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Luigino Bruni.
Original italiano publicado en Avvenire el 11/03/2020.
La crisis del nuevo coronavirus está desvelando la naturaleza ambivalente de la economía. Ante las dificultades que experimentamos para ir a trabajar, nos estamos dando cuenta de que nos gusta nuestro trabajo, incluso más que el tiempo libre.
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Estamos comprendiendo que nos gusta estar el domingo en casa porque después viene el lunes y podemos volver al trabajo. Sin los días laborales, los días festivos también se oscurecen. Por eso, entre otras cosas, nos resistimos a renunciar al trabajo, aunque haya evidentes motivos de seguridad para ello. Nos gustaría mantener abiertas las fábricas y las oficinas no solo para que no se reduzca demasiado el PIB, o para ganar el sueldo que necesitamos, sino también porque sentimos que, mientras podamos trabajar, y trabajar juntos, no somos aplastados. Nada mejor que una crisis, grande y grave como la que estamos viviendo, nos desvela esta dimensión y esta vocación del trabajo. En el fondo, si miramos bien dentro de nosotros mismos, cuando una forma de muerte nos amenaza, el trabajo se convierte en un potente antídoto. No existe solo el conflicto entre eros y thanatos, sino también entre el trabajo de los vivos y el no trabajo de la muerte.
Así pues, aunque en tiempos corrientes no caigamos mucho en la cuenta, en realidad también vamos a trabajar para vencer la muerte. Creando bienes y servicios mediante nuestra acción colectiva generativa estamos diciendo, cada día, que la vida es más grande. Y no es ciertamente casualidad que, en la Biblia, muchos de los episodios decisivos para la vida y para la muerte acontezcan mientras las personas están trabajando, desde Moisés que pastoreaba el rebaño hasta los apóstoles, que fueron llamados mientras trabajaban.
Tampoco es casualidad que en algunos idiomas el trabajo esté relacionado con los esfuerzos y los dolores del parto, pues se parecen al dolor que acompaña a todo trabajo verdadero, siempre que no sea simple hobby o juego.
Además, estamos entendiendo que los bienes relacionales, tan ridiculizados por los economistas y los políticos en tiempos ordinarios, son tan esenciales o más que las mercancías. De repente estamos comprendiendo que a veces la gente, sobre todo los ancianos, va a comprar el pan principalmente para “consumir” la charla con la gente del barrio, pues al mercado se va sobre todo a “intercambiar palabras”. Estamos comprendiendo que no poder recibir visitas de voluntarios y amigos en la cárcel es cuestión de vida o muerte. Las grandes crisis vuelven del revés las viejas “pirámides de necesidades”. Todas las civilizaciones han sabido siempre estas cosas. La capitalista lo había olvidado. Esperemos que vuelva a aprenderlo a partir del dolor de estos días. Del mismo modo que un “mal común” (virus) nos ha enseñado de improviso qué es el “bien común”, la soledad forzosa nos ha enseñado el valor y el precio de las relaciones humanas, y la distancia mayor de un metro nos ha desvelado la belleza y la nostalgia de las distancias cortas.
Pero, como vemos y veremos cada vez más, la economía está mostrando también otra cara. Es la de las bolsas y las especulaciones, la del miedo a las pérdidas de PIB, que parecen más importantes que las pérdidas de vidas. Hasta ahora, no se han detenido actividades comerciales y productivas que no son esenciales para la vida de la gente: despachos legales, asesorías, algunas fábricas, despachos de analistas financieros, muchos tipos de tiendas… Sabemos que estas actividades reúnen cada día a mucha gente. Hemos parado inmediatamente las escuelas, pero no así las empresas.
Sigo pensando y repitiendo desde hace días que una “cuaresma del capitalismo”, que no tuviera en cuenta el PIB, ni la prima de riesgo, ni la deuda pública, ni el pacto de estabilidad, sería una terapia eficaz para frenar el avance demasiado amenazador y rápido del virus.
Las razones de la economía son muy distintas de las primeras razones del trabajo-vida. Más aún, son enemigas. En el sistema social que hemos levantado, la última palabra parecen tenerla los negocios y no el bien común, y la política no tiene suficiente fuerza para hacer cosas obvias. Todo esto es evidente en Italia y en España, pero también en Europa, en Gran Bretaña y en los Estados Unidos, donde se está subestimando la entidad de la crisis sanitaria, con el fin de reducir o tal vez evitar sus consecuencias para la economía y en particular para las finanzas, que no siempre son aliadas de la economía.
Si estamos atentos, en esta crisis podemos leer también importantes mensajes sobre el capitalismo que hemos construido en estas últimas décadas. Hemos corrido demasiado en pos de las señales del mercado. Hemos pensado que éramos invencibles. No hemos aplicado el principio fundamental de la convivencia humana que la Doctrina Social de la Iglesia llama principio de precaución, que debería llevar a una comunidad a no esperar la llegada del “cisne negro” para prepararse a hacer frente a un caso excepcional pero devastador. Una comunidad sabia y no guiada por el capital invierte en tiempos ordinarios para prepararse para los tiempos excepcionales. Lo hacemos todos los días con los seguros individuales y empresariales. Pero no lo hacemos para la sociedad en su conjunto, que se encuentra totalmente al descubierto en cuestiones decisivas, a pesar de que en años pasados ya habían surgido serias alarmas.
Que el rey (capitalista) está desnudo, como en el cuento, nos lo había dicho una niña hace ya un año. Nosotros no le hicimos caso, y hemos seguido viviendo como si el rey llevara ropa de verdad, encantados por el bienestar y el delirio de omnipotencia. Este virus es un segundo mensaje, que podemos gestionar para seguir viviendo como antes, o podemos interpretar con sabiduría y cambiar, cambiar mucho.
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Si a alguien le quedan dudas de que nuestro capitalismo se ha convertido en algo muy parecido a una religión, solo tiene que darse una vuelta hoy por la web y por los principales centros comerciales, mirar bien a su alrededor y tratar de entender qué es lo que está ocurriendo verdaderamente. Lo que está ocurriendo en los lugares donde se celebra el Black Friday se parece mucho a un fenómeno religioso, que nos recuerda a las funciones de las religiones tradicionales.
El primer problema, radical, que tienen aquellos que se dedican a estudiar, a escribir o a legislar sobre la pobreza es la incompetencia. Dado que no somos generalmente pobres, no poseemos ese conocimiento específico que solo tienen quienes viven en condiciones de pobreza. Los discursos y las acciones sobre la pobreza son a menudo ineficaces, cuando no dañinos, porque son abstractos precisamente por falta de competencia. No es casualidad que dos de los mayores estudiosos de la pobreza, Muhammad Yunus (premio Nobel de la paz) y Amartya Sen (premio Nobel de economía) sean originarios de Bangladesh e India, respectivamente. Ambos proceden de experiencias de contacto con la pobreza de verdad y no han dudado en “mojarse” contribuyendo a crear instituciones y proyectos para aliviar la pobreza (Grameen Bank y el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas). Para entender la pobreza e intervenir en ella no basta el sentido común, que con frecuencia causa muchos daños. Por el contrario, hay que trabajar mucho, haciendo todo lo posible para adquirir, con el estudio y el contacto frecuente con las personas a las que se quiere ayudar, las competencias que faltan y son necesarias.
La palabra economía tiene su origen en un término griego que hace referencia directamente a la casa y por tanto a la familia (oikos nomos = normas para gestionar la casa). Sin embargo, la economía moderna, y la contemporánea más aún, fue pensada como un ámbito regido por otros principios distintos, en buena parte opuestos, a los principios y valores que siempre han regido la familia y lo siguen haciendo. Un principio fundamental para la familia, tal vez el primero en el que se sustentan todos los demás, es la gratuidad. Es un principio que se sitúa en las antípodas de la economía capitalista, que solo conoce sucedáneos de la gratuidad (descuentos, filantropía, rebajas) que tienen la función de inmunizar a los mercados de la gratuidad verdadera.
«Las cuestiones económicas y financieras, nunca como hoy, atraen nuestra atención, debido a la creciente influencia de los mercados sobre el bienestar material de la mayor parte de la humanidad». Así comienza el documento ”
Hoy es la fiesta de los trabajadores, de todos los trabajadores. Es también la fiesta del trabajo. Pero no de todo el trabajo, porque no todo el trabajo ni todos los trabajos merecen ser celebrados. El trabajo sin adjetivos calificativos no nos da suficiente información para saber si merece o no ser celebrado.
Mercado, moneda, deuda, beneficios: en el gran relato bíblico están presentes la mayor parte de las categorías que han fundado nuestra civilización, también las económicas. De este código simbólico, a lo largo de milenios, han bebido la poesía, la literatura y el arte, por no hablar de la filosofía o de la teoría política. Incluso el psicoanálisis, en tiempos recientes, se ha servido de la potencia generativa de los arquetipos veterotestamentarios, ampliando el terreno de la sabiduría griega, como diría Charles Moeller, gracias a la paradoja cristiana. Pero la economía no. Hace demasiado tiempo que la Biblia y la economía no se encuentran. Por este motivo Luigino Bruni ha decidido dedicar una parte relevante de su investigación más reciente al tema. En 2018 la experiencia que comenzó en junio en el Polo Lionello Bonfanti con la “Semana de Economía Bíblica” tendrá continuidad: 