La religión, incluida la cristiana, es una auténtica experiencia de liberación y de florecimiento humano si no se vuelve monopolizadora de la vida, si deja lugar a otras dimensiones de la existencia.
Luigino Bruni
publicado en el Messaggero di Sant'Antonio el 04/03/2026
La crítica a los monopolios es una de las leyes económicas universales, porque los monopolios no son sino una destrucción general de la riqueza y una disminución del bien común. De ahí la invitación a hacer todo lo posible para que las sociedades dispongan de instrumentos y de organismos para prevenir y combatir los monopolios. La ley anti-monopolio en realidad tiene una aplicación mucho más amplia que la del puro ámbito económico e industrial. Los monopolios están (casi) todos equivocados en (casi) todas las expresiones de la vida social e individual. Pensemos, por ejemplo, en la vida religiosa de personas y de comunidades.
La religión, incluida la cristiana, es una auténtica experiencia de liberación y de florecimiento humano si no se vuelve monopolizadora de la vida, si deja lugar a otras dimensiones de la existencia. En la Biblia, solo los ídolos quieren el monopolio de sus fieles. El Dios bíblico, en cambio, es incluso un libertador de las tendencias del templo y los sacerdotes a convertir también a YHWH en un ídolo monopolista que consume la vida de los fieles, de la que se alimenta con un hambre insaciable. El Dios bíblico es un libertador, lo sabemos, y por lo tanto libera también de las religiones, incluida la religión de sus propios fieles. Es conocida y muy sugerente la oración del gran místico alemán Meister Eckhart (1260-1328): “Te pido Dios que me libres de Dios”. Ese Dios liberador de sí mismo es, de hecho, el Dios bíblico, como lo entendió el poeta Friedrich Hölderlin (1770-1843): “Dios creó al hombre como el mar crea los continentes: retirándose”.
El Dios bíblico y cristiano no es un consumidor de devotos, no se alimenta de sus creaturas para poder vivir. Hace exactamente lo contrario: los distingue de sí mismo (shabbat), los quiere libres y adultos, es decir, capaces de no depender de lo “religioso” y de lo “sagrado”, sino de disfrutar la vida y la creación entera. El problema somos nosotros, los religiosos, que estamos tan acostumbrados a la religión como culto idolátrico, que creamos sistemas religiosos, templos, altares, sacrificios, una contabilidad religiosa entre la tierra y el cielo, porque durante milenios hemos concebido a las divinidades como seres que no están satisfechos si no son cultos totales, perfectos, monopolísticos. Y así, a pesar de que la Biblia y Jesús nos hayan dicho lo contrario, también el cristianismo construyó templos, altares, sacrificios, religiones de cultos totales y perennes, de vidas orientadas pura y únicamente a Dios y a lo religioso, como si en el cielo hubiera seres superiores que piden a los humanos que vivan solamente para ellos.
En esta vision que predominó en el cristianismo, y en parte sigue predominando, hay dos problemas. Uno teológico: ¿qué Dios tenemos en mente para pensarlo como a un ser que se alimenta de las vidas ofrecidas totalmente a lo sagrado? Solamente los ídolos quieren eso, por más que, engañándonos, los llamemos YHWH o Jesús. Y luego, un problema antropológico: ¿qué ser humano tenemos en mente cuando damos vida a religiones que ocupan todo el espacio de nuestra vida?, ¿qué mujer, qué hombre es ese fiel que desde la mañana a la noche piensa, vive, ofrece y celebra solo para honrar al Altísimo, solo y siempre para celebrar la divinidad? Solo un fiel menor, infantil, siervo y no libre, podría estar cómodo en una religión así. Lo hacemos, siempre lo hemos echo. Pero la Biblia está ahí todos los días para decirnos: “Hazlo si es lo que quieres, pero no en mi nombre. Mi Dios no quiere esos adoradores, porque busca adoradores en espíritu y verdad. Por lo tanto, libres, como hijos e hijas”. La religión es una experiencia plenamente humana sólo si es un aspecto, importante, de la vida. Y si renuncia al monopolio de nuestra existencia.
Credit Foto: © Fabiano Fiorin / Archivio MSA

