Ánima económica/1 – Del pensamiento de Antonio Genovesi en el siglo XVIII, heredero de la tradición medieval, al largo eclipse del siglo XIX, hasta llegar al siglo XX.
Luigino Bruni
publicado en Avvenire el 11/01/2026
«Un camino importante a seguir es una lectura diferente de la historia del pensamiento económico, y en particular de la tradición italiana, como ya está empezando a suceder, mediante la reevaluación de Genovesi y otros economistas civiles. Si pudiéramos identificar una tradición italiana, distinta de la que se ha generalizado, que presente su propia genealogía, sería una tarea crucial».
Giacomo Becattini, «Benessere umano e imprese ‘progetto’», 2002
Hubo temporadas en la civilización europea en las que el amor, el dolor, la experiencia y los experimentos de los cristianos produjeron palabras hechas carne, que luego se volvieron encíclicas, documentos, revistas y libros que universalizaron y generalizaron aquel amor y dolor civil. No hubieramos tenido la Rerum Novarum (1891) – o sería más pobre y menos influyente – sin el movimiento cooperativo, las cajas rurales, el movimiento sindical, las asociaciones obreras, las sociedades benéficas, la Ópera dei congressi… Es cierto, también fueron importantes las ideas teológicas del Padre Matteo Liberatore o las ideas socio-económicas del joven profesor Giuseppe Toniolo, pero fueron primero los hechos los que analizaron, discernieron, seleccionaron y valorizaron las ideas de los teólogos, los filósofos, los economistas y, luego, del papa. En el cristianismo no son las ideas las que validan los hechos, sino al revés. Eso de que “la realidad es superior a la idea” no es solo un principio apreciado por el papa Francisco, es sobre todo una síntesis del cristianismo, de su humanismo fundado en el Verbo que se hizo carne – el Logos no entró en la historia convirtiéndose en una idea, en una ideología o en un libro, sino haciéndose niño. Las ideas están vivas, son vivificantes y pueden transformar el mundo, solo cuando son carne.
Por lo tanto, el impacto, la calidad y la capacidad transformadora de un documento de la Iglesia dependen mucho, casi totalmente, de la calidad y la capacidad generativa de empresarios, cooperativistas, políticos, ciudadanos, académicos y sobre todo de comunidades cristianas enteras, que viven y experimentan nuevas cosas en su propia carne, individual y colectiva. La tinta ‘invisible’ de los documentos importantes de la Iglesia es la sangre de los testigos y los mártires. Todos estamos esperando la primera encíclica social del Papa León, y somos conscientes de que este documento no va a crear la realidad: podrá verla, podrá darle alas, podrá convertir en “no todavía” algunos pequeños “ya”, pero, una vez más, va a ser la realidad que ya está viviendo la iglesia y la humanidad la que confiera calidad e impacto a las encíclicas de León XIV, como pasó con la Rerum Novarum de León XIII. Sin esta ‘carne’ y esta vida, las encíclicas son documentos de papel que no mejoran el mundo económico y social.
La serie de artículos que empezamos hoy es una exploración en la relación entre economía y Catolicismo de la Italia contemporánea, particularmente en el largo siglo que desde la mitad del siglo XIX nos llevó al finales del siglo XX, pasando por el socialismo, el modernismo, las guerras y el fascismo con su doctrina económica ‘corporativista’, de la que nos ocuparemos. La economía y la religión católica serán entonces los dos ejes de esta reflexión. En algunos artículos prevalecerá la economía y en otros la religión, pero en todos estará el diálogo entre las dos.
Hablar de tradición económica italiana significa sobre todo hablar de Economía Civil, que es el nombre que la ciencia económica adoptó desde sus inicios con Antonio Genovesi a mitad del siglo XVIII, cuando alcanzó su maduración toda una tradición económica y civil iniciada en la Edad Media con el monaquismo, con los mercaderes y con los franciscanos y sus doctrinas sobre la usura, sus Montes de Piedad y sus Montes frumentarios. En el proceso del nacimiento del Estado unificado, esa vieja tradición de pensamiento italiano (pero también europeo) tuvo una fractura, y por lo tanto un largo eclipsis. Y de ahí partimos.
Hasta comienzos del siglo XIX, la tradición italiana de la Economía Civil todavía estaba viva y era muy estimada. El milanés Pietro Custodi, entre 1802 y 1816, publicó la ‘Collezione degli Economisti Classici Italiani' en cincuenta volúmenes, una obra fundamental para la difusión del pensamiento económico italiano en las nuevas universidades y entre los nuevos hombres políticos. Pero cuando en 1850, bajo la iniciativa de Francesco Ferrara, el economista más influyente de su generación, nace la Biblioteca dell’Economista, de 13 volúmenes, sólo uno (el tercero) estaba dedicado a los economistas italianos. En efecto, el clima cultural estaba cambiando rápida y radicalmente. En su Introducción a ese tercer volumen, Ferrara tiene unas hermosas palabras sobre Genovesi, quien, no por casualidad, es el primer autor del volumen: “La más antigua de las cátedras de Economía en Italia, y una de las más antiguas de Europa, es la de Genovesi en 1754, en Nápoles”. Y entonces nos da algunos datos biográficos de Genovesi: “invisible para los monjes y curas de las escuelas, cuya ignorancia servía de fondo oscuro a la espléndida fama de este sacerdote innovador que, evitando en lo posible el latín, apoyándose en argumentos rebeldes a las estrictas formas del silogismo, citando autores ingleses y franceses, pronunciando con iguales labios impasibles la verdad de la Biblia y el pasaje del escritor herético, era sin embargo frecuentado con entusiasmo por una ávida juventud… ese era Genovesi” (Vol 3, pp. V-VI). Genovesi, también por indicación explícita de Intieri, el financiador de su cátedra, enseñaba en italiano y no en latín, un dato innovador que no se le escapa a Ferrara: “Según la costumbre de la época, Genovesi empezó al día siguiente a dictar sus clases a los jóvenes; y él mismo cuenta lo maravilloso que fue escuchar por primera vez a un profesor hablar en italiano en su cátedra”, y denunciaba “la culpa que tienen los italianos por tener tan poca estima por su lengua” (pp. VII-VIII), una culpa que hoy sigue existiendo y creciendo. Hasta aquí las lindas palabras sobre Genovesi y su Economía Civil.
A pesar de la estima personal que tenía por Genovesi, para Ferrara la verdadera ciencia económica era solo la de los ingleses y los franceses. Genovesi y los italianos son solo prehistoria, el antiguo régimen: “Los méritos de la primera fundación de la economía pertenecen al inglés Smith o al francés Turgot, no a Genovesi” (p. XXXVI). La tradición italiana, a su juicio, no fue capaz de entrar en la modernidad, porque todavía era prisionera de preocupaciones morales y políticas. La Economía como ciencia autónoma de la moral así como del ‘príncipe’, la había en cambio fundado Adam Smith en su libro La Riqueza de las Naciones (1776): “La vieja escuela italiana no ofrece nada que pueda recomendar a nuestra predileccion… Yo separaré el sentimiento de amor nacional propio, pero seguiré estudiando a Smith para aprender de Economía” (p. XXXV). Y así concluye coherentemente: “Si a la Biblioteca dell'economista se le hubiese asignado un objetivo menos amplio que el que tuvo, quizás ningún autor italiano de los que incluimos en este volumen entraría” (p. LXX). Una tesis fuerte y clara, que fue decisiva.
La no-modernidad de Genovesi estaba, por lo tanto, en su decisión de enmarcar los temas de una manera “amplia y compleja”. Su error habría sido de método: no haber pensado en las riquezas desde “el punto de vista abstracto y absoluto, sino bajo el del bienestar general”, o de la pubblica felicità. Para Ferrara, Smith fue, por el contrario, el verdadero fundador de la ciencia económica moderna porque abandonó precisamente esta ‘manera amplia y compleja’ para concentrarse solo en las variables económicas – es el nacimiento del homo oeconomicus (más de Ferrara que de Smith): “El mérito de Smith está en haber sentido antes que nadie la necesidad de abandonar… las fórmulas amplias y complejas”. Y esto fue “un inmenso progreso”, fue “el Cogito de la economía” (p. XL).
La referencia a los economistas italianos del siglo XVIII para Ferrara era un intento de “cubrir con las memorias pasadas la nulidad del presente” (p. LXX). La nulidad era obviamente la de su presente – los mediados del XIX no eran un tiempo de grandes talentos económicos para la economía italiana -, pero la tentación de volver a un pasado noble cuando el presente es pobre (como el nuestro) siempre es actual. Por lo tanto, la advertencia de Ferrara es importante también para nosotros hoy, una invitación a no consolarnos con los recuerdos de los grandes padres en la época de los pequeños nietos.
Francesco Ferrara fue un convencido economista liberal, hijo del siglo de Darwin, de Marx y del positivismo, y colega, en el método, de John S. Mill. Para él la ‘verdadera’ ciencia económica podía ver la luz solo renunciando al Todo para estudiar el fragmento, dejando de lado la ‘felicidad pública’ para concentrarse solo en el costo de producción y en la utilidad del consumidor. Ferrara fue el puente por el que la economía civil italiana del siglo XVIII tuvo que pasar para llegar a la segunda mitad del siglo XIX. Un puente muy estrecho, casi una aguja, que dejó pasar muy poco de aquella gran herencia clásica, demasiado poco como para que queden rastros.
Después de este pasaje la Economía Civil salió de la academia, pero – y acá está el punto clave – salió también del pensamiento y de las acciones del mundo católico, de sus economistas y sociólogos, de los cooperativistas, de los sindicalistas, de los papas y obispos. De hecho, a partir del maestro Toniolo, la tradición católica que inspirará a la Rerum Novarum y luego a la Doctrina Social no volverá a conectarse ni con Genovesi ni con la Economía Civil, ignorados o considerados demasiado modernos y lejanos de aquel neotomismo que va a guiar tantos documentos. No entendemos la Doctrina Social de la Iglesia entre los siglos XIX y XX si no tenemos en cuenta que esta se desarrolló durante el Non expedit de Pio IX y la polémica modernista de Pio X y sus sucesores hasta el Vaticano II, en un clima que se cierra al mundo moderno y a sus demandas de un estudio científico de la Biblia, también porque provenían principalmente de los países protestantes. A ese cuadro ya complejo se le suma el nacimiento y desarrollo del socialismo y el marxismo, que complicó todavía más el diálogo con el pasado y con el mundo contemporáneo, ocupando muchas energías de los católicos, probablemente demasiado.
La desaparición de la tradición civil italiana, incluso del pensamiento de la iglesia, es una de las causas del desencuentro de la catolicidad con la modernidad y de su consecuente antimodernismo, que todavía son un gran problema en el mundo católico y en su reflexión sobre la economía y la sociedad. Aquel Genovesi que para Ferrara era demasiado poco moderno por quedarse fascinado con ‘fórmulas amplias y complejas’, se convierte sin embargo en demasiado moderno y con categorías demasiado amplias y complejas para entrar en el tomismo que León XIII había puesto de nuevo en el centro del pensamiento de la Iglesia. Junto con la Economía Civil, afuera de la Doctrina social católica quedaron también los franciscanos, el monaquismo, los comerciantes toscanos, los Montes de Piedad y los Montes frumentarios, Bernardino da Feltre y Muratori, y una seria perspectiva bíblica. Todo quedo cubierto en una oscura noche que duró casi dos siglos, de los que nos ocuparemos en estos artículos. A esa larga noche se metieron algunos ángeles y muchos fantasmas, que pueblan todavía los sueños del mundo católico. Y quizás es hora de despertarse.

