Editoriales Avvenire

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Comentario – Más democracia, menos finanzas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 19/05/2012

logo_avvenireSólo saldremos de esta crisis con más democracia y menos finanzas. Nos lo ha recordado Amartya Sen, el economista-filósofo tal vez más influyente en esta etapa de la vida del mundo, en varias conferencias pronunciadas estos días en Italia. En algunos momentos nos ha dirigido palabras duras (a Italia, Grecia y España), al afirmar con fuerza: «vosotros inventasteis la democracia y ahora estáis abdicando de ella bajo la dictadura de las finanzas, los mercados y la prima de riesgo». Citando a John Stuart Mill, Sen nos recuerda que la democracia es antes que nada: government by discussion (gobierno por discusión). Así pues, no se trata sólo del gobierno de la mayoría, ni de las cifras del PIB (como ocurre en las sociedades de capitales donde no cuentan las personas ni las palabras, sino el número de acciones), ni mucho menos del gobierno de los mercados financieros. Palabras certeras, si pensamos en la poca democracia que hay en la gestión de esta crisis hoy en Europa y en el mundo.

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Estamos en pleno G8, un acontecimiento que puede ser importante en este momento crucial del capitalismo, también para los Estados Unidos, que, aunque estén en una situación económica privada y pública sustancialmente distinta de la nuestra, no pueden ni deben  olvidar que la crisis financiera global tuvo allí su epicentro, en un estilo de vida basado en el consumo a crédito y en unas finanzas especulativas hipertróficas. Por ello ni Obama ni los americanos pueden ni deben eximirse de su corresponsabilidad en el origen de la crisis y por ello también en su gestión y superación.

De esta reunión de los grandes debería salir por fin una propuesta de reforma de la arquitectura financiera. Mientras la suerte de la economía mundial esté en manos de los centros de poder financiero que buscan el beneficio a corto plazo, ya sea directamente o a través de muchas de las grandes empresas que ya controlan sin que nadie se lo impida, no se darán las condiciones necesarias para relanzar la economía y el empleo. Aquí es donde se comprende la importancia de la democracia. Hoy la democracia política y civil depende sobre todo de la democracia económica: la riqueza está cada vez más concentrada en manos de unos pocos, cada vez más alejados de los lugares del trabajo y de la vida, pero que determinan con sus humores e intereses la suerte de familias, comunidades y estados.

De vez en cuando hay que recordar que los famosos “índices bursátiles” que llevan años dominando la crónica, ocupando espacios que habría que dedicar a otros temas no menos urgentes como la crisis medioambiental y moral de nuestro tiempo, representan la preocupación de una parte muy pequeña de la población. Las sociedades cotizadas en Bolsa no son más que un pequeño porcentaje del número total de sociedades (en Italia el 0,01 y en Alemania el 0,06), cuyos propietarios son a su vez un porcentaje irrisorio de la población de esos países. Evidentemente, esto no quiere decir que esos índices no digan algo importante, pero no hablan de democracia y por lo tanto no deben decir demasiado acerca de estos tiempos, que es lo que, por el contrario, está ocurriendo cuando los mercados financieros con sus altibajos condicionan las elecciones políticas, la confianza de los gobiernos y el destino de los pueblos. Necesitamos con urgencia un decrecimiento de las finanzas y de sus índices y un crecimiento de la democracia y de sus indicadores (el primero de ellos: la cantidad y calidad del empleo), índices que nunca transitarán por los mercados financieros. 

Así se comprende que no podemos dejar únicamente en manos de las finanzas, de los bancos y de los técnicos “expertos” la suerte de los pueblos. Grecia y España, que en estos momentos están viviendo días dramáticos, han llegado a esta situación no sólo por un evidente mal gobierno político y por su propia responsabilidad. También han sido víctimas de una tormenta financiera y económica mundial en la que se ven envueltos sin tener una responsabilidad específica en ella. Más aún: la forma en que Europa y las instituciones internacionales han gestionado la crisis griega ha sido más que escandalosa desde el punto de vista ético y estúpida e irresponsable desde el punto de vista económico, cívico y social. El PIB de Grecia es el 2% del PIB europeo. De haberse intervenido inmediatamente con decisión y con verdadera solidaridad, esa crisis se hubiera reabsorbido con poco sacrificio. Si hoy Grecia se viera obligada a salir del euro, los daños más graves los sufriría Europa, no Grecia. A Grecia y también a España no las salvarán los mercados, sino la política, la democracia. Los mercados saben resolver y gestionar cosas sencillas, pero cuando está en juego el destino de los pueblos y la suerte de las instituciones políticas ganadas con sangre, ideales y sacrificios, como en el caso de la Europa unida, sólo la política puede encontrar y ofrecer soluciones sostenibles y debe esforzarse en lograrlo.

Así pues, más democracia, más discusión y más escucha por parte de quienes hablan y también de quienes en estos momentos gritan. Una escucha que nunca llegará de los mercados financieros, que no tienen oídos para ello, pero que tampoco está llegando de la política. Este es el problema: los pueblos que quieren “vivir antes que economizar” se verán impulsados a rebelarse, tal vez simplemente saliendo del euro, con graves consecuencias para los propios estados, para Europa y para el orden económico mundial.

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Comentario – Más democracia, menos finanzas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 19/05/2012

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La respuesta es política

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Comentario – Más democracia, menos finanzas por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 19/05/2012 Sólo saldremos de esta crisis con más democracia y menos finanzas. Nos lo ha recordado Amartya Sen, el economista-filósofo tal vez más influyente en esta etapa de la vida del mundo, en varias confe...
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Comentario - Una gramática por redescubrir

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 13/05/2012

logo_avvenireHay un rasgo común a muchos de los fenómenos que expresan una sana desazón ante el fisco y la política: la intolerancia creciente y la aversión hacia la injusticia. Cuando los seres humanos tomamos decisiones, incluso las que son más típicamente económicas, no seguimos un frío cálculo monetario de coste-beneficio, sino que ponemos en juego muchos otros recursos emocionales, simbólicos y éticos, que nos llevan, por ejemplo, a ‘castigar’ los comportamientos que nos parecen injustos. Todo esto es muy evidente en el tema fiscal. Aunque toda la comunicación política (anuncios incluidos) intenta convencernos de que el objetivo esencial de la recaudación de impuestos es la producción de bienes públicos (sanidad, infraestructuras, seguridad…) y de bienes meritorios (educación, cultura, arte…) que después consumimos todos, la verdad es que sólo una parte de la recaudación fiscal se usa para la realización de estos bienes públicos y meritorios que por otra parte deberían gratificarnos.

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Para entender correcta y sustancialmente la naturaleza de los impuestos hay que recurrir, además de al contrato, a la categoría y a la gramática del ‘don’, una palabra que hoy está por desgracia totalmente ausente del debate público, entre otras cosas porque la hemos maltratado durante estos últimos años.

En este caso, el don es importante por distintas razones y no sólo porque una parte de la recaudación fiscal vaya destinada a finalidades redistributivas (tomar de quien tiene más para dar a quien tiene menos). Basta pensar en el hecho, que aparece en las primeras páginas de todos los (buenos) manuales de ciencia financiera, que el tipo impositivo medio es siempre más alto que el que sería justo, ya que siempre hay una parte de los ciudadanos que defrauda o evade impuestos y una parte de la administración pública que despilfarra recursos. Con todo, hay que recordar que la decencia de una sociedad se mide por lo pequeña que sea esta cuota de evasión y despilfarro y por lo sostenible que sea el impuesto extra que por su culpa deben pagar los demás. Pero precisamente debido a la naturaleza de los impuestos, en la que también está el don, la relación de un ciudadano con otros ciudadanos y con las instituciones es muy compleja.

Quienes practican y conocen el don, o sea todos nosotros, saben que el verdadero don es un sólido entramado de interés y desinterés. Cuando una persona da algo, se sale de la lógica de la equivalencia y la garantía: es desinteresado. Al mismo tiempo, quien da espera un acto de reciprocidad hacia sí mismo o hacia otros, aunque no lo exija; puede tratarse de un simple ‘gracias’. Así pues, está interesado en la relación, puesto que no es indiferente a lo que su don produce. Cuando no se da esta relación de reciprocidad, el circuito del don se interrumpe. El verdadero don siempre tiene lugar dentro de una forma de pacto y por ello de reciprocidad.

Volviendo al fisco, cuando una persona que quiere de verdad pagar sus impuestos tiene la impresión o la certeza de que muchos conciudadanos suyos no los pagan (se habla mucho, incluso demasiado, de evasión) o el Estado no cumple con su parte del pacto, entonces o siente la tentación de dejar de pagar (evasión) o de hacer lo que sea para pagar lo menos posible (elusión) o, en el peor de los casos, tiene reacciones incluso fuertes de desprecio. Dado que la evasión es un asunto de don y reciprocidad traicionados, nos comportamos de una manera muy parecida a cuando nos sentimos engañados por un amigo importante. Resulta emblemático que antes, y tal vez ahora, cuando dos novios se dejaban, se devolvían los regalos. Hoy los italianos honrados, es decir la mayoría, advierten con fuerza esa falta de reciprocidad por parte del sector público (nacional o europeo). Esto es algo que debemos tomarnos mucho más en serio que hasta ahora.

Es grave que sigamos asistiendo inermes al espectáculo de unos parlamentarios que anuncian recortes de salarios, privilegios y poltronas que nunca llegan o que, cuando llegan, son tan irrisorios que se convierten en ofensivos. Como humillante y frustrante es seguir aumentando los impuestos indirectos a las familias o los impuestos sobre la primera vivienda, sin poner en marcha un debate sobre la imposición de los grandes patrimonios y las finanzas.

Igual de infeliz, aunque las intenciones fueran buenas, ha sido el debate suscitado en la Agencia Tributaria (que inmediatamente se ha hecho de dominio público) sobre la oportunidad de incentivar a quienes denuncien a sus conciudadanos. Las formas de corrección cívica que fortalecen el pacto social siempre cuestan y conllevan riesgo para quienes las practican, ya que ese coste expresa la voluntad de reconstruir una relación de amistad cívica estropeada. Cuando las denuncias no cuestan nada e incluso proporcionan algún dinerillo, no sirven más que para malear y envenenar las relaciones de ciudadanía; ya que no se premia la virtud, como habría que empezar a hacer con urgencia, sino que se incentiva a quienes denuncian los vicios. Dos operaciones que son, desde el punto de vista cívico, inversamente proporcionales.

Por eso, habría que celebrar la idea de algunos municipios de encargarse directamente de recaudar los impuestos, para que este momento de la vida cívica, en el que el ‘cómo’ es tan importante como el ‘qué’, sea más subsidiario y comunitario.

No se construirá una nueva relación con el fisco y en general con la cosa pública, únicamente poniendo en marcha sanciones e incentivos, sino colocando el don en el lugar que le corresponde, es decir en el centro del pacto social y de la esfera pública y liberándolo de los lugares privados demasiado estrechos en los que lo hemos confinado, ya que siempre es el don el que funda y refunda las comunidades. La communitas: ese don (munus) recíproco (cum) que está también en la raíz de la decisión cívica fundamental de pagar los impuestos.

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Comentario - Una gramática por redescubrir

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 13/05/2012

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Los impuestos también se dan

Los impuestos también se dan

Comentario - Una gramática por redescubrir por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 13/05/2012 Hay un rasgo común a muchos de los fenómenos que expresan una sana desazón ante el fisco y la política: la intolerancia creciente y la aversión hacia la injusticia. Cuando los seres humanos tomamos decis...
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Comentario – El capital cívico, más allá del PIB

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 29/04/2012

logo_avvenireMario Draghi también se ha sumado al grupo de quienes piden un «pacto por el crecimiento» y hasta Angela Merkel se está convenciendo de que es necesario. Para muchas personas – y también para muchos de los que deciden – cada vez está más claro que no es gran cosa basarse sólo en un «pacto fiscal» que, además, hace peligrar la situación económica y social de los países europeos más frágiles. Pero la pregunta es: ¿de qué tipo de crecimiento hablamos? Sin abrazar las tesis más radicales y a veces ingenuas (sobre todo en las recetas) del llamado decrecimiento, tenemos que ser conscientes de la importancia de la respuesta que demos a la pregunta sobre qué es lo que debe crecer. Cuando pensamos en el crecimiento, habitualmente pensamos en el crecimiento del PIB.

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Pero nos equivocamos, ya que, aunque no se diga nunca, esta crisis se ha generado también por un crecimiento equivocado del PIB. En estas últimas décadas, el PIB ha crecido demasiado y mal, puesto que ha crecido – y sigue creciendo – a costa del medio ambiente natural, social, relacional y espiritual, alimentando la hipertrofia de las finanzas especulativas. Además, en Italia y en esta Europa en crisis, el PIB ha crecido también gracias a un ingente aumento de la deuda pública. Pero es demasiado cómodo e irresponsable hacer que crezca el PIB aumentando el gasto de la administración pública.

Hoy no tenemos ninguna garantía de que relanzando el PIB consigamos aumentar los puestos de trabajo y el bienestar de las personas, ya que mientras el crecimiento siga estando guiado y drogado por la especulación financiera y por las rentas, la vida de los italianos seguirá empeorando, incluso con algún punto más de PIB. Tal y como lo conocemos hoy, el PIB no es un indicador de bienestar humano en general (esto es sabido), pero tampoco es un buen indicador de bienestar económico en la era de las finanzas (esto es menos sabido). Si queremos medir bien el buen crecimiento, hay que reformar el PIB y sobre todo complementarlo con otros indicadores, siempre que sean indicadores de stock y no de flujos (como es el PIB).

¿En qué sentido? El concepto de «Producto Interior Bruto» nace en el siglo XVIII en Francia (con los fisiocráticos), a partir de la genial y revolucionaria intuición de que la fuerza económica de un país no la miden los capitales ni los stocks, sino la renta anual (un flujo), puesto que un país no es más rico por tener minas, petróleo o bosques, sino por hacer que estos capitales produzcan renta, lo que depende de muchos factores (personas, tecnología, cultura…) Desde ahí llegamos al siglo XX y al nacimiento del PIB, pensando que lo que importa para la riqueza de las naciones son los flujos y no los stocks. Una bonita idea de ayer que hoy puede llevar a confusión.

 

Para relanzar el crecimiento debemos concentrarnos en el mantenimiento y en el aumento de estas formas de capital. Si éstas no se fortalecieran, mantuvieran e incluso recrearan en muchos casos, los flujos económicos no podrían reactivarse; o, aunque se reactivaran, drogados por las finanzas o los fondos europeos, seguirían alimentando las crisis de nuestro tiempo.

Baste pensar en el empobrecimiento de los antiguos capitales cívicos que se llaman relaciones de buena vecindad y proximidad y en el empobrecimiento de la “productividad colectiva” en zonas que han generado hasta nuestros días muchas experiencias de cooperación y los distritos industriales del “Made in Italy”. El deterioro de estos capitales está determinando la progresiva esterilidad de nuestro tejido civil, que no es capaz de generar ningún flujo cultural, espiritual ni económico.

PPara poder reconstruir rápidamente estos indispensables capitales, lo primero que hace falta es saber verlos y después medirlos, creando nuevas medidas de stock o, mejor aún, de patrimonio, palabra más sugerente porque, entendida como patrum-munus, es decir como el don de los padres, nos recuerda simbólicamente que estos patrimonios nos los han regalado las generaciones pasadas y debemos guardarlos y desarrollarlos si no queremos que se nos recuerde como la primera generación ingrata de la historia, que interrumpió la gran cadena de la solidaridad intergeneracional.

Esto no nos lo podemos permitir, aunque sólo fuera para relanzar hoy el buen crecimiento económico.

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Comentario – El capital cívico, más allá del PIB

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 29/04/2012

logo_avvenireMario Draghi también se ha sumado al grupo de quienes piden un «pacto por el crecimiento» y hasta Angela Merkel se está convenciendo de que es necesario. Para muchas personas – y también para muchos de los que deciden – cada vez está más claro que no es gran cosa basarse sólo en un «pacto fiscal» que, además, hace peligrar la situación económica y social de los países europeos más frágiles. Pero la pregunta es: ¿de qué tipo de crecimiento hablamos? Sin abrazar las tesis más radicales y a veces ingenuas (sobre todo en las recetas) del llamado decrecimiento, tenemos que ser conscientes de la importancia de la respuesta que demos a la pregunta sobre qué es lo que debe crecer. Cuando pensamos en el crecimiento, habitualmente pensamos en el crecimiento del PIB.

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Cambiar para crecer

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Comentario - Como en 1951 pero con las finanzas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 15/04/2012

logo_avvenireLa inestabilidad y la incertidumbre económica y financiera que están caracterizando (y seguirán haciéndolo durante algún tiempo) el momento actual que atraviesan los mercados y la sociedad, depende, entre otras cosas, de la respuesta que se de un gran interrogante sobre el presente y el futuro de Europa, de la Europa económica, civil y política. En 1951 se creó la CECA (Comunidad del carbón y del acero); detrás de este paso fundamental para llegar al “Tratado de Roma” y con él a la Comunidad Europea, había una intuición genial y profética, de enorme alcance político, cultural y espiritual: la creación de un pacto de comunidad basado precisamente en los recursos estratégicos que estuvieron en el centro de los dos grandes conflictos mundiales, el carbón y el acero que alimentaron las guerras.

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Europa lleva algunos años inmersa en la crisis civil más grave desde la posguerra. La globalización de los mercados y un estilo de vida insostenible en el plano del consumo individual y colectivo (deuda pública), han desestabilizado, tal vez incluso minado, el equilibrio sobre el que se fundó la Comunidad Europea en los primeros tratados. Si Europa quiere salir hoy de esta crisis y construir una nueva etapa de bienestar y civilización, está llamada a hacer algo parecido a lo que hicieron en 1951 nuestros padres y abuelos: debe poner verdaderamente en común el principal recurso estratégico que está provocando en estos años una nueva forma de guerra entre los pueblos no sólo del Viejo Continente sino de todo el mundo: las finanzas. Es evidente que lo que se ha hecho hasta ahora con el euro, el BCE y el fondo de rescate no es suficiente. Un pacto de comunidad implicaría, entre otras cosas, la creación de los eurobonos y de un auténtico Banco Central Europeo, pero para ello es necesario un elemento fundamental, tan esencial como evidentemente ausente o al menos insuficiente, que es la confianza entre estados e instituciones europeas.

Las finanzas europeas y mundiales necesitan con urgencia una verdadera reforma estructural. Este capitalismo financiero que tiene en jaque a las grandes empresas, a las instituciones y a la política, se está convirtiendo en un “mal común global” que hace insostenible nuestro desarrollo.  Se basa en el dogma de la maximización del beneficio a corto plazo, un dogma que antes estaba implícito y apenas se hablaba de él, pero que ahora se proclama sin vergüenza alguna como el único camino posible para el crecimiento y la eficiencia.

Un verdadero pacto europeo “sobre las finanzas” y “para las finanzas” podría suponer un primer y decisivo paso hacia la necesaria y urgente regulación de la especulación financiera, recordando a los bancos cuáles son sus funciones fundamentales en orden al bien común (acceso al crédito, gestión prudente del ahorro, apoyo a los inversores de empresas productivas); funciones todas ellas que han sido traicionadas durante los últimos años por los grandes de las finanzas especulativas y que están desnaturalizando todo el sector financiero y con él la economía y la sociedad.

Luigi Einaudi recordaba con frecuencia que la ciencia económica debería estudiar sobre todo los “puntos críticos”, es decir los umbrales que, una vez superados, hacen que una realidad positiva se convierta en negativa (y viceversa). En la actualidad las finanzas han superado ese umbral y están pasando de servidoras fundamentales de la economía y de las familias a ser tiranas del mundo. En estos momentos es cuando la alta política  debería recuperar su papel y crear procesos institucionales que vuelva n a situar en el centro de la vida civil el bien común, un bien común que hoy es tan evidente que no debería suscitar ninguna disputa teológica o filosófica sobre su naturaleza. En estos años se está jugando un partido decisivo para la democracia.

El fuerte terremoto provocado por la globalización de los mercados y de la ideología capitalista-financiera ha supuesto una fuerte sacudida para todo el edificio democrático. Las medidas que estamos adoptando en estos años no son más que puntales para evitar que el edificio se derrumbe definitivamente, pero sin que se adivine ninguna operación de reconstrucción de sus pilares.

Un primer y fundamental pilar podría ser ese pacto europeo “sobre las finanzas” y “para las finanzas”, pero en los actuales líderes políticos no se aprecia ni la fuerza de ideas ni la valentía civil para abordar tal empresa, dejando a las jóvenes generaciones una casa común que amenaza ruina y en constante peligro de derrumbe ante una nueva sacudida. Es necesario hablar cada vez más de estos temas fundamentales y ausentes del debate público, ya que para que Europa resurja y para lograr un nuevo orden económico mundial, esta vez no basta la esfera política, que es demasiado débil después del final de las ideologías. Toda la esperanza está en la sociedad civil, en la voluntad de vivir y en las ganas de futuro de la gente.   

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Comentario - Como en 1951 pero con las finanzas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire  el 15/04/2012

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Nuevo pacto para Europa

Nuevo pacto para Europa

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Comentario – Valores que nos unen y nos sirven

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/03/2012

logo_avvenireIEl informe del CENSIS sobre los “valores de los italianos” trae buenas noticias para el país. De él se desprende que existe un “familismo moral” que es mucho menos famoso que el “familismo amoral” del que tanto se ha hablado para describir el modelo italiano. Las relaciones familiares y comunitarias están en los primeros puestos. Otra investigación, realizada con un compañero de la Universidad Bicocca de Milán (Luca Stanca), pone de relieve que las personas que dan importancia a la familia y a las relaciones son por término medio también las más felices. Después de algunos años de hipertrofia de las finanzas y del consumismo, estos primeros años de crisis están haciendo que despierte una vocación nacional que no había muerto, pero sí se había quedado dormida, aunque se seguía manteniendo viva y encendida bajo las cenizas.

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Italia tiene una historia de relaciones que dura ya más de 2.000 años. La cultura mediterránea, el cristianismo, el intercambio, el comercio y la cultura ciudadana y burguesa han ido creando durante siglos una identidad, en el centro de cuyo ADN se encuentra el valor de la relación. Esta red de ‘relaciones entre distintos’ es la que hizo grande a Italia cuando fue grande (humanismo civil, reformas del siglo XVIII, risorgimento, reconstrucción…); pero también sus patologías (como determinados facilismos amorales y algunas formas de mafia), pueden interpretarse como enfermedades o degeneraciones de esta misma vocación relacional. Hoy, en estos tiempos de crisis y en estos días difíciles, nos estamos dando cuenta de que es mucho más interesante y satisfactorio invertir tiempo en las relaciones que consumir dinero en los hipermercados. Hay un segundo dato del informe que encaja perfectamente con el primero: el 57% de los italianos considera que en su familia el deseo de consumir es menos intenso ahora que hace años. Y además – esto es muy importante – lo cree con independencia de la disminución o no de sus propios ingresos.

Es como si nos estuviéramos dando cuenta del fracaso de un modelo de economía basado en el consumo. El juego de creer que era posible relanzar la economía, afectada por una crisis de confianza y de entusiasmo civil, simplemente relanzando el consumo, ha durado poco y nos ha dejado a todos descontentos y decepcionados. Resulta extravagante, cuando no ofensivo, pensar que en estos tiempos de seria disminución de los ingresos reales de las familias, alguien pueda pensar en relanzar la economía manteniendo las tiendas abiertas 24 horas 7 días a la semana.

No hay que olvidar que el consumismo, apoyado en el endeudamiento, es la enfermedad de la crisis. ¿Cómo puede convertirse ahora en la cura? Es cierto que hace falta más crecimiento económico, pero sobre todo lo que hace falta es que volvamos a reencontrar el entusiasmo de las relaciones, que volvamos a unir nuestra creatividad para crear puestos de trabajo. No hace falta que la gente se pase las tardes y los fines de semana en los centros comerciales, frustrada y cada vez con menos dinero en el bolsillo, soñando con un estilo de vida triste e irreal. Hoy hay que dirigir los sueños hacia la producción y la capacidad de generar y no sólo hacia el consumo, para poder esperar lo mejor. Deberíamos recordar de vez en cuando que una economía no dura mucho cuando descuida los sectores primario (agricultura) y secundario (industria) y se basa demasiado en el terciario (comercio y servicios). Una de las causas de la grave crisis que padecen hoy algunos países está en las políticas europeas, a veces cortas de miras, que han abandonado durante años los sectores tradicionales en los que residían los saberes y las competencias de siempre (por ejemplo, la pesca y la agricultura en Portugal), para lanzarse a los servicios y al comercio, sectores que con frecuencia son mucho más frágiles y con un valor añadido real mucho más bajo. Las relaciones familiares y comunitarias no se sostienen si no se apoyan en relaciones laborales serias, que creen riqueza y reduzcan la incertidumbre de la gente, recursos éstos de los que luego se alimentan las restantes relaciones de la vida.

El gran economista Albert Hirschman nos enseñó que los países no pasan sólo por ciclos económicos (recesión-expansión), sino también por «ciclos de felicidad»: fases históricas en las cuales prevalece la búsqueda de la felicidad privada (individuo) que se alternan con otras en las que prevalece el deseo de felicidad pública (relaciones). Al igual que ocurre en los ciclos económicos, una fase prepara la siguiente y cuando se llega al culmen de la felicidad privada, se crean las premisas para su superación por una etapa de felicidad pública. Para Hirschman, el principal mecanismo que produce el cambio de fase es la decepción.

Hoy nos encontramos en mitad de uno de esos momentos de inflexión del ciclo, pero para que este deseo de “felicidad pública” sea sostenible e influya también en el ciclo económico, es urgente una nueva política. Detrás de su aparente anti-política, los italianos no están pidiendo menos política, sino otra política distinta, subsidiaria y más ligera. Sin relaciones políticas adecuadas, las relaciones civiles, comunitarias y familiares nunca llegarán a ser motor de ese desarrollo económico y cívico del que tenemos una necesidad vital.

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Comentario – Valores que nos unen y nos sirven

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/03/2012

logo_avvenireIEl informe del CENSIS sobre los “valores de los italianos” trae buenas noticias para el país. De él se desprende que existe un “familismo moral” que es mucho menos famoso que el “familismo amoral” del que tanto se ha hablado para describir el modelo italiano. Las relaciones familiares y comunitarias están en los primeros puestos. Otra investigación, realizada con un compañero de la Universidad Bicocca de Milán (Luca Stanca), pone de relieve que las personas que dan importancia a la familia y a las relaciones son por término medio también las más felices. Después de algunos años de hipertrofia de las finanzas y del consumismo, estos primeros años de crisis están haciendo que despierte una vocación nacional que no había muerto, pero sí se había quedado dormida, aunque se seguía manteniendo viva y encendida bajo las cenizas.

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Familismo moral

Familismo moral

Comentario – Valores que nos unen y nos sirven por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 16/03/2012 IEl informe del CENSIS sobre los “valores de los italianos” trae buenas noticias para el país. De él se desprende que existe un “familismo moral” que es mucho menos famoso que el “familismo amoral...
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Comentario - Grecia, sus gentes, Europa

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 26/02/2012

logo_avvenireLo que está ocurriendo en Grecia es muy importante y todos deberíamos prestar mucha más atención. Esta crisis nos está gritando muchas cosas, todas ellas muy serias. Desde siempre sabemos que cuando una persona cae en desgracia económica, su libertad está en peligro. En el mundo antiguo, no pagar las deudas podía convertir a uno en esclavo del acreedor. El derecho de quiebra no se introdujo sólo como una garantía para los acreedores, sino también y sobre todo para evitar la esclavitud o la tragedia global de quien se veía abocado a la quiebra o a la inestabilidad económica.

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En los sistemas democráticos modernos existe también un derecho individual a la quiebra, cuando la empresa de la que uno es propietario deja de tener esperanzas de poder salir adelante. Los acreedores cobran con lo que queda del patrimonio, en base a determinadas reglas y garantías; de esta forma se evita el dominio de los más fuertes y no es necesario convertirse en esclavos de nadie. Hoy no debemos bajar la guardia, porque hay peligro de que lo que hemos conquistado en el terreno de los derechos individuales sea desmentido en las relaciones entre estados. Al no poder quebrar en la práctica, los estados pueden terminar cayendo en nuevas formas de esclavitud (ya lo vimos hace años con la deuda de los países en vías de desarrollo, cuya condonación pidió la Iglesia católica – ante la amplia indiferencia de los poderosos, aun con alguna valerosa excepción -  con ocasión del Gran Jubileo del 2000).

Pocos parecen oír (y entender) este ruido de cadenas. Hay una pregunta que está en el centro del debate griego, pero no tanto en el europeo e internacional: ¿es justo que los ciudadanos griegos estén obligados a no poder quebrar, máxime cuando los que más sufren y sufrirán por el régimen impuesto a Grecia son los pobres y los frágiles y no los expolíticos ni los banqueros? ¿Qué pesa más en la balanza de nuestra civilización?

Evidentemente en la balanza hay que poner también, son muchos los que lo dicen, la poca seriedad (por usar un eufemismo) de los gobiernos griegos que han consumido demasiado y han falseado las cuentas, cometiendo un delito de quiebra fraudulenta del que tienen que responder sus responsables. Pero en la misma balanza hay que poner también – y esto ya no se dice tanto – la extraordinaria ligereza de las instituciones europeas que en su día hicieron que Grecia entrara en el euro cuando era evidente que no estaba preparada, entre otras cosas porque el tejido cultural tradicional y comunitario de muchos países del Mediterráneo no estaba – y sigue sin estarlo – orientado a abrazar el ethos individualista que domina en los mercados financieros. Finalmente, también hay que poner en la balanza la ligereza culpable de los bancos europeos e internacionales (especuladores) que han invertido masivamente en títulos de deuda griega, muy rentables pero evidentemente de alto riesgo: la oferta delictiva de títulos públicos tóxicos ha encontrado correspondencia en la demanda igualmente delictiva de los especuladores.

Si se quiere evitar de verdad la quiebra de Grecia, hay que dar vida a un proyecto sostenible y solidario, sin matar al enfermo con el tratamiento. Pero para hacerlo es necesario que Europa esté más presente y sobre todo que empiece a hablar. Cuando un país pasa por un momento difícil y grave es necesario que la política desempeñe su función simbólica y sepa hablar a la gente para que puedan comprenderse y realizarse incluso grandes sacrificios. Algunos líderes políticos del pasado, como Churchill, De Gasperi o Mandela, supieron hacerlo. Fueron estadistas que supieron hablar al corazón de su gente, en momentos de gran sufrimiento individual y colectivo. Pero ¿quién habla ahora a los griegos en nombre de Europa? No puede ni debe ser el BCE quien hable, tampoco consigue hacerlo el débil Parlamento de Estrasburgo ni la Comisión de Bruselas, cuyos líderes están totalmente ausentes de los debates y de los medios de comunicación en estos meses cruciales, mientras descabezan a los gobiernos nacionales. Cuando sólo hablan las instituciones económicas y financieras, muchas veces sus palabras son las del “siervo despiadado” del que habla el Evangelio.

Lo que más llama la atención cuando se observa lo que ocurre en Grecia es la soledad de ese pueblo. ¿Dónde están los estados hermanos? ¿Dónde los con-ciudadanos europeos?

Haría falta más solidaridad horizontal entre los ciudadanos europeos, como expresión concreta del principio de fraternidad sobre el que se construyó la Europa moderna. Sería impensable que ante la bancarrota de una región italiana las instituciones y los ciudadanos italianos abandonaran a otros ciudadanos italianos a su destino y a sus acreedores. Pero en Europa este abandono parece natural, sencillamente porque la Europa de los pueblos y de las gentes todavía está por construir.

Si viviéramos Europa como la tierra común de un mismo pueblo, sería evidente la fuerza de los pactos y no sólo la de los contratos. Decir pacto significa también decir palabras como perdón, una palabra demasiado ausente (per-don, en muchos idiomas remite al don), una palabra que hoy ha desaparecido del debate y ha sido borrada de contratos, préstamos y deudas. Las instituciones y los ciudadanos europeos tienen una gran oportunidad en esta grave crisis: reactivar el pacto fundacional que se encuentra en el origen de Europa y que hoy parece haberse convertido en una utopía, en tierra de nadie. Para que Grecia no quiebre hoy y otros países europeos frágiles mañana y para no masacrar la vida de los pueblos, no hacen falta a medio plazo préstamos despiadados y por lo tanto insostenibles. Debemos realizar pactos al lado de los contratos, per-dones al lado de los intereses y usar de forma apropiada y sensata el verbo restablecer. Debemos tratar de transformar la actual utopía europea en eutopia: la buena tierra común.

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Comentario - Grecia, sus gentes, Europa

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 26/02/2012

logo_avvenireLo que está ocurriendo en Grecia es muy importante y todos deberíamos prestar mucha más atención. Esta crisis nos está gritando muchas cosas, todas ellas muy serias. Desde siempre sabemos que cuando una persona cae en desgracia económica, su libertad está en peligro. En el mundo antiguo, no pagar las deudas podía convertir a uno en esclavo del acreedor. El derecho de quiebra no se introdujo sólo como una garantía para los acreedores, sino también y sobre todo para evitar la esclavitud o la tragedia global de quien se veía abocado a la quiebra o a la inestabilidad económica.

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Ruido de cadenas

Ruido de cadenas

Comentario - Grecia, sus gentes, Europa por Luigino Bruni publicado en Avvenire el 26/02/2012 Lo que está ocurriendo en Grecia es muy importante y todos deberíamos prestar mucha más atención. Esta crisis nos está gritando muchas cosas, todas ellas muy serias. Desde siempre sabemos que cuando un...
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Comentario – Los jóvenes y la importancia fundamental de la fraternidad

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/02/2012

logo_avvenireEl año que tenemos por delante puede ser crucial para empezar a reescribir algunos capítulos importantes del pacto social entre los italianos, tales como la ley electoral, el “mercado” de trabajo, las liberalizaciones y la reforma de los partidos, pero también la lucha contra la corrupción y la evasión y el nuevo y viejo estado del bienestar. En las últimas décadas hemos vivido una fase demasiado larga de enemistad civil y esta es una de las razones que explican la gravedad con que la crisis se ha abatido sobre nuestro país.

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La Italia que salga de las elecciones del 2013, que inevitablemente serán el comienzo de algo nuevo (y esperemos que mejor), dependerá en buena medida de la calidad del compromiso cívico que todos y cada uno de nosotros pongamos a la hora de reescribir estos nuevos párrafos del pacto social.

Estos momentos fuertes (y fundacionales) pueden ser los más favorables para hacer operativa y concreta la teoría política más importante del siglo XX, la del filósofo americano John Rawls. En su tratado "Una teoría de la justicia" (1971), Rawls introdujo, entre otras cosas, una regla general para orientar las decisiones políticas cuando se quiere crear una sociedad justa. Su propuesta para los ciudadanos que elaboren el pacto social consistía en hacerles razonar como si estuvieran bajo «un velo di ignorancia». Se trata de un recurso teórico cuyo objetivo es ocultar, o no dejar ver claramente, el puesto (en términos de renta, recursos, oportunidades…) que esos ciudadanos ocuparán en la sociedad del mañana. En un contexto artificial y real como este (verosímil en muchas experiencias históricas de fundación de una nueva empresa o comunidad), el filósofo americano demuestra que existe una regla general, que él llama maximin, para elaborar las reglas del juego.

Esta regla consiste en prever el mejor trato posible (max) en la futura sociedad para los que se encuentran en los últimos lugares de la sociedad (min). Esta regla es, para Rawls, una declinación directa del principio de fraternidad, el más olvidado del tríptico de la modernidad. Una regla que es expresión de justicia social pero también de racionalidad individual, porque el día de mañana ese mínimo podría ser yo, un hijo mío o un nieto. De ahí deriva el corolario de que la justicia de una sociedad se mide principalmente en base a cómo se trata a los últimos.

Esta gran lección ético-racional debería estar hoy en el centro de nuestros debates. Debería llevarnos a preguntarnos quiénes son, aquí y ahora, los mínimos de nuestra sociedad. En este mundo que hemos construido, los últimos son cada vez más numerosos y vulnerables y los primeros son cada vez menos en número pero más ricos y fuertes. No hay duda de que los pobres en recursos y los desfavorecidos son mínimos. Pero hoy, tal vez más que nunca, también habría que incluir a los jóvenes. La cuestión juvenil tiene que estar en el centro del nuevo pacto social. Basta pensar en el tema del trabajo, sobre el que tanto se insiste desde estas páginas, no por casualidad. Pero el tema es más amplio y general. Debemos hacer, por ejemplo, que la nueva ola de entusiasmo liberal (que se olvida, entre otras cosas, de que esta crisis financiera estalló en América y en Inglaterra no por un mercado financiero demasiado regulado, sino demasiado libre) no acabe por extender también a Italia la reforma de los estudios universitarios que se realizó en Gran Bretaña.

En aquel país, como consecuencia también de una nueva fase ideológica, se pensó que sería bueno eliminar las aportaciones públicas a fondo perdido a las universidades, transformándolas – con la lógica del mercado – en préstamos a los estudiantes, reembolsables a largo plazo (hasta treinta años). Las tasas de los estudios universitarios de cualquier tipo y grado subieron enormemente y hoy un estudiante inglés no paga menos de 10.000 o 12.000 euros al año. Esto quiere decir que cuando ese joven adulto entre en el mundo laboral comenzará su carrera con una carga de al menos 50.000 euros, a los que habrá que sumar los de su joven esposa y los del préstamo para la vivienda (y alguien debería volver a recordar cómo nacieron las tristemente célebres hipotecas sub-prime…).

Además, deberíamos revisar la política de descuentos y ventajas económicas asociadas a la edad en muchos países. Un compañero mío, de 60 años, gran deportista y con excelente salud, acaba de recibir la tarjeta de plata, que le haría mucha más falta a sus hijos que rondan los 30 años y tienen trabajos precarios y familia. Sin castigar más a la mayoría de los pensionistas (porque, entre otras cosas, un país que ponga en competencia a los jóvenes con los ancianos no tiene futuro, ya que ambos son mínimos), sin embargo sí deberíamos entender que la revolución de la longevidad tiene cosas importantes y nuevas que decir sobre cómo repartir las “cartas” del juego de la vida y de las oportunidades de futuro. Este también es otro aspecto del pacto social.

Dentro de pocos meses, volverá a ponerse en marcha la competición política. Si no queremos que también esta vez sea una hobbesiana “guerra de todos contra todos”, debemos crear pronto una unidad y una amistad civil sobre la cual se pueda apoyar la com-petición política, si queremos que tienda al «bien común», al bien de todos y cada uno y por lo tanto también al bien de los jóvenes. De nuestros hijos y nietos.

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Comentario – Los jóvenes y la importancia fundamental de la fraternidad

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/02/2012

logo_avvenireEl año que tenemos por delante puede ser crucial para empezar a reescribir algunos capítulos importantes del pacto social entre los italianos, tales como la ley electoral, el “mercado” de trabajo, las liberalizaciones y la reforma de los partidos, pero también la lucha contra la corrupción y la evasión y el nuevo y viejo estado del bienestar. En las últimas décadas hemos vivido una fase demasiado larga de enemistad civil y esta es una de las razones que explican la gravedad con que la crisis se ha abatido sobre nuestro país.

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De parte de los “mínimos”

De parte de los “mínimos”

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Comentario – Jóvenes, formación, puesto fijo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  03/02/2012

logo_avvenireEn el debate que se ha reabierto en torno al mundo del trabajo, hay algo equivocado o, al menos, desenfocado. No les falta sabiduría a las tesis del primer ministro Mario Monti, expuestas tanto en sus declaraciones oficiales como en sus apariciones televisivas. Un signo de sabiduría será también hacer que esas tesis fueran ampliamente compartidas. Por ejemplo: la que pone de relieve la grave asimetría que existe hoy en Italia entre quienes están dentro del mundo laboral y quienes están fuera y no consiguen entrar. Un signo de sabiduría es poner el acento en la urgencia de conseguir que el “mercado de trabajo” (no olvidemos nunca las comillas cuando ponemos la palabra mercado al lado del trabajo humano y de los trabajadores) sea más eficiente y ágil, con menos rentas de posición, más moderno y capaz de responder a los nuevos retos que plantea la globalización. Por el contrario, el tema del empleo juvenil y del «puesto fijo» requeriría menos prisas y más meditación social: una valoración más profundad y meditada.

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El trabajo que realiza una persona es mucho más que un medio para procurarse el sustento: el trabajo también nos dice a nosotros mismos y a los demás quiénes somos y no sólo qué hacemos. En una cultura en la que los lugares tradicionales de identidad están en crisis (comunidad, familia), el trabajo sigue siendo uno de los pocos lenguajes sociales para encontrar y expresar nuestro lugar en el mundo. Esto vale para todas las circunstancias, incluso para la jubilación; pero vale, sobre todo y de forma muy especial, para los jóvenes. Cuando se observa el mundo de los jóvenes, se descubre que hay un gran sufrimiento también en este campo de la identidad, debido a que la escuela y la universidad cada vez son menos capaces de formar trabajadores y debido a las políticas miopes que multiplican los contratos de trabajo precario y fragmentario característicos de esta fase del capitalismo. Es muy triste ver la dificultad que experimentan muchos diplomados y licenciados a la hora de contarles a sus amigos y familiares e incluso a sí mismos, diez años después de obtener su grado, cuál es su trabajo, cuáles son sus competencias, cuál es su oficio.

La sociedad tradicional fue capaz de crear una fuerte ética del trabajo basada en los oficios, que ha regido durante siglos nuestra civilización: herreros, panaderos, maestros, obreros y doctores han dado seriedad y orden no sólo a la economía sino también al humanismo occidental. El del oficio es el gran tema que hay que poner en el centro del debate sobre el trabajo, sin mirar atrás con nostalgia, sino con la conciencia de que sin oficios, antiguos, nuevos o novísimos, no hay desarrollo. Pero ¿qué oficio tiene hoy un licenciado en economía que se ha pasado dos años de prácticas, un año en la administración de una empresa, dos años en una consultora y tres en una aseguradora? ¿Cuál es el oficio de un perito (es decir un experto diplomado) que no encuentra ni siquiera un puesto de aprendiz? ¿Qué sabe hacer y en qué es competente? Si cuando un joven se asoma al mundo laboral no tiene ante sí algunos años en los que aprender un oficio, ya sea carpintero o profesor universitario, el peligro es que llegue a la edad madura sin tener ningún oficio, sin ser competente en nada. Gracias a los estudios sobre el bienestar en el trabajo sabemos que sentirnos competentes es lo que más peso tiene en la felicidad de una persona, por encima del salario. El hecho de no adquirir un oficio de jóvenes tiene efectos enormes sobre la identidad de las personas y sobre la calidad de la vida.

Por eso, en esta fase crítica de nuestro tiempo, es fundamental que los jóvenes sepan que una empresa o una institución invierte en ellos y ellos en ella, dándoles tiempo para que puedan aprender un oficio y ser de este modo verdaderamente útiles para la empresa y para la sociedad civil. La precariedad y la falta de competencia de jóvenes se agrava en la edad adulta, cuando perder el trabajo se convierte en un drama, debido, entre otras cosas, a que el valor del propio capital humano es muy bajo. Hay que recordar que nuestro valor en cuanto trabajadores, lo que la economía llama el “capital humano” (que no es más que un subconjunto del valor global de una persona), se adquiere un poco en la escuela y la mayor parte trabajando.

Un universitario que, cinco años después de terminar la carrera, siga siendo precario, por muy excelente que haya sido en sus estudios, se encuentra con un capital humano deteriorado, inferior al que tenía el día de su graduación. Este es un grave fracaso para la persona, pero sobre todo para un sistema-país que cuando no aprecia (también en el sentido de aumentar su valor) a sus jóvenes, está dilapidando su riqueza más grande. Los jóvenes hoy necesitan confianza, sobre todo en estos tiempos de crisis, una crisis que ellos no han causado pero cuyas consecuencias sufren gravemente. El primer acto de confianza hacia un joven es darle la posibilidad de cultivar su vocación laboral, de la que depende la felicidad (eu-daimonia) individual y pública.

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Comentario – Jóvenes, formación, puesto fijo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  03/02/2012

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Pues sí: hace falta oficio

Pues sí: hace falta oficio

Comentario – Jóvenes, formación, puesto fijo por Luigino Bruni publicado en Avvenire el  03/02/2012 En el debate que se ha reabierto en torno al mundo del trabajo, hay algo equivocado o, al menos, desenfocado. No les falta sabiduría a las tesis del primer ministro Mario Monti, expuestas ta...
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Comentario – Más allá de la «cultura» de las apuestas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  04/01/2012

logo_avvenire«Vicios privados, públicas virtudes» es el subtítulo de la conocida Fábula de las abejas (1714), de Bernard de Mandeville, que abrió un debate entre economía y ética en el que participaron las mejores mentes europeas del siglo XVIII. La idea de que de los vicios de los ciudadanos puede salir algo bueno para la colectividad sigue estando muy presente en la cultura contemporánea y en muchas ocasiones inspira la acción de los gobiernos (impuesto sobre los juegos y loterías). Ayer el cardenal Bagnasco llamaba la atención sobre la «llaga» de los juegos de azar e invitaba con fuerza a emprender una acción urgente «a todos los niveles».

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Existe una relación evidente, para quien la quiera ver, entre las apuestas deportivas, el negocio de las tragaperras, determinada especulación financiera, los horóscopos y videntes, los juegos de azar online y los “inocuos” rascas.

El primer factor que tienen en común todos estos fenómenos, distantes sólo en apariencia, se llama adicción. Donde hay adicción, surge un problema ético enorme, puesto que si se deja la gestión de estos ámbitos únicamente en manos del mercado, el resultado es la explotación de los más débiles y frágiles por el lucro, con gravísimas consecuencias individuales, familiares y sociales. La adrenalina que experimenta el jugador de tragaperras al oír el tintineo de la cascada de monedas es muy parecida a la de quien trasnocha especulando con los tipos de cambio de las monedas o con el precio del trigo. Lo segundo que tienen en común es que mueven una enorme cantidad de dinero: en Italia este sector mueve más de 75.000 millones de euros y crece exponencialmente. El tercer denominador común es la fuerte infiltración del crimen organizado en todo este ambiguo territorio.

La proliferación de los juegos de azar es un auténtico escándalo y desde demasiados puntos de vista una llaga mucho más extensa y grave de lo que habitualmente se piensa, con raíces profundas y serias. Estamos asistiendo pasivamente al crecimiento imponente de una auténtica “cultura” de las apuestas y la fortuna. Pensemos por ejemplo en las apuestas deportivas, profundamente relacionadas con una visión mercantil que está transformando el fútbol de un “bien relacional” (un encuentro no comercial) en un bien de mercado altamente especulativo. Gracias sobre todo a la dictadura sin oposición de las televisiones comerciales, que hoy dominan el fútbol profesional determinando quién vive y quién muere, la dimensión de la gratuidad ha desaparecido del juego (y en cambio debería constituir su esencia). Los partidos de fútbol invaden los restantes programas todos los días de la semana, vaciando los estadios para llenar los hogares de individuos cada vez más solitarios delante de televisores cada vez más grandes.

Además, en un deporte reducido a simple mercancía terminamos por considerar éticamente menos reprobables unos comportamientos que de por sí son muy graves, ya que son las propias sociedades de apuestas las que patrocinan a los equipos y esto es lo que ven los aficionados. Además, estas empresas especulativas han ido ocupando poco a poco el lugar que antes ocupaban en las camisetas algunos productos de la economía real italiana. El mercado es un invento maravilloso, mientras no pase de ser un principio más junto a otros en la vida en común y en sus espacios, pero se convierte en una gran enfermedad civil cuando es el único criterio que domina todas las relaciones sociales.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar es necesario actuar  “a todos los niveles”.Primero a nivel político: ¿por qué no hacer extensiva a los juegos de azar (poker tv, apuestas online…) la prohibición de hacer publicidad que ya existe para el tabaco? Las adicciones son parecidas y los efectos de estas nuevas dependencias son tal vez más graves. ¿Por qué no pensar, además, en una forma de “objeción de conciencia” para los campeones que quieran rechazar su aparición en este tipo de publicidad? Por otra parte está la dimensión educativa, familiar y escolar, pero como siempre el nivel cívico es el más crucial. Por ejemplo, los ciudadanos podrían premiar con una marca de calidad ética a los locales y bares que eliminen las tragaperras renunciando a unos ingresos seguros. Esa misma marca atraería hacia los mismos locales más consumidores cívicamente responsables.

Se trata de la recurrente idea de «premiar a los honrados», en paralelo al no menos esencial castigo de los deshonestos. Es un gran reto. Occidente comenzó su extraordinaria historia cuando afirmó que la «virtud supera a la fortuna», que la vida buena (eudaimonia) no depende del destino sino de nuestras decisiones orientadas a la virtud, que son la única respuesta auténtica ante las incertidumbres de la vida. La invasión de la cultura de la fortuna es una fuerte expresión de la profunda crisis de la cultura occidental y un fuerte retorno a la irracionalidad y a la creencia en el destino. Las virtudes públicas, hoy como ayer, sólo nacen de las virtudes privadas,  más aún en tiempos de crisis.

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Comentario – Más allá de la «cultura» de las apuestas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  04/01/2012

logo_avvenire«Vicios privados, públicas virtudes» es el subtítulo de la conocida Fábula de las abejas (1714), de Bernard de Mandeville, que abrió un debate entre economía y ética en el que participaron las mejores mentes europeas del siglo XVIII. La idea de que de los vicios de los ciudadanos puede salir algo bueno para la colectividad sigue estando muy presente en la cultura contemporánea y en muchas ocasiones inspira la acción de los gobiernos (impuesto sobre los juegos y loterías). Ayer el cardenal Bagnasco llamaba la atención sobre la «llaga» de los juegos de azar e invitaba con fuerza a emprender una acción urgente «a todos los niveles».

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La virtud supera a la fortuna

La virtud supera a la fortuna

Comentario – Más allá de la «cultura» de las apuestas por Luigino Bruni publicado en Avvenire el  04/01/2012 «Vicios privados, públicas virtudes» es el subtítulo de la conocida Fábula de las abejas (1714), de Bernard de Mandeville, que abrió un debate entre economía y ética en el que partici...
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Comentario - A propósito del uso y la acumulación de recursos, del mérito y la cultura

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  10/01/2012

logo_avvenireRiqueza y mérito son palabras que cada vez tienen más presencia en el debate público. Son palabras grandes y por lo tanto ambivalentes. Por eso, afirmar su centralidad e importancia no debería ser más que el punto de partida del discurso y no el final, como ocurre con frecuencia. La riqueza en sí misma no es ni buena ni mala, ya que el juicio civil que puede realizarse acerca de ella depende de cómo nace y de cómo se usa. Estudios recientes sobre la “paradoja de la felicidad”, por ejemplo, muestran claramente que, cuando la riqueza consiste principalmente en poseer bienes de confort, produce aburrimiento y frustración en las personas. Si además la riqueza no nace sólo de la renta sino también de la evasión y de la explotación del medio ambiente, de las personas o del futuro o bien de la especulación sobre el precio de los productos y divisas, esa riqueza no es buena y no tiene nada que ver con el mérito.

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La pregunta más importante que podemos hacer a quienes hablan legítimamente de mérito es: ¿mérito en qué? Las empresas y las instituciones financieras han pagado, sobre todo en las últimas décadas, sueldos altísimos a profesionales con muchos méritos desde el punto de vista técnico o de las competencias. Pero esos mismos profesionales, a causa de sus malas prácticas en la gestión del riesgo, de la ética y de las relaciones, son los que han causado los desastres que todos conocemos. Cuando una empresa tiene que contratar a un nuevo trabajador sin duda mira los méritos de su curriculum vitae y su experiencia en el manejo de diversos instrumentos, pero también mira – más aún en tiempos de crisis – el mérito y la capacidad de saber trabajar en grupo y de resolver o apaciguar conflictos, así como la generosidad en la gestión de las relaciones, cosas todas ellas que las buenas empresas saben muy bien. Se trata de dimensiones difícilmente medibles y objetivables, pero por ello esenciales.

La democracia, incluso la democracia económica y organizativa, se juega en nuestra capacidad para dar vida a distintos registros de mérito. El arte de un directivo o de un educador está sobre todo en saber sacar la dimensión de mérito encerrada en cada persona, sus talentos o su daimon (como diría Sócrates), porque si el mérito se hace monodimensional, la meritocracia inevitablemente se convierte en oligarquía y entra en conflicto con la democracia y con la libertad. Así pues, la riqueza y el mérito están vinculados a los talentos de cada persona.

La relación entre talentos y frutos (la riqueza es uno de ellos) depende sobre todo de la calidad de la familia, de las comunidades y de las sociedades en las que crecemos, de las oportunidades de educación y aprendizaje, del amor y de la atención que recibimos sobre todo durante los primeros años de vida. ¡A saber cuántos Mozart o Steve Jobs no habrán despuntado porque han nacido en el lugar equivocado! Todas estas dimensiones no dependen de nuestro mérito subjetivo, sino que las hemos recibido gratuitamente (los talentos se reciben, como nos dice la parábola del evangelio) y hacen que nuestro potencial se desarrolle y madure.

Ahí está la raíz humanística profunda del principio de solidaridad en el uso de la riqueza, que no hay que adscribir al registro del altruísmo y el sacrificio, sino al de la justicia: hay que compartir la riqueza porque antes ha sido recibida. El modelo social y económico italiano – comunitario y católico – ha desarrollado a lo largo de los siglos una manera propia de compartir la riqueza que, a diferencia del calvinista de tipo americano, no pone en el centro la categoría de la restitución de una parte de la riqueza a la sociedad y a los excluidos. Mientras que el capitalismo norteamericano distingue netamente lo económico de lo social (business is business) con la filantropía-restitutiva haciendo de puente entre los dos, la palabra clave de nuestro humanismo es economía civil, es decir una economía que nace de la comunidad y una comunidad que hace empresa (pensemos en el made in Italy, en las empresas familiares o en las cooperativas sociales que son un tesoro en la Italia de hoy). El modelo económico italiano ha sido y sigue siendo una mezcla de familia, empresa, estado y comunidad.

Este modelo produjo frutos extraordinarios en el pasado, pero enfermó en la modernidad dando vida a las distintas mafias y a determinado “familismo” amoral, que es una especie de neurosis de nuestro cuerpo social. Pero en muchas neurosis la enfermedad surge por una patología de una parte sana de la persona, a veces la mejor (por ejemplo: la genialidad que se convierte en narcisismo); y si la terapia mata esta parte buena, la cura “se come” a la persona. Así pues, podremos salir de esta crisis si miramos a la cara a nuestras enfermedades y si comprendemos y apreciamos nuestro genius loci, aceptando y transformando nuestras neurosis colectivas y no imitando otros modelos de capitalismo. Si no damos vida a un nuevo Humanismo civil, junto a toda Europa y al Mediterráneo, la prima de riesgo aumentará, pero no sólo la de los títulos de deuda sino también la que existe entre civilizaciones.

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Comentario - A propósito del uso y la acumulación de recursos, del mérito y la cultura

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  10/01/2012

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Riqueza: el «cómo» sí importa

Riqueza: el «cómo» sí importa

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Comentario – Bancos, Europa, uso de los recursos

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  28/12/2011

logo_avvenireLas finanzas y la economía son demasiado importantes para dejarlas únicamente en manos de los financieros y los economistas. Creo que esta frase podría resumir el mensaje que nos lanza la segunda y última parte del 2011. Nos hemos dado cuenta, con más fuerza que en la primera fase de la crisis (2008-2009), de que los índices bursátiles y la «prima de riesgo» no son asuntos lejanos o para expertos, sino que son capaces de cambiar nuestros gobiernos, nuestros presupuestos familiares y nuestros proyectos de vida. Entonces de ellos debemos ocuparnos todos, ‘habitando’ más estos lugares, ya que cuando no son habitados por los ciudadanos se hacen inhumanos. Esta crisis además nos envía tres mensajes específicos. El primero de ellos se refiere al mundo bancario. Estudios recientes (Universidad de Ancona: mofir.univpm.it), ponen de manifiesto que después del 15 de septiembre de 2008 los bancos han reducido el crédito a las empresas, también a las virtuosas.

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Esta evidente ineficiencia depende de la distancia que existe entre el lugar donde se toman las decisiones y el lugar donde operan las empresas. Los bancos cada vez más concentrados y lejanos ya no conocen el territorio; de este modo las decisiones se toman en base a indicadores objetivos que no permiten ver cosas esenciales que solamente son visibles a los ojos de quienes habitan el territorio y conocen a las personas por su nombre.

El primer mensaje que nos llega es, pues, la necesidad de ‘acortar distancias’ entre los lugares de decisión y los lugares donde viven las personas y es por ello una crítica a toda una política financiera que ha buscado con fuerza la concentración de los bancos, así como al lema ‘grande, lejano, anónimo’ que fue el eslogan de los últimos 20 años. Además es interesante tomar nota de que los bancos territoriales por vocación están aguantando mejor la crisis. Todo ello sugiere una especie de regla de oro: dar derecho de ciudadanía en la vida diaria a las pequeñas fragilidades relacionales (perder tiempo con los clientes, invertir recursos en relaciones no siempre remunerativas financieramente, etc.) nos hace menos frágiles cuando llegan las grandes crisis; por el contrario, no aceptar estas pequeñas fragilidades y ‘crisis’ cotidianas, hace que las instituciones sean mucho más frágiles ante las grandes crisis.

Hay un segundo mensaje muy claro relativo a Europa, que hoy vive la crisis más profunda desde su fundación. Si no se consigue una verdadera unidad política, el euro no podrá mantenerse mucho más tiempo. Pero hoy no tenemos con nosotros a los grandes estadistas de la postguerra.  Su puesto puede y debe ser ocupado por los ciudadanos. A ellos, a todos nosotros, nos corresponde pedir, desde abajo y con más fuerza, más política y unas finanzas más regladas.

Finalmente el tercer mensaje: el capitalismo al que hemos dado vida sobre todo en Occidente contiene algo equivocado. Y ese ‘algo’ no tiene que ver con las finanzas y tal vez tampoco con la economía, porque se juega a un nivel mucho más profudno de nuestra cultura. La crisis que estamos experimentando es como una fiebre, que indica que algo no está bien en el organismo. Y puesto que llevamos tiempo con fiebre y la temperatura sigue subiendo, nos la debemos tomar muy en serio. Hay que curar por lo menos dos patologías. En las últimas décadas hemos depredado el medio ambiente, lo hemos herido y humillado. En un par de generaciones estamos consumiendo un patrimonio de petróleo y de gas que la tierra tardó millones de años en generar; y al depauperar este patrimonio estamos hiriendo también a la atmósfera. Todo eso nos dice que estamos errando una de las relaciones fundamentales de nuestra existencia: la que mantenemos con la tierra y con la naturaleza. Cuando una relación tan importante no funciona, es imposible que funcionen las demás relaciones, como muestra la creciente intolerancia en nuestras ciudades, la creciente soledad y la relación que sigue siendo en buena medida depredatoria con respecto a los recursos de los pueblos de Africa, donde se perpetran cada día nuevas ‘masacres de los inocentes’. La segunda causa de fiebre es la desigualdad económica que está aumentando en el mundo, gracias también a la revolución de las finanzas. Sin igualdad económica, que no se juega sólo en el eje de la renta sino también en el del trabajo, el principio de igualdad sigue siendo demasiado abstracto, porque las personas no pueden realizar la vida que desean vivir. La igualdad es la segunda palabra del tríptico de la modernidad, y negarla significa negar también las otras dos, ya que o la igualdad, la libertad y la fraternidad van juntas o no se realiza auténticamente ninguna de ellas.

Europa se encontrará a sí misma si es capaz de revitalizar este Humanismo a tres dimensiones, del que nace también la ‘felicidad pública’ que estuvo en el centro del programa de la Modernidad, porque como nos recuerda el economista napolitano del siglo XVIII Antonio Genovesi, «es ley del universo que no podemos alcanzar nuestra felicidad sin alcanzar también la de los demás».

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Comentario – Bancos, Europa, uso de los recursos

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  28/12/2011

logo_avvenireLas finanzas y la economía son demasiado importantes para dejarlas únicamente en manos de los financieros y los economistas. Creo que esta frase podría resumir el mensaje que nos lanza la segunda y última parte del 2011. Nos hemos dado cuenta, con más fuerza que en la primera fase de la crisis (2008-2009), de que los índices bursátiles y la «prima de riesgo» no son asuntos lejanos o para expertos, sino que son capaces de cambiar nuestros gobiernos, nuestros presupuestos familiares y nuestros proyectos de vida. Entonces de ellos debemos ocuparnos todos, ‘habitando’ más estos lugares, ya que cuando no son habitados por los ciudadanos se hacen inhumanos. Esta crisis además nos envía tres mensajes específicos. El primero de ellos se refiere al mundo bancario. Estudios recientes (Universidad de Ancona: mofir.univpm.it), ponen de manifiesto que después del 15 de septiembre de 2008 los bancos han reducido el crédito a las empresas, también a las virtuosas.

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Tres mensajes de la crisis

Tres mensajes de la crisis

Comentario – Bancos, Europa, uso de los recursos por Luigino Bruni publicado en Avvenire el  28/12/2011 Las finanzas y la economía son demasiado importantes para dejarlas únicamente en manos de los financieros y los economistas. Creo que esta frase podría resumir el mensaje que nos lanza la seg...
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Comentario - Entender lo que hay en el origen de la crisis. Para volver a construir

Ese bien común llamado «confianza»

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  24/12/2011

logo_avvenireEstamos todavía demasiado inmersos en el ojo del huracán como para poder ver los daños que la tormenta está produciendo en nuestro sistema financiero, económico y social o para saber cuánto durará y en qué dirección nos llevará. Pero tenemos el deber de decir algo diferente a los análisis, demasiado parecidos entre sí, que llevamos meses leyendo en los periódicos  y escuchando en las tertulias. Hay una teoría, desarrollada inicialmente por un biólogo, Garrett Hardin (Science, 1968), que puede arrojar luz para comprender qué es lo que ha ocurrido en estos años de crisis y también cómo podemos salir de ella. El título de aquel artículo es elocuente de por sí: «La tragedia de los bienes comunes».

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Su centro teórico es el relato de la tragedia de una supuesta comunidad de ganaderos que utilizan juntos un pastizal comunal al que cada uno lleva libremente sus vacas a pastar. Hardin demostraba que la mejor decisión desde el punto de vista del interés individual de cada ganadero era llevar una res más al pastizal. En tal caso, la ventaja para cada ganadero era un número entero (una vaca más) mientras que la disminución del bien común (la hierba) para él era solamente una fracción, ya que la pérdida de hierba se repartía entre todos los ganaderos que utilizaban el pastizal. El beneficio individual de aumentar el uso del bien común es por lo tanto mayor que el costo individual. De ahí que todos y cada uno se sintieran incentivados a llevar cada vez más cabezas de ganado a pastar, hasta llegar a la destrucción del pastizal.

En otras palabras, es como si los usuarios del pasto, al tomar sus decisiones individuales, no consideraran la reducción del bien común (hierba) que su consumo produce. Se atiende al beneficio individual sin tener en cuenta que día a día se va destruyendo el bien común y a la larga eso impedirá también la obtención de un beneficio individual. Llega un momento en el que se toma conciencia pero a veces es demasiado tarde porque la reacción ya se ha desencadenado. Parece que el colapso de algunas civilizaciones (uno de los más conocidos es el de los habitantes de la isla de Pascua en el Océano Pacífico) puede explicarse con la lógica de la «tragedia de los bienes comunes»: individuos que maximizan sus beneficios individuales y descargan los costes sociales sobre el conjunto de la colectividad, hasta que se alcanza el ‘punto crítico' y el proceso de destrucción del bien común se hace irreversible. Creo que la crisis financiera que estamos viviendo puede leerse como una típica «tragedia de los bienes comunes», sobre todo de ese bien común fundamental para la economía de mercado que llamamos confianza.

Durante unos cuantos años (a partir de los 90), muchos operadores de las finanzas especulativas han "consumido" demasiada confianza con comportamientos de alto riesgo, pensando en repartir el costo (es decir el riesgo del sistema) entre la amplísima ‘comunidad' financiera mundial, formada por innumerables operadores. Incluso en un momento determinado alguien produjo hierba artificial, que "intoxicó" a los animales, empeorando la situación. Hasta que aquel fatídico 15 de septiembre de 2008 (quiebra de Lehman Brothers) superamos el punto crítico del consumo de confianza del sistema, arrasamos toda la hierba del pastizal y la cuerda que ya estaba deshilachada se rompió (confianza viene del latín fides, que significa cuerda, atadura). Y como ya sabemos por la historia de las instituciones, cuando se suprime una antigua convención y se destruye un bien común, es muy complicado, cuando no imposible, reconstituirla.

Nosotros también nos estamos dando cuenta de que la confianza del sistema financiero global, construido durante siglos y destruido en 20 años, es hoy muy difícil de reconstruir. Se echa de menos en las relaciones entre las empresas, los ciudadanos y los bancos, entre los propios bancos y entre los estados (la crisis europea es sobre todo una crisis de confianza entre países). La premio Nobel Elinor Ostrom ha señalado algunas pistas de solución: el bien común no se destruye cuando pasa de ser un bien de nadie a ser un bien de todos.

El único camino para poder reconstruir un bien común destruido es un cambio de cultura que lleve a la mayoría de las personas a sentir ese bien común como un bien de todos y por lo tanto también como un bien individual suyo. Seremos capaces de regenerar la confianza de sistema que hemos destruido si alcanzamos un nuevo pacto a varios niveles (mercados, sociedad civil, política nacional e internacional) que haga renacer la hierba del crédito (creer). Pero la hierba no se produce, se siembra. Y eso requiere tiempo y trabajo.

Si queremos recrear la confianza en el sistema y volver a empezar, debemos trabajar mucho, olvidarnos de la prisa y saber esperar. Durante la espera (que será larga) también estaremos dispuestos a hacer sacrificios, pero es esencial que los ciudadanos y las empresas cuenten con señales creíbles y con la sana esperanza de que un día volverán a ver despuntar la hierba en el pastizal, pero no una hierba artificial y venenosa que no alimenta. La esperanza civil es la que ha hecho y sigue haciendo sostenibles los sacrificios de los pueblos.

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Comentario - Entender lo que hay en el origen de la crisis. Para volver a construir

Ese bien común llamado «confianza»

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el  24/12/2011

logo_avvenireEstamos todavía demasiado inmersos en el ojo del huracán como para poder ver los daños que la tormenta está produciendo en nuestro sistema financiero, económico y social o para saber cuánto durará y en qué dirección nos llevará. Pero tenemos el deber de decir algo diferente a los análisis, demasiado parecidos entre sí, que llevamos meses leyendo en los periódicos  y escuchando en las tertulias. Hay una teoría, desarrollada inicialmente por un biólogo, Garrett Hardin (Science, 1968), que puede arrojar luz para comprender qué es lo que ha ocurrido en estos años de crisis y también cómo podemos salir de ella. El título de aquel artículo es elocuente de por sí: «La tragedia de los bienes comunes».

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Avvenire - 24/12/2011

Avvenire - 24/12/2011

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Comentario – La hora de la responsabilidad para todos

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 07/12/2011

logo_avvenireEl gobierno está tomando las decisiones correctas, las que hay que tomar. Pero una serie de recortes como estos sólo funcionan si son apoyados por los ciudadanos, por la inmensa mayoría del país, incluso por quienes pueden tener buenas razones e intereses legítimos para protestar o para pedir una estrategia distinta u otras soluciones más eficientes y/o equitativas. Debemos ser conscientes de que ahora de lo que se trata es de escalar una montaña escarpada y difícil, una escalada de resultado inseguro. Lo que sí es seguro es que durará mucho; harán falta varios años para superar de alguna forma esta crisis.

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Cuando un equipo de alpinistas tiene que alcanzar una cima, sobre todo si es alta y difícil, los distintos componentes pueden y deben discutir durante la preparación cuál es la pared idónea, el equipamiento más adecuado, la época del año más favorable, la comida y muchos otros aspectos. Pero una vez que se ponen en marcha, las discusiones se acaban y todos trabajan en la misma dirección, todos mirando hacia la cresta de la roca, puesto que si esa comunidad de personas no está cohesionada, con-corde y no coopera, no sólo se hace todo mucho más complicado sino que se corre el riesgo de no llegar a la cima. El gobierno se ha dotado de instrumentos eficaces, ciertamente perfectibles pero básicamente equitativos y adecuados para la dificultad de la escalada, pero si falta el compromiso y el entendimiento entre todos los miembros de la cordada, por muy fuertes que sean las cuerdas y por muy bueno que sea el equipamiento, no se puede alcanzar ninguna meta.

Italia hoy necesita sin duda instrumentos técnicos y equidad, pero también con-cordia (el mismo corazón y la misma cuerda) entre los ciudadanos. No debemos cometer el grave error de pensar que los principales o los únicos protagonistas de este reto son las instituciones, Europa, el gobierno y los bancos y que a los ciudadanos sólo se les pide que hagan sacrificios pasivamente. El compromiso del jefe de escalada no es suficiente. En realidad el papel de la sociedad civil es coesencial, así como el cambio en la ética pública de los ciudadanos italianos. No se trata sólo de la responsabilidad social de las empresas o de las instituciones; hace falta una nueva responsabilidad social de cada ciudadano.

A propósito de esto, hay algunos estudios interesantes procedentes de la teoría económica y social que se agrupan bajo el nombre de 'reciprocidad fuerte' (strong reciprocity). Se está descubriendo que para mantener, generar o regenerar la cooperación en determinado ámbito civil (medio ambiente, fiscalidad, bienes comunes...) es necesario que las personas tengan una ética pública y un comportamiento de tipo “horizontal” (entre ciudadanos) y no sólo “vertical” (cada uno con las instituciones). Si, por ejemplo, queremos mantener limpio un parque no basta controlar o delegar el respeto de las normas cooperativas a los ‘órganos competentes’; es necesario y coesencial que entre los ciudadanos se desarrolle una cultura de cuidar directamente del otro. Se ha demostrado que en casos como este, si los ciudadanos no desarrollan formas de agradecimiento explícito de los comportamientos virtuosos y si no amonestan a quienes tiran papeles al suelo, no se pone en marcha la cooperación o no se mantiene en el tiempo.

Esta cultura horizontal está mucho más presente en los pueblos nórdicos (como bien sabrán quienes hayan viajado en avión al lado de una inglesa o un alemán y se les haya ocurrido encender el móvil segundos antes del aviso oficial). En los pueblos latinos y mediterráneos, en estos casos o no hacemos nada o llamamos a la azafata para que sea ella quien llame la atención al vecino incumplidor. O peor aún, contestamos a quien nos dice «no se puede meter el automóvil en el jardín del colegio», con la triste expresión «¿pero a ti te ha contratado el Ayuntamiento?». Estos hechos no son la enésima página del libro de los buenos sentimientos civilmente irrelevantes. Detás de ellos hay muchas más cosas. Estas señales, comunes y corrientes, dicen que en nuestro país la ética pública se le exige sobre todo a las instituciones y se delega en ellas. No va conmigo como ciudadano, sino con ‘la azafata’ o con ‘el ayuntamiento’. Por el contrario, tanto una llamada de atención por parte de un ciudadano, al igual que un “gracias”, son expresión del 'I care' que Don Milani escribía en la pizarra de la escuela de Barbiana; un "I care" que en el sistema pedagógico y civil de Don Milani era la antítesis del fascista "no me importa". Donde falta el cuidado no puede haber nada auténticamente humano, porque, como nos recuerda el libro del Génesis, donde no está la guarda del otro, lo que hay no es indiferencia sino que por algún lado se esconde el fratricidio de Caín.

Entonces pidamos a las instituciones mucha coherencia, equidad y ejemplo a la hora de hacer sacrificios. Pero no nos pidamos menos a nosotros mismos, ni a los restantes compañeros de cordada.

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Comentario – La hora de la responsabilidad para todos

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 07/12/2011

logo_avvenireEl gobierno está tomando las decisiones correctas, las que hay que tomar. Pero una serie de recortes como estos sólo funcionan si son apoyados por los ciudadanos, por la inmensa mayoría del país, incluso por quienes pueden tener buenas razones e intereses legítimos para protestar o para pedir una estrategia distinta u otras soluciones más eficientes y/o equitativas. Debemos ser conscientes de que ahora de lo que se trata es de escalar una montaña escarpada y difícil, una escalada de resultado inseguro. Lo que sí es seguro es que durará mucho; harán falta varios años para superar de alguna forma esta crisis.

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Compañeros de cordada

Compañeros de cordada

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Comentarios - Por qué es mejor un equilibrado impuesto sobre el patrimonio que un aumento del IVA

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/12/2011

logo_avvenireLos impuestos son los pilares del pacto social de un estado. Por ello nunca son asuntos técnicos, sino eminente y exquisitamente políticos. Algunas de las primeras reformas que el nuevo gobierno está preparando tienen carácter fiscal. Son importantes no sólo porque en cualquier viaje el primer paso (y el último) es el más relevante, sino también porque una reforma fiscal equivocada puede significar la pérdida del consenso de la mayor parte del país.

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En primer lugar, no hay que caer en el error de contraponer opciones ‘equitativas’ a opciones ‘eficientes’. En las democracias postmodernas ha habido muchas dicotomías (economía real / economía financiera, economía / política);  una de ellas era la que en el siglo XX  oponía equidad y eficiencia.

En estos años estamos viendo con gran claridad que una decisión de política económica es siempre por naturaleza directamente una decisión ética, porque cuando los ciudadanos no consideran equitativas las medidas económicas, realizan comportamientos que en buena medida anulan la eficacia de esa intervención. La equidad, como demuestran también los actuales estudios de neuro-economía, es una de las necesidades más radicadas y profundas de las personas que a veces nos lleva a tomar decisiones que no siguen los dictados de la racionalidad económica, sino más bien de la racionalidad expresiva y simbólica. Vayamos pues con el aumento del IVA y el debate acerca del impuesto sobre el patrimonio.

Aumentar el IVA no es una decisión de mera eficiencia económica para reducir  la deuda y el déficit. Un aumento del IVA (o del impuesto sobre los carburantes) nunca es equitativo, por naturaleza, ya que va contra la principal característica de la justicia distributiva, que consiste en tratar de forma parecida las situaciones parecidas y de manera distinta las situaciones distintas. El IVA que grava el consumo lo pagan igualmente el millonario y la familia numerosa, el parado y el especulador financiero. Así pues, si queremos aumentar el IVA, sería necesario al menos diseñar una reforma que prevea tipos mucho más altos (que los actuales) para los bienes posicionales y demeritorios: no se puede gravar con el mismo tipo el vino de mesa que las bebidas alcohólicas. Además, insistir en los impuestos indirectos ya es de por sí una elección ética que la teoría y la práctica nos dicen que tiende a aumentar la evasión fiscal, una evasión fiscal contra la que se quiere luchar con la otra mano.

La primera lucha contra la evasión fiscal de cualquier gobierno, sobre todo si es nuevo, consiste en aliarse con la parte honrada del país, una alianza que pasa precisamente por el terreno de la equidad. Por otra parte, no se puede aumentar el IVA y los impuestos indirectos sin meter mano a una reforma del impuesto sobre el patrimonio. El impuesto sobre el patrimonio tiene hoy muchas cualidades. Equilibra la relación entre la imposición sobre la renta y sobre el patrimonio, que también en Italia está muy desequilibrada en perjuicio de la renta; la desigualdad en el patrimonio es mucho mayor (más del doble) que la desigualdad en la renta. El 10% más rico de la población detenta casi el 50% del valor total de la riqueza, mientras que para las rentas (declaradas) la distribución es más igualitaria (el 20% más rico detenta casi el 40% de la renta total). El impuesto sobre el patrimonio tiende a equilibrar el punto de partida de los ciudadanos, ya que puede producir importantes efectos en la reducción de la desigualdad (que el aumento del IVA aumentaría). Los efectos son éticos pero también directamente económicos, porque una clase media empobrecida no expresa la demanda interna esencial para relanzar el desarrollo económico. Para terminar, la imposición sobre el patrimonio no causa, al menos a corto y medio plazo, el  nefasto efecto de reducir el compromiso en la creación de renta, un daño que en cambio sí causaría el aumento de los impuestos sobre la renta (ya sea del trabajo o de las empresas).

Italia sólo se reincorporará a la carrera y recuperará su lugar en el mundo cuando sea capaz de volver a encender en las personas el entusiasmo, el deseo y el hambre de futuro, variables que los gobiernos no pueden controlar directamente.

Pero indirectamente la política puede hacer mucho, trabajando precisamente en la equidad percibida de las leyes y de la reforma fiscal. El país quiere salir de la crisis, no le gusta que le consideren el enfermo del mundo ni que los demás estados se rían de él por holgazán e irresponsable. El gobierno debe tener bien presente  - como escribía Giammaria Ortes, economista civil veneciano del siglo XVIII – que «la riqueza de un pueblo son sus gentes» y crear las precondiciones necesarias para que esta riqueza produzca todos sus frutos.

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Comentarios - Por qué es mejor un equilibrado impuesto sobre el patrimonio que un aumento del IVA

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/12/2011

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La verdadera riqueza son las personas: que los impuestos sigan este principio

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