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Luigino Bruni
Publicado en Avvenire el 12/12/2017
El mercado es uno, pero mercados hay muchos. Cuando hablamos y debatimos seriamente acerca del mercado y del estado – polos de un debate que vuelve a la actualidad aunque a veces usando lentes de antiguo foco – antes deberíamos especificar de qué mercado y de qué estado estamos hablando. Pues solamente el Mercado con mayúscula, creación irreal y abstracta de las ideologías, es uno solo. Pero si queremos entender qué está ocurriendo en la economía mundial y en la de nuestros países, para intentar mejorarla, debemos salir fuera del mundo encantado de los mercados y los estados irreales.
[fulltext] => Estado y Mercado son categorías típicas de las ideologías del siglo XX, que inventaron un Estado y un Mercado que nadie ha conocido nunca de verdad, y después los pusieron en contraposición. Sin embargo, las personas que trabajaban y trabajan en las empresas de verdad, los empresarios con nombre y apellidos, las personas que gestionan instituciones políticas, nunca se han encontrado con el “Estado” ni con el “Mercado”, sino con cosas que son muy distintas porque son reales. Se han encontrado y conocen normas regionales, leyes estatales, funcionarios europeos, sindicatos, aduanas… Con estas realidades han tenido que luchar, dialogar y vivir.
Las personas que ven y viven el mundo concreto y real saben muy bien que algunas instituciones y algunos mercados son buenos, otros son menos buenos y otros son pésimos. Saben que algunos son buenos para unos y otros lo son para otros, y que pocos son buenos para todos. Saben muy bien que hay mercados muy eficientes que gozan de buena salud pero están empobreciendo el país y la democracia. El Mercado, por ejemplo, no reduce el juego de azar ni el armamento. Los potencia y los aumenta. Si la sociedad civil quisiera reducir estos bienes demeritorios no debería recurrir al Mercado. Una sociedad civil madura no piensa que “privatizar” sea sinónimo de democracia y civilización. En el caso concreto del juego de azar, hemos dejado su gestión en manos privadas y los desastrosos resultados están a la vista de todo aquel que quiera verlos.
Estas cosas las saben perfectamente las personas que habitan los mercados cada día. Personas, intelectuales, trabajadores, que tratan de discernir “los espíritus del mercado”, criticando algunos de ellos y alentando otros. Personas a las que los teóricos del Mercado con mayúscula consideran anti-sistema, poco liberales e incluso “populistas”. Como todas las ideologías, también la del Mercado tiene sus sacerdotes, sus guardianes del templo y de los dogmas y sus excomuniones.
Si miramos con atención lo que ocurre de verdad en las modernas democracias de mercado que tanto evocan los amantes del Mercado, encontraremos un elemento común. El mercado funciona cuando va acompañado de instituciones fuertes. Y dentro de ellas, las instituciones públicas estatales desempeñan un papel crucial. No es casual que los editoriales que estos días dicen que vuelve el coco del «estatalismo» en contra del Mercado, estén repletos de citas y comentarios de leyes producidas por el propio Estado.
Los mercados y las democracias que funcionan son fruto de la cooperación y la alianza entre instituciones políticas, sociales, culturales, económicas y universitarias. El conjunto que emerge de estas alianzas es demasiado complejo como para explicarlo simplemente mediante los dos ejes del Estado y el Mercado. Si nos gustan los buenos frutos de civilización y queremos obtenerlos de los mercados civiles, de lo que Carlo Cattaneo llamaba «competencia civil», debemos concebir y hacer realidad instituciones públicas buenas y eficientes que funcionen, sirvan a los mercados y se encarguen de los bienes comunes que el mercado no sabe producir.
No hay otro camino. Aquellos que se obstinan en pensar por una parte el Mercado como lugar ideal de la justicia, el mérito, la eficiencia y la libertad, y por otra parte el Estado como icono de la corrupción, la ineficiencia y el oscurantismo, en realidad están olvidando que los mercados reales están llenos de instituciones económicas que no son menos ineficientes que las instituciones políticas y públicas (no olvidemos cómo y por qué estalló la crisis financiera de 2007). Muchas instituciones públicas son mucho más eficientes que las económicas, porque la frontera entre lo civil y lo incivil pasa tanto por las instituciones como por los mercados reales.
Si hoy queremos imaginar un futuro civil y económico distinto para las zonas más deprimidas de nuestro país, deberíamos pensar en una nueva alianza entre empresas, bancos, “mercados”, instituciones, política y sociedad civil. Fuera de esta cooperación global solo hay ideologías abstractas y dañinas. El siglo XX nos ha mostrado en todos los países que la cultura política y la cultura económica son expresiones de la misma cultura. En América y en Europa no ha habido nunca periodos históricos caracterizados por una política corrupta y unos mercados eficientes, y viceversa.
En cambio, siempre hemos visto lo mismo: las épocas de buena política han ido acompañadas de buena economía y de buenas finanzas. En las etapas de cultura incivil, decadente y corrupta, hemos tenido instituciones políticas corruptas y empresas y bancos ineficientes y corruptos. El ciclo económico no es inverso al ciclo político, sencillamente es la otra cara de la misma medalla. Las democracias funcionan cuando los mercados ven a las instituciones como aliadas, en un juego que es al mismo tiempo competitivo y cooperativo. Y entran en declive cuando hacen lo contrario. Hoy necesitamos menos ideología y más «competencia civil».
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«El capitalismo es una religión… En el futuro lo veremos con más claridad», escribía en 1922 el filósofo Walter Benjamin. Sus palabras pueden considerarse proféticas, pues hoy más que nunca el capitalismo de las finanzas y el consumo “24 horas 7 días a la semana” está revelando su naturaleza religiosa o, mejor dicho, idolátrica. Una idea tan relevante como infravalorada por los pensadores de nuestro tiempo. Aunque este no es el caso de John Milbank, anglicano, uno de los teólogos contemporáneos más profundos e influyentes. En noviembre de 2017 ha visitado la Universidad Lumsa de Roma para participar en el congreso internacional “La herencia de Martin Lutero en las modernas ciencias económicas y sociales”.
Èsbozar escenarios sombríos acerca del trabajo de mañana se ha convertido en algo muy común. Es urgente hablar de ellos y, si es posible, enriquecerlos y rectificarlos, porque hoy el trabajo necesita sobre todo miradas generosas y palabras realistas pero llenas de esperanza.
Salir de las trampas de la pobreza ha sido siempre enormemente difícil. La razón fundamental es que la pobreza económica se manifiesta como una falta de ingresos, pero esa falta de ingresos depende de una escasez de capitales: capitales sociales, relacionales, familiares, educativos, etc. Por consiguiente, si no se actúa en el plano de los capitales, los flujos de ingresos no llegan y, cuando llegan, se derrochan sin sacar a la persona de su condición de pobreza. Con frecuencia incluso empeoran la situación, como cuando ese dinero acaba en los peores lugares, como máquinas tragaperras y otros juegos de azar.
La cultura del contrato es la gran triunfadora de un tiempo como el nuestro, donde hay demasiados perdedores pobres. Se ha desarrollado sobre las cenizas de la cultura del pacto, que fue uno de los pilares del edificio familiar, cívico y político de las generaciones anteriores. Hasta hace unas décadas, el reino del contrato, aun siendo importante, era limitado, porque la mayor parte de la vida de la gente estaba regida por el registro del pacto (familia, amistad, política, religión, trabajo...).
Una de las grandes utopías de nuestro capitalismo es la construcción de una sociedad en la que el trabajo humano deje de ser necesario. Determinada economía siempre ha soñado con empresas y mercados tan “perfectos” que permitieran prescindir de los seres humanos. Dirigir y controlar hombres y mujeres es mucho más difícil que gestionar dóciles máquinas y obedientes algoritmos. Las personas concretas tienen crisis, protestan, entran en conflicto unas con otras y siempre hacen cosas distintas de las que deberían hacer según la descripción de su puesto de trabajo, muchas veces cosas mejores.
Resurrección es una de las grandes palabras de esta tierra. La vida que renace de la muerte es la primera ley de la naturaleza, las plantas y las flores, que llenan de colores y belleza el mundo y nos dicen que la vida es más grande que la muerte que la nutre. Las mujeres y los hombres renacen muchas veces a lo largo de su existencia. Se encuentran resucitados después de haber sido crucificados por un luto, un abandono, una depresión o una enfermedad. A veces resucitamos resucitando a otros de sus sepulcros. Esas son las resurrecciones más hermosas y verdaderas. Si la resurrección no fuera una palabra humana, amiga y de casa, aquellas mujeres y hombres de Galilea no hubieran sido capaces de intuir algo del misterio, único, que se realizó entre la cruz y el día posterior al sábado.
El deber de la hospitalidad es el muro de carga de la civilización occidental y el ABC de una buena humanidad. En el mundo griego, el forastero era portador de una presencia divina. Son muchos los mitos en los que los dioses adquieren la semblanza de un extranjero de paso. La Odisea es, entre otras cosas, una gran enseñanza sobre el valor de la hospitalidad (Nausícaa, Circe…) y sobre la gravedad de su profanación (Polifemo, Antínoo). En la antigüedad, la hospitalidad estaba regulada por auténticos ritos sagrados, expresión de la reciprocidad de dones. El que ofrecía hospitalidad realizaba un primer gesto de acogida y, al despedir al huésped, le entregaba un “regalo de despedida”. Éste, por su parte, debía ser discreto y sobre todo agradecido.
La comunidad europea, al igual que cualquier otra comunidad, es una forma de bien común. La ciencia económica nos enseña que los bienes comunes, por su naturaleza, son susceptibles de ser destruidos. Es de sobra conocida la ‘Tragedia de los bienes comunes’ (Garrett Hardin, 1968), que ocurre cuando los usuarios de un bien común tratan de maximizar su interés individual, olvidando, o poniendo muy en segundo plano, el hecho de que ese bien común se deteriora por el consumo. Según el conocido ejemplo, cuando los usuarios de un prado comunal sólo ven sus costes y beneficios subjetivos, se sienten incentivados a llevar a pastar al mayor número posible de vacas, y el resultado final del proceso es la destrucción del pasto.
Antes de convertirse en ministro de economía del actual gobierno griego, Yanis Varufakis era ya muy conocido entre los economistas por sus trabajos sobre ‘Teoría de juegos’. Varufakis estudia las decisiones racionales que toman, en una situación determinada, dos o más agentes obedeciendo a una lógica estratégica, es decir tratando de anticipar sus recíprocos movimientos. Así pues, el ministro griego conoce muy bien el llamado “juego de la gallina” (o, mejor dicho, del gallina), que describe una situación muy parecida a la de una conocida escena de la película “Rebelde sin causa”.