglesias eran manos callosas, estriadas, ásperas y astilladas, no las manos delicadas de los sacerdotes del templo. El Logos se hizo carpintero; y luego escogió marineros, trabajadores -no escribas, ni sacerdotes- que siguieron siendo pescadores, que sólo cambiaron el objeto de pesca.

Por los Evangelios sabemos que aquellos pescadores siguieron algunas veces pescando peces, incluso mientras pescaban hombres. En José, en Jesús, en Pedro, en Juan, en Santiago y en María, la trabajadora doméstica, también está el fundamento teológico y antropológico del ora et labora de la vida monástica, de la ética del trabajo de los comerciantes, de los artesanos y de los artistas europeos que hicieron hermosas y eternas nuestras ciudades, que con sus vidas y sus obras dijeron que el trabajo manual no se adapta al esclavo, sino que es el distintivo del hombre libre, del ciudadano, del cristiano. Es muy lindo que la palabra latina con la que San Jerónimo tradujo "carpintero" fuese faber: José es también una bella imagen del homo faber, es una raíz del artículo 1 de la Constitución italiana.

El olor hogareño a madera fresca recién descortezada Jesús lo volvió a sentir al final, en otra madera recién descortezada, y ese olor tal vez fue el único habitante doméstico de aquel terrible día: "En el taller de Ioséf no le fue escatimado ningún nivel de entrenamiento, incluido los martillazos en sus dedos..... Llevó al Gólgota el palo de la horca, toda una sola cosa. Cuando los tuvo en su carne, los clavos, cuando los sintió entrar, se encontró por primera vez del lado de la madera... Volvió a ver a Ioséf. Le tocaba a él, Jesús, acabar como un leño extendido y tallado. Su vida era materia prima. La docilidad de la madera era la suya" (Erri de Luca).

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Editoriales - La Fiesta de San José

Luigino Bruni

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La buena raíz de la Economía

La buena raíz de la Economía

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Análisis. Un reciente y argumentado libro, bastante crítico, («Il grande imbroglio / The big Con [El gran engaño]»), aporta provocaciones útiles sobre un sistema que se ha vuelto dominante. El paradigma de la dirección [management] está siendo sustituido por la consultoría.

Luigino Bruni.

Publicado en Avvenire el 07/12/2023.

La obra crítica "Il Grande Imbroglio" (Laterza), de las economistas Mariana Mazzucato y Rosie Collington, está dedicado el creciente recurso a las empresas de consultoría.

¿Por qué las sociedades de consultoría han pasado de ser un instrumento para ayudar a las empresas a suponer una debilidad para las empresas, el gobierno y las instituciones? ¿Cuándo y por qué la consultoría, una industria que hoy roza el billón de dólares, ha pasado de ser un recurso a ser la principal enfermedad de nuestra economía? Il Grande Imbroglio («The big Con»), el libro escrito por las economistas Mariana Mazzucato y Rosie Collington (Laterza, 2023), trata exactamente de estos temas: «De nuestro análisis de la industria de la consultoría surge un cuadro oscuro de la situación actual. Todos esos contratos con sociedades de consultoría, que interpretan los más variados roles, debilitan a las empresas, infantilizan al sector público y distorsionan la economía» (p.12). Para entender la novedad del libro es necesario realizar una larga premisa.

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El extraordinario éxito de la consultoría, el fenómeno económico tal vez más relevante desde el comienzo de este milenio, se inscribe dentro de un cambio mucho más general de nuestra cultura, donde el paradigma de los negocios está conociendo un grande, inesperado y creciente éxito. La lógica de la gran empresa ha adquirido en la vida civil el primer puesto, ocupado el siglo pasado por la democracia. A la pregunta: “¿quieres hacer algo bueno en la sociedad?” ayer se respondía: “crea democracia y por tanto participación, reduce las desigualdades, incluye al mayor número posible de personas”. En base a esta respuesta imaginamos y después construimos el estado del bienestar del siglo XX, los derechos humanos y sociales, la escuela pública, la sanidad universal, las pensiones y la imposición progresiva. Con el cambio de milenio, a esa misma pregunta hoy se responde: “si quieres hacer algo bueno aprende de las empresas, allí es donde se encuentra la excelencia, allí se hacen las cosas importantes”. De este modo, las grandes empresas con ánimo de lucro han sido objeto de una auténtica metamorfosis simbólica y cultural. Eran iconos de la explotación, la desigualdad y la alienación, pero se han convertido en el símbolo perfecto del nuevo mundo, del reino del mérito y de su nueva justicia, del bienestar e incluso de la felicidad, un mundo religioso edificado sobe los dogmas de la meritocracia, el liderazgo y los incentivos. Y así, la gran empresa, de centro del conflicto social, de lugar donde acudir para entender las injusticias del capitalismo, ha dejado su crisálida en el viejo milenio y se ha convertido en una hermosa mariposa civil y ética, que todas las demás instituciones (desde la escuela hasta la política) quieren y deben imitar, con un inédito éxito en el ámbito de las Iglesias y los movimientos y comunidades espirituales, donde ya no es posible realizar un capítulo general o una asamblea sin los profesionales de la consultoría empresarial.

Pero la consultoría está emergiendo como la segunda revolución reciente, que en pocos años ha sustituido a la primera forma que la cultura de empresa había asumido en la última parte del siglo XX, es decir al management científico. La primera forma que adquirió la cultura de la gran empresa moderna fue el management moderno, que a su vez ocupó el puesto de la “vieja” dirección empresarial, aunque sin sustituir del todo al viejo empresario, sino trabajando con y para él/ella. En realidad, el management científico es una innovación que se remonta a las grandes fábricas manufactureras de la primera mitad del siglo XX (no es casual que se hable de “fordismo” y “taylorismo”). Pero durante más de medio siglo la ciencia del management era cosa de ingenieros (no de economistas) y se aplicaba sobre todo a la gran industria. No fue hasta los años 80 y 90 cuando el management científico se extendió desde la fábrica al resto de organizaciones, entre otras cosas, por el paso tecnológico al postfordismo. Con el final del milenio, el fordismo pasó en muchas regiones avanzadas del mundo, pero no así su modelo de gestión de las relaciones laborales y de gobernanza. Así, los instrumentos y las técnicas de la dirección se convirtieron en una cultura universal, que salió de la fábrica para entrar en toda la sociedad. El directivo ocupó, por una parte, el lugar del empresario y por otra la del viejo jefe o dirigente público.

Sin embargo, en la etapa de mayor éxito del management moderno ocurrió algo verdaderamente nuevo. Hizo explosión la sociedad líquida, que entró por vez primera en las empresas. Con trabajadores líquidos, y por tanto frágiles e inseguros, el management dejó de funcionar, porque también este tipo de empresa necesitaba trabajadores ya formados en la ética de las virtudes en la familia y en la comunidad. En particular, el nuevo directivo seguía teniendo necesidad de la jerarquía, y por tanto de trabajadores que le atribuyeran un valor y aceptaran ser guiados y “controlados” con los instrumentos del management – esencialmente incentivos y control –. Los directivos se encontraron inundados por una enorme petición de atención, de quejas, de conflictos, de crisis relacionales colectivas e individuales, por parte de unos trabajadores que estaban cambiando demasiado profundamente. A su vez, los directivos no tenían, casi nunca, lugares más “altos” donde descargar y compensar las tensiones que acumulaban, porque las empresas fueron perdiendo a las familias de empresarios que las habían generado. La demanda de atención a las relaciones que afectaba a los medianos y altos directivos se bloqueaba en el management, sin que este contara con otros lugares de supervisión donde gestionar esta demanda que venía desde abajo.

En este contexto de gran cambio es donde hace unos años hizo explosión la consultoría. Ya existía desde hacía décadas, pero con la entrada en el siglo XXI se convirtió en algo distinto y universal. Al lado de los directivos y de lo que quedaba del empresario en las grandes empresas (muy poco), se formó una pléyade muy variada de consultores, a los que se añadieron psicólogos del trabajo, expertos en felicidad y bienestar laboral, filósofos prácticos del sentido, la misión y el propósito, pero también sacerdotes, monjas y expertos en meditación transcendental y espiritualidades arcaicas del Pacífico para acompañar y formar en la espiritualidad de la empresa, por no hablar de las nuevas figuras de coaches y counselors, que se presentan a nuestros estudiantes como las profesiones más seguras para el futuro. Así, hace medio siglo quienes guiaban las empresas eran los empresarios, hace treinta años eran los directivos, y hoy son los consultores, que están sustituyendo a los empresarios y a los directivos.

En todo este proceso, las autoras de Il grande imbroglio analizan dos fenómenos con especial atención: la infantilización de las empresas y la externalización de las competencias. La infantilización (tratada en el capítulo 6) de los gobiernos, de las empresas y ahora también de las organizaciones y de todas las instituciones, nace de la progresiva reducción de su autonomía. El libro, con datos en la mano, muestra cómo se está creando una auténtica adicción a los consultores, a los que recurren unos empresarios y directivos cada vez más inseguros; y después, como ocurre en todas las dependencias sin sustancia, para mantener mañana la misma satisfacción de hoy, tienen que aumentar la dosis (p. 156). Empresas y empresarios reducidos a niños sin autonomía que para cualquier decisión recurren al exterior buscando seguridades – la presencia de las grandes sociedades de consultoría es también una especie de “certificación” de las relaciones y de la gestión de las emociones, parecida a las antiguas certificaciones de calidad –.

Por eso, la consultoría no crece por oferta inducida, sino que es guiada por la demanda, ya que son las empresas (y las instituciones) las que – drogadas – lo solicitan cada vez más: «La oferta es una respuesta a una demanda» (p.104). Los consultores también desempeñan una función psicológica (p.127). La infantilización es, por tanto, una pérdida de autonomía, responsabilidad y control en las decisiones, que son “subcontratadas” con sujetos terceros que acaban siendo los verdaderos conductores de las instituciones de hoy. Las autoras ven también la política nacional e internacional guiada sobre todo por consultores, con un enorme problema de conflicto de intereses, porque son las mismas empresas de consultoría las que, por una parte, asisten a los gobiernos para reducir el impacto ambiental y, por otra, a las empresas para ayudarlas a aumentarlo (p.241).

Es interesante otro punto que se pone de relieve en la parte central del libro: la cuota de valor añadido que va a la consultoría no es técnicamente beneficio sino renta (pp.103 y siguientes), porque es parte de un juego de suma cero con los empresarios, una especie de impuesto invisible que con frecuencia se traslada a los precios de los bienes de consumo. Para terminar, las autoras denuncian un último gran peligro. Es el representado por el crecimiento en el capitalismo actual de un poder sin responsabilidad, puesto que los consultores no pueden ni quieren responder de las consecuencias derivadas de sus consejos, que cada vez son más sustitutivos y no subsidiarios de las decisiones de las empresas. Así pues, no solo la economía está entrando en crisis, sino que también – como repiten muchas veces Mazzucato y Collingon – está sufriendo la democracia.

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Luigino Bruni.

Publicado en Avvenire el 07/12/2023.

La obra crítica "Il Grande Imbroglio" (Laterza), de las economistas Mariana Mazzucato y Rosie Collington, está dedicado el creciente recurso a las empresas de consultoría.

¿Por qué las sociedades de consultoría han pasado de ser un instrumento para ayudar a las empresas a suponer una debilidad para las empresas, el gobierno y las instituciones? ¿Cuándo y por qué la consultoría, una industria que hoy roza el billón de dólares, ha pasado de ser un recurso a ser la principal enfermedad de nuestra economía? Il Grande Imbroglio («The big Con»), el libro escrito por las economistas Mariana Mazzucato y Rosie Collington (Laterza, 2023), trata exactamente de estos temas: «De nuestro análisis de la industria de la consultoría surge un cuadro oscuro de la situación actual. Todos esos contratos con sociedades de consultoría, que interpretan los más variados roles, debilitan a las empresas, infantilizan al sector público y distorsionan la economía» (p.12). Para entender la novedad del libro es necesario realizar una larga premisa.

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Desde las empresas hasta el capitalismo, ¿la consultoría se hace con todo?

Desde las empresas hasta el capitalismo, ¿la consultoría se hace con todo?

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¿Cambiar el destino social, vender a otras comunidades, a instituciones y a organizaciones sin ánimo de lucro, o confiar en el mercado? Cualquier solución es preferible al abandono.

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 26/08/2023

«Proyecto de recuperación del antiguo convento de las Clarisas para construir un Relais con balneario». En muchas obras hoy pueden encontrarse carteles similares, especialmente en los pueblos italianos más lindos, que han visto construirse a lo largo de los siglos un número extraordinario de conventos, monasterios e iglesias, gracias a la gran biodiversidad carismática del bello país. El paisaje italiano no sería patrimonio de la humanidad sin los perfiles de catedrales, iglesias parroquiales y claustros, en las ciudades como en el campo.

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Sin embargo, el análisis despiadado de los laicos sobre la demografía de la vida religiosa nos dice algo que no nos gusta escuchar: dentro de una o dos décadas, la gran mayoría, quizá el 90%, de los edificios religiosos estarán vacíos, y muchos ya lo están. La tendencia comenzó hace más de medio siglo, pero cuando nos dimos cuenta, también en este caso, ya era demasiado tarde. ¿Qué hacer concretamente? Las iglesias y los inmuebles vacíos, vendidos o puestos en venta, son la punta del iceberg de algo mucho más grande, descuidado y multidimensional. En primer lugar, hay una cuestión directamente económica y, por tanto, civil.

Estos conventos y monasterios eran originalmente bienes comunes, ya que nacieron de las comunidades civiles y porque los religiosos y religiosas se ocupaban también de los pobres, los enfermos, las escuelas, han inventado nuestro welfare. Cuando hoy un convento se vende a una multinacional con fines de lucro que lo transforma en un spa, los usuarios ya no son los habitantes de ese municipio sino sólo los "solventes": ese bien público pasa a ser privado, con una extracción privada de un valor antaño público.

En segundo lugar, estas estructuras fueron generadas por la vida, por una vida cristiana comunitaria, por necesidades concretas de las personas, de las comunidades, de los pobres. Su infrautilización o su no utilización en la actualidad señalan una marcada disminución de las necesidades que las hicieron nacer. En siglos pasados, las obras habían surgido por una fuerza intrínseca del carisma, pero también como respuesta concreta a los retos de su entorno. El mundo cambia, cambian las formas en que una necesidad determinada se expresa, y a las obras del carisma les cuesta encajar en este doble cambio (sólo se piensa en el tema de la regulación). Se entiende entonces que una primera tarea esencial de las comunidades religiosas debería ser actualizar la pregunta carismática original. Si, por ejemplo, a principios del siglo XIX nació una congregación para la educación de las niñas pobres, el nacimiento de escuelas fue la respuesta normal a la demanda carismática.

Pero hoy, con la escuela pública y universal en muchos países, ¿qué respuesta debería ofrecer esta misma pregunta? Tal vez esa congregación debería trasladarse a las fronteras educativas de las niñas "pobres" de hoy (marginalidad, migrantes, malestar), cambiando así las respuestas concretas para permanecer fieles a las preguntas; cuando en cambio uno se apega a las respuestas que el carisma dio ayer (escuelas) se termina olvidando las preguntas que las generaron: la fidelidad de hoy a las respuestas de ayer se convierte en infidelidad al carisma. Las "casas vacías", los edificios ociosos y vagos (que se usan, por ejemplo, tres semanas al año para ejercicios espirituales), señalan no sólo una crisis de la comunidad religiosa, sino también una crisis más amplia de los mundos vitales que las rodean -de modo que la solución puede surgir de ambos lugares, porque las vocaciones al carisma que ayer se expresaban en una sola forma (consagradas) hoy pueden asumir otras nuevas (por ejemplo, familias). Cuando, de hecho, junto a las estructuras actuales hay comunidades vivas y dinámicas, se asiste a auténticas resurrecciones de aquellas antiguas estructuras.

Luego hay un tercer discurso, crucial, sobre el famoso"mercado". Una mirada negativa y prejuiciosa sobre el "mercado" que se interesa en los bienes inmuebles religiosos no ayuda a nadie. Cuando el mercado -una empresa, un fondo, un banco...- se acerca a un inmueble, este interés ya es señal de algo grave. Expresa que, al menos para el mercado, en esa "casa" hay un valor. Y este valor revelado ya es un hecho positivo: puede que no sea un valor espiritual, pero al menos es un valor económico-financiero. Y si una estructura expresa algún valor, esa estructura sigue viva y puede seguir generando otro valor y otros valores. El mercado desempeña a menudo una función similar a la de los herederos que venden la valiosa biblioteca de su ilustre pariente erudito.

Al ponerlos en el mercado, esos libros polvorientos cobran vida en los hogares de los nuevos aficionados que los compren: los libros se liberan de las estanterías, la dispersión genera nueva vida. De ahí el mensaje: un inmuble que se vende es preferible por mucho a un inmueble que cae en el abandono y se convierte en una herida infecta en la comunidad, en un territorio o en una ciudad. Debemos ser conscientes de que el verdadero problema de los inmuebles religiosos hoy en día no es la falta de valor espiritual: el drama es frecuentemente la ausencia de todo valor, porque esa propiedad ya no vale nada, desde ningún punto de vista. Por supuesto, no todos los valores son iguales y no todos los nuevos usos del inmueble tienen el mismo valor desde una perspectiva carismática. Sin embargo -y este es el punto-, mucho mejor es un centro de bienestar que la maleza y los vidrios rotos. En estos casos, se necesitan razones éticas muy fuertes para no vender (sospecha de ilegalidad, fraude, blanqueo de dinero, inmoralidad del nuevo negocio); en todos los demás casos, el mercado "normal" puede ser una solución posible, y descartarlo es una elección irresponsable. Casi nunca es la solución más óptima, pero en cualquier caso es mejor que el abandono: discernir es elegir entre opciones no óptimas.

También para esta elección se aplica el principio de subsidiariedad: 1. En primer lugar, intentar encontrar una solución con las comunidades más cercanas desde el punto de vista espiritual y carismático para examinar la posibilidad de que el inmueble pueda seguir viviendo en su misión original, uniéndose con otras comunidades similares (para una residencia de ancianos común, para un centro de retiros...), o pasando el legado a nuevas comunidades con carismas similares. 2: Si después de haber hecho bien y sin apuro este primer análisis no surge ninguna solución concreta, se pasa al segundo nivel: instituciones públicas, fundaciones, mundo de las organizaciones sin ánimo de lucro, y se buscan proyectos que puedan mezclarse también con los temas del primer nivel más cercano, para salvar la "vocación" de la propiedad. 3: si al final no surge nada ni siquiera en esta segunda búsqueda, hay que tomarse en serio al mercado, muy en serio, porque generalmente la cuarta alternativa que queda es el abandono, y de ahí los enormes gastos para asegurarlo, la tristeza diaria de verlo marchitarse, el pesimismo colectivo... Incluso el mercado puede encontrarle a ese inmueble una nueva vida, una nueva vocación, diferente pero todavía viva.

Cuando se escoge la vía del mercado, hay que aprender el lenguaje y las reglas del mercado: organizarse, estudiar, contar con la ayuda de las personas adecuadas (el tema de los consultores es central y delicadísimo), ser prudentes como las serpientes y conservar el candor carismático de las palomas, evitando que las serpientes eliminen a las palomas (y viceversa). Es importante decidir enseguida el destino de los beneficios de la venta - por lo general, no es una buena solución destinar los ingresos únicamente a reservas para gastos futuros: sin el coraje para nuevas inversiones, el futuro no florece. Por último, hay un razonamiento más radical. Los bienes inmobiliarios no son fines en sí mismos. Siempre que una gran novedad espiritual llegó a la tierra -desde Abraham a Cristo- empezó porque alguien dejó una casa, un refugio seguro, y marchó hacia la tierra del todavía-no. Las casas y las estructuras tienden por su naturaleza a mantenernos en el pasado, a hacernos mirar Egipto y sus ladrillos.

San Francisco intuyó que el tiempo nuevo comenzaría caminando, mendigando por el camino, con la vuelta de "los caminantes". Sintió tan fuerte el deseo de la pobreza de los caminos que vivió con gran malestar el nacimiento de los conventos inmóviles de sus frailes, invitándolos hasta el final a seguir al pobre "hijo del hombre que no sabe dónde reclinar la cabeza". Por mucho que nos gusten y las amemos, por llevar los estigmas de la vida y del amor, debemos ser conscientes de que nuestras propiedades son casi siempre vestigios de un cristianismo que está menguando en sus formas de culto y de vida; no está menguando el mensaje del Evangelio con su promesa, sólo está terminando la cristianitas tal como la imaginábamos. Estamos en una época muy similar al exilio bíblico. La invasión de los babilonios significó la destrucción del templo y de las casas, y al principio del exilio parecía imposible poder seguir viviendo: dejaron de cantar, colgaron sus arpas en los sauces a lo largo de los ríos de Babilonia. Pero un día entendieron algo decisivo: que Dios estaba vivo y presente incluso sin el templo y sin las casas de ayer, y en aquel despojo total redescubrieron el valor del arameo errante y la libertad de la tienda nómada. En el exilio se aprende a resucitar, porque al final se vuelve pobre y libre, como el primer día.

Hoy existe una necesidad vital de una nueva y fuerte capacidad de ponerse a caminar libres y pobres, y de hacerlo juntos: el futuro mismo de la Iglesia depende de ello. Si algunas estructuras ayudan en el camino, habrá que valorarlas. De las otras sólo hay que deshacerse, para que no nos impidan los nuevos y necesarios "vuelos alocados", a cualquier edad, y para que las piedras no se conviertan en dueñas de personas y carismas. Lo que verdaderamente cuenta es partir con poco equipaje.

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¿Cambiar el destino social, vender a otras comunidades, a instituciones y a organizaciones sin ánimo de lucro, o confiar en el mercado? Cualquier solución es preferible al abandono.

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 26/08/2023

«Proyecto de recuperación del antiguo convento de las Clarisas para construir un Relais con balneario». En muchas obras hoy pueden encontrarse carteles similares, especialmente en los pueblos italianos más lindos, que han visto construirse a lo largo de los siglos un número extraordinario de conventos, monasterios e iglesias, gracias a la gran biodiversidad carismática del bello país. El paisaje italiano no sería patrimonio de la humanidad sin los perfiles de catedrales, iglesias parroquiales y claustros, en las ciudades como en el campo.

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Los edificios de las órdenes religiosas: una nueva vida más allá de los ladrillos.

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Vuelve a las librerías un ensayo en el que la estudiosa se pregunta por qué la judeidad del Nazareno se ha eclipsado tanto entre los cristianos como entre los israelitas. Una pregunta que toca el antisemitismo.

Luigino Bruni

Publicado en Agorà di Avvenire el 13/08/2023.

La poesía, el arte, la ciencia, la literatura serían infinitamente más pobres sin la contribución esencial del mundo judío. Àgnes Heller (1929-2019) es una intelectual que se mantiene inaccesible, sin tomarse en serio su cultura judía y, por tanto, la Biblia. Filósofa húngara, está entre las pensadoras más significativas de la segunda mitad del siglo XX. Sobreviviente de Auschwitz, trabajó en una refundación ética del pensamiento moderno, primero en la escuela de Gyorgy Lukács en Budapest y después exiliada en el mundo -en la Statale di Milano pronunció una de sus últimas lectio magistralis el 24 de octubre de 2018-. Expulsada de la universidad en 1959, se encontró con el rechazo del régimen comunista húngaro, que no toleraba su lectura libre y no ideológica del marxismo, del que revalorizaba algunas instancias humanistas y éticas (partiendo de las raíces judías de Marx), lo que le costó un largo exilio, primero en Australia y luego en Estados Unidos, de 1977 a 1989. Criticó todas las formas de totalitarismo, incluido el régimen de Orban, con el que fue muy severa hasta el final de su vida.

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El estudio de la Biblia es parte integrante de su pensamiento ético. De hecho, la filósofa Heller es inseparable de la Àgnes judía, como también se deduce de sus estudios sobre los profetas (Más allá de la justicia, 1990). Se formó dentro del gran debate centroeuropeo sobre el mesianismo y sobre la escatología occidental (Taubes, Löwith, Rosenzweig, Benjamin y el propio Lukács), donde el marxismo se investigaba desde la perspectiva del final y del fin de la historia. El mesianismo ocupa de hecho un lugar central en la filosofía de Heller. En una hermosa entrevista, explicó el significado de su "mesianismo de la silla vacía", que le vino directamente de la tradición judía, en particular del ritual del Séder de Pésah, cuando las familias, durante la cena, dejan una silla vacía porque podría llegar el profeta Elías (Malaquías 3:23) y anunciar la llegada del Mesías: "Hay que dejar una silla vacía ante el Mesías. Quien se siente en esa silla, quien la ocupe, es un falso Mesías. Hemos tenido muchas lecciones de esto en la historia reciente; varias veces hemos sabido que había llegado un nuevo Mesías, que había llegado el tiempo de la salvación. Se ha tratado siempre de un falso Mesías. Así que esa silla debe permanecer vacía" (Àgnes Heller, Una vita per l'autonomia e la libertà, il Mulino, 1995). Pero, prosigue Heller, esa silla no se puede retirar, de lo contrario el "ritual habrá terminado", el espíritu abandonará la comunidad y "serán las banalidades las que ocupen la imaginación", y lo estamos viendo cada vez más.

La silla que queda vacía y que debe permanecer así, es también una clave de lectura del Jesús judío, una colección de ensayos publicada en húngaro en el 2000 y ahora publicada por Castelvecchi1. El texto se abre con una frase muy eficaz que nos introduce directamente en el corazón del tema: "El Jesús cristiano resucitó al tercer día, pero pasaron dos mil años para resucitar al Jesús judío". ¿En qué sentido el Jesús judío acaba de resucitar y por qué iba a permanecer en la tumba durante casi dos mil años? En realidad, la derivación del cristianismo del judaísmo nunca fue negada por la Iglesia, hasta el punto de que la tesis de Marción, que quería eliminar del canon cristiano todo el Antiguo Testamento para afirmar la discontinuidad total del cristianismo respecto al judaísmo, fue considerada herética ya en el siglo II, y la Iglesia incluyó toda la Biblia hebrea en sus propias escrituras sagradas -diciendo, entre otras cosas, que para entender a Jesús no bastan ni los Evangelios ni el Nuevo Testamento: es necesaria toda la Biblia.

La tesis de Heller no es una indagación sobre el "marcionismo" más o menos presente en el cristianismo (se encontraría mucho de esto), sino una reflexión sobre las razones por las que hasta tiempos recientes (piénsese, además de las muchas obras citadas en el ensayo de Heller, en Un judío marginal, de John P. Meier) el judaísmo de Jesús de Nazaret ha sido eclipsado tanto entre los cristianos como entre los judíos: "El cristianismo definió su propia identidad en contraposición al judaísmo, mientras que este último se comportó como si ni siquiera hubiera notado al cristianismo como religión". Las explicaciones cristianas de este largo eclipse, que continuó y creció mucho más allá de la Palestina del siglo I, son conocidas y están vinculadas a la larga y vergonzosa historia del antisemitismo, de la que Heller tiene un testimonio directo. También son interesantes las razones judías del eclipse.

El cristianismo nace como un cisma del hebraísmo (al menos del judaísmo) y como una herejía hebraica. Para los judíos era teológicamente imposible que Jesús fuese "El Señor", el Kyrios, porque en la Septuaginta (la traducción griega de la Biblia hebrea) Kyrios era la traducción de Adonai, es decir, el nombre pronunciable que se utilizaba en voz alta cada vez que se encontraba el nombre impronunciable de Dios (el tetragrámaton YHWH). La teología (y la praxis pastoral) de Pablo había acentuado entonces la diferencia entre lo nuevo traído por Jesús y la Ley de Moisés. El "diálogo" se complicó más cuando los primeros concilios resolvieron la cuestión de Jesús en los dogmas trinitarios, donde en Jesucristo, el Hijo, el Logos, se reconoce la persona divina y la misma naturaleza que el Padre y el Espíritu. Reconocer la judeidad de Jesucristo no fue, por tanto, una tarea fácil para los judíos del pasado y de hoy. En teoría, sería relativamente fácil para los judíos reconocer el dato histórico de un Jesús nacido "bajo la Ley" y en cuanto tal judío; pero "la historia del Jesús judío termina con su muerte en la cruz", mientras que el Jesús (Cristo) de la fe "comienza" con la resurrección. De hecho, Heller recuerda que hasta el Gólgota, el Jesús judío no se diferencia demasiado del Jesús cristiano: "El Padre Nuestro del cristianismo cubre el mismo rol que el Shemá Israel en el judaísmo... Todas las enseñanzas de Jesús, el logos y las parábolas, provienen de Jesús antes de la Pascua". El problema comienza en el camino que va del Gólgota a la tumba vacía. Porque reconocer a Cristo como judío (no sólo a Jesús), es decir, afirmar que Jesús siguió siendo verdaderamente judío incluso después de la resurrección y después de la teología de los evangelios y de Pablo, ha sido por casi dos milenios algo extremadamente arduo para ambas partes, y este reconocimiento, a nivel de las religiones, no ha existido.

Para intentar reabrir o impulsar el diálogo sobre el Jesús judío, en su breve libro (en verdad, sólo en los tres primeros capítulos) Heller hace unas operaciones precisas. Se detiene en particular en la narración cristiana de la muerte de Jesús, que a partir de los propios evangelios se ha centrado en el asesinato de Dios por parte de los judíos: el infame deicidio que ella cuestiona y niega: "decir que los judíos mataron a Jesús es tan absurdo como decir que los húngaros mataron a Imre Nagy". Heller, citando la literatura reciente al respecto, recuerda que la muerte de Jesús se derivó de su conflicto con el templo (los sacerdotes y su "industria") del que resultó la denuncia que acabó en una crucifixión deseada y deliberada por Poncio Pilato, por tanto de los romanos. De hecho, es muy probable que todos los titubeos e incertidumbres de Pilato durante el juicio sobre la condena a muerte de Jesús que relatan los evangelios sean material tardío y polémico de los primeros cristianos en conflicto con el mundo judío. Pilato ordenó muchas, quizá cientos de crucifixiones durante sus años en Palestina, y por fuentes extrabíblicas sabemos que fue un gobernante despiadado. Por cierto, los evangelios no dejan lugar a dudas de que la muerte del Bautista fue deseada y ejecutada por Herodes, es decir, por el rey judío: si hubieran sido realmente sólo los judíos quienes quisieron también la muerte de Jesús, ¿por qué incluir a Pilato? Probablemente la evidencia histórica sobre el papel decisivo (aunque no exclusivo) de los romanos era tan evidente en los años 60' y 70' del siglo I que los evangelistas no podían negarla ni callarla, por lo que simplemente la han complicado y atenuado. Las diferencias entre los evangelistas en el relato del proceso del sanedrín son una muestra del rol redaccional que han desempeñado "las controversias entre la joven comunidad cristiana y el judaísmo, con la clara tendencia a culpar a los judíos y exonerar a los romanos" (G. Rossè, Il vangelo di Luca, Citta Nuova, 1992, p. 935). Así, Heller, citando a Sheehan (The First Coming...), afirma, con cierta valentía exegética, que "no es cierto que la multitud judía gritó "Crucifícalo", o "Su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos"... Estas frases son producto de la violenta lucha entre el primer cristianismo y el judaísmo" (p. 39).

Si fueron entonces los romanos, en probable alianza con algunos judíos y sacerdotes, los que mataron a Jesús, buena parte del antisemitismo se basó durante dos mil años en un equívoco, en una fuerte exageración narrativa de un conflicto histórico entre los primeros cristianos y los judíos (sobre todo en Jerusalén), conflicto que, por la sacralización que le dieron los evangelios, se extendió durante toda la era cristiana, hasta anteayer. Si Jesús no fue asesinado por los hebreos (o los judíos), entonces la resurrección del Jesús judío hoy debería ser más fácil del lado cristiano, donde reconocer un vínculo fuerte del cristianismo con el judaísmo, a través del Jesús judío, debería ser más simple. ¿Y del lado judío? La no resurrección del Jesús judío estuvo desde el principio ligada a la resurrección del Jesús cristiano: ¿será siempre así? ¿El Jesús que puede resucitar hoy será el Jesús no resucitado, es decir, el Jesús de la enseñanza hasta su muerte, incluida la cruz? A este respecto, es muy linda la historia, relatada por Heller, de Chaim Potok, Mi nombre es Asher Lev, que habla de un joven (Asher Lev) con una marcada vocación por ser pintor (hecho complejo en una religión que niega la imagen). Este, después de ver en Roma la Piedad de Miguel Ángel, empieza a pintar sólo representaciones de la Piedad, porque sólo en ella puede ver "la angustia del mundo entero". A este punto, "ya nadie en su comunidad le entiende" (p. 29). En cambio, el rabino bendice a Asher Lev. Y así comenta Heller: "Él ve lo que quedará escondido por dos mil años de persecución y olvido: ve en el crucifijo a Jesús judío". Aquí se encuentra la esperanza de Heller -y la nuestra- de un nuevo tiempo ecuménico entre judíos y cristianos, que debería partir de un diálogo judeo-cristiano no ideológico y menos excluyente sobre el significado de la resurrección de Jesús y sobre el mesianismo judío y cristiano. La lectura cristiana de Jesús como Mesías no debe apagar la espera de su retorno prometido y, por tanto, la posibilidad de reencontrarnos como pueblos de la espera de un retorno-llegada, creyentes en la esperanza de un todavía-no.

1. En español, el mismo ensayo fue publicado en 2007 por Herder, con traducción de Éva Eserháti y bajo el título La Resurreción del Jesús Judío.

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Luigino Bruni

Publicado en Agorà di Avvenire el 13/08/2023.

La poesía, el arte, la ciencia, la literatura serían infinitamente más pobres sin la contribución esencial del mundo judío. Àgnes Heller (1929-2019) es una intelectual que se mantiene inaccesible, sin tomarse en serio su cultura judía y, por tanto, la Biblia. Filósofa húngara, está entre las pensadoras más significativas de la segunda mitad del siglo XX. Sobreviviente de Auschwitz, trabajó en una refundación ética del pensamiento moderno, primero en la escuela de Gyorgy Lukács en Budapest y después exiliada en el mundo -en la Statale di Milano pronunció una de sus últimas lectio magistralis el 24 de octubre de 2018-. Expulsada de la universidad en 1959, se encontró con el rechazo del régimen comunista húngaro, que no toleraba su lectura libre y no ideológica del marxismo, del que revalorizaba algunas instancias humanistas y éticas (partiendo de las raíces judías de Marx), lo que le costó un largo exilio, primero en Australia y luego en Estados Unidos, de 1977 a 1989. Criticó todas las formas de totalitarismo, incluido el régimen de Orban, con el que fue muy severa hasta el final de su vida.

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Àgnes Heller y el difícil redescubrimiento del "Jesús judío"

Àgnes Heller y el difícil redescubrimiento del "Jesús judío"

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El discurso de Luigino Bruni el 27 de mayo en Barbiana, en ocasión de las celebraciones organizadas por el centenario del nacimiento de Don Lorenzo Milani. 

Luigino Bruni

publicado en La via libera el 29/05/2023

"Cada año se repite la historia de las inundaciones,
de los muertos,
de las familias devastadas,
de los miles de millones tragados por el agua, cada año
en un período fijo. Ni un problema de fondo se ha resuelto". (Esperienze pastorali, p. 462)

Si hace cien años, al comienzo de la era fascista, Italia engendró a Lorenzo Milani, y si cien años después estamos aquí para honrar su memoria, fascinados y encantados por su persona, sus gestos y sus palabras, si por lo tanto Don Lorenzo no ha sido olvidado por la Italia del consumo, del hedonismo, del cierre de los puertos, de las armas, de la escuela del mérito y de las guerras alimentadas por nuestras armas, entonces podemos esperar aún, con una esperanza nada vana. 

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Desde Barbiana, una perspectiva diferente.

Releyendo hoy a Don Milani, mirándolo desde nuestro tiempo y nuestro sistema económico, surge inmediatamente que no fue sólo un gran pedagogo, un pastor apasionado e innovador, ni fue sólo un profeta: fue también un crítico del capitalismo. Italia vivía, en los años cincuenta y sesenta, su milagro económico, su boom industrial y de consumo. Don Milani contempló ese milagro desde otra perspectiva. No se coloca en la mesa junto al rico epulón, elige la perspectiva de Lázaro, del que recoge las migas debajo de la mesa. Desde allí mira ese auge, junto con la periferia, los descartados. Desde ahí, desde abajo. "En lugar de ver la cosa desde las alturas de los principios la miro desde el fondo de la pequeña práctica parroquial, donde, sin embargo, están las cosas más grandes para nosotros: la persona y los sacramentos" (Carta a Jemolo).

Y, desde esa perspectiva que le tocó vivir, desde ese abajo donde se encuentra primero en San Donato y luego en Barbiana, don Lorenzo ve cosas distintas sobre la empresa y, principalmente, sobre el trabajo (las páginas de don Milani acerca del trabajo deberían incluirse en una antología de las páginas más bellas sobre el trabajo en toda la literatura universal), sobre los pobres y, entre ellos, sobre los muchachos que son pobres porque son descartados. Descubre el límite antropológico y los errores del capitalismo siendo párroco de obreros y montañeses, no desde los libros. Lo de Mauro, "que se puso a trabajar a los 12 años", o lo de Luigino, de 14, son experiencias y son pastorales: ¡la realidad es superior a la idea!

Y mientras economistas como mi maestro Giacomo Becattini empezaban a alabar las virtudes del distrito industrial de Prato, Don Lorenzo veía la otra cara de esa medalla, la aparición de una nueva ley: "la ley única: el bien de la empresa" de Baffi, el prototipo del patrón. Pero una fábrica que respeta el trabajo es justo "lo que Cristo espera de nosotros desde hace siglos". Y luego añadió: "Baffi no quiere cuatro hombres. Sólo quiere uno, pero tampoco un hombre, quiere un chico, y lo exprime. Y si mañana pudiera, prescindiría también de él” (Esperienze pastorali, p. 451).

Un crítico del capitalismo, ciertamente, que en Italia sólo puede compararse, por la genialidad, a Pasolini, aunque ambos eran muy diferentes. La crítica de don Milani al capitalismo nace de la evolución de su comprensión del cristianismo y de toda la Biblia. Llega a criticar el capital desde el corazón del humanismo cristiano. "Estas cosas (la pobreza) también tienen valor en el plano estrictamente religioso" (carta al padre Piero). Don Milani fue, pues, un crítico del capitalismo porque le interesaba, y quizás, sobre todo, para reformar la Iglesia, porque tenía una visión civil de la Iglesia, como el "reino", como la sal de la tierra: no como algo separado del resto del mundo. Y por eso cuando al final de Esperienze pastorali esboza las tres opciones concretas a las que se enfrenta la iglesia italiana, la que menos siente es la primera: "Primera opción: volver al non-expedit, retirarse todos, como hicimos hace siglos con los bárbaros". Alguien (el teólogo Rod Dreher) la llamó opción de San Benito (rebajando enormemente lo que fue el monacato y su alcance civil).

Otra Iglesia, otro mundo.

Don Milani quería cambiar el capitalismo porque quería cambiar la Iglesia, y al mismo tiempo, cambiando la Iglesia quería cambiar el capitalismo y el mundo. Son importantes sus análisis de las fiestas y tradiciones populares que encontró en San Donato, que de cristianas tenían poco. Don Milani, converso a los 20 años, sentía que el cristianismo de Cristo aún no había comenzado, y se puso a hacer su inmensa labor de catequesis. Don Lorenzo fue también, y quizás por encima todo, un gran educador-catequista cristiano. Por eso, lo que realmente le preocupaba era "saber que pronto será el final para la fe de los pobres" (Esperienze pastorali, p. 465).

En aquella estupenda carta a don Piero con la que se concluye Esperienze pastorali, leemos: "Ya me parece escucharte protestar: '¿Qué tiene que ver? Eres tú, Lorenzo, quien no ha sabido mostrarles la cruz, predicarles el Evangelio desnudo y crudo y la doctrina social de la Iglesia’. No... Los del otro lado no pueden, yo no puedo, estoy comprometido con el gobierno y con Baffi (el industrial de los hilados de Prato). Este es el muro que me impide ir al encuentro con los pobres y señalarles la Cruz. Si lo hiciera, parecería una horrible burla" (Esperienze pastorali, p. 459).

Leyendo y estudiando a Don Milani me ha parecido inmenso. Había comprendido que el capitalismo era algo más que un asunto económico. Se estaba convirtiendo en una religión, que pronto ocuparía el lugar del cristianismo, y en esto también se asemeja a Walter Benjamin. Estaba comprendiendo, en los albores del desarrollo económico popular, que había una dimensión mesiánica equivocada en el capitalismo, la promesa de una tierra diferente a la de la Biblia. Y mientras la Iglesia se aterrorizaba por la promesa comunista, don Lorenzo entendió que se avecinaba otra ideología, religión e idolatría, y que era mucho más devastadora para el cristianismo de lo que era el comunismo.

Hoy podemos decirlo: nos hemos distraído, como cristianos y como ciudadanos de Occidente, hemos dormido demasiado tiempo y no nos hemos dado cuenta de que el gran enemigo, el cuco que había entrado en el nido del cristianismo, no era el comunismo, sino el capitalismo, con su promesa de vida eterna sin Dios, que ha conquistado uno a uno a todos nuestros conciudadanos, y nos está conquistando también hoy, con su religión del mérito y del management científico. Don Milani lo había entendido, y lo había puesto en el centro de su crítica, totalmente económica y totalmente cristiana.

Por último, Don Lorenzo era ciertamente un profeta, muy cercano a los profetas bíblicos. Y por eso, como ellos, también hablaba de economía. Como Isaías y su crítica al culto que olvida a los pobres, como Jeremías que para decir "no se ha acabado" adquiere un canto y profetiza en el taller del alfarero, como Amós que denuncia a los pobres vendidos por el precio de una sandalia, Daniel que interpreta la misteriosa escritura de Dios en la pared del palacio del rey y descubre que son los nombres de tres monedas.

Los profetas siempre han hablado de economía, porque sabían, saben, que cuando la fe y la religión no se ocupan de la economía, del trabajo, de los sindicatos y de la guerra, porque son demasiado bajos en comparación con las alturas del cielo, la fe y la religión no sólo se convierten en asuntos irrelevantes, sino que se convierten en aliados de los falsos profetas que son fabricantes de humo religioso sobre los ojos para no dejar ver el derecho y la justicia. "El orden no es un concepto unívoco. Si lo violan los pobres, es un ataque al Estado; si lo violan los ricos, es la coyuntura económica" (Esperienze pastorali, p. 446).

Don Milani hablaba de economía porque el Dios bíblico hablaba de economía, y lo hace porque ama al hombre y a la mujer en su vida ordinaria. Y por eso habla de Dios hablando de salarios, de precios, de esclavos, de liberación: porque su Dios es un liberador de la esclavitud (no entendemos a Don Lorenzo sin el alma judía heredada de su madre Alice, alumna de Joyce).

La segunda opción: "tirarlo todo abajo".

De las tres opciones, la que Don Milani amaba y esperaba al punto de entregar su vida era entonces la segunda opción. "Seguir comprometiéndonos todos, sacerdotes y laicos. Pero hacerlo mejor, en un modo en que los políticos y los economistas y los comunistas nos trataran de locos. Derribarlo todo... Pero esto dicen que es imposible e imprudente".

Tal vez las páginas más proféticas de Esperienze pastorali sean la primera y la última, su dedicatoria a los misioneros chinos y su carta desde el más allá a los misioneros chinos: "Esta obra está dedicada a los misioneros chinos del Vicariato Apostólico de Etruria, para que contemplando las ruinas de nuestro campanario y preguntándose por qué la pesada mano de Dios se abatió sobre nosotros, tengamos de nuestra propia confesión una exhaustiva respuesta". Y al final del libro escribe: "No odiábamos a los pobres, sólo dormíamos. Pero cuando nos despertamos era demasiado tarde: los pobres se habían ido sin nosotros".

Había entendido, en un tiempo en el que las iglesias estaban todavía llenas y en el que estábamos todavía en plena christianitas, que una historia había terminado: que las iglesias pronto se vaciarían, por la incapacidad de su Iglesia para comprender algo decisivo: que la modernidad no era un hijo bastardo, no era un enemigo que había venido de afuera para matarla: era un hijo que sólo esperaba ser comprendido. Pero mientras Don Lorenzo decía que una historia había terminado, decía, con Jeremías, "pero nuestra historia no ha terminado, porque un resto fiel la continuará".

Quiero pensar que hoy formamos parte de ese resto que, con el Papa Francisco, sigue creyendo en una Iglesia pobre, casa de los descartados y excluidos, profética, amiga de la humanidad. Don Lorenzo, como Moisés, no entró en la tierra prometida: la vio de lejos, pero no la alcanzó. Y guardó su deseo, para que un día puedan entrar en ella nuestros hijos y nietos.

 Foto: Wikimedia Commons

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El discurso de Luigino Bruni el 27 de mayo en Barbiana, en ocasión de las celebraciones organizadas por el centenario del nacimiento de Don Lorenzo Milani. 

Luigino Bruni

publicado en La via libera el 29/05/2023

"Cada año se repite la historia de las inundaciones,
de los muertos,
de las familias devastadas,
de los miles de millones tragados por el agua, cada año
en un período fijo. Ni un problema de fondo se ha resuelto". (Esperienze pastorali, p. 462)

Si hace cien años, al comienzo de la era fascista, Italia engendró a Lorenzo Milani, y si cien años después estamos aquí para honrar su memoria, fascinados y encantados por su persona, sus gestos y sus palabras, si por lo tanto Don Lorenzo no ha sido olvidado por la Italia del consumo, del hedonismo, del cierre de los puertos, de las armas, de la escuela del mérito y de las guerras alimentadas por nuestras armas, entonces podemos esperar aún, con una esperanza nada vana. 

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Don Milani, la crítica al capitalismo soñando con una Iglesia diferente

Don Milani, la crítica al capitalismo soñando con una Iglesia diferente

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Las nuevas teorías se presentan como post jerárquicas, pero no lo son, porque dividen el mundo en guías y seguidores. El verdadero agente de cambio no se siente líder. 

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/11/2022

El liderazgo es una de las palabras sagradas de la religión del nuevo capitalismo del siglo XXI. La reflexión y, sobre todo, la práctica de los fenómenos que hoy reciben el nombre de “liderazgo” son en realidad muy antiguas. No es difícil encontrar en los grandes pensadores del pasado, desde los griegos hasta Max Weber, ideas e incluso auténticas teorías acerca de la creación y la gestión de los líderes, y sobre su decadencia. La ciencia económica se ha ocupado más bien poco de esto, ya que siempre se ha interesado más por los mercados y las acciones racionales individuales que por las organizaciones y los fenómenos colectivos complejos, si bien algunos grandes economistas (Vilfredo Pareto, por ejemplo) han escrito páginas importantes sobre las ideologías que producen líderes y después los eliminan. La sociología y la administración de empresas se han ocupado más, ya que, sustancialmente, las teorías del liderazgo son variantes y desarrollos (menos sofisticados) de las teorías de la autoridad y del ejercicio del poder en los grupos humanos, incluidas las empresas. Y estos son temas clásicos de las ciencias sociales. 

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Pero con el nuevo milenio algo muy importante ha cambiado en relación con el liderazgo. Los cursos sobre cómo convertirse en líder, cómo reconocer los “rasgos” del líder, o cómo puede un líder condicionar a un grupo de trabajo para generar un cambio, entre otras cosas, han ido aumentando a ritmo alto y continuo, hasta ocupar los departamentos de todas las ciencias económicas y sociales, la ingeniería, la filosofía e incluso la teología. Un dato aún más reciente, pero no menos preocupante, es el aumento de la oferta de cursos de formación sobre el liderazgo en las organizaciones y comunidades de la sociedad civil, incluso en los conventos y en los movimientos espirituales, o en los organismos de las Iglesias, donde los superiores y los párrocos comienzan a autodefinirse usando las nuevas palabras del liderazgo. En la publicidad de los cursos de liderazgo de las escuelas de negocios se lee que el curso está dirigido a «ejecutivos y directivos con experiencia y a personas que aspiren a posiciones de liderazgo o a las que se les pida ser líderes». Y cuando uno ojea los múltiples manuales, todas las definiciones se asemejan: el liderazgo es la capacidad que posee una persona (el líder) para influir en los seguidores. Los seguidores siguen al líder, impulsados por el carisma del líder – carisma es la palabra que se usa y de la que se abusa – para trabajar en grupo donde son dirigidos y guiados precisamente por él. Así pues, dicho en una apretada síntesis: el liderazgo se entiende como la capacidad de un líder para influir sobre una o más personas. De este modo, palabras como responsables, directivos, jefes o coordinadores han quedado viejas o han sido superadas, unidas a un capitalismo demasiado banal. Los líderes, a diferencia de los viejos directivos, tienen carisma, fascinación, atractivo y capacidad de persuasión y seducción.

Primera pregunta: ¿De dónde ha venido la necesidad de transformar a los directivos en líderes? ¿De dónde ha venido este impulso irresistible de dar un aire carismático a los jefes o a los coordinadores? Ciertamente el capitalismo ha cambiado, ha salido (o está saliendo) de las fábricas y de las cadenas de montaje, y hoy es más difícil obtener el consenso y la obediencia (otra vieja palabra) de los trabajadores. Además, la cultura de la posmodernidad crea jóvenes postpatriarcales, y por tanto menos acostumbrados y menos preparados para las virtudes de la obediencia a los superiores, y más sensibles a los valores de la libertad, la igualdad, el consentimiento y el contrato. Las viejas empresas del siglo XX nacieron sobre todo porque la jerarquía costaba menos que los contratos individuales: contratar cada acción con cada trabajador exigía una enorme cantidad de tiempo y de recursos; de ahí la incorporación de una persona dentro de un contrato de trabajo más amplio, donde las funciones individuales quedan en manos de la jerarquía, haciendo la organización más veloz y eficiente. Pero, para funcionar, la jerarquía necesita empleados que la atribuyan valor, que la consideren buena, que la compartan. Por eso, la figura del líder ha nacido con la llegada de la generación de trabajadores del nuevo milenio. El líder no tiene necesidad de jerarquía (se dice) para que la organización funcione, puesto que el consenso y la adhesión de sus colaboradores nacen de su carisma, de su capacidad para convencer, de su persuasión, de su autoridad. El liderazgo parece más posmoderno, igualitario, no jerárquico e incluso fraterno que las viejas teorías organizativas del siglo XX, y ciertamente más ético y respetuoso con la dignidad de todos. Pero ¿es realmente así?

El que suscribe está convencido de lo contrario, es decir que las teorías del liderazgo son mucho más jerárquicas que las de la fábrica fordista-taylorista – y más machistas –. La verdadera diferencia es de naturaleza narrativa: se narran como teorías y prácticas post-jerárquicas sin serlo. ¿Por qué? Las múltiples y diversas teorías del liderazgo tienen en común un dato decisivo: dividen el mundo en líderes y seguidores. Algunas personas, por motivos diversos (personalidad, vocación, talentos, roles, etc.), son líderes. Otros, la mayoría, son seguidores, es decir miembros o trabajadores que aceptan libremente ser influenciados, seducidos y convencidos por su líder e incluso se sienten felices por esta influencia que sufren libremente. Ciertamente, también un seguidor de hoy puede convertirse en líder mañana, o mientras es seguidor de un líder en la oficina A puede ser líder en la oficina B donde tendrá otros seguidores a los que deberá a su vez seducir y capturar con su carisma. Y así sucesivamente, hasta el infinito. Pero, llegados a este punto, intentemos preguntarnos: ¿Nos gustaría vivir en un mundo así? ¿Nos gustaría trabajar en oficinas, departamentos y empresas donde nuestro director sea nuestro líder? Probablemente simplemente sintamos terror. Porque una sociedad así es mucho más reaccionaria que la vieja del siglo XX. 

No es la primera vez que se ponen de manifiesto los límites profundos del liderazgo. Estos últimos años han surgido nuevos adjetivos: liderazgo relacional, comunitario, participativo e incluso de comunión. Pero, deberíamos intuirlo, el problema no se refiere al adjetivo, sino que afecta directamente al sustantivo: el liderazgo. Y hay más. La teoría económica nos enseña que algunos de los fenómenos sociales más importantes se explican mediante mecanismos de selección adversa: sin quererlo, las instituciones, en determinados contextos, acaban seleccionando a las personas peores. Dicho de otro modo: ¿quiénes son los candidatos a un curso para ser líder? La teoría económica nos dice que es muy probable que “quienes aspiran a convertirse en líderes” sean las personas menos adecuadas para “guiar” grupos de trabajo, porque amar el “oficio” del líder y ser un buen líder no es en absoluto lo mismo. Pensemos en el liderazgo político: en todos los países los mejores políticos han surgido y surgen durante las grandes crisis, cuando no hay “escuelas para políticos”, cuando por el contrario la política se convierte en una profesión, asociada a poder y dinero. Las escuelas de política generalmente generan políticos flojos.

Las teorías del liderazgo han recibido muchas influencias del modelo del líder carismático. El líder carismático por excelencia, en la tradición occidental, es el profeta, es decir alguien seguido libremente por su autoridad intrínseca. Por desgracia, los teóricos del liderazgo no saben que los profetas (ciertamente los bíblicos) nunca se han considerado líderes. Los principales profetas de la Biblia (desde Moisés hasta Jeremías) no se sentían líderes, y mucho menos querían serlo. El simple pensamiento de tener que guiar a alguien les aterrorizaba. Eran elegidos entre los descartados, entre los últimos, balbuceaban y tenían discapacidades, pero eran capaces de escuchar y sobre todo de seguir una voz. Así nos enseñan que quienes han guiado bien algún proceso de cambio en la vida han sabido hacerlo porque antes habían aprendido a seguir una voz, antes habían aprendido el seguimiento. Los profetas son hombres y mujeres del fracaso, allí donde el liderazgo por el contrario se presenta como un camino para alcanzar la otra palabra mágica de nuestro capitalismo: el éxito, para ser ganadores. Los hombres del éxito, seguidos y adulados, eran los falsos profetas que salían a menudo de las “escuelas proféticas” que producían multitud de profetas de oficio y charlatanes con ánimo de lucro.

La primera ley que la gran sabiduría bíblica nos ha dejado reza: «Desconfiad de aquellos que se presentan como candidatos a profetas, porque casi siempre son falsos profetas», o, como diríamos hoy, simplemente narcisistas. La historia y la vida verdadera nos dicen que nos convertimos en “líderes” sencillamente haciendo nuestro trabajo, haciendo otras cosas, y después un día puede que alguien nos imite y nos dé las gracias, sin que nosotros ni siquiera nos demos cuenta. Pero el día en que alguien se siente líder y empieza a comportarse como tal, las personas y los grupos se estropean, se producen muchas neurosis individuales y colectivas. Cuando las comunidades han querido producir en casa a sus propios líderes han seleccionados a demasiadas personas incapaces para esa tarea, aunque estuvieran movidas por las mejores intenciones. Sencillamente porque los líderes no se forman, y si intentas formarlos creas algo extraño y a menudo peligroso. Así pues, imaginar cursos de liderazgo para jóvenes es extremadamente peligroso. Sin embargo, los cursos se multiplican, porque las escuelas de liderazgo atraen a muchos que desean ser líderes y se hacen la ilusión de poder comprar en el mercado la satisfacción de este deseo. Cosa distinta serían los cursos de “liderazgo” para quienes ya tienen que desempeñar un papel de coordinación y guía. Pero estos deberían ser muy distintos de los que hoy circulan. Deberían ayudar a reducir los daños que los “líderes” producen en sus grupos, a formarse en las virtudes deponentes, en la mansedumbre y la humildad, a aprender a seguir a sus propios compañeros.

Los líderes tienen una necesidad vital de seguidores. Pero ¿quién decide ser Robin en un mundo donde solo se exaltan las dotes morales de Batman? ¿Dónde está entonces la libertad que tanto enarbolan estas teorías? El lugar ideal de trabajo es el de una comunidad de personas donde cada uno hace sencillamente su parte en un juego cooperativo, un equipo donde cada uno sigue a todos en la reciprocidad, en la igual dignidad de tareas. Este es un mundo adulto, donde se orienta el trabajo y se dialoga con las personas. Si alguien debe desempeñar en un momento determinado funciones de coordinación, de gobierno y de responsabilidad, sencillamente estará haciendo su trabajo como yo hago el mío: no deberá guiar a nadie, no deberá influir en nadie, solo deberá hacer su parte necesaria en el único juego colectivo. Y si por el contrario hace de líder, lo llamamos manipulación. Para terminar, es verdaderamente sorprendente que el mundo cristiano se sienta atraído hoy por las teorías del liderazgo, cuando ha nacido de Uno que ha fundado todo en el seguimiento, y un día dijo: «No dejéis que os llamen guías, porque uno solo es vuestro Guía» (Mt 23,10).

Ciertamente necesitamos agentes y actores de cambio, siempre, pero sobre todo en tiempos de grandes cambios como el nuestro. Sobre todo necesitamos personas que asuman responsabilidades por su propia elección. Tenemos una necesidad vital de ellas, sobre todo cuando nuestras empresas y comunidades están paradas y estáticas. Estos change makers difícilmente van a llegar de las escuelas de liderazgo: solo podrán salir de comunidades y empresas mestizas que se pongan en camino a lo largo de los caminos, que caminen por las calles polvorientas de las ciudades y aún más de las periferias. Allí nos esperan los nuevos líderes, que serán agentes de cambio precisamente porque no se sentirán los nuevos líderes. Y lo serán juntos, todos diversos y todos iguales, en la reciprocidad del seguimiento.

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Las nuevas teorías se presentan como post jerárquicas, pero no lo son, porque dividen el mundo en guías y seguidores. El verdadero agente de cambio no se siente líder. 

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 11/11/2022

El liderazgo es una de las palabras sagradas de la religión del nuevo capitalismo del siglo XXI. La reflexión y, sobre todo, la práctica de los fenómenos que hoy reciben el nombre de “liderazgo” son en realidad muy antiguas. No es difícil encontrar en los grandes pensadores del pasado, desde los griegos hasta Max Weber, ideas e incluso auténticas teorías acerca de la creación y la gestión de los líderes, y sobre su decadencia. La ciencia económica se ha ocupado más bien poco de esto, ya que siempre se ha interesado más por los mercados y las acciones racionales individuales que por las organizaciones y los fenómenos colectivos complejos, si bien algunos grandes economistas (Vilfredo Pareto, por ejemplo) han escrito páginas importantes sobre las ideologías que producen líderes y después los eliminan. La sociología y la administración de empresas se han ocupado más, ya que, sustancialmente, las teorías del liderazgo son variantes y desarrollos (menos sofisticados) de las teorías de la autoridad y del ejercicio del poder en los grupos humanos, incluidas las empresas. Y estos son temas clásicos de las ciencias sociales. 

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Contra el mito del liderazgo (y por un elogio del seguimiento)

Contra el mito del liderazgo (y por un elogio del seguimiento)

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En el centenario de su nacimiento, recuperemos el legado del artista que supo señalar la idolatría de nuestro tiempo. 

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 05/03/2022

Los poetas son guardianes de las palabras – de sus palabras y de nuestras palabras de hoy y de mañana –. Por eso, se parecen mucho a los profetas bíblicos, centinelas – shomerim – de una palabra distinta, que conservan para que todas nuestras palabras no se conviertan en vanitas, soplo, viento, humo, charla. No podemos entender la crítica radical de Pier Paolo Pasolini al capitalismo y al consumo si no partimos de su reflexión sobre la lengua. Él la veía ya subordinada al Poder del consumo, transformada en un lenguaje que había perdido el contacto con las concretas y vivas y, por tanto, con el alma del pueblo y de las personas. En el destino de la lengua se le desvelaba el de la cultura italiana – y si hubiera podido ver el mundo un poco más grande habría leído en él también el destino de Occidente, porque su declive es el mismo –. Ambas, Italia y la lengua, se alejaban de una realidad pobre, dura y severo pero verdadera, de un mundo «puramente humano, dolorosamente humano» (Las cenizas de Gramsci, p. 45), y se acercaban a un nuevo mundo, menos pobre, duro y severo pero cada día menos verdadero. El discurso de Pasolini sobre la lengua se inscribe dentro de su búsqueda vital de un fundamento no falso, de un origen, de una piedra angular de la existencia que evite su hundimiento en la nada. 

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Mi abuelo Domenico, agricultor y picapedrero en una cantera de travertino, cuando hablaba en su dialecto ascolano, nos encantaba a todos con las palabras de su lengua materna. Con aquel léxico arcaico ponía palabras a sus emociones más profundas, llamaba por su nombre a la vida propia y ajena, vivía entre las cosas y sabía cómo nombrarlas. Le respondían el dolor, el amor, la piedad, Dios, los demonios, y él los entendía. Y con ellos entablaba un diálogo intenso y verdadero, cada día – la primera oración, y la última, solo se recitan bien en dialecto –. Pero en cuanto tenía que hablar en italiano, su lengua se empobrecía, se volvía inseguro y azorado, se avergonzaba, perdía belleza, perdía dignidad. Con el paso del tiempo, el recuerdo vivo de esta forma de violencia hace que me parezca cada vez más injusta y equivocada; su memoria me hace sufrir. Y por fin entiendo a Pasolini: «Cuando hayan muerto todos los campesinos y todos los artesanos… entonces nuestra historia habrá terminado» (del film La rabia, 1963). Y comprendo, tal vez, también su crítica al capitalismo: «El italiano se convierte en la lengua de las empresas, del mercado» (Entrevistas corsarias, p. 216) – ¿qué diría del falso inglés que ha sustituido al italiano? Comprendo su elogio del trabajo artesano, que es contrario a la nostalgia. Es un grito para salvar las cosas y su verdad, porque si quitamos las manos humanas de las cosas estas son manipuladas por una ideología sin carne ni sangre. El artesano y el dialecto no son para Pasolini una edad de oro perdida y añorada, sino una tierra prometida todavía por alcanzar. La televisión se convierte en el primer agente de la “instrumentalización” de la lengua (Empirismo herético, p. 19), porque «a través del espíritu de la televisión se manifiesta en concreto el espíritu del nuevo poder» (Escritos corsarios, p. 24).

La crítica que hace Pasolini del capitalismo (y por tanto de la modernidad) no es menos grande y profunda que las grandes críticas de Walter Benjamin, Pavel Florenskij, Ernesto de Martino, Gramsci o Marx. Pasolini comprende que el capitalismo solo se abre y se deja descifrar si lo leemos como un hecho antropológico y teológico y no solo como economía. En particular, Pasolini intuyó que el vuelco decisivo de la cultura capitalista vino con el consumo de masa. Mientras el capitalismo estuvo centrado en la empresa y el trabajo, el espíritu italiano, católico, comunitario y mediterráneo no quedó encantado y capturado por él. De Alpes para abajo el trabajo ha sido siempre cansancio y esfuerzo, no vocación (beruf) y mucho menos bendición y elección divina. Se trabajaba por destino, porque había que trabajar, para comer, para que los hijos vivieran mejor, y si se podía vivir sin trabajar, tanto mejor. El vuelco se produjo en la segunda mitad del siglo XX, cuando el eje del capitalismo se desplazó de la producción al consumo, un cambio que conquistó rápida y totalmente Italia (y los países católicos).

Para una civilización católica centrada en la “cultura de la vergüenza” (no en la “cultura de la culpa”, protestante), en la ostentación de las cosas, en una riqueza que solo valía si los demás la podían ver y envidiar, el capitalismo del esfuerzo y de la fábrica era poco atractivo. Sin embargo, el capitalismo de las mercancías y del consumo se convirtió en una tentación irresistible. De este modo, compró de inmediato cuerpos y almas con una profundidad mucho mayor que las grandes ideologías fascistas, católico-democráticas o comunistas, que «se limitaban a obtener su adhesión con palabras» (Escritos corsarios, p. 22). Este es el “vuelco antropológico” del consumismo, que es a la vez vuelco teológico. Buena parte del genio profético de Pasolini está en la comprensión de esta naturaleza religiosa del capitalismo, en su «odio teológico contra el consumismo italiano» (Cartas luteranas, p. 195). Los consumidores son devotos «adoradores de fetiches» (Ivi, p. 34), en un nuevo imperio que finalmente reúne al pueblo y a la burguesía: «Las dos historias se han unido, y es la primera vez que esto sucede en la historia del hombre» ( Ivi, p. 24). Un capitalismo religioso, pero, como decía Benjamin, de una nueva religión sin metafísica ni dogmas, una religión de puro culto (Capitalismo como religión, 1922). Culto y por tanto cultura, como escribía también en 1922 el filósofo y teólogo ruso Florenskij: «La misma teoría de lo sagrado dice que en el origen de la economía, así como de la ideología, está el culto» (La concepción cristiana del mundo, p. 124). También para Pasolini el culto es decisivo: «La conformación a este modelo [consumista] se da antes que nada en la vida, en la existencia, y por tanto en el cuerpo y en el comportamiento» (Escritos corsarios, p. 53).

Hoy vemos con claridad que la fuerza extraordinaria y sin precedentes de la civilización del consumo está precisamente en su condición de culto cotidiano y global, sin shabbat y sin domingo, una praxis continua que informa todas las dimensiones de la vida individual y colectiva, algo parecido a lo que ocurría con la religión cristiana en la Europa premoderna. Los críticos del capitalismo escriben libros y dan conferencias, con la ilusión de cambiar el mundo escribiendo, mientras los sacerdotes del nuevo culto celebran liturgias en todos los momentos de todos los días: «Ahora el cristianismo va a contracorriente de ese fenómeno cultural “homologador” que es el hedonismo de masa:  y por ir contracorriente el nuevo poder ya hace años que ha comenzado a liquidarlo» (Ivi, p. 23). Una nueva religión muy laica, sin metafísica, que homologa todo y a todos, fascistas y antifascistas, católicos y comunistas, creyentes y ateos, sin «ninguna diferencia apreciable» (Ivi, p. 42), todos adoradores de los mismos tótems. La Iglesia, sobre todo, debería haberse tomado muy en serio la crítica al capitalismo de Pasolini. Mientras peleaba sus batallas por la ética familiar y en contra del comunismo, no se daba cuenta de que un nuevo imperio pagano estaba ocupando el corazón de las personas sin encontrar resistencia ética alguna.

Los poetas y los profetas, guardando las palabras, guardan nuestra alma. Son centinelas apostados a las puertas de los santuarios de los ídolos y hacen todo lo posible para que no entremos. Saben bien que no lo conseguirán y sin embargo se mantienen fieles en su puesto de vigía.

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En el centenario de su nacimiento, recuperemos el legado del artista que supo señalar la idolatría de nuestro tiempo. 

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 05/03/2022

Los poetas son guardianes de las palabras – de sus palabras y de nuestras palabras de hoy y de mañana –. Por eso, se parecen mucho a los profetas bíblicos, centinelas – shomerim – de una palabra distinta, que conservan para que todas nuestras palabras no se conviertan en vanitas, soplo, viento, humo, charla. No podemos entender la crítica radical de Pier Paolo Pasolini al capitalismo y al consumo si no partimos de su reflexión sobre la lengua. Él la veía ya subordinada al Poder del consumo, transformada en un lenguaje que había perdido el contacto con las concretas y vivas y, por tanto, con el alma del pueblo y de las personas. En el destino de la lengua se le desvelaba el de la cultura italiana – y si hubiera podido ver el mundo un poco más grande habría leído en él también el destino de Occidente, porque su declive es el mismo –. Ambas, Italia y la lengua, se alejaban de una realidad pobre, dura y severo pero verdadera, de un mundo «puramente humano, dolorosamente humano» (Las cenizas de Gramsci, p. 45), y se acercaban a un nuevo mundo, menos pobre, duro y severo pero cada día menos verdadero. El discurso de Pasolini sobre la lengua se inscribe dentro de su búsqueda vital de un fundamento no falso, de un origen, de una piedra angular de la existencia que evite su hundimiento en la nada. 

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Pasolini, el profeta-centinela y el culto imperial del consumo

Pasolini, el profeta-centinela y el culto imperial del consumo

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Editorial - El black friday y la religión del consumo. 

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 26/11/2021

Para que una nueva religión pueda sustituir a la existente en una civilización (en declive), debe trabajar sobre las fiestas. Debe ocupar y “rebautizar” las viejas fiestas populares. Puede dejar las fechas y a veces los nombres pero debe cambiar el significado – con la llegada del cristianismo el romano Sol invicto se convirtió en la Navidad, las ferias de Augusto en la Asunción, el culto de los muertos en Todos los Santos... –. Y después, como segundo acto fundamental, debe introducir nuevas fiestas para celebrar lo específico del nuevo culto. El black friday reúne estas dos características: es una fiesta específica del culto capitalista-consumista, pero acoplada a una fiesta de la religión anterior: el día de acción de gracias, cuyo lugar está ocupando (el black friday nació hace casi un siglo como el día siguiente al de acción de gracias; ahora el día de acción de gracias se ha convertido en la víspera del «viernes negro»). La religión capitalista está haciendo con el cristianismo lo mismo que este hizo en Europa con los cultos romanos e indígenas. 

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Primero ocupó las fiestas cristianas y ahora está introduciendo otras nuevas. La más potente de todas ellas es la que hoy celebran en todo el mundo, en todas las latitudes, hombres y mujeres, niños y ancianos, más allá de cualquier barrera cultural y política. La promesa de salvación eterna del cristianismo ha sido sustituida por el descuento. Una salvación pequeña, pero mucho más concreta y al alcance de la mano que el paraíso y el purgatorio. Una salvación universal para todos, muy católica y poco protestante, porque bastan las obras, no hace falta la fe. Este año, además, el black friday ha introducido la novedad del adviento (o de la cuaresma) como conviene a las grandes fiestas de precepto: dos semanas de ofertas – nótese el término religioso – para prepararse al gran último viernes sagrado del mes, cuando las ofertas serán perfectas, como el culto. Y así, dos mil años después, el postcristianismo se encuentra con una nueva religión pagana, mucho más parecida a los cultos cananeos que a la civilización del triunfo de la razón ilustrada.

Sin embargo, Marx primero y Benjamin después – ambos judíos y expertos en religión e idolatría – ya nos habían avisado de que la fuerza del capitalismo radicaba precisamente en su naturaleza de nueva religión sin metafísica, de religión de mero culto. Pero no les escuchamos. Ha bastado el arco temporal de una vida (mi padre nació en un mundo y morirá en otro) para borrar del alma colectiva occidental la herencia clásica y cristiana. Todo aquel patrimonio moral y toda aquella cultura nacida de la fusión de la ética grecorromana, bíblica y cristiana, han sido barridos en unas cuantas décadas. La misma Iglesia, y  las grandes religiones en general, no se han dado cuenta, o desde luego no se han dado bastante cuenta y han infravalorado profunda y gravemente lo que que estaba aconteciendo en el alma colectiva del Occidente.

En el universo religioso ha faltado una conciencia crítica atenta, un pensamiento suficientemente profundo como para comprender que en el crepúsculo del segundo milenio se estaba produciendo un definitivo cambio de época. Las Iglesias estaban demasiado ocupadas en luchar con sus últimas fuerzas intelectuales contra los restos del comunismo, el ateísmo y el relativismo, aliadas casi siempre con los defensores de la herencia equivocada de nuestro pasado, sin darse cuenta de que mientras combatían estas batallas menores y a menudo inútiles, el consumismo, es decir la versión asumida por el nihilismo dentro de la vida capitalista, estaba ocupando completamente el alma de la gente. Y lo ha hecho de la manera más radical, llenando el alma de cosas, ocupando con mercancías todo el espacio interior donde se cultiva la espiritualidad auténtica y por tanto no comercial.

Nabucodonosor ha vuelto, pero para conquistarnos no ha necesitado asediarnos, porque le hemos abierto de par en par las puertas de la ciudad y del santuario. Ya estamos exiliados a orillas de los ríos de Babilonia, pero creemos que son los ríos de las vacaciones exóticas o las termas de los spa. Seguimos las nuevas procesiones detrás del dios Marduk pero todavía creemos que llevamos a hombros al santo patrono de las fiestas del pueblo. El desoído Pierpaolo Pasolini fue uno de los pocos profetas laicos capaces de entender la esencia del gran cambio espiritual producido por la civilización del consumo: «Ningún centralismo fascista ha conseguido hacer lo que ha hecho el centralismo de la civilización del consumo. El fascismo proponía un modelo reaccionario y monumental que, sin embargo, no pasaba de ser letra muerta. Las distintas culturas particulares (campesina, subproletaria, obrera) seguían imperturbables uniformándose con sus antiguos modelos: la represión se limitaba a obtener su adhesión con palabras. Hoy, por el contrario, la adhesión a los modelos impuestos desde el Centro, es total e incondicionada. Se reniega de los modelos culturales reales. La renuncia es completa» ('Corriere della sera' del 9 de diciembre de 1973). El primer dogma de la nueva religión es un consumo absoluto, sin excepciones.

La sociedad tradicional había puesto el ahorro en el centro de la economía. Ahorrar, y no gastar todos los ingresos, hasta ayer se consideraba la virtud económica más importante, y derrochar el dinero en compras innecesarias se consideraba el principal vicio de las familias. Entre otras cosas, porque el ahorro, gracias a la mediación de los bancos, se convertía en inversión de las empresas y por tanto en trabajo. El nuevo culto ha transformado las virtudes en vicios y los vicios en virtudes, y los bancos han comenzado a hacer otras cosas con nuestros ahorros. Y ahora los gobiernos, las instituciones económicas nacionales e internacionales están cada vez más preocupadas porque las familias no consumen lo suficiente, porque no están traduciendo todos los ingresos de esta débil recuperación en consumo. Todos están alarmados y escandalizados porque las familias, después de estos casi dos años de temor y terror sin precedentes, están separando algunos ahorros. La prudencia ha pasado de ser una virtud cardinal a ser un vicio capital. Porque aquellos que no consumen toda la renta, no relanzan el consumo e impiden el crecimiento. Ahorrar es el nuevo vicio público, que frena la virtud privada del consumo.

Como si todo consumo fuese igual, como si todos los bienes fuesen iguales, como si no hubiera bienes privados, bienes públicos, bienes comunes, bienes meritorios, bienes relacionales, bienes espirituales… Así pues, no debemos sorprendernos si en las liturgias comunicativas del black friday no se hace referencia alguna a la calidad del consumo, a qué productos comprar; no se dice palabra alguna sobre los aspectos ambientales, sobre el impacto de este consumo para el planeta. Como si no acabáramos de vivir el sustancial fracaso de la Cop26, como si los adolescentes no llevaran años pidiéndonos un cambio en el consumo y en el estilo de vida, como si no nos lo estuviera pidiendo la tierra, como si no nos lo pidiera Francisco. Como si esta cantidad y esta calidad de consumo no fuera insostenible, equivocada e irresponsable desde hace demasiado tiempo. Como si los bienes no tuvieran alma.

Foto di Karolina Grabowska da Pexels

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Editorial - El black friday y la religión del consumo. 

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Editorial - La pandemia y el trabajo digno de mayor estima.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/05/2021

Una de las herencias que nos deja la pandemia es el descubrimiento de la calidad del trabajo del cuidado y de sus virtudes. La virtud, una palabra olvidada que había adquirido con el tiempo un aire un poco viejo y rancio, ha vuelto al centro de la escena pública y de la ética. Al fin y al cabo, hemos visto muchas cosas que antes no veíamos o no veíamos suficientemente bien, y entre ellas muchas virtudes, sobre todo en trabajos donde no éramos capaces de verlas. 

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Cuando la primera revolución industrial, a comienzos del siglo XIX, cambió radicalmente el mundo del trabajo, los mejores economistas comenzaron a formular teorías sobre cómo remunerar el trabajo. Antes de ellos, solo el trabajo de una pequeña minoría de personas pasaba por el “mercado”. La práctica totalidad de las mujeres quedaba fuera de él. El trabajo en los campos se desarrollaba en un régimen de servidumbre, donde no se vendían horas de trabajo sino hombres. Los aristócratas y los nobles no trabajaban, e interpretaban su no trabajo como privilegio y libertad: «Nacer en una familia acomodada me hizo libre y puro, y me permitió no servir a otra cosa que a la verdad. Mil francos de renta son más que diez mil procedentes de un empleo» (Vittorio Alfieri, "Opere", t. VI).

Uno de los economistas que intentaron realizar las primeras reflexiones sobre los salarios fue el placentino Melchor Gioja, que, en su tratado “Del mérito y las recompensas”, escribía en 1818: «El honorario de un juez suele ser más alto que el de un profesor de derecho, aunque a este se le exija saber más. La diferencia entre estos dos honorarios representa el precio de la mayor virtud que se le exige a un juez. En general, los honorarios crecen en razón de los abusos que se pueden cometer en los cargos, de modo que el número de personas que dan certeza de no abusar decrece en razón de esta posibilidad» (Tomo 1). Así pues, para Gioja el honorario debía ser directamente proporcional a la virtud requerida para desarrollar una determinada actividad. Cuanto más escasa era la virtud que se necesitaba para desempeñar bien un determinado tipo de trabajo, mejor pagado debía estar. Cuanto más había que resistir la tentación de la corrupción, mejor pagado debía estar.

Se trataba de una teoría económica de la escasez, pero donde, a diferencia de la teoría dominante ya en su época, el elemento escaso era la virtud. Relacionar el mercado y el trabajo con la virtud era un intento por conectar la nueva sociedad comercial con la ética de las virtudes que había regido, durante milenios, la parte mejor del alma europea del sur – la de los griegos, la de Cicerón y Séneca, la de los padres de la Iglesia y la del humanismo civil – y las reformas de los iluminismos. La nueva economía, si bien centrada en el vil lucro, podía ser profundamente moral, en cuanto que la remuneración del trabajo estaba fundamentada en las virtudes.

Además, Gioja, heredero e innovador de la tradición italiana de la Economía Civil, sabía muy bien que las virtudes, sobre todo las verdaderamente valiosas, no se crean con “incentivos” sino que se reconocen con “premios”: «El dinero, o en general las riquezas materiales no son suficientes para comprar cualquier especie de servicio virtuoso; hay muchos que solo se pueden obtener dando a cambio riquezas ideales, es decir sustituyendo con monedas honoríficas las monedas metálicas».

Pocos años después del libro de Gioja, el concepto de Bien Común quedó hecho añicos por considerarlo demasiado paternalista, jerárquico y reaccionario. La utilidad subjetiva ocupó el puesto de la virtud. Al renunciar a una idea compartida de bien, cada uno podía buscar su propio bien-utilidad dentro de las relaciones individuales de intercambio con otros conciudadanos. El mercado es, en efecto, el mecanismo que hace posible la vida en común en ausencia de una idea predominante de bien, porque alinea y armoniza las infinitas ideas de bien privado de cada uno de los agentes, dejando que sean diversas. Esta es la esencia de la metáfora de la mano invisible: «Nunca he visto hacer nada bueno a quien pretendía hacer intercambios por el bien común» (Adam Smith, "La riqueza de las naciones", 1776). También es posible leer la economía moderna como una fuga de las virtudes en nombre de la utilidad, y por consiguiente como una fuga del bien común en nombre de los bienes privados.

Sin embargo, detrás de la cada vez más evidente e intolerable injusticia salarial que afecta a las trabajadoras y trabajadores de los cuidados está también el eclipse de la ética de las virtudes. ¿Por qué? En primer lugar, no se puede comprender la “utilidad” de los trabajos virtuosos sin relacionarlos con la antigua idea del bien común. Efectivamente, la contribución de una enfermera o de un maestro no se reduce a la suma de los bienes privados de los pacientes, o de los niños y sus familias. El cuidado de cada persona es una especie de bien público, o al menos un bien meritorio, cuyos beneficios (y costes) van mucho más allá de la esfera interna de los contratos y del mutuo provecho. Pero si eliminamos la categoría de bien común, e incluso la banalizamos y ridiculizamos, cuando queramos valorar la “contribución marginal” de una hora de trabajo del cuidado sencillamente haremos mal las cuentas, y fijaremos salarios equivocados e inicuos.

Todos sentimos, hoy más que hace un año, la urgencia de invertir más y mejor en sanidad, en educación y en cuidados. Debemos empezar cuanto antes a ver estos trabajos con unas gafas más adecuadas – las teorías no son sino gafas para ver la realidad – y por tanto a remunerar los cuidados con salarios más altos y con mayor estima social. Porque los salarios dependen de la estima social, y el mismo salario tiene un componente intrínseco que expresa la estima hacia quien trabaja. Sin “aumentos” materiales e inmateriales, los mejores jóvenes no se dirigirán hacia estos oficios, y seguirán orientándose demasiado hacia otros trabajos, hoy apreciados y mejor pagados (a veces demasiado). El cuidado, cada vez más necesario, crecerá en cantidad y en calidad si antes crecen la estima y los salarios.

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Editorial - La pandemia y el trabajo digno de mayor estima.

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/05/2021

Una de las herencias que nos deja la pandemia es el descubrimiento de la calidad del trabajo del cuidado y de sus virtudes. La virtud, una palabra olvidada que había adquirido con el tiempo un aire un poco viejo y rancio, ha vuelto al centro de la escena pública y de la ética. Al fin y al cabo, hemos visto muchas cosas que antes no veíamos o no veíamos suficientemente bien, y entre ellas muchas virtudes, sobre todo en trabajos donde no éramos capaces de verlas. 

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Primero de mayo. El salario justo de la virtud

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Editoriales - Penas y víctimas de hoy, historias de ayer

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Avvenire el 31/12/2020

La dimensión colectiva del miedo y de la muerte es una de las herencias que nos deja el 2020. Habíamos olvidado los grandes miedos colectivos, habíamos relegado la muerte a la intimidad de la familia y a la soledad del corazón de los individuos. Ahora hemos aprendido que una sola casa es demasiado pequeña para elaborar el dolor de los lutos. Para no morir junto a nuestros seres queridos, necesitamos la fuerza de una comunidad entera. Juntos dentro de la misma tempestad, hemos experimentado el mismo miedo. Hemos compartido el miedo a la muerte y, al compartirlo, no nos ha arrollado. 

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No sabemos cómo saldremos de este annus horribilis. Ciertamente saldremos sin buena parte de una generación que nació en un país muy pobre y ha muerto en un país acomodado; la de nuestros padres y abuelos que, con sus virtudes, su pietas y su fe popular, generaron familias, empresas y democracia. Estos labradores, campesinos y amas de casa supieron usar las piedras de los escombros de las guerras para edificar catedrales sociales y económicas. Todos hemos sufrido al verlos morir, demasiadas veces en soledad, porque sentíamos que lo que estaba ocurriendo era incorrecto y profundamente injusto. Su generación caminó en pos de una gran estrella ética: “La felicidad más importante no es la nuestra, sino la de los hijos”. Se sacrificaron porque, para ellos, el futuro tenía más valor que el presente.

Pero después de haber pasado su juventud cuidando hijos y padres, sobre todo las mujeres, y de haber renunciado demasiadas veces a su propio desarrollo profesional, han tenido que envejecer y morir fuera de casa. Así pues, la primera lección de este año se refiere a la cultura del envejecimiento que tanta falta nos hace. En unas cuantas décadas, hemos derrochado el buen arte de envejecer y morir que habíamos aprendido durante milenios. Y mientras esperamos encontrar otro nuevo, la cuenta, demasiado cara, la han tenido que pagar nuestras madres y abuelas, que han dejado esta tierra con un enorme e inestimable crédito de cuidados y atenciones. Esta es una de las raíces del dolor de este año: una deuda colectiva de la que hemos sido conscientes justo cuando se extinguía.

La historia ha conocido otros años horribles. En el 536 d.C. una misteriosa niebla (volcánica) sumergió a Europa y parte de Asia en una oscuridad casi total durante un año y medio. Así comenzó la década más fría de los últimos dos mil años, con nieve en verano, cosechas destruidas desde Europa hasta China y una carestía seva y muy larga. En el año 1347-48 llegó la peste negra, una enorme tragedia que redujo en un tercio la población europea. Florencia, una ciudad muy afectada, fue capaz de generar tres grandes novedades a partir de aquella desgracia. Leyendo las crónicas de Matteo Villani y otros escritores florentinos, el final del 1348 marcó el comienzo de una perversa concepción moral de la vida y un aumento de la corrupción. La vuelta a la vida después de toda aquella muerte generó una afanosa carrera hacia el lujo, para beber, hasta la última gota, la copa de la vida recuperada. Las grandes herencias que dejaron los muertos por la peste amplificaron el derroche y la corrupción. Buena parte de todo el dinero que afluyó a las cajas de los florentinos acabó en los bolsillos equivocados.

Pero también se produjeron efectos de signo contrario. Los Priores de la ciudad tomaron medidas para ayudar a los deudores que habían resultado insolventes como consecuencia de la peste. En 1352 se constituyó en Florencia una oficina para proteger los derechos de las artes y los oficios, en apoyo de los deudores insolventes. En el año 1349 Florencia experimentó un gran desarrollo de las bibliotecas y de las inversiones en libros y obras de arte. El gobierno de la ciudad refundó el Studium florentino. Las bibliotecas de Santa Cruz y Santa María Novella crecieron mucho, y recibieron varios incentivos para la adquisición de manuscritos. Estas inversiones culturales fueron decisivas para el comienzo del Humanismo civil, uno de los efectos colaterales más imprevistos y extraordinarios de la peste negra. Los ciudadanos, los dominicos y los franciscanos comprendieron que el camino para volver a empezar después de la gran catástrofe no era la carrera por el lujo, ni la búsqueda alocada de los placeres de la vida para olvidar la muerte. Intuyeron, por el contrario, que solo resucitarían si una nueva cultura escribía los códigos simbólicos para un Renacimiento.
En el 540, mientras Europa atravesaba la carestía más dura del primer milenio, en Montecassino, San Benito escribía su Regla, que marcó el despegue de la extraordinaria época del monacato occidental, esencial para el renacimiento posterior al imperio romano. En Florencia, la peste generó el “Decamerón”, uno de las obras maestras de la literatura mundial, que Boccaccio comenzó a escribir en 1349, con la peste todavía activa, con el fin de consolar a su pueblo: «Humana cosa es tener compasión de los afligidos» fueron sus primeras palabras.

No podemos salir de las grandes crisis sin artistas y sin profetas. Sus consuelos son los verdaderamente necesarios para la recuperación. Las ayudas económicas son importantes, sobre todo si van dirigidas a evitar la insolvencia de los deudores, pero no son suficientes, y pueden complicar el camino si, como ocurre a menudo, acaban en los lugares equivocados. Los artistas y los profetas de hoy son distintos de los que nos salvaron en siglos pasados. Pero, también en esta ocasión, saldremos mejores si somos capaces de generar artistas y profetas.

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Editoriales - Penas y víctimas de hoy, historias de ayer

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Los buenos frutos de los grandes males

Los buenos frutos de los grandes males

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Luigino Bruni

Original italiano publicado en Avvenire el 31/12/2020

La dimensión colectiva del miedo y de la muerte es una de las herencias que nos deja el 2020. Habíamos olvidado los grandes miedos colectivos, habíamos relegado la muerte a la intimidad de la familia y a la soledad del corazón de los individuos. Ahora hemos aprendido que una sola casa es demasiado pequeña para elaborar el dolor de los lutos. Para no morir junto a nuestros seres queridos, necesitamos la fuerza de una comunidad entera. Juntos dentro de la misma tempestad, hemos experimentado el mismo miedo. Hemos compartido el miedo a la muerte y, al compartirlo, no nos ha arrollado. 

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No sabemos cómo saldremos de este annus horribilis. Ciertamente saldremos sin buena parte de una generación que nació en un país muy pobre y ha muerto en un país acomodado; la de nuestros padres y abuelos que, con sus virtudes, su pietas y su fe popular, generaron familias, empresas y democracia. Estos labradores, campesinos y amas de casa supieron usar las piedras de los escombros de las guerras para edificar catedrales sociales y económicas. Todos hemos sufrido al verlos morir, demasiadas veces en soledad, porque sentíamos que lo que estaba ocurriendo era incorrecto y profundamente injusto. Su generación caminó en pos de una gran estrella ética: “La felicidad más importante no es la nuestra, sino la de los hijos”. Se sacrificaron porque, para ellos, el futuro tenía más valor que el presente.

Pero después de haber pasado su juventud cuidando hijos y padres, sobre todo las mujeres, y de haber renunciado demasiadas veces a su propio desarrollo profesional, han tenido que envejecer y morir fuera de casa. Así pues, la primera lección de este año se refiere a la cultura del envejecimiento que tanta falta nos hace. En unas cuantas décadas, hemos derrochado el buen arte de envejecer y morir que habíamos aprendido durante milenios. Y mientras esperamos encontrar otro nuevo, la cuenta, demasiado cara, la han tenido que pagar nuestras madres y abuelas, que han dejado esta tierra con un enorme e inestimable crédito de cuidados y atenciones. Esta es una de las raíces del dolor de este año: una deuda colectiva de la que hemos sido conscientes justo cuando se extinguía.

La historia ha conocido otros años horribles. En el 536 d.C. una misteriosa niebla (volcánica) sumergió a Europa y parte de Asia en una oscuridad casi total durante un año y medio. Así comenzó la década más fría de los últimos dos mil años, con nieve en verano, cosechas destruidas desde Europa hasta China y una carestía seva y muy larga. En el año 1347-48 llegó la peste negra, una enorme tragedia que redujo en un tercio la población europea. Florencia, una ciudad muy afectada, fue capaz de generar tres grandes novedades a partir de aquella desgracia. Leyendo las crónicas de Matteo Villani y otros escritores florentinos, el final del 1348 marcó el comienzo de una perversa concepción moral de la vida y un aumento de la corrupción. La vuelta a la vida después de toda aquella muerte generó una afanosa carrera hacia el lujo, para beber, hasta la última gota, la copa de la vida recuperada. Las grandes herencias que dejaron los muertos por la peste amplificaron el derroche y la corrupción. Buena parte de todo el dinero que afluyó a las cajas de los florentinos acabó en los bolsillos equivocados.

Pero también se produjeron efectos de signo contrario. Los Priores de la ciudad tomaron medidas para ayudar a los deudores que habían resultado insolventes como consecuencia de la peste. En 1352 se constituyó en Florencia una oficina para proteger los derechos de las artes y los oficios, en apoyo de los deudores insolventes. En el año 1349 Florencia experimentó un gran desarrollo de las bibliotecas y de las inversiones en libros y obras de arte. El gobierno de la ciudad refundó el Studium florentino. Las bibliotecas de Santa Cruz y Santa María Novella crecieron mucho, y recibieron varios incentivos para la adquisición de manuscritos. Estas inversiones culturales fueron decisivas para el comienzo del Humanismo civil, uno de los efectos colaterales más imprevistos y extraordinarios de la peste negra. Los ciudadanos, los dominicos y los franciscanos comprendieron que el camino para volver a empezar después de la gran catástrofe no era la carrera por el lujo, ni la búsqueda alocada de los placeres de la vida para olvidar la muerte. Intuyeron, por el contrario, que solo resucitarían si una nueva cultura escribía los códigos simbólicos para un Renacimiento.
En el 540, mientras Europa atravesaba la carestía más dura del primer milenio, en Montecassino, San Benito escribía su Regla, que marcó el despegue de la extraordinaria época del monacato occidental, esencial para el renacimiento posterior al imperio romano. En Florencia, la peste generó el “Decamerón”, uno de las obras maestras de la literatura mundial, que Boccaccio comenzó a escribir en 1349, con la peste todavía activa, con el fin de consolar a su pueblo: «Humana cosa es tener compasión de los afligidos» fueron sus primeras palabras.

No podemos salir de las grandes crisis sin artistas y sin profetas. Sus consuelos son los verdaderamente necesarios para la recuperación. Las ayudas económicas son importantes, sobre todo si van dirigidas a evitar la insolvencia de los deudores, pero no son suficientes, y pueden complicar el camino si, como ocurre a menudo, acaban en los lugares equivocados. Los artistas y los profetas de hoy son distintos de los que nos salvaron en siglos pasados. Pero, también en esta ocasión, saldremos mejores si somos capaces de generar artistas y profetas.

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Editoriales - Penas y víctimas de hoy, historias de ayer

Luigino Bruni

Original italiano publicado en Avvenire el 31/12/2020

La dimensión colectiva del miedo y de la muerte es una de las herencias que nos deja el 2020. Habíamos olvidado los grandes miedos colectivos, habíamos relegado la muerte a la intimidad de la familia y a la soledad del corazón de los individuos. Ahora hemos aprendido que una sola casa es demasiado pequeña para elaborar el dolor de los lutos. Para no morir junto a nuestros seres queridos, necesitamos la fuerza de una comunidad entera. Juntos dentro de la misma tempestad, hemos experimentado el mismo miedo. Hemos compartido el miedo a la muerte y, al compartirlo, no nos ha arrollado. 

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Los buenos frutos de los grandes males

Los buenos frutos de los grandes males

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En la encíclica Fratelli tutti, Francisco ha explicado que su fraternidad es universal.

Luigino Bruni.
Original italiano publicado en Avvenire el 06/10/2020

La palabra fraternidad no es sencilla. Hay muchas fraternidades, no todas buenas ni cristianas. Siempre ha habido personas y comunidades que, en nombre de la fraternidad entre ellas mismas, han descartado y humillado a mujeres y hombres que no cabían en ella. Para llamar hermanos a algunos, han ofendido y matado a otros, considerados no hermanos. El gran relato de Caín nos dice que la fraternidad de la sangre no garantiza la amistad, y que el primer asesino puede ser el hermano. Otras fraternidades no han visto ni querido a las mujeres, y las han eliminado en nombre de una fraternidad parcial y equivocada. Han sido muy raras las experiencias de inclusión de todos como hermanos, y aún más de todas como hermanas.

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Por eso, era importante que el papa Francisco, en Fratelli tutti, nos dijera claramente cuál era su fraternidad. Y nos lo ha dicho eligiendo la parábola del buen samaritano como la principal - y en cierto sentido única - base teológica y ética de su encíclica. La elección de esta parábola supone una opción fuerte y parcial. Con ella nos dice que la suya es una fraternidad universal centrada en la víctima. Ya nos lo había dicho con su primer viaje, cuando, bajando desde su Jerusalén (Roma), eligió Lampedusa como su Jericó. Su opción es parcial porque la ética del samaritano ciertamente representa una base sólida e inequívoca para una civilización de la proximidad y de la misericordia, pero no resulta tan evidente como fundamento de una ética de la fraternidad, ya que falta la dimensión decisiva de la reciprocidad. La razón de que sea menos evidente es que la fraternidad no es solo resultado de la acción del individuo, no es solo un mandamiento dirigido a cada uno de nosotros aisladamente considerado. La fraternidad es también, tal vez sobre todo, un mandamiento que se nos dirige en cuanto comunidad, iglesia, sociedad, humanidad; un verbo conjugado en plural: “amaos unos a otros…”

La parábola del samaritano no habla de hermanos de sangre (ni pródigos ni mayores). Tampoco está directamente interesada en forma alguna de acción recíproca: hay una víctima, dos individuos que pasan de largo por separado, y un tercero, el samaritano, que se inclina y se hace cargo de la víctima. Entre los distintos protagonistas no hay forma alguna de interacción recíproca – excepción hecha, paradójicamente, de la que se produce al final entre el samaritano y el posadero.

Entonces, ¿por qué el Papa la elige como piedra angular de su discurso sobre la fraternidad y la sitúa en un lugar tan central, descuidando otros pasajes bíblicos fundamentales sobre la fraternidad en el Antiguo y el Nuevo Testamento? ¿Dónde se encuentra la “perla” de este relato de Lucas, tan valiosa como para vender cualquier otro tesoro con tal de comprar el campo que la contiene? Fratelli tutti nos lo dice muy claramente: la elección de la parábola del buen samaritano es esencial para anunciar hoy una fraternidad centrada en el contraste entre proximidad y cercanía, que, además de clave de lectura de la parábola de Lucas, es la clave de lectura de toda la tercera carta encíclica del papa Francisco. Quien se inclinó a socorrer al hombre medio muerto atacado por los bandidos no fue ninguno de los dos personajes que objetivamente estaban más cerca de la víctima y sin embargo pasaron de largo – el levita y el sacerdote eran judíos, como la víctima, y además estaban dedicados al cuidado de la sociedad, eran funcionarios del templo; eran los más cercanos, pero no se hicieron próximos [prójimos].
El que se inclinó sobre la víctima fue el más lejano, desde todos los puntos de vista (religioso, étnico, geográfico), quizá el único que pasaba por la otra acera. Se hizo prójimo el que tenía menos motivos de cercanía, y además pertenecía a un pueblo “excomulgado”. Se hizo prójimo porque decidió hacerlo, porque, durante un santo viaje, se topó con un acontecimiento inesperado, reconoció una víctima y eligió la proximidad. Nacemos hermanos de sangre, pero solo nos convertimos en prójimos y hermanos en el espíritu cuando elegimos hacerlo, más allá de cualquier razonamiento sobre los lazos de cercanía.

Escribe Francisco: «Esta parábola es un icono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que necesitamos tomar para reconstruir este mundo que nos duele. Ante tanto dolor, ante tanta herida, la única salida es ser como el buen samaritano. Toda otra opción termina o bien al lado de los salteadores o bien al lado de los que pasan de largo, sin compadecerse del dolor del hombre herido en el camino. … Ya no hay distinción entre habitante de Judea y habitante de Samaría, no hay sacerdote ni comerciante; simplemente hay dos tipos de personas: las que se hacen cargo del dolor y las que pasan de largo; las que se inclinan reconociendo al caído y las que distraen su mirada y aceleran el paso» (FT 67 y 70). Este es su gran mensaje, la perla preciosa, la piedra angular de su fraternidad: el prójimo, el hermano y la hermana del Evangelio no es el cercano.

De este modo, la fraternidad de Francisco, que nace de la proximidad del Evangelio, se diferencia y se aleja de las demás fraternidades que la historia ha conocido y conoce. Por eso, estos hermanos (y hermanas) no son los compatriotas, no son los que forman parte de la misma comunidad, no son los semejantes. No es la fraternidad de los muchos “comunitarismos” y de los muchos “nosotros” que hoy ocupan con fuerza la escena de los pueblos y de la Iglesia. No es la fraternidad de los cercanos, sino la fraternidad de los lejanos. No es la fraternidad de los iguales, sino la fraternidad de los distintos. No es la fraternidad sencilla, sino la fraternidad improbable: «Los grupos cerrados y las parejas autorreferenciales, que se constituyen en un “nosotros” contra todo el mundo, suelen ser formas idealizadas de egoísmo» (89). Esta es la fraternidad de Francisco. Hasta ahora nos lo había dicho con mil gestos y muchas palabras. Ahora ha reunido las palabras en una carta dirigida al mundo entero.

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Siempre de parte de la víctima, amando las diversidades humanas

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