Editoriales Avvenire

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Los Editoriales de Avvenire - Europa, hoy en una encrucijada, debe encontrar el camino

Escuchar a los jóvenes, elegir bien

10 años perdidos para la Tobin Tax

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 19/08/2011

logo_avvenireLa Tobin Tax no es una idea nueva, pero es una idea significativa y relevante cuyo único defecto es que llega tarde. Pero también en este caso se puede aplicar el antiguo proverbio africano: “El mejor momento para plantar un árbol era hace veinte años, pero si no lo hiciste, el momento mejor es ahora”.

Alrededor del año 2000 se desencadenó una fase dinámica en el debate sobre este impuesto, dentro del movimiento juvenil que arrancó en Johannesburgo y culminó en Génova en julio de 2001. Dos meses después de los tristes acontecimientos de Génova, se produjo el atentado a las Torres Gemelas, que desvió por completo la atención de la opinión pública internacional y de la política, pasando de la Tobin Tax y del gobierno de la globalización financiera al terrorismo y a las guerras. Así comenzó un periodo de “distracción” de los temas de la especulación financiera, del que nos despertamos trágicamente con la crisis del 2008, cuando nos dimos cuenta de que durante nuestra distracción global en realidad las finanzas especulativas sin reglas ni controles habían crecido y se habían hecho hipertróficas, hasta llegar al borde del abismo.

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Así pues, la primera lección que debemos aprender de la historia de estos últimos años es inmediata pero importante: cuando los jóvenes protestan juntos, en gran número y a escala mundial, muchas veces detrás de esa protesta, tal vez desorganizada y mal articulada, se esconde una pregunta importante a la que hay que prestar oídos más allá de que las respuestas sean parciales o erróneas. Si hubiéramos escuchado, comprendido y asumido las demandas que aquellos jóvenes lanzaban al mundo de la economía y de las finanzas de finales de siglo, es decir un gobierno más atento a las nuevas dinámicas de la globalización de los mercados financieros, tal vez la grave crisis que nos sigue afectando pudiera haberse evitado.

Pero para entender el significado y la finalidad de una tasa propuesta en su tiempo por el premio Nobel James Tobin  (uno de los mayores investigadores de las finanzas de todos los tiempos; este es un dato que debería decirnos algo), puede ser de utilidad recordar cuáles son las tres funciones principales de las tasas (o de los impuestos) en las democracias modernas.

La primera es la más evidente y menos controvertida desde el punto de vista ideológico: la financiación y la construcción de bienes públicos. Esta primera función de los impuestos no exige necesariamente altruismo ni virtudes cívicas especiales, sino únicamente la confianza y la esperanza en que la gran mayoría de los demás conciudadanos no sean evasores (una confianza que hoy en Italia podría llamarse también virtud), pero es esencialmente un costo coordinado para producir bienes que requieren la contribución de todos (seguridad, infraestructuras…).

La segunda función es clásica: la redistribución de la renta. Los impuestos se convierten en instrumentos de solidaridad y fraternidad social y dicen con los hechos que un pueblo es también una comunidad con un bien común que hay que garantizar y salvaguardar, y pueden apoyarse también en una forma de racionalidad auto-interesada (como nos ha explicado el filósofo J. Rawls), como cuando pensamos que las personas desfavorecidas de mañana podríamos ser nosotros o nuestros hijos.

La tercera función, la más olvidada, es incentivar los bienes llamados “meritorios” (de mérito) y desincentivar los bienes “demeritorios”. Se gravan con menos impuestos los bienes considerados útiles para el bien común (cultura, educación...) y con más impuestos los bienes que en realidad son “males” (tabaco, alcoholes...). En este último caso, los impuestos desempeñan la función de orientar el consumo de la gente hacia sectores éticamente sensibles, donde entran en juego valores de interés colectivo.

Normalmente los impuestos desempeñan alguna de estas tres funciones y es muy raro que se den todas juntas. La Tobin Tax es precisamente uno de ellos. En efecto, contribuir a dar orden y estabilidad a los mercados financieros significa hoy generar una especie de bien público de gran valor incluso económico. El efecto redistributivo es evidente, si se utilizan, como parece obvio, los ingresos para construir infraestructuras, sanidad y educación en los países en vías de desarrollo. Por su parte, la especulación financiera presenta aspectos de bien demeritorio, ya que los sujetos privados descargan en el sistema los riesgos excesivos que estos instrumentos originan, creando las típicas “tragedias de los bienes colectivos”.

El reto crucial consiste en adoptar un impuesto parecido, a un nivel lo más global posible, ya que el ámbito de las finanzas es el mundo y, como ya se ha dicho en otras intervenciones, la normativa sólo puede ser global si quiere ser eficaz y no desviar recursos a otros mercados. Además es necesario asociar la aplicación del impuesto con una seria lucha contra el escándalo de los paraísos fiscales, una realidad que nos costará mucho explicar a nuestros hijos sin enrojecer de vergüenza.

Pero aunque únicamente la adoptara Europa, estoy convencido de que la Tobin Tax representaría una gran señal de civilización, que no sólo favorecería a la sociedad civil sino también a los propios mercados, que necesitan democracia y reglas para durar en el tiempo. Europa ha sido la patria de la economía moderna y de las finanzas, ha sido capaz de inventar estas instituciones y estos instrumentos que la han hecho grande y que han hecho posible el desarrollo y la democracia para millones de personas, faro para la humanidad de los últimos siglos. Hoy Europa está en una encrucijada: seguir la lógica del corto plazo y los intereses de los poderes fuertes, sin tocar el status quo del mercado financiero que no es libre sino rehén de los grandes fondos; o dar una señal de civilización con una decisión valiente en línea con su gran historia y con sus profundas y todavía vivas raíces humanistas y cristianas.

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Los Editoriales de Avvenire - Europa, hoy en una encrucijada, debe encontrar el camino

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10 años perdidos para la Tobin Tax

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 19/08/2011

logo_avvenireLa Tobin Tax no es una idea nueva, pero es una idea significativa y relevante cuyo único defecto es que llega tarde. Pero también en este caso se puede aplicar el antiguo proverbio africano: “El mejor momento para plantar un árbol era hace veinte años, pero si no lo hiciste, el momento mejor es ahora”.

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10 años perdidos para la Tobin Tax

10 años perdidos para la Tobin Tax

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Comentarios – Para recuperar la confianza (y su sentido). Por un nuevo mercado, justo.

Un camino largo y bueno

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 12/08/2011

logo_avvenireDetrás de la crisis que estamos atravesando hay sobre todo una grave crisis de confianza. Ya no sabemos dónde encontrar inversiones fiables y vendemos títulos a cambio de liquidez (o de oro u otros bienes refugio). Hoy es más cierto que nunca que crédito viene de “creer”, de fiarse. El gran economista inglés J. M. Keynes en 1936 describió sustancialmente lo que está ocurriendo ahora: un fenómeno que depende poco de sofisticados instrumentos financieros y mucho de sencillos mecanismos psicológicos. Hemos caído en la «trampa de las expectativas negativas», una situación en la cual, por una grave crisis de confianza (en este caso en la deuda pública de los estados “soberanos”), los operadores sienten una fortísima preferencia por la liquidez y una gran desconfianza hacia los títulos financieros. Cuando se cae en estas trampas, la única política eficaz consiste en volver a crear la confianza que falta, en generar expectativas positivas. El sistema económico capitalista no cuenta – esto es lo más importante – con los recursos antropológicos y éticos, antes aún que técnicos, para poder relanzar estas expectativas, porque faltan perspectivas culturales que estén a la altura de los retos que se plantean.

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En los momentos de crisis, la memoria siempre es un recurso importante para imaginar y trazar escenarios de esperanza. La palabra confianza viene del latín fides, que significa a la vez confianza, fiabilidad, vínculo (cuerda) y fe religiosa. Me fío de ti, te doy crédito (eres creíble), porque compartimos la misma fides, la fe que era la principal garantía de fiabilidad y de devolución del préstamo, sobre todo cuando se intercambiaba con forasteros. Sobre esta fides-confianza-fiabilidad-credibilidad-vínculo-fe nació el primer mercado único europeo entre el siglo XIV y la Modernidad. Con la reforma protestante esta fides entró en crisis, la cuerda se rompió (la fides cristiana dejó de ser suficiente para el comercio y para la paz) y Europa encontró entonces nuevas formas de confianza para poder sostener los mercados nacientes. En el siglo XVII es cuando nacen los bancos centrales y las bolsas de valores, que se convierten en las nuevas garantías “laicas” del nuevo mercado sin-fides. En paralelo con estas nuevas instituciones económicas surgen también los estados nacionales, que se convierten en los nuevos “lugares de la confianza”, las grandes garantías para los mercados y las monedas, como lo fueron las ciudades en la Edad Media. Este breve excurso histórico sirve para decir que la economía moderna laica nace de una relación muy estrecha entre la economía y la política nacional, entre las finanzas y los estados-nación. Detrás de los intercambios y de las finanzas estaban los estados, los pueblos, las comunidades nacionales, los territorios, la pertenencia. También la democracia política y económica que conocemos se basa en mercados e instituciones económicas sustancialmente nacionales. Este capitalismo nacional, en sus dos grandes versiones anglosajona y europea, ha estado vigente hasta hace unas pocas décadas, cuando entramos cada vez con mayor aceleración en la era de la globalización y del capitalismo financiero.

Esta crisis nos dice que todavía no sabemos comprender ni gobernar el capitalismo globalizado, porque mientras que la economía y las finanzas han cambiado radicalmente, la política y sus instrumentos siguen siendo los del primer capitalismo, incluida la creación sin controles ni garantías de enormes deudas públicas, expresión de la vieja idea de soberanía y señorío de los estados-nación. Por no hablar del tema fiscal: para combatir seriamente la evasión fiscal deberíamos reconocer por lo menos que existe una importante y gran “cuestión fiscal” y de justicia que se juega en los mercados financieros globales, donde se crean enormes ganancias y rentas que de hecho escapan a los sistemas fiscales, demasiado anclados todavía en la dimensión nacional que, como mucho, puedne recurrir ex post al peligroso e inmoral truco de la condonación.

En Europa, el euro está en crisis profunda porque todavía no hemos encontrado una relación entre el euro y Europa. Sigue habiendo un efecto de credibilidad de cada país (no será casualidad que Piazza Affari [sede de la Bolsa de Milán] sea casi siempre la peor), pero no es decisivo para entender y afrontar la crisis. Basta observar lo inadecuadas que han sido las garantías ofrecidas por los Estados Unidos de Obama, ya que lo que realmente haría falta es una política a medida de la globalización, una política que aún no existe ni tampoco se deja entrever. Haría falta un nuevo Bretton Woods mundial, para dar vida a una economía de mercado post-capitalista, donde las finanzas estén reguladas y paguen impuestos igual (o tal vez más) que todas las actividades que producen rentas, donde se creen autoridades independientes de control de las deudas públicas, donde se regule también el gobierno de las grandes empresas multinacionales (algunas de ellas hoy más ricas e influyentes que muchos pequeños estados-nación), y mucho más. Por eso, lo que nos jugamos en esta crisis es la nueva economía de mercado en la era de la globalización, que deberá ser distinta de la que hemos conocido hasta ahora. La economía financiera globalizada necesita confianza pero, como ocurre con la energía, ésta se consume sin que seamos capaces de regenerarla, porque sus instrumentos crean reputación (que es un bien más de mercado), que tiende a desplazar la confianza (que es, en cambio, un bien relacional).

Lo que a fecha de hoy está fuera de dudas es que la vieja política basada en los gobiernos nacionales, en el equilibrio de los partidos y en la soberanía, ya no funciona. No sabemos qué es lo que surgirá de este fracaso. Únicamente podemos prever algunos años de fragilidad, de riesgo sistémico y de incertidumbre, que implicarán sacrificios para todos, esperemos que repartidos con un poco de justicia. Pero sobre todo debemos relanzar la esperanza, que es la gran virtud para todos los tiempos de crisis y el terreno fértil en el cual puede volver a florecer también la confianza.

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Comentarios – Para recuperar la confianza (y su sentido). Por un nuevo mercado, justo.

Un camino largo y bueno

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 12/08/2011

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Editorial – Deuda y finanzas hipertróficas

El abrazo mortal

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 7/08/2011

logo_avvenireLa esperada rebaja de la calificación de los Estados Unidos por parte de Standard & Poor’s, de AAA ad AA+ (por primera vez en la historia), añade una nueva tesela al mosaico que se está componiendo estos días. Todavía no tenemos una idea clara de lo que le está ocurriendo a nuestro sistema económico, pero lo que sí podemos intuir es que nos encontramos ante la más grave crisis del sistema capitalista, una crisis que comenzó en otoño de 2008 y se encuentra en pleno desarrollo, sin que sepamos cuándo y cómo terminará, si es que termina.

El crac de otoño de 2008 nos reveló una primera novedad: que ya no era posible separar la economía real de las finanzas, puesto que en la era de la globalización la economía real es también financiera y una crisis en los mercados financieros se convierte inmediatamente en una crisis real (paro, PIB) y viceversa. Por eso esta crisis implica también un fracaso de la ciencia económica y un fracaso nuestro, de los economistas (incluidos los consejeros de Obama), que usamos instrumentos obsoletos para descibir el mundo y sugerir recetas.

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Pero el temporal de estos días nos trae otra novedad: ya no es posible separa la economía de la geopolítica ni de las políticas de cada uno de los estados. Entre la caída de los mercados financieros, los problemas políticos de Obama, las vicisitudes del gobierno italiano y la debilidad del sistema político europeo existe una relación tan estrecha que ya no es posible saber dónde termina el Mercado y dónde comienza la Política. Sólo conseguiremos salir de esta crisis, que marca una época, si sabemos ver conjuntamente y de manera sistémica las finanzas, la economía y la politica, con una mirada global, pero sin perder de vista la dimenión regional (véase Grecia). Las finanzas han crecido como una buena planta que, cuando le faltan cuidados y la necesaria poda, termina por invadir el jardín entero.

Hoy el volumen anual de los títulos que se intercambian en los mercados financieros supera con creces (entre 8 y 10 veces) la cifra del PIB mundial, un volumen que durante los últimos 15 años ha aumentado más de 40 veces. Deberíamos preguntarnos, también los expertos, cómo es que hemos asistido inertes a este crecimiento hipertrófico y elefantiásico de las finanzas especulativas, sin pararnos de vez en cuando a valorar, a distintos niveles (económico, político, civil, ético) si el camino que iniciamos en los años 90 no nos conduciría por senderos impracticables y muy peligrosos.

Esta hipertrofia financiera se funde en un abrazo mortal con la desorbitada deuda, privada y pública, de la economía mundial económicamente avanzada. No debemos cansarnos nunca de repetir que el problema de esta crisis es el excesivo endeudamiento privado (en 1998) y público (ahora), debido a las grandes operaciones de salvamento de bancos y a la financiación de carísimas guerras.

Si no reducimos el endeudamiento medio de Occidente (y de Japón, también enfermo) no saldremos de esta crisis. Entre otras cosas, porque en estos días en los que todo el mundo habla de crecimiento debemos tener muy en cuenta que la economía capitalista ha crecido mucho y mal durante estos últimos veinte años (gracias también a las innovaciones financieras), con graves consecuencias medioambientales y sociales: las tasas de crecimiento de los años anteriores a 2008 no se pueden volver a plantear, tanto por razones económicas (falta de demanda) como sobre todo por razones medioambientales y éticas. En caso contrario, cometeremos el error de quienes descubren que tienen diabetes y para curarla intentan aumentar un poco la actividad física, pero siguen comiendo dulces como antes del diagnóstico. Para curarse seriamente hay que cambiar globalmente el estilo de vida, haciendo sacrificios, una palabra antigua e impopular pero que sigue siendo crucial cuando la historia se pone seria.

Las crisis, individuales y colectivas, siempre son ambivalentes: podemos salir de ellas siendo peores o siendo mejores; el resultado depende sobre todo de nosotros y de nuestra visión del mundo. Un error mortal que hay que evitar durante las crisis es no tomarse en serio las señales que nos llegan de fuera. No hay que demonizar a los mercados financieros. Nos enseñan algo importante. En primer lugar que todos hemos infravalorado las crisis de estados como Grecia, Portugal e Irlanda. Las crisis financieras estructurales y globales son algo muy serio, aunque afecten a estados pequeños, ya que puede ser un niño quien señale que el rey (el euro) está desnudo.

Una segunda señal o mensaje que nos llega de esta crisis es la urgencia de realizar reformas serias y profundas, sobre todo en pensiones y en la reducción del despilfarro de la administración pública, reformas que requieren una unidad política nacional que aún no se ve más allá de las diversidades partidistas. Esta falta de responsabilidad es grave, porque el momento que estamos viviendo es tal vez el más grave desde la época del terrorismo. Finalmente, esta crisis será una felix culpa si nos hace dar vida a una economía de mercado que supere el capitalismo hiperfinanciero que hemos creado, ya que estamos pagando el aumento de bienestar económico con la moneda de la fragilidad y la inseguridad de todos pero, de manera especial, de los más débiles (ya sean personas o estados).

Por eso debemos seguir todos con mucha atención y responsabilidad lo que acontece estos días. Lo que está en juego no es únicamente la suerte del mercado financiero y de los poseedores de títulos, sino la calidad de la economía de mercado que surja de esta crisis y por ello la calidad de la libertad, de los derechos y de la democracia.

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Editorial – Deuda y finanzas hipertróficas

El abrazo mortal

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 7/08/2011

logo_avvenireLa esperada rebaja de la calificación de los Estados Unidos por parte de Standard & Poor’s, de AAA ad AA+ (por primera vez en la historia), añade una nueva tesela al mosaico que se está componiendo estos días. Todavía no tenemos una idea clara de lo que le está ocurriendo a nuestro sistema económico, pero lo que sí podemos intuir es que nos encontramos ante la más grave crisis del sistema capitalista, una crisis que comenzó en otoño de 2008 y se encuentra en pleno desarrollo, sin que sepamos cuándo y cómo terminará, si es que termina.

El crac de otoño de 2008 nos reveló una primera novedad: que ya no era posible separar la economía real de las finanzas, puesto que en la era de la globalización la economía real es también financiera y una crisis en los mercados financieros se convierte inmediatamente en una crisis real (paro, PIB) y viceversa. Por eso esta crisis implica también un fracaso de la ciencia económica y un fracaso nuestro, de los economistas (incluidos los consejeros de Obama), que usamos instrumentos obsoletos para descibir el mundo y sugerir recetas.

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Editorial - Clase media y crisis del capitalismo

Las vacas de las finanzas y nosotros

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 2/08/2011

Con el empobrecimiento de la clase media, se disuelve el vínculo social que, entre otras cosas, se basa en la igualdad económica percibida.

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El acuerdo alcanzado en EE.UU. sobre la deuda pública no nos debe eximir de reflexionar profundamente sobre el excesivo endeudamiento de la economía norteamericana y del sistema capitalista. La gran operación de salvamento de los bancos en 2009 esencialmente trasladó deuda del sector privado al sector público, sin resolver las verdaderas causas del problema, que se encuentran en una clase media norteamericana y mundial que se está empobreciendo y endeudando progresivamente. Detrás de la enorme deuda pública hay un problema de desigualdad en la distribución de la renta, que se está convirtiendo en una cuestión crucial para nuestro sistema económico capitalista.

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En otoño de 2008, cuando la crisis estaba a punto de estallar, la cuota del PIB en manos del 1% más rico de la población estadounidense alcanzó su pico más alto, exactamente igual que en 1928, en los albores del hundimiento de Wall Street, como nos recuerda Robert Reich en su último y útil libro (Aftershock, Fazi, 2011). Cuando la clase media se empobrece en relación con la clase rica, tiende a endeudarse demasiado, porque además, a diferencia de lo que ocurría en 1929, hoy el sistema financiero propone y promete recetas mágicas para mantener o aumentar, con la deuda, el nivel de consumo.

En décadas pasadas, la actitud con respecto a la desigualdad era ambivalente: una parte de la opinión pública y de los expertos la veía como un fenómeno esencialmente transitorio, un precio que había que pagar únicamente en las fases iniciales del desarrollo económico, como metafóricamente explicaba Albert Hirschman con la imagen del túnel: cuando estamos parados en un túnel debido a un obstáculo, si la fila de al lado empieza a moverse, puedo deducir que también la mía se desbloqueará pronto. Así pues, la desigualdad debería tener la forma de una U invertida, creciendo al principio y disminuyendo después en las fases maduras del capitalismo.

La historia reciente de Occidente  nos dice que en los últimos 25 años la desigualdad ha vuelto a aumentar. ¿Cómo puede ser? ¿Los economistas han errado sus previsiones? En realidad, ha aparecido un factor inédito que es la naturaleza financiera del último capitalismo, que pone en crisis la teoría o ideología misma del libre mercado. Cuando el timón del sistema económico (y político) pasa a manos de las finanzas especulativas (en este caso el adjetivo es importante, ya que no todas las finanzas son iguales), entran en crisis algunos de los pilares del liberalismo, como la capacidad del mercado para asegurar el crecimiento económico. Esto es así al menos por tres razones.

La primera está relacionada con el tipo de riqueza que se crea con la especulación financiera. La regla de oro de la economía de mercado “normal” (cuando las finanzas son subsidiarias de la economía real) es la ventaja mutua de los sujetos que participan en el intercambio; cuando, por el contrario, aparecen las finanzas especulativas muchas veces la regla es el ‘juego de suma cero’ como en el póker: cuando uno gana los demás pierden.

Eso quiere decir que buena parte de las finanzas de última generación más que crear nueva riqueza la desplazan (sobre todo jugando con el tiempo) de algunos sujetos a otros. En segundo lugar, en buena parte de las finanzas especulativas (no en todas) lo que ocurre sistemáticamente, sin que nadie lo condene ni se escandalice, es lo que hemos visto recientemente en las apuestas deportivas: algunos jugadores (grandes fondos) apuestan por el resultado de los partidos (valor futuro de los títulos) y después juegan de forma que sus previsiones (apuestas) se cumplan. La tercera razón tiene que ver directamente con la desigualdad. El capitalismo turbo-financiero naturalmente produce mucha desigualdad porque, gracias a la globalización de la tecnología y de la fuerza de trabajo, paga cada vez menos a los trabajadores con competencias medias (obreros, empleados, cuidadores, trabajadores de los servicios), es decir a gran parte de la clase media, mientras que paga muy bien a unos pocos super-especialistas (técnicos y directivos) capaces de hacer crecer exponencialmente los beneficios de las finanzas.

Pero – este es el punto crucial – en un sistema económico en el que se enriquecen sólo unos pocos y se empobrece la clase media, es decir la inmensa mayoría de la población (por no hablar de los verdaderos pobres, que es un tema todavía más crucial), el vínculo social, que se basa, entre otras cosas, en la igualdad económica percibida,  corre peligro de disolverse, esencialmente por falta de “demanda” (no sólo de equidad). En efecto, el aumento de renta en las clases medias y pobres inmediatamente se traduce en un mayor consumo y en PIB, mientras que cuando aumenta la renta de quienes ya tiene mucha, los efectos sobre el consumo y el crecimiento son muy inferiores. Además, nos estamos dando cuenta de que cuando los trabajadores se empobrecen con respecto a otros grupos sociales, la desigualdad se convierte directamente en un factor de crecimiento (o de recesión). Ya no es suficiente la retórica de aumentar ‘el tamaño de la tarta’ antes de pensar en los trozos, ya que por una parte el aumento de la tarta puede ser sólo aparente y por otra el consumo excesivo y el derroche de los grandes comedores de tartas hace que se indigesten también los trozos cada vez más pequeños de los demás.

Si vemos con una cierta distancia nuestro sistema capitalista, la primera y fuerte impresión es que hemos crecido demasiado y mal. La crisis medioambiental es muy elocuente, pero también lo es esta creciente desigualdad, fruto de un ordeño excesivo de las vacas de las finanzas que hoy puede terminar matando de agotamiento a los animales. El instrumento para volver a equilibrar las relaciones económicas no se llama limosna ni filantropía, sino sistema fiscal. Por eso algunas propuestas fiscales que tratan de apoyar a la familia (como el “factor familia”), antes que propuestas éticas son exquisitamente económicas, porque si no se vuelve a equilibrar el pacto social no tendremos energía para relanzar el crecimiento, reducir la deuda pública y construir un sistema económico mejor. Por ello hago mías las palabras de esperanza con las que Reich concluye su discurso: “En los Estados Unidos, como en Italia, invertiremos el curso que hoy amenaza a nuestras economías y a nuestras democracias. Lo haremos, porque esta inversión interesa a todos, incluso a los que en nuestras sociedades poseen niveles enormes de poder y riqueza. … El reto es nuestro y de nuestros hijos. Es el reto económico más grande que tenemos delante”.

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Editorial - Clase media y crisis del capitalismo

Las vacas de las finanzas y nosotros

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 2/08/2011

Con el empobrecimiento de la clase media, se disuelve el vínculo social que, entre otras cosas, se basa en la igualdad económica percibida.

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El acuerdo alcanzado en EE.UU. sobre la deuda pública no nos debe eximir de reflexionar profundamente sobre el excesivo endeudamiento de la economía norteamericana y del sistema capitalista. La gran operación de salvamento de los bancos en 2009 esencialmente trasladó deuda del sector privado al sector público, sin resolver las verdaderas causas del problema, que se encuentran en una clase media norteamericana y mundial que se está empobreciendo y endeudando progresivamente. Detrás de la enorme deuda pública hay un problema de desigualdad en la distribución de la renta, que se está convirtiendo en una cuestión crucial para nuestro sistema económico capitalista.

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Las vacas de las finanzas y nosotros

Las vacas de las finanzas y nosotros

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Comentarios - Para entender y afrontar la crisis

Un jubileo para Italia

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/07/2011

logo_avvenireEn estos días saltan las alarmas por los ataques especulativos, alternándose con otras señales de distensión y optimismo. Realmente, debemos ser conscientes de que la situación es grave y prepararnos, como país y como Europa, para afrontar una etapa que podría resultar más difícil y larga que la de otoño de 2009. En efecto, la crisis que estamos viviendo estos días es mucho más que un fenómeno de contagio (de las crisis griega y portuguesa). Es una crisis debida a la fragilidad estructural de Italia y de Europa. El enfermo está grave. No es todavía una enfermedad mortal, pero tampoco una simple gripe. Es un segundo mini infarto que, a menos que se produzca un cambio de estilo de vida, puede acarrear consecuencias fatales.

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Durante el intervalo entre ambas crisis, el paciente “Italia” se ha seguido comportando prácticamente igual que antes, con la única excepción de algún paseo vespertino o algunas píldoras, pero sin ninguna señal fuerte de que se haya invertido la tendencia..

Hay que considerar al menos tres elementos para llegar a un diagnóstico y a una posible terapia. El primer elemento para un correcto diagnóstico tiene que ver con la demografía. Nunca entenderemos bien lo que está ocurriendo si no partimos de un dato estructural y de largo plazo: en Italia, al igual o incluso más que en otros países europeos, se ha reducido drásticamente en los últimos años la relación entre la población activa y el número de jubilados, en paralelo con un fuerte incremento de la esperanza de vida.

Toda la organización del estado social se basaba en una esperanza de vida mucho menor (y en un mayor número de jóvenes trabajadores), que permitía a las generaciones jóvenes mantener el gasto en pensiones. Además, la familia, que ha constituido el verdadero centro de nuestro estado social (mucho más que el estado o el mercado), ya no logra realizar sus funciones de cuidado y asistencia. Así pues, si no hacemos pronto no sólo una reforma de las pensiones, sino un nuevo pacto intergeneracional, la deuda pública no podrá reducirse.

La deuda pública es precisamente el segundo elemento del diagnóstico. La especulación golpea a Italia porque su enorme deuda pública hace que sea indispensable suscribir periódicamente títulos estatales para evitar la quiebra. Eso provoca, en unos momentos en los que también la política es frágil, que se demande una rentabilidad cada vez mayor para nuestros títulos. La deuda pública es la verdadera espada de Damocles de la crisis de estos días.

El tercer elemento hace referencia a Europa, es decir a la ausencia de una realidad política detrás del euro. El proyecto de los padres fundadores de Europa era sobre todo un proyecto político. La historia nos dice que una moneda es fuerte cuando está sostenida  por un poder político (del que es expresión). Las incertidumbres en la gestión de la crisis griega son una señal importante. Nos dicen que no hay mucho más que intereses económicos en esta Europa del euro. Las fuerzas de los mercados financieros lo saben y golpean por los flancos más débiles. Sin un nuevo pacto político, sin una constitución europea y sin instituciones fuertes (y ágiles, hay que reducir también el costo de la burocracia europea), el euro no durará mucho.

La terapia que todos proponen consiste en relanzar el crecimiento económico. Pero hay que recordar que el insuficiente crecimiento económico es también consecuencia de los dos primeros elementos, es decir de un país envejecido y endeudado que no encuentra recursos para crecer. El crecimiento económico necesita muchos ingredientes, todos ellos co-esenciales: inversiones públicas (sobre todo en educación e investigación), creatividad, innovación y sobre todo entusiasmo y pasión por parte de los ciudadanos. En Italia hoy faltan ciertamente recursos para las inversiones públicas, pero falta aún más el entusiasmo y el deseo de vivir. Para comprender en qué consiste este entusiasmo, basta dar una vuelta por Asia, Oriente Medio o Africa. En mi último viaje a Kenia, más que la miseria material, me impresionó ver jóvenes estudiando por la noche amontonados bajo las farolas de las calles. Es el hambre de vida y de futuro la que mañana podrá vencer el hambre de comida y crear desarrollo y bienestar. Si Italia y Europa no encuentran ya este entusiasmo, no habrá ley de presupuestos que pueda relanzar el crecimiento, porque, entre otras cosas, nuestros políticos y la opinión pública sistemáticamente olvida la mayor lección de las ciencias sociales del siglo XX: el crecimiento y el desarrollo de un país no dependen principalmente de la acción de los gobiernos sino de los comportamientos diarios de millones de ciudadanos, cada uno de los cuales posee un fragmento de información y de conocimiento relevante para las acciones sociales y económicas.

Es cierto que también el gobierno y las instituciones son agentes económicos (que pueden y deben hacer su parte co-esencial), pero tienen mucho menos poder de lo que creen y nos cuentan cada día (entre otras cosas, para justificar su presencia y su coste). La solución a la crisis económica se encuentra fuera de la esfera económica: se encuentra en la vida civil, en los deseos y en las pasiones de la gente, que son los pozos de los que se nutre también la vida económica. Nadie va a trabajar cada mañana para reducir la deuda pública, sino para hacer realidad proyectos, sueños. También somos capaces de hacer grandes sacrificios, pero sólo si detrás de ellos intuimos que hay un proyecto colectivo grande, capaz de mover los corazones a la acción, de encender el entusiasmo. Hemos sabido hacerlo en muchos momentos del pasado, incluso reciente. ¿Por qué ahora no? Pero es necesario que cada uno de nosotros use bien ese trozo de conocimiento y de poder sobre la realidad de que dispone, comercie bien con sus talentos, se comprometa más y mejor. Pero para que este juego funcione hacen falta ritos y liturgias públicas, la fuerza de los símbolos, del arte y de la belleza, gestos solemnes y colectivos. En particular estoy convencido de que hoy es urgente organizar una especie de jubileo, en el sentido bíblico del término: una época de perdón recíproco, de reconciliación y de paz, para olvidar las maldades y los envenenamientos recíprocos de que hemos sido capaces en estos 20 años, tanto en la clase política como en el conjunto del país, y mirar juntos hacia delante. Hoy Italia se encuentra en un estado social muy parecido a la «guerra de todos contra todos» de la que hablaba Hobbes. Puede que no salgamos de él y continúe el declive civil y económico. También podemos salir creando un Leviatán, el cocodrilo monstruoso que también forma parte de la historia y del ADN de los italianos. Pero podemos salir de esta trampa de pobreza social y económica relanzando una nueva época de virtudes civiles y un nuevo pacto, el único terreno que ha generado y genera creatividad, entusiasmo y ganas de vivir, en el que florecerá también el crecimiento económico.

© derechos reservados

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Comentarios - Para entender y afrontar la crisis

Un jubileo para Italia

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/07/2011

logo_avvenireEn estos días saltan las alarmas por los ataques especulativos, alternándose con otras señales de distensión y optimismo. Realmente, debemos ser conscientes de que la situación es grave y prepararnos, como país y como Europa, para afrontar una etapa que podría resultar más difícil y larga que la de otoño de 2009. En efecto, la crisis que estamos viviendo estos días es mucho más que un fenómeno de contagio (de las crisis griega y portuguesa). Es una crisis debida a la fragilidad estructural de Italia y de Europa. El enfermo está grave. No es todavía una enfermedad mortal, pero tampoco una simple gripe. Es un segundo mini infarto que, a menos que se produzca un cambio de estilo de vida, puede acarrear consecuencias fatales.

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Un jubileo para Italia

Un jubileo para Italia

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por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 9/02/2011

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Italia ha sido cuna de la tradición civil. Las abadías y los monasterios fueron los lugares donde se formó principalmente la cultura de la economía mercantil y de la participación, de la cual surgieron las innovaciones técnicas y contables, así como los estatutos de las ciudades libres de Italia.

La época comunal primero y el humanismo civil después, dieron vida a una gran eclosión de lo civil, retomando y desarrollando la cultura grecorromana de las virtudes civiles. En el siglo XVIII los temas civiles, de la felicidad pública y la economía tuvieron un gran desarrollo, haciendo de Italia una de las patrias de la ciencia económica moderna.

Esta tradición se mantuvo muy viva hasta el comienzo del Risorgimento, para conocer después un eclipse de más de un siglo que coincide además con la historia de la Italia unida.

 

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por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 9/02/2011

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Italia ha sido cuna de la tradición civil. Las abadías y los monasterios fueron los lugares donde se formó principalmente la cultura de la economía mercantil y de la participación, de la cual surgieron las innovaciones técnicas y contables, así como los estatutos de las ciudades libres de Italia.

La época comunal primero y el humanismo civil después, dieron vida a una gran eclosión de lo civil, retomando y desarrollando la cultura grecorromana de las virtudes civiles. En el siglo XVIII los temas civiles, de la felicidad pública y la economía tuvieron un gran desarrollo, haciendo de Italia una de las patrias de la ciencia económica moderna.

Esta tradición se mantuvo muy viva hasta el comienzo del Risorgimento, para conocer después un eclipse de más de un siglo que coincide además con la historia de la Italia unida.

 

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El «alba incompleta» del modelo económico italiano

El «alba incompleta» del modelo económico italiano

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por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 23/09/2010

Vuelve a hablarse, por fin, de gratuidad (véase la página de «Avvenire» del martes 21), en los debates públicos sobre economía e incluso en la ciencia económica.

No debería asombrar que la economía recupere el interés por la gratuidad. Pensemos que la palabra latina 'charitas', elegida por los cristianos para traducir la palabra griega 'agape', el amor gratuito, tenía un origen y un uso económicos. Significaba lo caro, lo que cuesta en el mercado. Este renovado interés está acompañado por un uso no siempre atento y fiel a la gran reflexión filosófica, espiritual y sobre todo humana (solo el ser humano la conoce) sobre la gratuidad. En mi opinión hay dos errores que se cometen con frecuencia cuando se habla de gratuidad. Antes que nada se la identifica con lo que se da 'gratis', a precio cero: «Paco trabaja gratuitamente», trabaja gratis, por lo que su salario es igual a cero. Sin embargo, por la gran tradición franciscana sabemos que la gratuidad tiene, en cierto sentido, un  valor infinito.

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Cuando Francisco enviaba a los frailes a dar el evangelio, les decía que no aceptaran dinero a cambio de la predicación. ¿Por qué? «Si tuvieran que pagaros haría falta todo el oro del mundo», cuenta la tradición. Y así aceptar una cantidad de dinero inferior a «todo el oro del mundo» hubiera significado «malvender» la gratuidad, hacer dumping relacional y espiritual.

De ahí viene la tradición franciscana de aceptar dones como respuesta de reciprocidad. Cuando hoy identificamos la gratuidad con lo gratis corremos el riesgo de borrar esta verdad fundamental y le hacemos un flaco favor tanto a la gratuidad (malvendida y despreciada) como al mercado. ¿Por qué también al mercado?
Vamos con el segundo error.

Identificar la gratuidad con lo gratis (precio cero) ha comportado y comporta cada vez más, asociar el mercado, los contratos y los intercambios mercantiles con la no gratuidad. Si la gratuidad fuera lo gratis, cualquier realidad en la que existan precios y dinero dejaría de tener relación con la gratuidad. La gratuidad puede estar presente en el mercado bajo la forma de un descuento o un artículo promocional, (aunque en realidad son la ‘vacuna’ con la que nos inmunizamos de la auténtica gratuidad); o también puede aparecer 'después del mercado’, cuando el empresario, como cualquier ciudadano particular, hace una donación o constituye una fundación para vivir finalmente esa gratuidad ajena a la acción propiamente económica y empresarial. Podrían decirse muchas cosas sobre el surgimiento del modelo filantrópico americano que, como reacción al excesivo lazo entre gratuidad (charis) y mercado (las indulgencias), ha construido todo un sistema económico dicotómico, donde 'los negocios son los negocios' y los dones son algo totalmente privado y distinto de los negocios (hay que señalar que en los EE.UU. ni siquiera existe una palabra para nombrar la gratuidad; 'gratuity' no es más que la propia que se da a los camareros). En realidad el auténtico gran reto cultural de la gratuidad es concebirla, en línea con lo que dice la 'Caritas in veritate', como una dimensión fundante de cualquier experiencia humana, desde la familia hasta la empresa y desde la política hasta los contratos. Muchas experiencias de microcrédito, desde los franciscanos de la Edad Media hasta Yunus, han vivido extraordinarias experiencias de gratuidad liberando de la miseria y la exclusión a millones de personas, sin ningún regalo o prestación ‘gratuita’ (gratis), sino con contratos, con normas bien condicionadas, con una gratuidad acompañada por el deber. La gratuidad que hoy se le pide al sistema bancario no es la de los patrocinadores o la de las fundaciones bancarias, sino la que informa, o no informa, la normalidad del hacer banca, desde la responsabilidad hasta la transparencia. La gratuidad que importa verdaderamente no es la de ese 2% de los beneficios sino la del 98% restante. En caso contrario, la gratuidad se reduce al licor al final de la comida, o a un tapagujeros, a lo que sobra y que, al no ser debido, se convierte en no necesario y en superfluo.

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publicado en Avvenire el 23/09/2010

Vuelve a hablarse, por fin, de gratuidad (véase la página de «Avvenire» del martes 21), en los debates públicos sobre economía e incluso en la ciencia económica.

No debería asombrar que la economía recupere el interés por la gratuidad. Pensemos que la palabra latina 'charitas', elegida por los cristianos para traducir la palabra griega 'agape', el amor gratuito, tenía un origen y un uso económicos. Significaba lo caro, lo que cuesta en el mercado. Este renovado interés está acompañado por un uso no siempre atento y fiel a la gran reflexión filosófica, espiritual y sobre todo humana (solo el ser humano la conoce) sobre la gratuidad. En mi opinión hay dos errores que se cometen con frecuencia cuando se habla de gratuidad. Antes que nada se la identifica con lo que se da 'gratis', a precio cero: «Paco trabaja gratuitamente», trabaja gratis, por lo que su salario es igual a cero. Sin embargo, por la gran tradición franciscana sabemos que la gratuidad tiene, en cierto sentido, un  valor infinito.

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La gratuidad puede convivir con el mercado

La gratuidad puede convivir con el mercado

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Editorial

por Luigino Bruni

publicado en la sección "Agorà", de Avvenire, el 5/02/2010

«La Italia hecha en casa» (Mondadori), de los economistas Alberto Alesina y Andrea Ichino, es un libro lleno de datos importantes, sobre los que está bien reflexionar pero tal vez para llegar a conclusiones distintas de las que proponen sus autores. La tesis del libro es que el retraso económico de Italia es principalmente un retraso cultural, a causa de nuestra tradición familiar que hace que gran parte de los trabajos domésticos y el cuidado de las personas sean realizados por mujeres que, por ello, trabajan demasiado poco ‘fuera de casa’, en el mercado.

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La receta consiste, entonces, en bajar los impuestos sobre la renta del trabajo femenino para incentivar que las mujeres trabajen más. Es incuestionable que todavía hoy existe en Italia  una significativa asimetría en las oportunidades de desarrollo profesional entre hombres y mujeres y que hacen falta intervenciones urgentes de tipo legislativo, económico y social que faciliten el trabajo femenino en el mercado, reequilibrando el peso relativo del trabajo doméstico. Desde este punto de vista, este libro puede desempeñar una importante función de cara a alimentar un debate cívico relevante. Pero la visión cultural que subyace en el libro considera los vínculos fuertes, sobre todo los de tipo familiar y comunitario, como el mayor fardo social de Italia y de la cultura mediterránea con respecto a los países nórdicos, más desarrollados económica y civilmente.

Hay algunas afirmaciones que tienden a rebajar esta tesis tan radical, pero la orientación general del trabajo es coherente con esta tesis: si somos capaces de abandonar el modelo italiano de familia para imitar el modelo social noruego o danés, nos convertiremos por fin en un país postmoderno, democrático, más rico y tal vez más feliz. Pero esta tesis no es convincente, no sólo porque esa gran felicidad ‘nórdica’ no existe, sino sobre todo por la ausencia de la idea de familia como sujeto colectivo. Para los autores, la familia es esencialmente una suma de individuos separados. No se ven las relaciones, sino los individuos. De ahí la crítica a la propuesta del ‘cociente familiar’ que permitiría que las rentas de los cónyuges tributaran como la media de una renta conjunta. «Si consideramos que la participación de la mujer en el trabajo es un objetivo importante para nuestro país, es evidente que el método del cociente familiar nos alejaría de este objetivo y por eso es preferible la tributación individual». La tributación individual ve a la pareja como un hombre y una mujer aislados; pero la familia es sobre todo un pacto que hace de dos personas individuales un sujeto colectivo, en el que las decisiones se discuten y se toman conjuntamente, incluso las decisiones laborales. Criar y educar a un niño, sobre todo durante los primeros años de vida, no es un asunto privado de los padres o de la madre, no es una ‘mercancía’ como el transporte o la limpieza doméstica que se pueden comprar y vender eficientemente en base a la ley de la oferta y la demanda. Hoy la mejor teoría económica lo reconoce, cuando interpreta la familia como productora no sólo de servicios sino también de ‘bienes relacionales’ (que sí son bienes pero no son mercancías) y cuando muestra (véase el Nobel Heckman) que los primeros años de vida son los que más influyen en el éxito incluso económico de las personas. Antes de realizar cualquier reforma económica o fiscal sobre las familias italianas, es necesario reconocer que son un gran recurso y un gran patrimonio cívico y sólo después ocuparse de sus problemas.

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