Preguntas desnudas

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Preguntas desnudas/16 – El final de la vida como culminación, no como negocio.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/02/2016

Logo Qohelet rid mod"Qohélet, además de ser un sabio, enseñó al pueblo lo que él sabía. Estudió, inventó y formuló muchos proverbios. Las palabras de los sabios son como aguijones, o como clavos bien clavados. (...) Basta de palabras, todo está dicho"

Qohelet 12,9-13

Los grandes libros no son fáciles. Su lectura exige mansedumbre de mente, libertad de espíritu, pureza de corazón y, sobre todo, pobreza: no poseer nada y no defender nada. Algunos libros y algunas grandes obras de arte llegan hasta nosotros, nos alcanzan en nuestros sepulcros y nos repiten: “sal fuera”. Pero sólo podremos salir si nos presentamos desnudos y pobres ante el autor que nos habla y nos llama, si nos liberamos del sudario dejándolo “plegado en un lugar aparte”.

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Esta operación de vaciamiento es aún más difícil con el texto bíblico. Nos acercamos a él cargados con todas las ideologías que han ido creciendo durante milenios alrededor de la religión, henchidos con nuestras ideas acerca de cómo debe ser Dios, nuestra fe y la fe de los demás. Pero así estos grandes textos no cantan, apenas si nos rozan, apenas llegan a tocarnos. No nos hieren, pero tampoco nos bendicen. Qohélet sólo nos habrá bendecido durante estos cuatro meses que hemos pasado en su semanal compañía, si le hemos dejado entrar hasta la médula del alma, si le hemos acogido en nuestra casa, si hemos hablado y comido con él. Si, después de escuchar su canto, nos hemos encontrado inundados por el único consuelo bueno y posible bajo el sol: la realidad desnuda, con sus grandes dolores y con sus posibles y verdaderas alegrías.

Ahora, al despedirse de nosotros, nos regala un último y consolador fresco sobre la vejez: «Acuérdate de tu creador durante tu juventud, (…) antes de que se oscurezca la luz del sol, la luna y las estrellas, y a la lluvia siga el nublado. Ese día temblarán los guardianes de palacio y los valientes se encorvarán, las que muelen serán pocas y dejarán de moler, las que miran por las ventanas se ofuscarán, las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino se apagará, se debilitará el canto de los pájaros, las canciones se irán callando, darán miedo las alturas y rondarán los terrores. (…) Cuando no dé gusto la alcaparra (…) y se quiebre el cántaro en la fuente». Para concluir con sus palabras más queridas, las mismas que nos ha enseñado a comprender y a amar: «Un infinito vacío –dice el Qohélet -, todo es pura ilusión» (Qohélet 12,1-8). Mientras seas joven y aún poseas muchos dientes (los “guardianes”, “las que muelen”), brillantes y fuertes, y un oído capaz de distinguir el canto de los pájaros, mientras siga vivo el deseo de escalar cumbres, mientras el eros (la “alcaparra”) todavía esté fuerte y el final de la carrera todavía esté lejos (“el cántaro se romperá”), descubre y vive la verdadera alegría del tiempo bueno que posees: «Dulce es la luz y los ojos disfrutan viendo el sol (…) Todo lo que viene es pura ilusión. Disfruta, muchacho, mientras eres joven y pásalo bien en la juventud.» (11,7-9). La sabiduría es ver la vida entera desde los últimos días. Nuestra aurora más hermosa es la que contemplamos desde el ocaso de otros. Qohélet no elogia la vejez, y también en esto desenmascara las ideologías de su tiempo, que hablaban demasiado bien de los viejos, olvidando sus costes y sus limitaciones. También en esto es anti-ideológico y anti-consolatorio. Pero nos obliga a verla y a ponerla en el centro de la vida de todos. Sobre todo hoy, que tenemos una enorme y vital necesidad de ello. El primer paso para construir una nueva cultura de la vejez y de la muerte es volver de nuevo a verlas, a mirarlas a la cara, a sacarlas del eclipse en el que entraron hace décadas. Para aprender a vivir y a crecer, hemos de aprender a morir y a envejecer.

La cultura de la vida ama la vejez porque ve en ella su culminación y no su negación. La cultura de la muerte la expulsa y la maldice, entristeciendo con ello incluso los años más esplendorosos. El grado de amor por la vida de una civilización se mide por su modo de ver y tratar la vejez y la muerte. Una cultura enemiga de la vida desprecia a los viejos y dice que ama a los niños. Una cultura de la vida ama a ambos, porque sabe seguir viendo en el viejo la belleza del niño y porque no hace del niño un ídolo (para el humanismo bíblico el hijo es el anti-ídolo). Si despreciamos la vejez, toda la vida se enturbia, y no vivimos el hoy que pasa como un día más sino como un día menos. La metáfora de la vida, en las culturas que la aman, es el árbol, no la vela. El árbol crece con los años, florece, da fruto y generalmente muere en el culmen de su vida, volviendo como don a la tierra que lo engendró y alimentó. En cambio, la vela se derrite cuando arde; aunque dé luz, el paso del tiempo es su enemigo. Podemos comparar a un viejo con un gran roble o con el cabo de una vela que se apaga. La Biblia nos enseña a ver un bosque de robles; ama demasiado la vida como para presentárnosla como un cementerio poblado por un montón de candilejas más o menos gastadas.

La vejez es el gran desafío que nuestro tiempo niega. Vivimos y viviremos en un mundo en el que cada vez hay más personas viejas. Pero, paradójicamente, ninguna otra época ha menospreciado la vejez tanto como en la nuestra, ni ha adorado y adulado tanto la juventud (no los jóvenes). Sólo el mercado ve ya la vejez. Está transformando nuestro miedo a envejecer y morir en un gran negocio, creando la ilusión de que se puede envejecer bien sin necesidad de aceptar la vejez y llamarla “hermana”. En el mercado hay demasiada sanidad drogada por nuestro miedo a la natural decadencia del cuerpo. Hay demasiados seguros inventados y alimentados por la ilusión cultivada de la invulnerabilidad absoluta.

Así pues, tenemos una necesidad urgente y vital de nuevos “carismas” que nos enseñen otra vez a envejecer y a morir, porque en apenas una generación lo hemos olvidado. A lo largo de milenios desarrollamos toda una sabiduría de la última época de la vida. Probablemente uno de los frutos más valiosos de las grandes religiones fue enseñarnos a sufrir, a envejecer y a morir. Todo un equilibrio entre la vida y la muerte, formado por la familia, la comunidad, la religión, la fe, el tiempo, el espacio y la memoria, en contacto con una naturaleza que nos enseñaba el ritmo de la vida y de la muerte, se rompió en un momento determinado, sobre todo en Occidente. Aquí la vejez sólo va acompañada de adjetivos feos; la palabra misma ha sido desterrada de un mundo que ya no la entiende. Pero sin una buena cultura de la vejez y de la muerte no lograremos tener una buena relación con la vida, con el nacimiento, con los niños. Cuanto menos se ama a los viejos, menos se ama también a los niños, que se convierten en derechos, mercancías o ídolos. Al final, Qohélet no fue sólo un sabio. El epílogo del libro nos dice que también fue un maestro, un hombre que “enseñó al pueblo lo que él sabía”, uno que sintió la vocación de comunicar a otros sus propios descubrimientos. Es un modelo para todo profesor que quiera vivir su oficio como tarea, ayudando a sus oyentes y alumnos a formularle a la vida preguntas adecuadas, honestas, valientes y dolorosas, nunca tramposas. El educador amigo de Qohélet es el que trabaja las preguntas, esperando de vez en cuando poder dar alguna respuesta, siempre provisional y parcial, tal y como fueron sus desnudas preguntas y sus escasas pero valiosas respuestas.

No es fácil acabar este viaje en compañía de Qohélet. Sin embargo, él mismo nos recuerda que «más vale el fin que el principio» (7,8). No siempre conseguimos terminar los viajes que comenzamos, pues no somos dueños de nuestro tiempo ni de nuestras fuerzas. Por eso, la primera palabra que hay que pronunciar al finalizar un viaje es: gracias. Si además el viaje ha sido largo, hermoso y lleno de encuentros, sorpresas y descubrimientos, entonces el agradecimiento se hace grande y plural. Mi primer agradecimiento va para Qohélet, el antiguo y viejo maestro; puedo darle las gracias porque sigue vivo. Gracias Qohélet porque tus palabras han hecho madurar mi vida y mi fe, han purificado mis muchas ideologías e ilusiones consolatorias. Ahora tengo menos certezas, pero las que quedan son más verdaderas. Gracias también al director Marco Tarquinio. Hace dos años le comuniqué mi fuerte deseo de empezar a comentar algunos libros bíblicos. Sentía la necesidad de aportar algo para que aquellos libros, antiguos y grandes, volvieran a hablar a la economía y a la vida social de hoy. Quería llevar de nuevo a figuras como Adán, Abraham, Agar, José, Moisés y Job a las plazas, a las estancias de la política, a los centros de trabajo y a las escuelas, lugares que estaban y siguen estando demasiado alejados de ellas. Le pedí dos años de tiempo, porque sabía que el viaje no sería breve. A pesar de no ser biblista ni teólogo, sino un simple profesor de ciencias económicas, el director de este periódico me sorprendió con un generoso y valiente “”. A lo largo de estos dos años, hemos comentado cuatro libros: Génesis, Éxodo, Job y Qohélet. Ha sido una de las experiencias humanas y espirituales más grandes de mi vida. Hoy, exactamente dos años después del primer comentario al capítulo 1 del Génesis, este primer viaje bíblico termina. Aunque reconozco mi deseo, vivo y fuerte, de volver dentro de unos meses a encontrarme con otros libros. Quiero terminar dándoos las gracias a vosotros, los lectores. Me habéis escrito cientos de cartas, muchas de ellas espléndidas. Recuerdo la que me envió Anna, una comadrona de 99 años, después de leer el primer capítulo de “Las parteras de Egipto”. Es tal vez la carta más hermosa que he recibido en mi vida, fruto de una hermosa vejez. Todas ellas han sido un regalo, el pan y el agua que me han alimentado durante el viaje. Gracias a Dios por la inspiración y por la alegría de que hayáis podido escribirlas. Todo es gratuidad. El camino continúa, siempre juntos.

Sí, el camino continúa. Y continúa junto a Luigino Bruni, que seguirá contribuyendo a esta página de “Ideas” compartidas, con su valiosa experiencia, su profundidad de análisis y su incisiva escritura. Por eso le doy las gracias. El agradecimiento que me dirige a mí, en realidad es para “Avvenire”, el diario donde, por mérito de quienes lo idearon hace 50 años y de quienes lo sostienen y lo construyen hoy, es posible conjugar la sabiduría antigua y la nueva, la acuciante actualidad y la mirada al futuro. (MT)

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Preguntas desnudas/16 – El final de la vida como culminación, no como negocio.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/02/2016

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Qohelet 12,9-13

Los grandes libros no son fáciles. Su lectura exige mansedumbre de mente, libertad de espíritu, pureza de corazón y, sobre todo, pobreza: no poseer nada y no defender nada. Algunos libros y algunas grandes obras de arte llegan hasta nosotros, nos alcanzan en nuestros sepulcros y nos repiten: “sal fuera”. Pero sólo podremos salir si nos presentamos desnudos y pobres ante el autor que nos habla y nos llama, si nos liberamos del sudario dejándolo “plegado en un lugar aparte”.

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La gran belleza del final

Preguntas desnudas/16 – El final de la vida como culminación, no como negocio. de Luigino Bruni publicado en Avvenire el 21/02/2016 "Qohélet, además de ser un sabio, enseñó al pueblo lo que él sabía. Estudió, inventó y formuló muchos proverbios. Las palabras de los sabios son como aguijone...
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Preguntas desnudas/15 – Vivir y dar con gratuidad y gratitud. Así nada se tira.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/02/2016

Logo Qohelet rid mod"Valencia. Un hombre viejo paseaba por la orilla del estanque con un perro tal vez aún más viejo. Le vi acercarse al borde del agua. Sacó de una alforja una hogaza de pan duro y se la fue echando, trozo a trozo, a los peces. Me quedé mirando, fascinado por la monotonía de sus gestos. No duró poco. Hasta que no se acabaron las provisiones, no entendí que lo que estaba presenciando era un versículo del capítulo 11 de Qohélet: "Echa tu pan al agua". Un hombre viejo, en el otoño de 1993, en una ciudad española, estaba cumpliendo a la letra esa invitación, dándole forma única al verso."

Erri de LucaRelato sobre un versículo de Qohélet

Echa tu pan al agua, que al cabo de mucho tiempo lo encontrarás” (Qohélet 11,1). Este es uno de los versos más bellos y sugerentes del libro de Qohélet.

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Su significado no es sencillo. Podría esconder restos de un antiguo proverbio acerca de las ventajas y los peligros del comercio marítimo. Pero esta ambivalencia no debería ser un obstáculo para que nos inclinemos por su significado más primario e inmediato (una antigua y sabia regla sugiere que, ante un texto complejo, se elija la interpretación más sencilla). Entenderemos mejor su sentido si leemos este primer versículo junto con los que le siguen: “El que vigila el viento no siembra, el que mira a las nubes no siega. (…) Siembra tu simiente de madrugada y no des paz a tu mano hasta la tarde. Porque no sabes cuál es la semilla buena: puede ser una, la otra o ambas” (11,4-6). La ley de la vida fecunda es la excedencia, la magnanimidad, la generosidad. Para que el trigo del pan pueda crecer y alimentarnos, debemos sembrar más de lo necesario, ir más allá del cálculo de la eficiencia y echar en la tierra más semillas de las estrictamente necesarias. No debemos lanzar nuestra simiente únicamente en la tierra buena. También las piedras y las espinas deben recibir su parte. Si sólo sembramos dentro de los estrechos límites del buen campo, el trigo que germine no será suficiente ni siquiera para nosotros. La fertilidad del “céntuplo” exige la generosidad del sembrador: que éste sea capaz de desperdiciar buena parte de la simiente, capaz de sublimarse, de transcenderse.

Cuando Qohélet escribía o dictaba estas palabras, el pan era un alimento esencial y escaso para la práctica totalidad de la población. Con pan se podía vivir y alimentar a los hijos. Sin pan, el destino era el sufrimiento y la muerte. Así pues, arrojarlo al agua era un gesto subversivo, imprudente, curioso y equivocado a ojos de los observadores del lanzador. Pero ya sabemos que a Qohélet le gustan las paradojas, sobre todo las que nos pueden ayudar a desenmascarar la vanidad y las certezas fáciles y auto-ilusorias. También en esta ocasión, el mejor exégeta de un versículo hermoso y misterioso como este, es su propio autor. Si le dejamos “hablar” con todas las palabras de su libro, nos dirá que en esta ocasión la lectura más inmediata del texto puede ser la más correcta. Si miramos este texto con el gran angular del libro entero, descubriremos que la clave de lectura del comienzo de este penúltimo capítulo sigue siendo la polémica de Qohélet contra la religión económico-retributiva. Nada hay más subversivo para la lógica económica que un pan arrojado al agua.

A diferencia de lo que ocurre en nuestra sociedad, en la de Qohélet el pan era mucho más que una mercancía. Era un bien especial. En muy contadas ocasiones era objeto de compraventa. Se producía comunitariamente y se compartía en las comidas. Pero sobre todo se regalaba. Un mendrugo de pan no se le negaba a nadie, ni ayer ni hoy; hacerlo supondría renegar de nuestra dignidad. Además, el pan se usaba en los sacrificios, como bien valioso y ofrenda sagrada (Génesis 14,18). Más allá del autoconsumo y de los deberes para con el culto y la solidaridad, el pan no se podía ni se debía tirar. Cuando yo era niño, si un trozo de pan se caía al suelo y se estropeaba, antes de dárselo a los animales, mi madre me obligaba a besarlo. Todo pan vivido como don recibido se convierte en pan eucarístico: es buena gratuidad (eucharis), gratitud. Es maná, pan de vida. Tan potente y esencial es su presencia que podríamos releer la Biblia como la historia del pan.

Es seguro que Qohélet no quiere invitarnos a usar el pan para hacer sacrificios propiciatorios al mar o a los dioses acuáticos. Es durísimo incluso con los sacrificios a Elohim en el templo de Jerusalén: 4,17. El pan que se arroja al agua tampoco es el de los pobres ni el del templo. Es un desafío a la teología que justifica cada acto humano en base a sus resultados. Un desafío a los que dan pan para ser justos y así ganarse la bendición de Dios: “El hombre generoso será bendito, porque comparte su pan con el pobre” (Proverbios 22,9). En cambio, Qohélet nos sugiere que echemos el pan al agua, si queremos que vuelva a nosotros muchas veces, muchos días, de muchas maneras. Su sabiduría es la de la excedencia, la de la superación de los límites de la razonabilidad y la conveniencia, ya sea social o religiosa.

Los que han intentado vivir la vida de verdad y hasta el fondo, formando una familia, trayendo hijos al mundo; los que han creado una empresa o una comunidad, o la han mantenido con vida después de haberla recibido en herencia; los que han seguido sinceramente una vocación… saben que las cosas más hermosas vuelven a ellos cuando son capaces de superar el registro del cálculo utilitarista, cuando abandonan la lógica del coste-beneficio e, inconvenientemente, hacen lo que la prudencia y el sentido común, por sí solos, desaconsejarían. Siembran en la estación equivocada, zarpan sin viento favorable. Algunas veces, contra pronóstico, aparecen frutos y desaparece la calma chicha. Al menos una vez. Como cuando engendramos un hijo tan sólo por amor, olvidándonos de cualquier provecho para nosotros. O cuando sabemos partir creyendo en una tierra prometida, aunque nos espere el desierto. O cuando, ya viejos, partimos una vez más, creyendo todavía en esa tierra a pesar de haber cruzado muchos, demasiados, desiertos, sólo desiertos. Y cuando, a sabiendas de que el pan que nos queda es el último, no lo guardamos en la alforja sino que lo echamos al agua. Cuando deseamos que el paraíso exista aunque estemos seguros de que no será para nosotros.

En nuestra vida hay muchos actos de gratuidad, pero casi siempre son parciales y sólo nos liberan de algunas dimensiones de la lógica retributiva. Muchas veces estamos demasiado embadurnados de reciprocidad como para ser capaces de abandonar el registro del intercambio. ¿Es posible la gratuidad absoluta, el amor puro?

La cuestión del “amor puro” fue abordada por cierta teología hace unos siglos. Después de los debates y las reacciones a la Reforma protestante, se pensó que era necesario ponerse en guardia frente a los peligros de extender al hombre una prerrogativa que se consideraba exclusiva de Dios: la capacidad de amar con un amor puro. El amor puro es peligroso, subversivo. Pero si observamos bien el mundo, nos daremos cuenta de que, a pesar de todo, los seres humanos también son capaces de amor puro. Casi nunca amamos así, pero forma parte de nuestro repertorio. Y si en la vida no hay al menos una experiencia de dar y recibir amor puro, la humanización no es plena y el camino bajo el sol se detiene demasiado pronto. Un hombre sin amor puro se queda demasiado pequeño. Nuestra semejanza con Elohim debe incluir también su amor. Al menos una vez. Aunque sea una sola y decisiva vez. Quizá en la última hora, cuando tengamos la oportunidad de dar el último pan que se nos pida y convertirnos así, con nuestro cuerpo, en eucaristía de la tierra.

La Biblia, y por consiguiente la vida, está llena de una excedencia que sólo llega cuando abandonamos, libremente o por necesidad, el horizonte comercial. Un hijo perdido que sólo vuelve a casa después de haberlo dejado marchar; un niño que nace de un vientre marchito; el carnero que aparece después de haber empuñado el cuchillo; unos pocos panes entregados y perdidos que se multiplican; un profeta que resucita después de que le hemos visto morir en la cruz. No hay contrato que pueda devolver a la vida a un hijo muerto, ni hacer que engendremos cuando nuestra capacidad se ha agotado, ni resucitar a un crucificado. Ningún carnero puede ser cambiado por un muchacho, ni existe ninguna bolsa donde cinco panes puedan transformarse en comida para alimentar a una multitud.

Las verdaderas sorpresas de la vida son las que florecen libremente de la excedencia, las que nadie podía prever ni imaginar, las que nos salvan porque son inmensamente más grandes que nosotros y nuestras conveniencias. Si tuviéramos la garantía, o la simple esperanza, de que el pan que damos un día se convertirá en céntuplo, ese pan dejaría de ser buena gratuidad capaz de multiplicarse. Sería una inversión, un seguro o una apuesta. Para construir aquí en la tierra la “civilización del céntuplo” o al menos un fragmento, es necesario aprender de nuevo la lógica de la excedencia y del pan entregado a las aguas. En las aguas se pierden muchos más panes que los que la corriente nos devuelve. Si el pan multiplicado por las aguas es extraordinario es porque teníamos la certeza de haberlo perdido para siempre cuando lo dimos. El valor infinito, y por consiguiente impagable, del pan dado que vuelve muchas veces, en muchos días, depende también de la cantidad de pan que queda en el fondo del mar y que no vuelve para alimentarnos. No todo el pan que hemos dado vuelve a nosotros. Pero lo que nos parece desperdicio y dolor puede entrar en otra economía más grande, que incluye al mar y a sus peces. La tierra vive y se alimenta de nuestras lágrimas convertidas en pan (Salmo 42,4).

El último pan que queda es el que se centuplica. No el pan superfluo ni el de la filantropía de los ricos. Sólo pueden volver multiplicadas las migajas de Lázaro, no las sobras del rico Epulón: “Los hartos se contratan por pan, los hambrientos dejan su trabajo. La estéril da a luz siete veces, la de muchos hijos se marchita” (1 Samuel, 2,5). Sólo el pan de los pobres puede ser “salvado de las aguas” y volver un día para liberarlos de su esclavitud, más allá del mar.

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Preguntas desnudas/15 – Vivir y dar con gratuidad y gratitud. Así nada se tira.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 14/02/2016

Logo Qohelet rid mod"Valencia. Un hombre viejo paseaba por la orilla del estanque con un perro tal vez aún más viejo. Le vi acercarse al borde del agua. Sacó de una alforja una hogaza de pan duro y se la fue echando, trozo a trozo, a los peces. Me quedé mirando, fascinado por la monotonía de sus gestos. No duró poco. Hasta que no se acabaron las provisiones, no entendí que lo que estaba presenciando era un versículo del capítulo 11 de Qohélet: "Echa tu pan al agua". Un hombre viejo, en el otoño de 1993, en una ciudad española, estaba cumpliendo a la letra esa invitación, dándole forma única al verso."

Erri de LucaRelato sobre un versículo de Qohélet

Echa tu pan al agua, que al cabo de mucho tiempo lo encontrarás” (Qohélet 11,1). Este es uno de los versos más bellos y sugerentes del libro de Qohélet.

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La civilización del pan que se da

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Preguntas desnudas/14 – Comprender el peligro de las "moscas muertas" y el don de los "profetas".

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 07/02/2016

Logo Qohelet rid mod"En la fundación de una comunidad siempre hay un punto oscuro, escondido, un inconsciente colectivo, que tiene su origen en el inconsciente del fundador y en su necesidad humana de controlar. Si la comunidad está llamada a crecer y desarrollarse, este punto oscuro debe ser purificado. La crisis es la purificación de este inconsciente colectivo. La comunidad deberá pasar del mito del fundador perfecto a una apropiación más colectiva del mito fundador, purificado de lo que no es esencial".

Jean Vanier, El mito fundador

«Una mosca muerta echa a perder todo el frasco de perfume. Un poco de necedad ensombrece la gloria del sabio» (Qohélet 10,1).

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Qohélet, que pocos versos atrás nos había dejado con una alabanza a la luz que ilumina el rostro del sabio (8,1), ahora complica un poco más su discurso y nos muestra la vulnerabilidad y la fragilidad de la sabiduría. Lo mismo que una simple mosca puede corromper el perfume si se introduce dentro de la ampolla que lo contiene, un poco de necedad es suficiente para estropear la sabiduría. La sabiduría no sólo se queda en la “lejanía” y en la “profunda profundidad” (7,24). Qohélet también parece decirnos que, aunque lleguemos a experimentarla y a ser provisionalmente sabios, la sabiduría sucumbe ante la necedad. Al comienzo de su discurso afirmaba que «la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tinieblas» (2,13). Ahora, al acercarse el final de su cántico, dice que la necedad es más fuerte. Un poco de necedad es suficiente para corromperlo todo. Buscar en este y en los demás libros sapienciales una meta-clave de lectura que nos desvele si son más verdaderos los versículos sobre la superioridad de la sabiduría o aquellos en los que Qohélet afirma lo contrario, no sería una lectura fecunda. Por el contrario, es mucho más fecundo leer a Qohélet como un maestro de pensamiento no ideológico, y por consiguiente auto-subversivo.

Uno de los ingredientes básicos de las culturas que todavía no han sido contaminadas por la ideología, o de las que han sido capaces de resistir o liberarse de ella, es precisamente su capacidad de auto-subversión. La auto-subversión, entendida como la entendía el gran economista Albert O. Hirschman, es la inusual virtud de poner en discusión las propias certezas, no buscando en las cosas que acontecen los elementos que confirman las propias ideas, sino los que las niegan y las desafían. Es creer más en la verdad de la vida que fluye hoy que en la verdad construida y conquistada ayer. Si el pensamiento auto-subversivo es útil para todos, es esencial para aquellos que han abrazado una fe, religiosa o laica; para aquellos que han dado su adhesión a una gran propuesta que les promete una tierra nueva. El ejercicio de la auto-subversión es la mejor prevención contra toda forma de ideología. La ideología, por lo general, es irrefutable, precisamente porque tiende a hacernos encontrar al final del recorrido únicamente lo que habíamos puesto al principio. El nacimiento de la ideología es un proceso que se compone de (al menos) dos operaciones. La primera comienza cuando todavía tenemos conciencia de que la realidad se presenta con carácter ambivalente y de que no todo lo que ocurre a nuestro alrededor es coherente con nuestras convicciones. Aún vemos el mundo más grande que lo que confirman nuestras tesis, pero empezamos a excluir de nuestros análisis la parte incómoda y disonante. La segunda operación consiste en el auto-convencimiento de que el mundo en realidad sólo está hecho de la parte que nos interesa y podemos confirmar. Y a fuerza de narrar un mundo distinto al verdadero, acabamos dejando de ver la totalidad de la realidad.

Aquí es donde la ideología se hace inalterable: la evidencia contraria a nuestras ideas no nos lleva a corregir nuestras convicciones, simplemente porque ya no somos capaces de ver esa evidencia. Es como si alguien tiene un problema en la vista que le hace perder progresivamente la capacidad de ver los colores y, en lugar de curarse, se convence de que el mundo es en blanco y negro. Por este mismo motivo, la persona capturada por la ideología se nos muestra con buena fe y con una extraña sinceridad, que confunde mucho nuestros juicios, diagnósticos y terapias. La auto-subversión sólo es posible en la primera fase, cuando todavía podemos reconocer las señales del virus que comienza a activarse en el cuerpo.

Una primera señal que dice que está llegando la fiebre, es la disminución del interés por conocer ideas distintas, para buscar cada vez más la compañía de los semejantes. Ya no nos hacemos preguntas nuevas, sólo queremos las respuestas viejas y seguras. Una segunda señal es cuando emerge el sentido de la persecución. Entonces empezamos a dividir el mundo en dos grupos: uno muy pequeño en el que están los amigos que comparten nuestra misma visión y otro en el que están todos los demás, que no nos entienden y a los que percibimos como hostiles. Nos creamos un enemigo imaginario, al que vemos en todos lados: en los periódicos, en la televisión, en los vecinos y en Dios (si no coincide con la idea que nos hemos hecho de él). Incluso comenzamos a relativizar y a poner en discusión a las personas mejores, aquellas a las que siempre hemos apreciado, cuando dicen cosas que no confirman nuestra incipiente ideología. Así, día tras día, se va creando un “texto sagrado” del que uno se convierte en evangelista y profeta.

El libro de Qohélet, junto al de Job, es en sí mismo un ejercicio de auto-subversión intrínseca en la Biblia, porque niega continuamente las ideas de Dios y de la religión que propone, para evitar que se transformen en ideología. El Dios-Elohim de Qohélet sigue vivo porque Qohélet lo subvierte muchas veces.

La ideología, que es una idolatría sofisticada, es una patología de alcance universal, pero es especialmente común y grave cuando afecta a personas religiosas, porque también Dios y los demás habitantes invisibles del mundo son consumidos y utilizados como materiales para la construcción de un imperio ideológico. Cuando también Dios acaba coincidiendo con nuestra idea de Él, la ideología se hace perfecta y carece de salida. Las moscas muertas han estropeado todo el perfume. Es difícil encontrar auténticas comunidades y personas de fe porque, en la mayor parte de los casos, en lugar de la fe y de los ideales encontramos variantes de las múltiples ideologías que pueblan el mundo.

La fe y la ideología de la fe son dos cosas muy distintas. La fe nos libera de nuestros propios dogmas e ídolos, plantea preguntas. La ideología nos ata al ídolo, nos consume y esclaviza, creando muchas respuestas fáciles pero falsas. La verdadera vida espiritual no comienza si no somos capaces, un día, de liberarnos de la ideología de la fe que hemos ido construyendo poco a poco.

La fase ideológica es (casi) inevitable, sobre todo dentro de las comunidades espirituales y carismáticas. Alrededor de la idea originaria que nos ha “llamado” se crea, poco a poco, un edificio: primero una tienda, luego un templo que contiene “el arca” de la primera alianza, y finalmente, junto al templo, un palacio para nosotros, más grande que el templo construido para Dios, como hizo Qohélet-Salomón (1Re 7,1). La ideología es el proceso que va desde la voz invisible hasta la construcción del arca; después, del arca a la tienda, y por fin al templo y al palacio. La auto-subversión individual y colectiva, las raras veces que ocurre, es una obra de destrucción, esta vez intencionada, de muchas construcciones que se han sucedido alrededor de la primera promesa, para volver a la primera gratuidad de la primera palabra.

Es un camino de vuelta: volver a casa disminuyendo, simplificando, desmontando los imperios de arena que hemos construido. A veces, este camino de vuelta lo andamos en los últimos meses o días de vida, cuando vemos la caída de nuestro palacio y de nuestro templo y nos hacemos, al fin, libres de todo, dueños de nada.

El arca, el templo y el palacio surgen progresivamente al servicio del carisma y de su comunidad. Cuando comienzan a hacerse demasiado grandes, tendemos a verlos y justificarlos como elementos subordinados necesarios para el desarrollo de la comunidad.

Pero con el tiempo y sin llegar a tomar conciencia plena, las construcciones ideológicas acaban sofocando la primera gratuidad del evento vocacional originario. La ideología, al principio, se pone al lado del ideal y lo sostiene, pero pronto ocupa su lugar, en un proceso que puede durar mucho tiempo, a veces toda la vida, y casi nunca tiene retorno.

Es muy arduo tomar conciencia de la secreción ideológica del ideal originario, porque ambos asumen la misma forma, son hijos de los mismos padres, tienen los mismos rasgos, la misma belleza, usan las mismas palabras, dicen las mismas oraciones y dan (al principio) los mismos frutos espirituales. De hecho, es el mismo don que se convierte en neurosis, contaminando progresivamente también la capacidad crítica de discernimiento individual y colectivo, porque está encantado con el mismo encantamiento.

Pero también puede acontecer el milagro de la gran bendición, como muestra la historia. Esta ocurre cuando, en el culmen de la experiencia de una comunidad ideal que con el tiempo se ha convertido, inintencionada y tal vez inevitablemente, en comunidad ideológica, alguien sale del encantamiento y comprende, o al menos intuye, que se ha producido la transformación ideológica.

El final del encantamiento, por fuera y por dentro, se manifiesta como crisis, pero en realidad es la frontera entre el horizonte viejo, angosto y el nuevo, amplio y límpido. Es la divisoria entre la vida vieja y la nueva. Pero, para que la liberación de la ideología sea colectiva, es necesario que se despierte y salga del encantamiento también aquel (o aquellos) que lo ha generado. Este hecho es más raro aún, puesto que el encantador es el primer encantado por su propio encantamiento: «El que cava un hoyo cae en él, al que derriba un muro le muerde la serpiente. El que saca piedras se lastima con ellas, el que parte leña puede hacerse daño» (10,8-9).

No obstante, a veces también el fundador logra liberarse de su propio encantamiento. Pero para que se haga realidad la liberación comunitaria de la ideología no es suficiente que el fundador salga del encantamiento. Es necesario que “desaparezca”. Elías, el profeta y maestro, deja su “manto” a Eliseo, su discípulo y continuador, y desaparece en el cielo arrebatado por el carro de fuego. Así es como se realiza la gran auto-subversión: la edad de la ideología termina y comienza la de la vida espiritual de todos.

Por el contario, cuando los profetas, una vez “desencantados”, no saben “morir” desapareciendo, o cuando sus seguidores no les permiten que desaparezcan porque todavía están aprisionados en su encantamiento, es posible que la serpiente muerda a su flautista: «Si el encantamiento es débil y pica la serpiente, no hay ganancia para el encantador» (10,11). Los profetas salvan a sus comunidades si consiguen romper el encantamiento creado por ellos mismos, para dejar después simplemente la pobreza de su manto.

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Preguntas desnudas/14 – Comprender el peligro de las "moscas muertas" y el don de los "profetas".

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 07/02/2016

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Jean Vanier, El mito fundador

«Una mosca muerta echa a perder todo el frasco de perfume. Un poco de necedad ensombrece la gloria del sabio» (Qohélet 10,1).

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La esencial libertad del manto

Preguntas desnudas/14 – Comprender el peligro de las "moscas muertas" y el don de los "profetas". de Luigino Bruni publicado en Avvenire el 07/02/2016 "En la fundación de una comunidad siempre hay un punto oscuro, escondido, un inconsciente colectivo, que tiene su origen en el inconsciente...
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Preguntas desnudas/13 – Resistirse a la devaluación de las virtudes no económicas

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 31/01/2016

Logo Qohelet 13 rid"Lleno de méritos, y sin embargo poéticamente habita el hombre en esta tierra."

Friedrich Hölderlin

La lógica del merito siempre ha sido muy poderosa. Los seres humanos tenemos una profunda necesidad de creer que existe una relación lógica y adecuada entre nuestros actos, nuestro talento, nuestro esfuerzo y nuestros resultados. Nos gusta pensar que el salario que percibimos es fruto de nuestras cualidades y nuestro esfuerzo, que las notas del colegio dependen de lo mucho que estudiamos, y que los premios nos los ganamos (meritum viene de mereri: ganar).

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Es natural, es una necesidad real. El verdadero problema no está tanto, o solamente, en la idea del mérito en sí misma, sino en las respuestas que damos a la pregunta sobre el reconocimiento de nuestro mérito y sobre todo del mérito de los demás. Qohélet esto lo sabe muy bien: “Vi además que bajo el sol no siempre es de los ligeros la carrera ni de los esforzados la pelea, ni de los sabios el pan, ni de los inteligentes la hacienda, ni de los más sensibles la compasión” (9,11).

Los hombres siempre han intentado reaccionar ante este escenario, que se nos antoja como un gran espectáculo de injusticia. En las civilizaciones antiguas, la principal solución a la injusticia del mundo pasaba por imaginar a un Dios distinto de nosotros y justo a la hora de repartir recompensas y penas. Se asumía el dato histórico de las desigualdades y las injusticias y a la realidad se le confería un marchamo religioso. La aparente injusticia se transformaba en una justicia invisible y más profunda. El orden del mundo quedaba asegurado por el sentido religioso de las riquezas y las desgracias propias y ajenas. Así, el rico y poderoso tenía asignado el estatus de ‘bendito’, sin que nadie le llamara a ningún tipo de conversión. En cambio, el pobre y desventurado recibía dos condenas: la de las desgracias de la vida y la de Dios. La necesidad moral de reconocer el mérito producía en los más pobres y desventurados un inmenso sentido de culpa por sus propias desgracias. En cambio, otros humanismos religiosos reaccionaron imaginando que las injusticias debajo del sol serían eliminadas en otras vidas por encima del sol, donde el pobre justo sería premiado y el rico impío sería castigado. La tierra era injusta, pero no el paraíso. La lógica económica retributiva seguía presente, pero el horizonte de su aplicación salía del tiempo histórico para extenderse a la eternidad o al menos a otra vida. Las teorías del mérito necesitan un humanismo de individuos moralmente distintos entre sí, donde cada uno tenga su propia ‘ficha’ personalizada de acciones/recompensas. Las sociedades holísticas no son meritocráticas.

Debido a su alma humanista y personalista, la ideología meritocrática, que asume el mérito como criterio de valoración, clasificación y ordenación de las personas y organizaciones, atrae, seduce y cautiva a muchos. Ocupa un lugar central en la cultura de las grandes sociedades y bancos multinacionales. Su tecnología simbólica es dual. Por una parte, las grandes empresas construyen un sofisticado sistema de incentivos diseñado con el objetivo de reconocer y premiar el mérito, concebido en función de los objetivos empresariales. Por otra parte, el trabajador que se encuentra dentro de este mecanismo de premios, interpreta su salario y su retribución en especie como una señal de que es merecedor de ellos. Es un contrato perfecto, alimentado continuamente por ambas partes, porque parece mutuamente provechoso: la empresa satisface su necesidad de ser racional y de ordenar la realidad a sus propios fines, y el trabajador satisface su necesidad de sentirse valorado y digno de mérito.

Es una ideología que ha crecido como una enredadera sobre el árbol retributivo en el jardín de la fe bíblica, y está conociendo un éxito increíble, que va en aumento en estos tiempos de capitalismo individualista. Como nos mostró Max Weber hace más de un siglo, en el humanismo judeocristiano hay una línea de pensamiento que interpreta el éxito económico como signo de elección y de salvación. La cultura económica actual ha radicalizado y universalizado ese mecanismo religioso-psicológico. Lo ha secularizado y lo ha extendido desde el empresario a todo el sistema económico, productivo, financiero y de consumo. La cantidad y calidad del salario y de los incentivos (y del consumo) se convierten en los nuevos indicadores de elección y predestinación para el ‘paraíso’ de los que tienen méritos. La dimensión simbólico-religiosa del dinero y del éxito se ve así ampliada, radicalizada y generalizada.

Pero el tormento de este y de todos los sistemas religiosos retributivos aparece claramente cuando dejamos el paraíso y descendemos hacia los cercos del purgatorio y del infierno. El mérito exige la necesidad del demérito. Es una realidad posicional y relativa: el mundo de los que tienen méritos funciona si el mérito se puede definir, ordenar, jerarquizar, medir y poner en relación con el demérito. Por encima de alguien con méritos debe haber otro con más méritos, y por debajo otro con menos méritos. Es un perfecto sistema de castas, donde los brahmanes necesitan que haya parias, pero no pueden tocarles para que su demérito no les contamine. La gestión más sencilla del demérito consiste en presentarlo como un paso obligado hacia el mérito, como una etapa del camino. Esta gestión funciona muy bien con los jóvenes, a los que se les muestra la ‘montaña amada’, diciéndoles que sólo podrán escalarla si saben ‘crecer’, aunque los que proponen este escenario sepan muy bien que en la casa del mérito no hay suficiente sitio. Así pues, cuando llegan los primeros fracasos y el mérito esperado no florece según los objetivos marcados, se realiza el milagro: puesto que el trabajador ha sido educado para interpretar su fracaso como demérito, acepta con docilidad su propio y triste destino. El culto es perfecto: el ‘creyente’ interioriza la religión y la implementa autónomamente. La producción en masa del sentimiento de culpa se convierte en la gran escoria de nuestra economía, alimentada por la agresividad, la soberbia y el engreimiento que acompañan a los laudatores de la meritocracia.

Qohélet nos dice una cosa muy importante: que leer nuestra vida y la de los demás como una contabilidad de méritos/premios y deméritos/castigos, es una solución vana y engañosa a la demanda de justicia bajo el sol, porque los mecanismos del mérito no pueden responder a las preguntas más profundas acerca de la justicia, ni siquiera de la justicia económica. Son vanitas. Sobre todo carecen de respuesta cuando la desventura hace su aparición en escena: “El hombre no sabe cuándo vendrá su hora: como peces apresados en la red, como pájaros presos en el cepo, así son tratados los humanos por el infortunio cuando les cae encima de improviso” (9,12). Cuando vemos a un desdichado, nada podemos decir sobre su vida. Puede ser bueno o malo, inteligente o necio; su desventura y su suerte no nos permiten articular ningún discurso sobre su mérito. Las palabras de nuestras desventuras son mudas; por sí solas son incapaces de expresar la moralidad de nuestro pasado y de nuestro futuro. Las carreras brillantes se cruzan con separaciones, depresiones, enfermedades y acontecimientos que el sistema de los incentivos simplemente expele. La democrática casualidad del infortunio echa por tierra la maquinaria meritocrática de nuestra economía. No hay nada más ajeno a nuestra cultura capitalista que las enfermedades graves y las muertes prematuras. No hay sitio ni tiempo para la desgracia, a la que se ve como un roce, como arena en un engranaje. Aún hay menos sitio para el tiempo de la muerte. Hay demasiados pocos compañeros de trabajo en los funerales o en las cabeceras de las largas agonías.

Pero siguiendo a Qohélet podemos ir todavía más allá. Si nos tomamos en serio el espíritu de sus antiguas palabras, podemos decir que el mérito es una palabra ambigua, raramente amiga de las personas corrientes y de los pobres. ¡Y qué decir de la palabra meritocracia!. La lógica del ‘jornalero de la última hora’, una de las páginas más hermosas que se han escrito nunca, es una crítica, no menos radical que la de Qohélet (o Job), a la idea del mérito. Para entenderla hay que leerla dentro de la polémica de los primeros cristianos con respecto a la religión retributiva de su tiempo. La crítica de Qohélet al mérito es fundamental para comprender los peligros que acechan a toda una vida social construida a partir de la lógica del mérito, tal y como lo conciben y promueven las empresas. Si hubiéramos imaginado otro capitalismo menos anclado a la religión retributiva, casi con certeza tendríamos un planeta menos enfermo y unas relaciones sociales más sanas. Pero al menos debemos evitar que hoy su lógica se convierta en la cultura de toda la vida social. Sin embargo, los incentivos y la meritocracia están ocupando progresivamente muchos ámbitos no económicos.

No es difícil entender la razón de este extraordinario éxito. Todos sabemos que hay muchos méritos y muchos deméritos. Hay trabajadores excelentes que son malos padres y viceversa. Normalmente convivimos con méritos y deméritos de los que no somos conscientes. Algunos de ellos sólo se nos revelan en momentos decisivos, a veces en los últimos días, cuando descubrimos que, aunque en nuestra vida haya habido aparentemente pocos méritos, nos ha merecido un buen abrazo del ángel de la muerte.

Así pues, la insidia que se esconde dentro de la ideología meritocrática es sutil y por lo general invisible. Las empresas logran presentarse como lugares capaces de remunerar el mérito, porque reducen la multiplicidad de méritos exclusivamente a los que son funcionales para alcanzar sus propios objetivos: un artista que trabaja en una cadena de montaje no es digno de mérito por la mano que sabe pintar sino por la que sabe apretar tornillos. El mérito de la economía es fácil de premiar. Es un mérito/demérito sencillo, demasiado sencillo de ver y por consiguiente de medir y premiar. Sin embargo, existen muchos otros méritos en ámbitos no económicos, pero es más difícil verlos y aún más medirlos. Esto nos desvela un gran peligro: el mérito en la empresa, dado que es fácilmente medible, se termina convirtiendo en el único mérito visible, medible y premiable en la sociedad entera. Pero esto produce dos efectos: los méritos cuantitativos y medibles se incentivan demasiado, y los méritos cualitativos y no productivos se atrofian. Con ello aumenta la destrucción de las virtudes no económicas esenciales para la vida buena (mansedumbre, compasión, misericordia, humildad…)

La gran operación del humanismo cristiano consistió en liberarnos de la cultura retributiva que dominaba el mundo antiguo y de la culpabilización de los perdedores. No debemos resignarnos a malvenderla por el plato de lentejas del mérito. Nosotros valemos mucho más.

Dedicado a Pier Luigi Porta, querido amigo y maestro de pensamiento y de vida.

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Preguntas desnudas/13 – Resistirse a la devaluación de las virtudes no económicas

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 31/01/2016

Logo Qohelet 13 rid"Lleno de méritos, y sin embargo poéticamente habita el hombre en esta tierra."

Friedrich Hölderlin

La lógica del merito siempre ha sido muy poderosa. Los seres humanos tenemos una profunda necesidad de creer que existe una relación lógica y adecuada entre nuestros actos, nuestro talento, nuestro esfuerzo y nuestros resultados. Nos gusta pensar que el salario que percibimos es fruto de nuestras cualidades y nuestro esfuerzo, que las notas del colegio dependen de lo mucho que estudiamos, y que los premios nos los ganamos (meritum viene de mereri: ganar).

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Las elementales escorias del mérito

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Preguntas desnudas/12 – Nos hace falta una doble gratuidad: al dar y al recibir

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/01/2016

Logo Qohelet"La sabiduría clama por las calles, por las plazas alza su voz; llama en la esquina de las calles concurridas, a la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos."

 

Libro de los Proverbios, 1,20-21

La sabiduría existe. Desearla y buscarla es lo mejor que hay en esta tierra. Pero siempre queda fuera de nuestro alcance. Si uno se acerca demasiado, desaparece o se transforma en otra cosa más sencilla e insustancial. Es algo muy distinto a lo que hoy llamamos inteligencia, talento, erudición, competencia o cultura.

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Todas esas cosas son distintos capitales que poseemos y de cuya gestión, desarrollo y cultivo somos responsables. La sabiduría es otra cosa. No es un stock del que podamos disponer. Interactúa con nuestros capitales naturales y morales, pero es distinta de ellos. Hay personas sabias que no son especialmente inteligentes, ni eruditas, ni tienen mucha experiencia. También los niños saben decir palabras de sabiduría. La sabiduría es un don y, como todos los dones, depende poco de los méritos. Es un soplo libre que vuela y se posa donde quiere. Como la belleza, la verdad, la santidad o la felicidad. Es posible y necesario buscarla, pero no es nunca resultado de un proyecto intencional. No es una virtud, es un don. Sólo llega de vez en cuando y si previamente hemos perdido la voluntad de dominarla.

«Dije: Seré sabio. Pero eso estaba lejos de mí. Lo que existe es lejano. Es profunda profundidad. ¿Quién puede alcanzarlo?» (Qohélet 7, 23-24). La sabiduría se nos escapa. Su profundidad es demasiado profunda, su lejanía demasiado lejana. Sin embargo, algunas veces se hace presente, actúa, obra y transforma la historia. Entonces podemos reconocerla: «¿Quién como el sabio? ¿Quién como él sabe explicar una cosa? La sabiduría del hombre hace brillar su rostro, y sus facciones severas transfigura» (8,1).

Así pues, la sabiduría posee un resplandor característico que modifica los rasgos de la cara. El rostro brillante se hace visible para los otros, como el de Moisés cuando bajó del Sinaí con las tablas de la ley. La sabiduría es una relación, muestra su brillo a quienes son capaces de reconocerla en el rostro de otros. Las señales de la sabiduría son visibles bajo el sol gracias a la luz de un rostro humano. El testigo de la sabiduría es el otro, que ve su luz única. Pero el otro sólo es un buen espejo si absorbe la luz sin devolvérsela al sabio. Esa es su típica pobreza. El sabio brilla con una luz especial, que se enciende dentro de una relación. Pero esa luz desaparece cuando se mira de forma narcisista en un espejo distinto a los ojos del otro que está ante él. Esta relacionalidad constitutiva de la sabiduría es un dispositivo intrínseco de gratuidad, que impide que el sabio se apropie de su sabiduría, so pena de que la luminosidad del rostro se extinga. Cuando el sabio comienza a ver su propio rostro más luminoso que el de los demás, a enamorarse de su luz distinta, la sabiduría desaparece por falta de gratuidad: «Esa agua no es para mí» (Bernardette Soubirous).

Todos los sabios son siempre sabios provisionales. De ellos sólo emana la luz de la sabiduría mientras la experimentan. Y entre una experiencia de sabiduría y otra, son pobres e indigentes como todos los vivientes bajo el sol; pronuncian las palabras de todos, tienen la luz de todos los rostros. Así pues, la luz especial de la sabiduría es efímera, sólo vive dentro de una relación concreta y mientras dura la experiencia. No es acumulable, no se puede conservar en un cofre. Si la sabiduría es don-gratuidad, no existe el oficio de sabio: «No te vuelvas demasiado sabio. ¿A qué destruirte?» (7,16).

La sabiduría está lejos, es profunda profundidad. Ningún sabio lo es siempre y para siempre. La sabiduría es una experiencia. Seremos sabios siempre que experimentemos la sabiduría y sólo mientras lo hagamos. Por muchas palabras luminosas que hayamos dicho en el pasado, no tenemos ninguna garantía de que sigamos diciéndolas también mañana. Únicamente podemos esperar que así sea. No hay sabiduría si no se renueva el milagro de la gratuidad aquí y ahora.

Por este motivo no es cierto que los sabios sean siempre los mejores testigos de las palabras que dicen. La verdadera sabiduría, que dice palabras que transforman la vida de los demás, no siempre logra transformar la vida de aquellos que las pronuncian. La sabiduría excede siempre al sabio, por muy grande y muy testigo que sea. La vida moral del sabio no es la prueba de su sabiduría. La verdad de sus palabras no está en su testimonio. La prueba de la presencia de la sabiduría es el esplendor del rostro y de las palabras. Este es uno de los grandes misterios de la gratuidad-charis sobre la tierra.

De aquí se derivan algunas sugerencias. Desconfiemos de los “sabios” que muestran su propia vida como medida de la sabiduría de sus palabras y se ponen a sí mismos como modelo para aquellos que ven la claridad de su rostro y la siguen. Desconfiemos de los que dicen poseer la sabiduría, de los que se sienten dueños de ella, de los que creen tenerla siempre al alcance de la mano y la consideran como un capital del que pueden disponer en cualquier momento. Ciertamente son falsos sabios. La primera sabiduría de los sabios consiste en una conciencia humilde de que la fuente de la sabiduría que expresan no son ellos mismos, sino otra fuente de la que, a veces y sin conocer la razón, sale un agua distinta y siempre nueva. Saben que son ciegos, que de vez en cuando ven y hacen ver. Cuando la sabiduría se enciende dentro de una relación concreta, el primer sorprendido, agradecido y maravillado por la sabiduría que expresa, es el que se descubre en el rostro una luz que no conocía antes y se convierte en oyente de sus propias palabras, puesto que no son sólo suyas. Si Qohélet ha sido capaz de regalarnos palabras de sabiduría es porque nunca creyó que la había alcanzado.

Hay una tercera advertencia: no es bueno decirles a los sabios que su rostro brilla con una luz distinta, porque les exponemos a una tentación mayor. Para que la luz de la sabiduría no se reduzca en la tierra, a los sabios se les pide gratuidad. Pero también se les pide a aquellos que los ven y gozan con su sabiduría. Si la primera gratuidad es difícil, la segunda no es menos ardua. La gran tentación de los sabios consiste en enamorarse y apoderarse de su propia sabiduría, en desear que la luz verdadera pero efímera se transforme en luz constante aunque falsa. Por su parte, la tentación de los que contemplan y disfrutan esa sabiduría consiste en el deseo de institucionalizar la claridad de ese rostro, de no conformarse con una claridad temporal, y así hacer del sabio un dios inmutable. En la relación que genera la sabiduría, el peligro, siempre actual, es la idolatría.

La virtud del sabio consiste en saber resistir dentro del sufrimiento específico que supone donar una luz que no conoce ni controla. La sabiduría sólo florece entre iguales, sólo entre pobres. El reino de la sabiduría es el reino de estos pobres: de los que no se hacen dios y de los que no quieren adorar a un ídolo. Para comprender la visión de Qohélet acerca de la sabiduría, es necesario tener muy presente su polémica con los movimientos “apocalípticos” de su tiempo, poblado de visionarios que entretenían a las masas, encantadas con sus relatos de revelaciones, de los que eran dueños únicos e indiscutibles. Ciertamente, en el mundo hay personas más sabias, menos sabias y necias. Hay personas muy sabias, pero no hay garantías de que la sabiduría y la luz se activen siempre ni siquiera en ellas. Qohélet ama y busca la sabiduría, pero desconfía de los sabios cuando se convierten en un estatus, en una categoría social o en una élite que usa la luz del rostro con “fines de lucro”.

Hay rostros con luz artificial, con rasgos y guiños modificados a propósito, que sólo convencen a los que están dispuestos a seguir y adular a un falso sabio. Cuando se ve la vida de algunas personas que han experimentado la sabiduría, se observa que su mayor reto es conservarla con el paso de los años. Llega un momento en que la tentación de apropiarse de la luz que dan a los demás se hace mucho más fuerte, casi invencible. Muchas veces en ese momento la luz comienza imperceptiblemente a perder luminosidad y los rasgos de la cara empiezan a cambiar. La gratuidad desaparece y con ella sus típicos frutos: libertad, alegría, presencia de los pobres. Es un proceso que involucra tanto a los ex sabios como a sus oyentes, y por eso es una trampa de la que es muy difícil salir. Pero no es imposible.

No olvidemos que Qohélet se presenta ante su auditorio con el nombre de Salomón (capítulo 1), quien, a pesar de ser el rey más sabio, en la última parte de su vida sufrió una involución. La compleja, ambivalente y misteriosa historia personal del rey Salomón es un trasfondo esencial para entender las palabras de Qohélet acerca de la sabiduría. Salomón, sabio en su juventud, al envejecer “se descarrió a causa de muchas mujeres” y adoró a dioses extranjeros (1Re 11). Este es un dato que puede explicar en parte la durísima crítica de Qohélet a la mujer (7,26-28). Ni siquiera el hombre más sabio de todos fue siempre sabio, durante toda la vida.

Pero todos podemos ser sabios. Todos en la vida hemos tenido experiencia de esta sabiduría. Al menos una vez. No es un bien de lujo, disponible sólo para algunos espíritus elegidos, animadores de un club espiritual. La verdadera sabiduría es popular, vive dentro de las casas de todos, en los lugares de trabajo, en las plazas, en los mercados. Es la luz que vemos encenderse en el rostro de un amigo cuando, siendo pobre como nosotros, recoge nuestro dolor y acierta a decir palabras de vida, que siempre nos consuelan y algunas veces nos salvan. Es la luz que hemos visto muchas veces en los rostros de nuestros padres, cuando nos daban esas pocas palabras distintas con las que seguimos caminando todavía hoy. Mientras nos calentamos a la luz de la sabiduría (si la luz del rostro del otro no nos calienta no es la luz de sabiduría), todos hacemos experiencia de la lejanía de la sabiduría, de su “profunda profundidad”. Y así seguimos deseando buscarla, con gratuidad.

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Preguntas desnudas/12 – Nos hace falta una doble gratuidad: al dar y al recibir

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/01/2016

Logo Qohelet"La sabiduría clama por las calles, por las plazas alza su voz; llama en la esquina de las calles concurridas, a la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos."

 

Libro de los Proverbios, 1,20-21

La sabiduría existe. Desearla y buscarla es lo mejor que hay en esta tierra. Pero siempre queda fuera de nuestro alcance. Si uno se acerca demasiado, desaparece o se transforma en otra cosa más sencilla e insustancial. Es algo muy distinto a lo que hoy llamamos inteligencia, talento, erudición, competencia o cultura.

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El sabio no se hace dios

Preguntas desnudas/12 – Nos hace falta una doble gratuidad: al dar y al recibir de Luigino Bruni publicado en Avvenire el 24/01/2016 "La sabiduría clama por las calles, por las plazas alza su voz; llama en la esquina de las calles concurridas, a la entrada de las puertas de la ciudad pronu...
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Preguntas desnudas/11 – Mejor es una verdad amarga que un autoengaño dulce.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 17/01/2016

Logo Qohelet"A veces Dios
mata a los amantes
porque no quiere
ser superado
en amor”.

Alda Merini, A veces Dios

La verdad es una necesidad capital del corazón humano. Hemos elaborado nuestras teorías del comportamiento en base a una “pirámide de necesidades” en la que los bienes morales están situados en el tercer y cuarto “piso”, como los bienes de lujo, y sólo nos podemos permitir pensar en ellos después de haber comido y bebido. Es como si la belleza, el amor y la verdad no fueran bienes esenciales, como si el sueño fuera más necesario que la estima, o el sexo más que los afectos, o la seguridad más que los cuidados.

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Así nos olvidamos de las historias de muchas personas acomodadas que se han dejado morir por no haber encontrado una buena respuesta a la pregunta “¿por qué tengo que levantarme cada mañana?”, y de otras muchas que han resistido largos años, en condiciones de hambre y sed extremas, sencillamente porque alguien las esperaba en casa. Esta necesidad de verdad sobre nosotros mismos, sobre el corazón y las acciones de los seres queridos, sobre la fe y los ideales que han edificado y alimentado nuestra existencia, puede adquirir muchas formas. Una de ellas, que se presenta de repente un día, es la urgencia vital de comprobar si no habremos entrado dentro de una gran auto-ilusión, de una “burbuja de vanitas” en la que cabemos nosotros, nuestros seres queridos, Dios y nuestras certezas. Ese día todo lo demás se relativiza, esta verdad se convierte en absoluta, y dedicamos nuestras mejores energías a saber si somos tan libres y verdaderos como creíamos o si, por el contrario, hemos caído sin darnos cuenta en una trampa.

Esta experiencia no es universal ni necesaria, pero sí es muy común en aquellos que en su juventud tomaron opciones radicales, creyeron en una promesa, siguieron una voz que les llamaba hacia una tierra nueva. Un día, por los motivos más variados, a estas personas, religiosas o laicas, se les puede presentar la duda de si las realidades de ayer no serán puro viento, un sueño. Ese momento no suele llegar cuando se le ha pedido poco a la vida. Pero cuando se le ha pedido mucho, sobre todo en los años más hermosos llenos de entusiasmo, casi siempre aparece. Algunas veces, poniendo a prueba la duda, descubrimos que este gran autoengaño sólo era aparente, que lo que nos parecía un fantasma era la sombra de una presencia verdadera. Otras veces, en cambio, nos damos cuenta de que nos hemos engañado de verdad, durante mucho tiempo y en cosas muy importantes.

El libro de Qohélet nos decía y nos sigue repitiendo que esta segunda conclusión de la búsqueda es muy buena, no es un fracaso. Mejor es una vida desilusionada pero verdadera que una vida ilusa. Mejor es una verdad amarga que un autoengaño dulce. Su sabiduría es esencialmente un regalo que nos ayuda a liberarnos de las ilusiones. Si la verdad tiene valor en sí misma, las ilusiones desilusionadas son preferibles a las certezas ilusas. Qohélet nos dice que esos momentos de transformación de los “días vanos” en desilusión, esos auténticos despertares, son una verdadera “bendición”, una de las más grandes bajo el sol. Qohélet también sabe que aceptar la "vanitas" y admitir el autoengaño generado por la necesidad de ilusiones son operaciones difíciles y sobre todo largas.

Así, con su método cíclico, repite varias veces los mismos mensajes, pero incorporando cada vez matices nuevos: «¿En qué supera el sabio al necio? En mi vano vivir, de todo he visto: justos perecer en su justicia, e impíos envejecer en su iniquidad» (Qohélet 6,8; 7,15). La repetición creativa y poética forma parte de su estilo. Saber estar quietos durante la repetición de palabras grandes y teóforas exige mansedumbre y fortaleza de corazón y de mente, prácticas que nuestro tiempo ha olvidado y contras las que combate con fuerza en nombre de la eficiencia y la velocidad: «Más vale el paciente que el presuntuoso» (7,8).

Las “vanas” ilusiones están entrelazadas con las verdades más bellas de nuestra vida. Anidan dentro de nuestros talentos. Son la cizaña que crece rodeando al primer grano bueno. Maduran con nosotros, llevan máscaras que reproducen los rostros de las mejores personas de nuestra vida y se alimentan de nuestros carismas más hermosos. Por eso, para liberarnos de las ilusiones necesitamos tiempo y constancia, sobre todo si queremos llegar al final del proceso y no detenernos demasiado pronto. Para que no nos conformemos con los primeros y más sencillos golpes de tallado, que son insuficientes para soltar nuestro iluso pasado, pues estamos demasiado apegados a esos antiguos cachivaches: «No digas: "¿Cómo es que el tiempo pasado fue mejor que el presente?" Pues no es de sabios preguntar eso» (7,10).

La única posibilidad de vencer a la "vanitas" en esta tierra es morir y resucitar mientras estamos todavía vivos. Al menos una vez. Esta muerte-resurrección puede llegar de muchas maneras, algunas luminosas y otras oscuras. Algunas veces adquiere la forma de la superación de una grave enfermedad. Toda gran curación es un combate en un vado nocturno, del que salimos heridos, bendecidos y con un nombre nuevo, con un nuevo cuerpo resucitado con los estigmas de la pasión. Otras veces, sobre todo para los que ya han tenido una primera experiencia de muerte-resurrección (y tal vez porque al haber ‘resucitado’ creen que ya no tienen que volver a “morir”), adquiere la forma de una "gran desilusión". La muerte, en este caso, no empieza con un mal físico o moral contra el que hay que luchar, sino con todo aquello que en la vida pasada representaba lo bello, lo bueno y lo verdadero.

Es el hijo de la promesa que se pone en camino con nosotros, de buena mañana, hacia el monte Moria.

Es raro que estos combates con la gran desilusión tengan un buen final. No es fácil ganar en estas luchas, porque el enemigo no está fuera: luchamos contra la parte mejor de nosotros mismos. Es relativamente fácil llegar al umbral de la desilusión. Atravesarla es mucho más difícil y raro. Intuimos la dureza, la incertidumbre y el extravío de la vida posterior a la ilusión, no afrontamos el miedo a lo desconocido y el dolor de la desilusión, y así fácilmente retrocedemos a la adolescencia. Para evitar la muerte del pasado renunciamos a un nuevo futuro (y a un buen presente).

De esta manera se crea un conflicto entre la necesidad de la verdad y el coste del proceso de liberación de las ilusiones. En un primer tiempo, podemos permanecer dentro de la grieta ilusión-desilusión. Pero este estado de tensión dura poco. Antes o después, debemos decidir si saltamos e intentamos alcanzar la roca al otro lado de la grieta (con el peligro de caer y precipitarnos) o si nos damos la vuelta y emprendemos el camino del retorno a las viejas ilusiones. Si regresamos hacia casa, durante algún tiempo seguiremos sintiendo el malestar y el dolor por la falta de verdad, pero después lo más probable es que empecemos a atribuir a las viejas y nuevas ilusiones el estatus de verdad.

La necesidad de verdad actúa y es más fuerte, prevalece, pero aquí lo hace de forma perversa. “Las ilusiones se transforman en verdad”. Nos adaptamos a la ilusión y para sobrevivir empezamos, casi siempre de forma inconsciente, a llamar felicidad a la infelicidad, y verdad a la ilusión. La trampa se hace perfecta. Otras veces no aceptamos la desilusión y nos hacemos cínicos, nos enfadamos con la vida, con el pasado y con los compañeros-cómplices de los “días vanos”. Otra trampa no menos honda y fuerte.

Raras veces, sin embargo, la operación funciona y un día nos despertamos resucitados. Si la humanidad ha logrado intuir algo de aquella resurrección única de Jesús de Nazaret es porque muchos hombres y mujeres han resucitado miles de veces y lo siguen haciendo. Al comienzo de esta auténtica nueva vida se experimenta una gran soledad. La edad de la ilusión era una experiencia colectiva, social, comunitaria. En cambio, después de atravesar la gran desilusión, nos encontramos solos, y cada uno tiene la sensación de que es el único que vive despierto en un mundo de durmientes.

Si se logra resistir en este tipo especial de sufrimiento moral (no está garantizado), comienza otra fase. Uno descubre que en realidad no está solo, y empieza a conocer, una a una, a otras personas que viven la misma experiencia bajo el mismo cielo. Así surge una nueva socialidad, completamente distinta de la primera. Estos nuevos compañeros se encuentran en los lugares más inesperados e improbables, a veces en los lugares de siempre. Se les descubre en los libros, en el arte, en la poesía, casi siempre entre los pobres.

Finalmente, si el camino continúa, nace el deseo de encontrarse con todos los que todavía siguen dentro de la burbuja de la ilusión, para “despertarles”, liberarles y sacarles de su caverna de sombras, para que se encuentren con la verdadera realidad. En esta misión se trabaja mucho. Y un día se comprende que en esta acción misionera acecha una nueva idolatría, y el ídolo no es otro que nosotros mismos.

Nos encontramos de nuevo al borde de la grieta entre las rocas y debemos decidir si nos quedamos dentro de esta ilusión-idolatría o intentamos un nuevo salto, arriesgándonos a una nueva muerte, esperando una nueva resurrección. Cuando empezamos a resucitar, no debemos dejarlo. Y tal vez, al final, nos daremos cuenta, llorando otras lágrimas distintas, de que aquella verdad resucitada ya estaba presente en la primera “vanitas” contra la que tanto luchamos hasta darle muerte. Y así la mariposa dará las gracias a la larva, la perla a su ostra, el resucitado al abandonado. Pero al principio y durante el proceso, no podremos saberlo: «Más vale el final de una cosa que su comienzo» (7,8).

Qohélet habrá conocido y experimentado algo parecido. Si sabemos buscar entre sus palabras, lograremos ver con claridad el tramo de camino que va de la ilusión a la desilusión y podremos entrever también algún resplandor de la resurrección. Si Qohélet no hubiera resucitado tras la "vanitas", no habría podido regalarnos sus palabras. Su libro no habría entrado en la Biblia. No nos habría alcanzado en nuestras desilusiones ni nos habría dado la mano para acompañarnos en nuestras resurrecciones.

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Preguntas desnudas/11 – Mejor es una verdad amarga que un autoengaño dulce.

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mata a los amantes
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Alda Merini, A veces Dios

La verdad es una necesidad capital del corazón humano. Hemos elaborado nuestras teorías del comportamiento en base a una “pirámide de necesidades” en la que los bienes morales están situados en el tercer y cuarto “piso”, como los bienes de lujo, y sólo nos podemos permitir pensar en ellos después de haber comido y bebido. Es como si la belleza, el amor y la verdad no fueran bienes esenciales, como si el sueño fuera más necesario que la estima, o el sexo más que los afectos, o la seguridad más que los cuidados.

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Bendita gran desilusión

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Preguntas desnudas/10 - Acumular bienes no es una bendición; en el trabajo hay felicidad

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/01/2016

Logo Qohelet"Cuando la Providencia dividió la tierra entre unos pocos nobles propietarios, no olvidó ni abandonó a aquellos que parecían haber quedado fuera del reparto. Ellos también tuvieron su parte. En lo que constituye la verdadera felicidad de la vida humana, los pobres no son inferiores a los que aparentemente se encuentran muy por encima de ellos. En la felicidad, todos los diferentes rangos de la vida están casi al mismo nivel, y el mendigo posee la seguridad por la que luchan los reyes."

Adam Smith, La teoría de los sentimientos morales

La profanación del derecho y la justicia siempre han estimulado la voz y la indignación de los profetas, que siguen desenmascarando a los corruptos y llamándolos a conversión.

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Qohélet hace una crítica de su injusta sociedad distinta de la profética, pero no menos radical. Sin creer mucho en la conversión moral de los poderosos, con la fuerza de su sabiduría desmonta desde dentro la lógica de su poder y su riqueza, mostrando laicamente su intrínseca vanidad.

Hoy necesitaríamos nuevos profetas de palabras inflamadas para dar esperanza a los pobres humillados, pero también nuevos Qohélet, capaces de desvelar la estupidez y la tristeza de nuestras fingidas riquezas y falsas felicidades.

«Si ves la opresión del pobre y la violación del derecho y la justicia, no te asombres por eso. Por encima de una autoridad hay otra, y otra más por encima de ambas. También el rey es, por su beneficio, servidor de la tierra» (Qohélet 5,7-8). Al llegar a la mitad de su discurso, Qohélet nos introduce en el dinamismo del poder y de las sociedades burocráticas y jerárquicas. Su primer dato es el «pobre oprimido»; pero, en lugar de formular una condena moral, "ama" a ese pobre con la verdad, y así nos desvela una realidad no evidente. Nos dice que los que parecen fuertes y dominadores en realidad son víctimas de un sistema enfermo y corrupto.

El ojo desenmascarador de Qohélet consigue ver por encima del pobre una alta pirámide de opresiones, explotaciones e injusticias. Encima de cada verdugo hay otro que lo oprime, y así sucesivamente hasta llegar al último jefe, al rey, al que Qohélet ve como otro «servidor de la tierra». Aunque el significado de este versículo (5,8) es dudoso, porque el tiempo lo ha corrompido, no es improbable pensar que Qohélet deseara incluir al rey en la cadena de servidumbre y vanidad. Ni siquiera el hombre más grande y rico, como afirma también el Génesis en el “ciclo de José”, puede emanciparse de la dependencia de los ritmos de la naturaleza, de las carestías y calamidades, de llegar a ser polvo y tierra como todos los hijos de Adán: «Desnudo salió el hombre del vientre de su madre, y desnudo volverá tal como vino». (5,14).

En esta descripción de la injusticia como una pirámide social de abusos, podemos leer muchas cosas. En primer lugar, Qohélet nos da la posibilidad de tener una mirada moral menos severa sobre el verdugo final que oprime al pobre, porque su último e injusto acto de abuso tiene su origen en otros abusos de los que él a su vez es víctima. No hay ninguna justificación moral para su comportamiento, simplemente una invitación a leer mejor la explotación. Lo que nos parecen relaciones víctima-verdugo muchas veces son relaciones víctima-víctima. El mundo está poblado de hevel, todo es un infinito Abel, la tierra está llena de víctimas. Eso es lo que nos decía Qohélet al comienzo de su libro. Ahora, donde sólo veíamos verdugos, nos muestra las víctimas. De aquí se desprenden tres notas importantes: (1) el aumento de las jerarquías hace que el número de las víctimas bajo el cielo crezca; (2) sobre el último pobre oprimido cae el peso de la pirámide entera; y (3) si queremos salvar a los pobres de la opresión hay que derribar las pirámides generadoras de víctimas. Hoy igual que ayer, aunque si nos fijamos hoy en las empresas capitalistas o en otras instituciones jerárquicas, el abuso o la explotación no se nos presentan como su primera naturaleza. La ideología neo-directiva está sustituyendo las relaciones jerárquicas por los incentivos, que se nos venden como relaciones horizontales, como contratos libremente elegidos por todas las partes. En realidad, si nos dejamos guiar por la antigua sabiduría y tratamos de ver más allá de las apariencias ideológicas, descubriremos que detrás de un producto financiero tóxico vendido a un jubilado por una empleado, hay otro empleado de un grado superior que mete presión y oprime a ese empleado para que alcance los objetivos de los que dependen los ingresos y las carreras de ambos. Y así sucesivamente, ascendiendo por los escalones de la pirámide, hasta encontrar en la cima a uno o varios jefes “servidores” de las oscilaciones de la bolsa, la geopolítica y los fenómenos naturales. En ese último producto-abuso pesa toda la cadena de relaciones erróneas.

No todas las jerarquías son sinónimo de abuso y opresión, pero sí muchas de ellas, y la Biblia nos invita a soñar con una tierra nueva, con un derecho y una justicia que todavía no existen. No existen organizaciones sin el ejercicio de la autoridad, pero sí que es posible un ejercicio no jerárquico de la autoridad. Son pocos los experimentos históricos de una autoridad no jerárquica y muchos de ellos fracasaron. Pero mientras no aprendamos a traducir el principio de fraternidad en el gobierno de empresas e instituciones, el pobre seguirá “oprimido” y se multiplicarán las víctimas.

Después de esta descripción de la morfología del poder y de la jerarquía, Qohélet vuelve a uno de sus temas fuertes: la vanidad de la búsqueda de la riqueza, el humo de la avaricia. «Quien ama el dinero, no se harta de él, y para quien ama riquezas, no bastan ganancias. También esto es hevel, vanidad» (5,9). Deberíamos poner esta frase en la puerta de las escuelas de negocios, de las empresas y de los bancos. Cuando el dinero pasa de ser un medio a ser un fin, se transforma en un instrumento de creación de una infelicidad infinita, ya que el objetivo principal, y pronto único, de la vida se convierte en acumularlo. Pero la acumulación, por su propia naturaleza, no tiene fin, es un ídolo que siempre quiere comer más. No hay pobre más infeliz que el avaro, porque el aumento de dinero hace aumentar su hambre. Y continúa: «A muchos bienes, muchos que los devoren; y ¿de qué más sirven a su dueño que de espectáculo para sus ojos? Dulce el sueño del obrero, coma poco o coma mucho; pero al rico la hartura no le deja dormir» (5,10-11). ¡Cuánta sabiduría!

Ahora Qohélet nos lleva a un palacio medio-oriental de su época. Nos muestra a un rico rodeado de una multitud de cortesanos y parásitos que se comen su riqueza. No hay más que infelicidad, tanto para los parásitos como para el rico, cuyas riquezas y sueños alimentan a otros. En cambio, fuera del palacio hay un trabajador, un campesino o un artesano, que vive de su trabajo, y tiene dulces sueños. En estas pocas palabras encontramos el antiguo y eterno conflicto entre las rentas y el trabajo, entre los que viven consumiendo el pan de ayer y los que viven del escaso pan de su trabajo. El trabajo nunca ha generado grandes riquezas. Éstas casi siempre las han producido las rentas, es decir ingresos que nacen de alguna forma de privilegio, de abuso o de ventaja. Y de las rentas surgen parásitos, consumo improductivo que no genera trabajo ni felicidad para nadie. El “síndrome parasitario” aparece puntualmente en los tiempos de decadencia moral, cuando los empresarios, los trabajadores y categorías sociales enteras dejan de generar trabajo y flujos de nuevos ingresos hoy para invertir sus energías en proteger las ganancias y los privilegios de ayer.

El mal del parasitismo no lo encontramos sólo en la esfera económica. También caen en este síndrome, por ejemplo, las comunidades y movimientos que se hicieron grandes y hermosos gracias al trabajo de sus fundadores y de la primera generación pero, en lugar de desarrollar el patrimonio heredado con más trabajo, riesgo y creatividad, comienzan a vivir de las rentas, colmados de pasado, incapaces de generar “hijos” y futuro. El síndrome parasitario sigue siendo la principal causa de muerte de empresas y comunidades.

Qohélet se pone claramente de parte del trabajo, del que se fatiga “bajo el sol” para ganarse el pan. Ya nos lo había dicho (3,12-13) y ahora nos lo repite con más poesía y con más fuerza: «Esto he experimentado: lo mejor para el hombre es comer, beber y disfrutar (…) Esta es su paga» (5,17). No hay más felicidad que la que podemos vislumbrar en la cotidianidad de nuestro trabajo, disfrutando sus frutos. Qohélet continúa, coherentemente, con su polémica en contra de la religión retributiva y económica.

La bendición de Dios no está en la riqueza ni en los bienes. Pero, sorprendiéndonos, nos dice que es posible que el rico, por una especial concesión de Dios, también pueda compartir una “parte” de esta felicidad buena: «Cuando a un hombre Dios le da riquezas y tesoros, le deja disfrutar de ellos, tomar su parte y holgarse en medio de sus fatigas, esto es un don de Dios» (5,18). Es raro pero no imposible: el rico también puede ser feliz, si trabaja y consigue disfrutar de sus fatigas.

Hay millones de personas, ricas y pobres, empresarios y amas de casa, que consiguen dar sustancia y felicidad a su vida sencillamente trabajando. Cada día vencen la muerte y la vanitas ordenando una habitación, preparando una comida, arreglando un automóvil o dando una clase. Ciertamente, en nuestra vida hay felicidades más altas que estas, pero no seremos capaces de alcanzarlas si no aprendemos a encontrar la sencilla felicidad en el trabajo ordinario de cada día. Sólo nos salvamos trabajando. No por una alegría sentimental o auto-consolatoria que abunda en la piel de los que no trabajan – Qohelet no nos lo perdonaría –, sino por la alegría que surge del cansancio e incluso de las lágrimas. Pero Qohélet nos dice algo aún más hermoso: «No recordará mucho los días de su vida, porque Dios le llenará de alegría el corazón» (5,19). El trabajo genera alegría porque, al ocuparnos de una actividad no vana, aparta el corazón de “pensar demasiado” y mal en las vanidades de nuestra vida, que son reales; y porque allí es donde nos espera Elohim con su alegría.

Esta alegría humilde no es el opio del pueblo, sino sencillamente nuestro hermoso destino. Si la presencia de Elohim en el corazón es una “respuesta” a las buenas fatigas, si es el primer salario del trabajador, entonces esa alegría que de vez en cuando nos sorprende, precisamente mientras trabajamos, puede ser ni más ni menos que la presencia de la divinidad en la tierra. Amigo Qohélet, esta es verdaderamente una buena noticia. ¿Donde está pues tu proverbial pesimismo? Bajo el sol sí que es posible una alegría no vana.

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Preguntas desnudas/10 - Acumular bienes no es una bendición; en el trabajo hay felicidad

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 10/01/2016

Logo Qohelet"Cuando la Providencia dividió la tierra entre unos pocos nobles propietarios, no olvidó ni abandonó a aquellos que parecían haber quedado fuera del reparto. Ellos también tuvieron su parte. En lo que constituye la verdadera felicidad de la vida humana, los pobres no son inferiores a los que aparentemente se encuentran muy por encima de ellos. En la felicidad, todos los diferentes rangos de la vida están casi al mismo nivel, y el mendigo posee la seguridad por la que luchan los reyes."

Adam Smith, La teoría de los sentimientos morales

La profanación del derecho y la justicia siempre han estimulado la voz y la indignación de los profetas, que siguen desenmascarando a los corruptos y llamándolos a conversión.

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La pirámide de las víctimas

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Preguntas desnudas/9 – El horizonte de la gratuidad, necesario para no hacer de Dios un fetiche.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/01/2016

Logo Qohelet"En vano ha venido al mundo aquel que, teniendo el raro privilegio de nacer hombre, es incapaz de “realizar” a Dios en esta vida."

Shri Ramakrishna, Buscando a Dios

El universo religioso es el lugar donde se activa la energía más poderosa del espíritu humano, el lugar de los sentimientos y las acciones más altas y nobles. Pero en ese mismo lugar anidan también grandes peligros, como cuando las células sanas de la fe se vuelven locas, nos envenenan el corazón y nos atontan.

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La historia y el presente nos ofrecen una reseña infinita de esta inevitable ambivalencia. La Biblia contiene también las curas necesarias para prevenir y sanar las enfermedades que surgen de las religiones y las ideologías. Muchas de estas curas se encuentran en el libro de Qohélet, que sigue sanando y previniendo, como si fuera una vacuna espiritual, si estamos dispuestos a “cargar con él” y a soportar al principio un poco de fiebre.

«Guarda tus pasos cuando vas a la Casa de Dios. Acercarse obediente vale más que el sacrificio de los necios (…) No te precipites a hablar, ni tu corazón se apresure a pronunciar una palabra ante Dios. Pues Dios está en el cielo, pero tú en la tierra; sean por tanto pocas tus palabras» (Qohélet 4,17; 5,1). En su búsqueda, Qohélet no se limita a observar la vanidad de la vida civil “bajo el sol”. En este capítulo nos introduce en el templo de Jerusalén y pasa por el cedazo de su sabiduría el culto, las oraciones y la principal práctica religiosa de su tiempo: los sacrificios. Buscando siempre la vanidad escondida bajo las cosas.

Comienza con una advertencia: “atención”, guarda tus pasos cuando salgas de casa para ir al templo, porque es un lugar lleno de insidias y de trampas. La vida religiosa exige estar en guardia, con atención y cuidado: "shamar". Esta palabra ("shamar") es la misma que usa el Génesis para expresar el mandato de cuidar-custodiar-guardar la tierra que Elohim dirige al Adam (Génesis 2,15). Y es también la misma que usará Caín para no responder a la pregunta de Elohim: «¿Dónde está Abel [Hevel]?», pronunciando la terrible frase: «¿Soy yo acaso el “guardián” de mi hermano?» (Génesis 4,9). El hecho de que la primera palabra de Qohélet sobre la vida religiosa sea el cuidado-"shamar" es muy significativo: si el Adam no quiere convertirse en Caín debe ocuparse de la tierra y del hermano, pero también debe cuidar su relación con Dios. La religión es sobre todo "tener cuidado de que Dios no se convierta en un ídolo", cuidar nuestras palabras, cuidar los lugares, cuidar el corazón. Cuando falta este cuidado, las religiones se transforman progresivamente en cultos idolátricos o en simple necedad, como le gusta decir a Qohélet.

Para Qohélet, cuidar la vida religiosa implica en primer lugar silencio, escucha, ahorro de palabras. Frente a la “maquinaria” religiosa que invita a “llenar” el templo de palabras y sacrificios, Qohélet propone “vaciar”, despejar, liberar el espacio interior y exterior. Las religiones están atravesadas por el diálogo-conflicto entre dos culturas distintas y por lo general opuestas. Una cree que la religión consiste en “producir” palabras, sacrificios, ofrendas y ritos; en poner, añadir, ocupar con cosas el espacio del encuentro con la divinidad. En cambio, la cultura a la que pertenece Qohélet cree que el principal trabajo del creyente, si no el único, consiste en custodiar el espacio de la divinidad, preservándolo de la palabrería, salvándolo de la sangre de los sacrificios de las víctimas; es el arte de quitar, de conservar un lugar libre y no lleno.

La primera cultura tiende, necesariamente, a transformar a Dios en un becerro de oro, porque necesita ver, tocar, sentir a un Dios que cada día se va pareciendo más a las palabras humanas que lo nombran. Por su parte, el peligro de la segunda cultura religiosa consiste en vivir una eterna espera de un Dios que no habla nunca. Qohélet es un gran enemigo de la religión del becerro, porque considera que es mucho más sabio guardar un espacio vacío que llenar un templo de demasiadas cosas como para que en él pueda habitar la verdadera presencia de Elohim. Si no se vacían los lugares de Dios, Dios mismo termina por vaciarse. Si no se reducen las palabras “sobre” Dios, es la palabra “de” Dios la que se marchita. Qohélet prefiere un Dios lejano a un dios demasiado cercano. “Dios está en el cielo, pero tú en la tierra”. Mejor es seguir esperando siempre a Dios que encontrarse cada día con un estúpido ídolo.

Uno de los principales motivos por los que se realizaban sacrificios en el templo eran los votos no cumplidos. En la antigüedad era muy frecuente hacer votos y promesas, asumir compromisos con Dios, también en Israel. El juicio de la Biblia sobre ellos es ambivalente. Recordemos el voto “perverso” de Jefté, que le llevó a sacrificar a su hija (Jueces 11). Qohélet dice: «Es mejor no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos» (5,3-4). En realidad, el sentido original de estos versículos semíticos nos queda muy lejos, entre otras cosas, porque no hay que excluir retoques de redacción para dulcificar la desnuda crítica de Qohélet al templo y a los sacerdotes. Si queremos expresar más eficazmente la enseñanza de Qohélet sobre los votos y sus correspondientes sacrificios reparadores, podríamos decirlo de la siguiente manera: no hagas votos pues son prácticas estúpidas, pero si insistes en hacerlos, trata de respetarlos. Así al menos no alimentarás el estúpido e idolátrico comercio de sacrificios.

El centro de su mensaje sobre el templo cada vez es más claro. Los votos y los sacrificios son la expresión más popular de la religión comercial y retributiva de su tiempo. Ofreciendo sacrificios y libaciones se entra en una relación económica con la divinidad. Haciendo votos, se ganan “méritos” ante Dios (esta palabra, que ahora quieren hacernos creer que es nueva, es antiquísima). Frente a todas esas prácticas, Qohélet dice: la relación entre los hombres y Dios no es de tipo mercantil, con él no sirve el intercambio de mercado, no apliquemos a la fe la lógica económica porque (este es el punto importante) esta es la religión de los idólatras, la religión de la magia y la superstición en sus múltiples formas. No conocemos la lógica con la que Dios actúa en la historia; pero, dice Qohélet, lo que es seguro es que no se trata de la misma lógica que regula nuestros negocios “bajo el sol”, ya que sería demasiado estúpida.

Esta polémica anti-retributiva, presente también en Job y en buena parte de la tradición profética y sapiencial, es muy valiosa para un pueblo, como el judío, que siempre ha tenido la tentación de interpretar su experiencia con Elohim-YHWH con categorías comerciales, empezando por la misma estructura de la Alianza.

La fe de Israel nace dentro de las culturas mesopotámicas, a las que les resulta normal concebir la religión como una relación de intercambio con un Dios soberano. Las prácticas religiosas, en su arcaico origen, surgen normalmente como prácticas idolátricas de tipo comercial. Las que consiguen evolucionar y emanciparse de sus formas primordiales son las que abandonan progresivamente la lógica del do-ut-des con la divinidad. Gran parte del esfuerzo realizado por el pueblo de Israel está generado por el proceso de liberación de un Dios mercantil, que da gracias e indulgencias a cambio de votos, sacrificios y ofrendas. Sin los profetas, sin Job y sin Qohélet, este proceso habría implosionado y la religión de Israel no habría pasado de ser uno de tantos cultos cananeos. Pero la tentación de la religión “económica” es connatural a todo culto y si no se presta la necesaria atención lo normal es acabar volviendo a los antiguos cultos idolátricos, transformando a Elohim en un Rey hambriento de ofrendas y de declaraciones de sumisión para obtener protección.

Pero así la religión se convierte en una “partida doble” entre el fiel y la divinidad, en la que los sacrificios y los votos son la “moneda” (no solo en sentido metafórico) de este comercio. Es una religión económica que siempre ha tenido (y tiene) muchos adeptos porque es muy fácil, sencillamente estúpida, como dice Qohélet: «los necios hacen sacrificios».

El adepto se siente feliz de poder comprar "méritos" y compensar culpas por medio de simples sacrificios, y los administradores de la religión obtienen mucho provecho económico y control sobre las conciencias alimentando este infame comercio. El episodio de Jesús con los mercaderes del templo (Juan 2,14-16), puesto al comienzo de su vida pública no por casualidad, se entiende mejor a partir de estas páginas de Qohélet. El cristianismo tuvo que luchar mucho en sus comienzos para anunciar una religión que era toda gratuidad. Y cuando deja de luchar vuelve puntualmente el antiguo culto idolátrico. Hace falta mucho trabajo y mucho cuidado para no salirse del horizonte de la gratuidad y volver a caer en el registro de los méritos y las culpas.

De entre la extensa gama de sacrificios en el templo, Qohélet pone el acento en los llamados “pecados involuntarios” o distracciones: «No permitas que tu boca haga de ti un pecador y luego digas ante el sacerdote que fue distracción» (5,5). La creación de la categoría de los pecados involuntarios es genial, comparable a los productos más sofisticados de nuestras finanzas. Se crea una “bolsa” y un “sistema de precios” también para acciones no reales, no buscadas ni queridas. Es el mercado perfecto. Se inventan culpas artificiales para borrarlas después con sacrificios muy reales y costosos. Un mercado con una demanda potencialmente infinita, y con ella también su lucro, gestionado pro el “templo” y sus contables. Qohélet también desenmascara esta gran "vanitas", y nos recuerda, una vez más junto a Job (22,23), que la misericordia también necesita de la verdad: crear culpas “con el fin” de perdonarlas es humo, falsa misericordia.

La existencia de un “lugar sobre el sol” donde las relaciones no estén reguladas por el contrato, la reciprocidad simétrica y el intercambio de mercado, ha sido una precondición esencial para que el comercio y los negocios “bajo el sol” sigan siendo asuntos humanos. Este cielo habitado por la gratuidad es el que nos ha permitido imaginar y realizar economías civiles y buenas democracias. ¿Qué economías y qué democracias seremos capaces de imaginar en la época de la meritocracia y los incentivos sin gratuidad?

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Preguntas desnudas/9 – El horizonte de la gratuidad, necesario para no hacer de Dios un fetiche.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 03/01/2016

Logo Qohelet"En vano ha venido al mundo aquel que, teniendo el raro privilegio de nacer hombre, es incapaz de “realizar” a Dios en esta vida."

Shri Ramakrishna, Buscando a Dios

El universo religioso es el lugar donde se activa la energía más poderosa del espíritu humano, el lugar de los sentimientos y las acciones más altas y nobles. Pero en ese mismo lugar anidan también grandes peligros, como cuando las células sanas de la fe se vuelven locas, nos envenenan el corazón y nos atontan.

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La fe no es un mercado

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Preguntas desnudas/8 - La vida solitaria y su sal (salario) no tienen sabor

Luigino Bruni

Publicado en pdf Avvenire (44 KB) el 27/12/2015

Logo Qohelet"En la playa del mundo / rompe la resaca / antigua y siempre nueva / de los deseos humanos / que palpitan al sol / invocando la vida. / ... Nosotros lo esperamos aquí. / Porque aún tiene que llegar. / ... Y, al final, nadie / se quedará solo"

Maria Pia Giudici, En la playa del mundo

Todas las soledades no son iguales. Algunas personas llegan a la soledad por el transcurso de la vida; son ancianos, cuya soledad sigue estando habitada por la ausencia-presencia de los seres queridos. Otras personas están solas simplemente porque son pobres y se han quedado aisladas y abandonadas en las periferias de nuestras ciudades.

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También existe la soledad de los poderosos, así como la de las víctimas de un modelo económico y social que celebra la liberación de los vínculos como una conquista de la civilización y promete otra felicidad sustituyendo a las personas por mercancías. Las soledades buenas, que pueden llegar a ser bienaventuradas (“beata solitudo, sola beatitudo”), siempre se dan entremezcladas con encuentros. Son pausas en el ritmo social ordinario de la vida, diálogos diversos que recrean y regeneran el espacio interior para poder encontrar de nuevo el rostro del otro. En cambio, cuando la soledad se convierte en una alternativa a la vida en común, cuando me encuentro conmigo mismo para huir de ti, cuando me acostumbro a estar solo porque ya no sé estar con nadie, entonces resuena con fuerza la palabra de Qohélet: ¡ay de los solos!

He visto que todo afán y todo éxito en una obra excita la envidia del uno contra el otro. También esto es vanidad y atrapar vientos. El necio se cruza de manos y devora su carne. Más vale llenar un puñado con reposo que dos puñados con fatiga en atrapar vientos” (Qohélet 4,4-6).

Qohélet sigue adelante en la crítica a su sociedad. Ve hombres “bajo el sol” que se afanan por la competencia, una competición que para Qohélet no es el alma del desarrollo sino simplemente el resultado de la envidia social. Ve hombres que se superan unos a otros en un juego en el que todos pierden, en una “competición posicional” sin meta. Él lo ve en su mundo y nosotros lo vemos aún más claramente en el nuestro. Por eso su juicio vuelve a sonar con fuerza: hebel, vanidad, humo, estúpida persecución de viento. En el lado opuesto a este frenesí, Qohélet ve a los que renuncian a competir: inactivos, de brazos cruzados. Pero eso tampoco es sabiduría. Eso es tan estúpido, por lo menos, como la competición envidiosa de la primera escena.

Después nos indica un camino de sabiduría: dejar una mano libre para que pueda llenarse con un poco de calma, de descanso, de “consuelo”. Las dos manos del hombre no deben estar ocupadas en la misma actividad. Si es estúpido dejar las dos manos inertes, igual de disparatado es ocuparlas en un trabajo frenético. Sólo podemos disfrutar del fruto del trabajo y de la industria si mantenemos un espacio libre de trabajo, si dejamos una mano vacía que pueda acoger el fruto conquistado por otros. Si disparatado es no trabajar nunca; más disparatado aún es trabajar siempre.

Nuestra civilización está construida en torno a la condena del ocio. Ha dado lugar a una cultura de la vida buena basada en el trabajo, y ha instituido un vínculo fundamental entre la dignidad humana, la democracia y el trabajo. Los brazos que están inactivos porque no se quiere o no se puede trabajar en edad de hacerlo, no generan bienestar ni alegría. Pero, en la carrera que la civilización occidental ha comenzado hace unas décadas, nos hemos olvidado del segundo disparate-vanidad del sabio Qohélet: la vida es humo y hambre de viento también por el exceso de trabajo. El trabajo sólo es bueno en sus “tiempos” adecuados.

En aquella cultura antigua todavía estaba muy viva la experiencia de Egipto y Babilonia, cuando los hebreos convertidos en esclavos trabajaban siempre, con ambas manos. Sólo los esclavos y los que han sido reducidos a la esclavitud por la envidia y la avidez se afanan siempre y solo por el trabajo. Es difícil decir si hoy sufre más el parado que está inocentemente de brazos cruzados o el directivo bien pagado que pasa la Navidad en la oficina porque el trabajo, como todos los ídolos, le ha ido quitando el alma y los amigos. Son sufrimientos distintos, ambos muy graves, pero el segundo no lo vemos como disparate y vanitas, y por eso incluso lo incentivamos.

En el centro de este capítulo de Qohélet está la relación entre el uno y el dos: “Volví de nuevo a considerar otra vanidad bajo el sol: a saber, un hombre solo [uno, no dos], sin sucesor, sin hijos ni hermano; sin límite a su fatiga, sin que sus ojos se harten de riqueza. “Mas ¿para quién me fatigo y privo a mi vida de felicidad?” También esto es vanidad y mal negocio” (4,7-8). Estamos ante una página estupenda, un verdadero destilado de antropología. Qohélet nos desvela una relación profunda, radical y tremenda entre la soledad y el trabajo. Nos presenta a un hombre solo, que trabaja demasiado, siempre (“sin límite a su fatiga”), y las muchas riquezas que gana no llegan a saciarle nunca. La clave de este verso está en la falta de saciedad. La riqueza que no puede compartirse no sacia, no satisface nuestro corazón. Únicamente alimenta el hambre de viento y produce el gran autoengaño que nos lleva a pensar que la riqueza de mañana o el aumento del patrimonio podrán saciar la indigencia que sentimos hoy. Y la noria sigue dando vueltas, cada vez más vacía.

De un golpe, Qohélet nos introduce en el alma de esta persona y nos muestra un rápido pero intenso examen de conciencia: “¿Qué sentido tiene afanarse tanto para nada? ¿Para qué sirve y a quién le sirve este loco trabajo que me está consumiendo la vida?” Si pudiéramos leer el diario del alma de nuestro tiempo, encontraríamos millones de exámenes de conciencia parecidos a este. La soledad “distorsiona los incentivos” y hace que trabajemos demasiado, porque la satisfacción en el trabajo se convierte en un sustitutivo de la felicidad fuera del trabajo. Cuando el trabajo se va poco a poco convirtiendo en todo, termina por destruir las pocas relaciones que quedan, y por eso trabajamos más. El tiempo del trabajo aumenta, volvemos a casa cansados, no tenemos ganas de salir, el “coste” de las relaciones extra-laborales se hace más grande… y así mañana saldremos aún menos y trabajaremos más. Hasta que un día llegue puntual la pregunta: “¿para qué y para quién?”. Es una pregunta dramática si la primera vez que nos la hacemos estamos cerca de la jubilación, pero puede ser liberatoria si aún estamos a tiempo. En todo caso, mientras estemos lo bastante vivos como para hacernos esta pregunta, podemos tener esperanza. El día verdaderamente triste es aquel en que renunciamos a sufrir por nuestra infelicidad y nos adaptamos a ella. Ese día nos convencemos de que estamos bien en la trampa en la que hemos caído y ya no pedimos nada, para no morir.

Más valen dos que uno solo, pues si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante. Si dos duermen juntos, se darán calor; pero el solo ¿cómo se calentará? Si atacan a uno, los dos harán frente. La cuerda de tres hilos no es fácil de romper” (4, 9-12).

Estos versículos no son un elogio específico de la familia, ni de la amistad, ni de la espiritualidad de la comunidad. Dicen algo más radical: la vida no funciona cuando uno está solo. Cuando nos quedamos solos, nos hacemos frágiles, vulnerables, míseros. Dos milenios largos después de estas antiguas palabras, hemos construido contratos, seguros y mantas térmicas para poder prescindir del otro. Y así hemos creado la mayor ilusión colectiva de la historia humana: creer que podemos levantarnos, protegernos y calentarnos nosotros solos. Pero también hemos aprendido que no es suficiente compartir con alguien la cama para sentir calor. No hay camas más gélidas que aquellas en las que duermen dos, pero cada uno está inmerso en su propia soledad sin palabras. No es suficiente ser dos para escapar del “¡ay del que está solo!”. Hay muchas soledades desesperadas revestidas de compañía, y muchas compañías verdaderas escondidas detrás de lo que se nos presenta como soledad.

Más valen dos que uno solo, pues obtienen mayor ganancia de su esfuerzo” (4,9). La buena ganancia es la que se puede compartir. El esfuerzo del trabajo tiene verdadero sentido cuando hay alguien que espera nuestra ganancia, nuestro salario. El salario sin un horizonte más grande que el “yo” es una sal sin masa a la que dar sabor. El tiempo adecuado para el buen salario es el de la casa. Acumular riquezas sin tener a nadie que las necesite para crecer, habitar, estudiar o recibir cuidados, es perseguir viento, comida que no sacia aunque se consuma en un restaurante de cinco estrellas.

Nuestro tiempo está perdiendo el tiempo adecuado para el trabajo, entre otras cosas, porque ha roto el vínculo entre trabajo y familia. Cuando no hay hijos, cuando el horizonte del trabajo es demasiado corto, es difícil encontrar una respuesta a la pregunta desnuda de Qohélet. Pero nuestra sociedad post-capitalista cada vez necesita más personas que carezcan de lazos fuertes de pertenencia y que por consiguiente no tengan limitaciones de horario ni de movilidad, que no necesiten mantener un ritmo con distintos “tiempos”. Así son los directivos ideales para las grandes multinacionales. Pero a veces alguno se pregunta: “¿para qué tanto trabajo, para quién?” Y esta pregunta puede ser el comienzo de una vida nueva. La oferta de nuevos bienes y servicios para acompañar la soledad es cada vez más amplia y sofisticada, con la venta de bienes pseudo-relacionales. Producimos más personas solas y producimos también más cosas para saciar una soledad insaciable. Así el PIB, indicador de nuestra infelicidad, aumenta y a la vez crece la insatisfecha demanda de gratuidad.

Pero ¿qué ocurrirá cuando esta pregunta de Qohélet se haga colectiva? ¿Qué nuevas respuestas seremos capaces de dar juntos? ¿Seguirá habiendo sal de la buena en las despensas de nuestras empresas y ciudades? Y si rebuscando en los rincones más escondidos encontramos algún puñado ¿será suficiente para dar sabor a las masas? Y esa sal ¿aún conservará su sabor?

 

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Preguntas desnudas/8 - La vida solitaria y su sal (salario) no tienen sabor

Luigino Bruni

Publicado en pdf Avvenire (44 KB) el 27/12/2015

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Todas las soledades no son iguales. Algunas personas llegan a la soledad por el transcurso de la vida; son ancianos, cuya soledad sigue estando habitada por la ausencia-presencia de los seres queridos. Otras personas están solas simplemente porque son pobres y se han quedado aisladas y abandonadas en las periferias de nuestras ciudades.

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Más valen dos que uno solo

Preguntas desnudas/8 - La vida solitaria y su sal (salario) no tienen sabor Luigino Bruni Publicado en pdf Avvenire (44 KB) el 27/12/2015 "En la playa del mundo / rompe la resaca / antigua y siempre nueva / de los deseos humanos / que palpitan al sol / invocando la vida. / ... Nosot...
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Preguntas desnudas/7 - El Consolador viene en medio del sufrimiento

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 20/12/2015

Logo Qohelet"El hombre de hoy no tiene acceso a la seguridad que proporciona la fe, ni tampoco es posible hacérsela accesible. Si se toma estas cosas en serio, él ya sabe que no debe engañarse. Sin embargo, no le está negada la posibilidad de abrirse a la fe. Puede acogerla con todas sus fuerzas y esperar a ver qué le sucede, a ver si en él brota una nueva sinceridad."

Martin Buber, El humanismo hebreo

El libro de Qohélet no es una novela ni un tratado de teología. Más bien parece un diario espiritual y ético. Sus distintos capítulos registran y narran pensamientos, emociones y experiencias de un viajero bajo el sol. Su inconmensurable interés y su fuerza dependen de la sabiduría, la libertad teológica y el valor moral de su autor, que nos sigue hablando desde hace al menos veintitrés siglos.

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Eso sólo lo logran los libros verdaderamente grandes. Viajando por la vida con Qohélet nos encontramos con algunas “páginas de diario” que nos sumergen completamente en el humo de la vanitas, pero también con otras donde la alegría del “cántico de los tiempos” nos arroba y conquista, para volver inmediatamente después a otras que nos hacen meditar tristemente sobre la muerte y la caducidad de la vida. Esas páginas son como nosotros, que hoy contemplamos cómo nace un niño y mañana acompañamos a un amigo en su última agonía. Distintos sentimientos, distintas lágrimas, pero la misma vida que fluye. El ritmo de los tiempos es también el ritmo de las páginas de Qohélet.

“También he visto bajo el sol que en la sede del derecho está la iniquidad; y en el sitial del justo, el impío” (Qohélet 3,16). Ante el espectáculo de la injusticia en la tierra, cuando en los tribunales que deberían garantizar la justicia anida la maldad, Qohélet nos dice que “Dios juzgará al justo y al impío, pues hay un tiempo para cada cosa y para toda obra” (3,17). Así añade el “tiempo” de Dios a nuestros tiempos, demasiado desequilibrados y torcidos. Siente dolor por un mundo injusto, por el infinito número de víctimas-Abel que pueblan la tierra. Pero la espera del juicio universal al final de los tiempos no es la respuesta de Qohélet a la iniquidad, porque el mundo “sobre el sol” le queda demasiado lejos y es demasiado inaccesible como para poder ofrecer una respuesta convincente a las injusticias del mundo “bajo el sol”. El juicio de Dios debe producirse aquí, en la tierra. Si de verdad existe el tiempo de la justicia de Elohim, éste debe estar incluido dentro de nuestro tiempo mortal, porque si no es tá dentro de nuestro tiempo, simplemente estará fuera del tiempo y entonces no será útil para mejorar la condición y la justicia de nuestra vida. Los tiempos no humanos no le interesan a Qohélet, ya que si no son humanos sólo pueden ser inhumanos o anti-humanos.

Lo que planeta Qohélet también es un humanismo: le pide a Dios que sea un Dios de vivos y no un Dios de muertos. El Dios bajo el sol, no el Dios en lo alto del cielo. Si no queremos transformar a Elohim en un dios inútil, debemos pedirle que nos dé respuestas aquí y ahora, y sobre todo que se las dé a las víctimas. Como Job, el mejor amigo de Qohélet. Como nosotros, sus amigos de hoy, que hacemos crecer el número de amigos que ha tenido siempre a lo largo de los siglos (aunque tal vez sólo nuestro tiempo pueda empezar a entenderlo verdaderamente).

Qohélet, sorprendiéndonos una vez más, nos dice que una primera justicia bajo el sol se encuentra en la muerte: “Dije también en mi corazón acerca de la conducta de los humanos: sucede así para que Dios los pruebe y les demuestre que son como bestias. Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra; y ambos tienen el mismo aliento [ruah] de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad [hebel]. Todos caminan hacia una misma meta” (3,18-20).Todos morimos, como mueren todas las bestias. A todos nos hermana la común y universal mortalidad. Hermana muerte, hermano lobo, hermana paloma, hermano gusano. En ese polvo de todo y de todos hay una sabiduría, la sabiduría infinita de Salomón: “todos [animales y hombres] han salido del polvo y todos vuelven al polvo” (3,20).

De niños aprendemos a conocer la muerte cuando vemos morir a los animales. En esa edad de la vida, todavía conseguimos sentir en los animales el mismo soplo que habita en nosotros, en los padres y en los amigos. El llanto desesperado ante la muerte de un gato o un pajarillo nos desvela un acceso más profundo a la vida, que de adultos perdemos. Sólo los niños consiguen amar verdaderamente a los animales y sufrir por su dolor. Y tal vez sólo los viejos que tienen la gracia de volverse niños pueden acercarse a ese primer amor. Qohélet nos ayuda a recuperar la mirada de la infancia, a reconocer en el dolor de la tierra nuestro propio dolor. Nos permite escuchar de nuevo el primer soplo de la creación.

Qohélet sitúa su discurso en el horizonte de los primeros capítulos del Génesis. Conoce bien el soplo-espíritu inyectado por Elohim en las narices del Adam, el terrestre, dándole la vida (Génesis 2,7). En sus versos resuena la frase “polvo eres y en polvo te convertirás” (Génesis 3,19). Pero el Génesis de Qohélet es distinto. La condición de terrestre del Adam no le hace dominador de los animales ni de las especies vivientes. El Adam de Qohélet es, antes que nada, una criatura como cualquier otra. Sabe que el hombre ha sido creado y es continuamente creado “a imagen y semejanza de Dios”, como algo “muy bello y muy bueno” (1,35). Esto no lo niega ni puede negarlo, pero nos quiere decir otra cosa: antes de ser distintos al resto de la creación, somos iguales a todos los vivientes. Como ellos, somos mortales y vivimos mientras se mantiene vivo el don del soplo. Sólo Dios no muere. El hombre no es Dios porque muere, y su rebelión originaria y perenne es el deseo de negar su propia mortalidad. Esto también está en el Génesis (cap. 3). La naturaleza no es Dios porque muere. Cada serpiente, cada ídolo que nos cautiva, lo hace con la promesa de eliminar la muerte.

Qohélet no sólo reafirma este mensaje profunda y genuinamente bíblico, sino que además encuentra una respuesta a la demanda, suya y nuestra, de justicia. La justicia inscrita en la muerte de todos los animales se convierte en una justicia universal. La vanitas de los grandes, ricos y deshonestos no radica sólo en que mueren igual que las víctimas y los pobres (esto ya nos lo había dicho en el capítulo 2). Hay otra vanitas aún más radical y profunda: mueren como mueren los perros, los insectos y los pájaros. El faraón más poderoso muere como el erizo y la mosca. La diversidad en el lujo de las tumbas y las pirámides no es más que vanidad; es efímera y no aporta nada (2,16). La muerte universal es la primera justicia universal.

Ante este destino cósmico comprendemos mejor por qué la única felicidad posible y verdadera es la que podemos encontrar dentro de la vida, mientras nos habita el único soplo-espíritu que se nos ha dado: “Veo que no hay para el hombre nada mejor que gozarse en sus obras, pues esa es su paga” (3,22). Descubrir la justicia de la muerte, que nos espera a todos los vivientes y a todos del mismo modo, le lleva a Qohélet a elogiar por segunda vez la alegría de las obras humanas, la felicidad del trabajo. Crecemos y envejecemos bien cuando la compañía del dolor y de la muerte hace crecer en nosotros la alegría por la salud y la felicidad por volver a los asuntos ordinarios de la vida.

El canto de Qohélet es un canto crudo y auténtico a la vida, incluso cuando la desprecia, decepcionado por la maldad de las obras de los hombres bajo el sol: “Yo me volví a considerar todas las violencias perpetradas bajo el sol: vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violencia de sus verdugos, sin tener quien los vengue. Felicité a los muertos que ya perecieron, más que a los vivos que aún viven. Más feliz aún que entrambos es aquel que aún no ha existido, que no ha visto la iniquidad que se comete bajo el sol” (4,1-3).

La falta de consuelo de los oprimidos hace dudar a Qohélet de la superioridad de estar en el mundo con respecto a no estar en él. No desperdiciemos ni una pizca de la fuerza y la belleza de este verso de Qohélet: una vida de oprimido sin consuelo es peor que la muerte. Es una condena para los demasiados opresores presentes y un llamamiento para los consoladores ausentes.

Sólo se puede llamar “bienaventurados” a los que lloran si son consolados. El infierno es el lugar de las “bienaventuranzas a medias”: pobres sin Reino, puros que no ven a Dios, mansos sin tierra, afligidos desconsolados...

Al ponerse de parte de los oprimidos, que son tales porque hay opresores (la opresión es una construcción totalmente humana), Qohélet encuentra la fuerza de invocar a un consolador, un “paráclito”. Pero aunque no lo ve, tampoco quiere inventárselo. No hay peor engaño que un consolador inventado para responder a nuestra verdadera demanda de consuelo. Tal vez sólo sea posible clamar y pedir un consuelo no artificial poniendo el corazón en los basureros donde los niños buscan las sobras de nuestra opulencia, en las guerras de los niños soldado, o al lado de las niñas vendidas a los mercaderes del sexo por una miseria desesperada.

Sólo allí podremos desearlo y tal vez vislumbrarlo. Qohélet no cree que el rescate de estas víctimas sin consuelo deba dejarse para el paraíso. Mantiene vivo el dolor de la tierra por la ausencia de un consolador aquí y ahora, y así la espera de su venida no es vana. Si hubiera cedido a la tentación de un consuelo apocalíptico e idolátrico, la Biblia entera habría perdido capacidad de advenimiento. En cambio, sigue haciendo preguntas y resistiendo ante la falta de respuestas. La bondad de las preguntas existenciales se mide por su capacidad de resiliencia en tiempos de carestía de respuestas verdaderas y de opulencia de respuestas falsas.

Si no renovamos esta resistencia y esta esperanza, también la Navidad acabará desvaneciéndose en la vanitas de los centros comerciales y del sentimentalismo de una atmósfera artificial creada con fines de lucro. Para ver de nuevo la estrella de la Navidad en nuestros cielos contaminados es necesario esperarla al lado de las víctimas oprimidas de la tierra y con ellas mirar otra vez en la larga noche hacia oriente. La Navidad más hermosa es la que se espera junto a Qohélet.

Feliz Navidad a todos.

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Preguntas desnudas/7 - El Consolador viene en medio del sufrimiento

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 20/12/2015

Logo Qohelet"El hombre de hoy no tiene acceso a la seguridad que proporciona la fe, ni tampoco es posible hacérsela accesible. Si se toma estas cosas en serio, él ya sabe que no debe engañarse. Sin embargo, no le está negada la posibilidad de abrirse a la fe. Puede acogerla con todas sus fuerzas y esperar a ver qué le sucede, a ver si en él brota una nueva sinceridad."

Martin Buber, El humanismo hebreo

El libro de Qohélet no es una novela ni un tratado de teología. Más bien parece un diario espiritual y ético. Sus distintos capítulos registran y narran pensamientos, emociones y experiencias de un viajero bajo el sol. Su inconmensurable interés y su fuerza dependen de la sabiduría, la libertad teológica y el valor moral de su autor, que nos sigue hablando desde hace al menos veintitrés siglos.

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El vivo afán de la espera

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Preguntas desnudas/6 – La alegría se puede aprender (una y otra vez) viviendo la vida que tenemos.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 13/12/2015

Logo Qohelet"He aquí la más grandiosa secuencia de verbos en infinitivo de todas las literaturas. Cuando actuamos bajo una fuerza y una urgencia inexorables, cuando el bien y el mal se imponen y se sobreponen, cuando estamos inmersos de lleno en el mundo, el infinitivo es la única manera de nombrar nuestras acciones".

Erri de Luca, Qohélet

“Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado. Un tiempo para matar y un tiempo para sanar; un tiempo para destruir y un tiempo para edificar. Un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para lamentarse y un tiempo para danzar.

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Un tiempo para lanzar piedras y un tiempo para recogerlas; un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse. Un tiempo para buscar y un tiempo para perder; un tiempo para guardar y un tiempo para tirar. Un tiempo para rasgar y un tiempo para coser; un tiempo para callar y un tiempo para hablar. Un tiempo para amar y un tiempo para odiar; un tiempo para la guerra y un tiempo para la paz.” (Qohélet 3,1-8). Aquí deberíamos detenernos para contemplar la fuerza y la belleza que nos alcanza después de atravesar con Qohélet el doloroso territorio del “hebel”, de la “vanitas”.

Hemos llegado al corazón del libro de Qohélet, a una de las páginas más hermosas de la Biblia. Aunque el término “tiempo”, entendido como tiempo favorable (en hebreo “‘et”: punto, hora, “momentum”, “kairos”), domina este breve poema, las palabras de Qohélet no son una reflexión filosófica acerca del tiempo. No habla a los filósofos griegos de su mundo. Su horizonte es bíblico y sapiencial. Siguiendo con su indagación, ahora Qohélet descubre que “bajo el sol” existe un orden, una ley impresa por el creador en la naturaleza y en las acciones humanas. En su viaje al océano de la vanidad, por fin llega a tierra firme. El humo se detiene frente al espectáculo del ritmo de la vida y de las acciones humanas. Por fin le parece que este orden no es vano.

En las culturas antiguas, cuando un sabio observaba el ritmo de la vida y de las estaciones, las vicisitudes humanas, las leyes de los oficios, y las causas de los sufrimientos y las alegrías, sentía que debajo de las cosas había una sabiduría. Veía que algunas acciones producían frutos malos porque habían comenzado en el momento equivocado. Veía que el nacimiento y la muerte seguían algún mandato intrínseco y no arbitrario. Se quedaba embobado viendo como cada cosa tenía su sitio, embrujado por la racionalidad de la vida, cautivado por el sentido (significado y dirección) de las obras y los días. La ley de la vida existe y la armonía de la sinfonía de la tierra sólo se puede escuchar sintonizando con los tiempos adecuados.

Después de llegar hasta el fondo de su decepción por la falta de un sentido verdadero en las fatigas bajo el sol, el cántico de Qohélet da aquí un primer giro. El antiguo sabio mira la tierra y la sucesión de las acciones humanas y descubre en ellas una verdad. Siente que también son cosas buenas y bellas: “¿Qué gana el que trabaja con fatiga? He considerado la tarea que Dios ha puesto a los humanos para que en ella se ocupen. Él ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo” (3,9-11). Todo lo ha hecho apropiado “a su tiempo”, en su hora.

Nuestras acciones tienen un punto de belleza, una época en la que resplandecen. Para descubrirlo debemos verlas en su hora, en su momento. Cuando las cosas nos parecen feas y malas, a lo mejor simplemente es que estamos fuera del tiempo: comemos un fruto verde, valoramos un proceso que no ha terminado, no sabemos esperar que una vocación llegue a su cumplimiento, nos detenemos en el viernes santo. Vemos un árbol sin flores en otoño, sin esperar a la primavera.

Al final de su poema sobre el tiempo, la respuesta de Qohélet a la pregunta “¿qué beneficio (yitron) se obtiene de los afanes humanos?”, por vez primera no es “vanitas”, humo, sino que nos deja entrever una perspectiva distinta, una ganancia mayor que cero, una diferencia positiva entre los ingresos y los costes de afanarse bajo el sol. Los tiempos de los que habla Qohélet en su poema son tiempos “humanos”, son los momentos de la vida y del trabajo (amal), el ritmo normal de los “asuntos” ordinarios bajo el sol. No habla de los tiempos de los ríos, ni de los tiempos del emparejamiento de los animales o de las migraciones de los pájaros. Aquí la belleza está en las cosas humanas: nacer, morir, lanzar piedras, llorar, construir, coser, la paz. Estos afanes son buenos. Son los dolores de nacer y de morir, el cansancio bueno del trabajo humano. No siempre es hermoso nacer, morir, llorar, trabajar: lo es en su momento. Hay personas que, como los patriarcas, mueren “en la plenitud de sus días” y también hay muertes que llegan en el momento equivocado y no son bellas. El trabajo es bello si se desarrolla en el momento oportuno. Pero también existe el trabajo de los esclavos y los siervos, antiguos y modernos; el trabajo que no conoce momento propicio, cuando el tiempo del trabajo se convierte en el tiempo de la vida y así no puede generar ningún sabio “beneficio”. Es fácil ver la belleza de algunas personas, si se las ve en un momento adecuado de su trabajo. En cambio, a otras se las ve destruidas por un tiempo de trabajo erróneo, por un tiempo de trabajo que nunca llega o por un tiempo de trabajo que pasa demasiado pronto y no vuelve.

Para conocer de verdad a una persona, hay que verla mientras trabaja en su tiempo. Cuando no se dan las condiciones para que alguien pueda trabajar en el momento bueno, se le impide expresar su belleza. Nos privamos de demasiada belleza cuando dejamos a los jóvenes fuera de las empresas, cuando no dejamos que encuentren trabajo en el “tiempo oportuno”. Si la juventud es el tiempo propicio para el trabajo, probablemente los que comienzan a trabajar demasiado tarde no lleguen nunca a alcanzar toda la belleza que podrían expresar.

En este punto Qohélet incluye una de las frases más misteriosas, grandes y discutidas de su libro: “Elohim ha puesto el misterio del tiempo (olam) en su corazón, sin que el hombre llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin” (3,11). Qohélet nos da aquí la clave de lectura de las “vanitas” que nos ha ido desvelando hasta ahora. Según su antropo-teología, los principios que Elohim-Dios ha puesto en el mundo están en tensión. Dentro del Adam-hombre ha puesto el “olam”, una palabra hebrea misteriosa y polisémica que a lo largo de los siglos se ha traducido de muchas maneras distintas. El olam hace referencia al deseo que guarda nuestro corazón de poseer la totalidad del mundo. El olam es el primer resorte de la religión, de la ciencia y de la filosofía. Vemos abrirse una flor y nos gustaría conocer todo su misterio. No nos basta la explicación de lo “múltiple” que nos ofrece cada ciencia (química, botánica). Sentimos con fuerza la atracción del uno, nos gustaría poseer todo ese abrirse. Qohélet nos dice que la totalidad de los tiempos y los momentos nos está vedada. El Adam no posee los tiempos de su mundo, no controla el ritmo de la vida. La “no vanitas” está en reconocer esto.

Frente a esta barrera, la cultura de su tiempo sentía una fuerte tentación de acudir a los ritos mistéricos, a la magia y a los horóscopos. Los magos y arúspices siempre han prometido satisfacer todas las exigencias del “olam” e introducirnos en el misterio de los tiempos de la vida. Y así poder controlar nuestro nacimiento y nuestra muerte, el amor y el odio, el llanto y la felicidad. Hoy, junto a los magos y arúspices, que sieguen teniendo un gran y creciente mercado, la técnica promete eliminar todas las barreras para satisfacer nuestro “olam”, entregándonos la ley del nacimiento y de la muerte, los tiempos y las almas de los trabajadores. Ante esta técnica Qohélet también dice: hebel, humo, hambre de viento.

Qohélet lucha también contra estas falsas soluciones y nos presenta un camino inesperado para resolver el conflicto entre el deseo del uno y la única posibilidad real del fragmento: “Comprendo que no hay para el hombre más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su vida. Y que todo hombre coma y beba y disfrute bien en medio de sus fatigas, eso es don de Elohim” (3,12-13). Aquí Qohélet parece negar lo que había afirmado poco antes, al definir como vanidad la búsqueda de la felicidad en el vino, en el placer de los sentidos y en la riqueza (cap. 2). En realidad, la sabiduría de Qohélet nos sigue sorprendiendo. Cuando acoge la verdad de la no posesión del misterio del mundo, cuando en el dolor comprende que no es el dueño de las cosas cuya vida le fascina y le seduce y que no puede comer los frutos del árbol del conocimiento del bien y del mal, el Adam puede darse la vuelta, ver las cosas de forma distinta y descubrir el curso de la vida. Y sentirla como un verdadero don. La muerte sólo se puede vencer viviendo la vida que tenemos.

Después de sufrir durante años o décadas, sin conseguir dominar la realidad bajo el sol y sobre el sol, un día, cuando volvamos a nuestra mesa de trabajo, encendamos el ordenador y nos pongamos a hacer el trabajo de siempre, es posible que sintamos que la vida verdadera que buscábamos en el lugar equivocado simplemente estaba ahí, esperándonos para salvarnos. Todo lo posible estaba en ese fragmento, pero no podíamos aprenderlo sin dolor. Después de comer las bellotas y de sentir la aridez de una búsqueda espiritual insatisfecha, porque no podía satisfacerse, un simple trozo de pan puede tener el buen sabor del paraíso. Si hemos sido capaces de seguir caminando mientras se evaporaban nuestras ideologías de ayer, después de renunciar para siempre a los falsos consuelos, de repente puede llegarnos una nueva alegría de vivir. Es la alegría posterior a la experiencia de la vanidad, completamente distinta de la alegría de la primera época de las ilusiones. Es posible aprender a alegrarse de nuevo. Del cuerpo a cuerpo con los ángeles de la juventud pueden florecer nuevos alimentos, abrazos y trabajos. Un nombre nuevo. Este es el gran milagro que sigue aconteciendo todos los días bajo el sol.

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Preguntas desnudas/6 – La alegría se puede aprender (una y otra vez) viviendo la vida que tenemos.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 13/12/2015

Logo Qohelet"He aquí la más grandiosa secuencia de verbos en infinitivo de todas las literaturas. Cuando actuamos bajo una fuerza y una urgencia inexorables, cuando el bien y el mal se imponen y se sobreponen, cuando estamos inmersos de lleno en el mundo, el infinitivo es la única manera de nombrar nuestras acciones".

Erri de Luca, Qohélet

“Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir, un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado. Un tiempo para matar y un tiempo para sanar; un tiempo para destruir y un tiempo para edificar. Un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para lamentarse y un tiempo para danzar.

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Cómo vencer a la muerte

Preguntas desnudas/6 – La alegría se puede aprender (una y otra vez) viviendo la vida que tenemos. de Luigino Bruni publicado en Avvenire el 13/12/2015 "He aquí la más grandiosa secuencia de verbos en infinitivo de todas las literaturas. Cuando actuamos bajo una fuerza y una urgencia inexo...
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Preguntas desnudas/5 - La pasión de contar el paraíso a quienes ya no lo saben ver

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 06/12/2015

Logo Qohelet"… La muerte ¿sabes qué es?... Un nivel. Un rey, un magistrado o un gran hombre, cuando cruzan esta verja, saben que lo han perdido todo: su vida e incluso su nombre. ¿Tú aún no te has dado cuenta? Escúchame pues, no seas esquivo, soporta mi cercanía ¿qué te importa? Estas payasadas sólo las hacen los vivos: nosotros somos serios… ¡pertenecemos a la muerte!”

Antonio de Curtis-Totó, El nivel 

Tras mostrar tanto la vanidad de la búsqueda intelectual como la de los placeres corporales, ahora Qohélet pone a prueba la idea, muy radicada, del recuerdo de la posteridad como búsqueda no vana. 

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En un humanismo sin paraíso, donde la existencia humana y la fe se desarrollan enteramente ‘bajo el sol’ (la tierra es el lugar donde se encuentra YHWH, el “Dios de los vivos”), ser recordado después de la muerte es un objetivo considerado no vano, una buena y sabia razón para vivir.

Sin embargo, “no hay recuerdo duradero ni del sabio ni del necio; al correr de los días, todos son olvidados. Pues el sabio muere igual que el necio” (2,16).In un umanesimo senza paradiso, dove l’esistenza umana e la fede si svolgevano tutte ‘sotto il sole’ (è la terra il luogo dove si incontra YHWH, il “Dio dei vivi”), l’essere ricordato dopo la morte era uno scopo considerato non-vano, una buona e saggia ragione per vivere. Todos los días vemos cómo se recuerda a personas no sabias a través de las generaciones y, en cambio, la memoria de multitudes de sabios humildes sólo se conserva dentro de su propia familia. Un recuerdo que nuestro tiempo sin solidaridad entre generaciones está acortando rápidamente. ¿Quién se acuerda de la justicia y la sabiduría de millones de mujeres de siglos pasados, de sus vidas sabias y buenas gastadas de forma escondida al servicio de sus maridos y de sus hijos? La memoria libre de los pueblos es demasiado pequeña para contener toda la verdad y toda la sabiduría del mundo. Por consiguiente, ser recordado no puede ser un beneficio adecuado para el esfuerzo que supone hacerse sabio. En los recuerdos eternos de las personas están también Caín, Herodes y Pilatos. Y los sabios y los buenos son olvidados al igual que los necios y los impíos.

Además es vano pensar que la riqueza acumulada por el sabio se convertirá en bendición para sus hijos: “Entregué mi corazón al desaliento, por todos mis fatigosos afanes bajo el sol, pues un hombre que se fatigó con sabiduría, ciencia y destreza debe dejar su propia paga en herencia a otro que en nada se fatigó. También esto es vanidad y mal grave” (2,20-21).

No tenemos ninguna garantía de que nuestras fatigas vayan a parar a manos de quienes más lo merecen. Vivir con esta esperanza no es más que vanidad. La tremenda y revolucionaria tesis de Qohélet (que sólo volvemos a encontrar en Job) es que la misma suerte iguala al justo y al malvado. Israel había construido su consolatoria teología sosteniendo que los bienes que el justo deja a los hijos se convierten en bendición. Vivir bien y hacerse ricos era garantía de bendición también para los hijos. La alianza se transmitía de padres a hijos e iba acompañada y confirmada por los bienes dejados en herencia. Qohélet, al final de su búsqueda de hombre sabio y rico, nos dice que también esta teología es ilusión y vanidad. Algunos hombres justos han dejado grandes herencias a hijos necios que lo han despilfarrado todo, o para los cuales la riqueza de los padres ha sido tan sólo maldición. No son pocos los empresarios sabios que terminan su vida sabiendo que dejan el fruto de sus desvelos a unos herederos que no lo merecen. Qohélet nos dice que esta injusticia es una forma grande de sufrimiento. La respuesta no vana a la vanitas de nuestra vida y la de nuestros hijos no está en las riquezas.

Qohélet juzga nuestras ilusiones situándose al final de la vida. Es más, nos dice que el único punto de vista sabio y verdadero acerca de la existencia es el de aquel que mira y juzga desde el final de la carrera: “Entonces me dije: Como la suerte del necio será la mía”. Y por eso se pregunta: “¿Para qué vales, pues, mi sabiduría? Y también en esto he visto que uno se afana por nada” (2,15). La muerte anula cualquier recompensa de una vida dedicada a la sabiduría. Esta es la tesis más radical de Qohélet, que está en su juicio universal de vanitas, humo, viento, hebel. Un juicio que atemoriza e impide que muchos encuentren la sabiduría de Qohélet. Sin embargo, su mensaje es de vida, si bien exige la capacidad de saber mirar a la muerte a los ojos, sin conformarse con consuelos fáciles y por tanto vanos. Nos invita a ver nuestra vida y la de los demás observándola desde el cabezal de los moribundos. Nos dice que la primera y radical vanitas de los seres vivos es que todos mueren. Por consiguiente la primera y radical sabiduría consiste en ver nuestro mundo y nuestra vida como seres mortales.

Qohélet no habla de la muerte y de la vida como un deprimido. Él está ahí, en el corazón de la Biblia (nunca daremos suficientes gracias a los antiguos sabios que quisieron incluirlo en el canon), para decirnos que no hay mirada verdadera y sabia sobre la vida que no incluya también la última mirada. Si logramos encontrar algo que no sea vano y no sea iluso cuando asistimos a un amigo o a un hijo en los últimos días de su vida, entonces podremos tener una esperanza no vana de que la vida entera no sea tan solo humo. Qohélet nos dice que ninguna búsqueda de algo no vano bajo el sol puede evitar esta última perspectiva, entreteniéndonos con los juguetes de la infancia religiosa y humana.

El extremo ejercicio ético de Qohélet es enormemente valioso porque es universal. Él no cree en el paraíso. Sabe que Elohim existe, pero no cree que encontrarle después de la muerte sea un consuelo no vano. El cristianismo nos ha dado otras perspectivas acerca de la muerte y el paraíso. Pero nuestro tiempo está poblado por muchísimos hombres y mujeres que, como Qohélet, no ven el horizonte del cielo y, si lo ven, es demasiado vago y distante.

Así pues, seguir a este antiguo sabio, que forma parte del mismo humanismo bíblico judío y cristiano, puede ser un arduo camino para acceder a cimas de paisajes maravillosos, porque puede darnos un nuevo lenguaje para aprender de nuevo a hablar del cielo a los que no lo ven más allá de la muerte. Mas también puede ayudar mucho a los que creen en el paraíso pero están demasiado concentrados en las palabras últimas de Dios y corren el peligro de olvidarse de las palabras penúltimas de los hombre honestos que buscan el rosto de Elohim ‘bajo el sol’. Debemos aprender a contar de nuevo el paraíso a personas que ya no pueden verlo, entre otras cosas, porque nuestras consolatorias ideologías religiosas se lo han velado. Qohélet no puebla nuestro paraíso. Pero lo vacía de ídolos, y su compañía es más útil que la de los constructores de muchos paraísos consolatorios. En un paisaje liberado de fetiches y tótems, tal vez un día por la línea del horizonte veamos llegar a alguien que no sea sólo humo. En la Biblia hay mucha riqueza para los hombres y las mujeres de hoy. Debemos aprender a verla y a contarla. Pero el de la Biblia sólo es un auténtico humanismo si se lo toma en serio en su totalidad, sin evitar las articulaciones ni las concordancias dolorosas. La resurrección fue un acontecimiento formidable, capaz de fundar un mundo nuevo, entre otras cosas, porque el sepulcro vacío resplandeció sobre el fondo de las lamentaciones, del justo sufriente, de Job y de Qohélet. Un fondo oscuro que deja ver una luz verdadera y distinta. Ayer y hoy.

Una infinita demanda de sentido y de no vanidad se eleva desde los hombres y las mujeres de hoy. Es un fuerte grito. Cada vez nos satisfacen menos las respuestas que nos dan la ciencia y la desengañada sabiduría de nuestro tiempo. Aún no hemos aprendido a morir bajo un cielo que se ha quedado vacío. Y por eso se hace demasiado doloroso envejecer.

Las generaciones que nos han precedido elaboraron una cultura del envejecimiento y la muerte. Vi morir a mis abuelos y eso me ha ayudado a vivir. Nos hacemos la ilusión de vencer a la muerte olvidándola, expulsándola de nuestras ciudades, no llevando a los niños a los funerales. Pero si no encontramos pronto una buena relación con el final de la vida, si no aprendemos a decir ‘hermana muerte’, la depresión se convertirá en la nueva peste del futuro (tal vez ya del presente). Descubriremos mil vacunas y curas para nuevos virus y bacterias pero poco podrán contra la muerte, si no aprendemos a vivir. Hay mucho miedo a la muerte detrás de nuestro modelo hedonista de consumo: nos llenamos de cosas y nos aturdimos con placeres para exorcizar la muerte. Siempre lo hemos hecho, pero en una cultura que no está haciendo nada para intentar llamar de nuevo a la muerte por su nombre, la producción de ídolos se convierte en la única ‘respuesta’ de masa ante la muerte. La idolatría (no el ateísmo) siempre ha sido la gran ilusión para vencer a la muerte. Pero mientras las creencias estaban vivas, las culturas sabían reconocer y combatir a los ídolos. En un mundo despoblado de dioses sólo quedan los fetiches y en nosotros mueren sus anticuerpos.

Qohélet no nos da una respuesta que no sea vana al sentido de la muerte. Se detiene en las preguntas, no encuentra respuestas, se rebela ante la vida: “Todo es vanidad [hebel, Abel] y atrapar vientos. Detesté todos mis fatigosos afanes bajo el sol” (2,17). Pero Qohélet no está solo en este absurdo. Con él están Job, Jeremías y muchos salmistas. El Abandonado. Y muchos, demasiados, hombres que siguen llegando al final de su vida con la sensación de no haber acumulado más que viento.

Ya hemos encontrado una primera no-vanitas en el canto a la vanidad de Qohélet. Es él, Qohélet. Su búsqueda no ha sido vana, sus palabras han llegado hasta nosotros. Su mensaje vive y crece con nosotros, que lo estamos leyendo ahora. No es verdad, Qohélet, que no quede nada de tu vida y de la vida de los verdaderos sabios. Tus palabras vivas han permanecido, y tú sigues amándonos con tus preguntas desnudas.

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Preguntas desnudas/5 - La pasión de contar el paraíso a quienes ya no lo saben ver

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 06/12/2015

Logo Qohelet"… La muerte ¿sabes qué es?... Un nivel. Un rey, un magistrado o un gran hombre, cuando cruzan esta verja, saben que lo han perdido todo: su vida e incluso su nombre. ¿Tú aún no te has dado cuenta? Escúchame pues, no seas esquivo, soporta mi cercanía ¿qué te importa? Estas payasadas sólo las hacen los vivos: nosotros somos serios… ¡pertenecemos a la muerte!”

Antonio de Curtis-Totó, El nivel 

Tras mostrar tanto la vanidad de la búsqueda intelectual como la de los placeres corporales, ahora Qohélet pone a prueba la idea, muy radicada, del recuerdo de la posteridad como búsqueda no vana. 

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Señalar un cielo sin ídolos

Preguntas desnudas/5 - La pasión de contar el paraíso a quienes ya no lo saben ver de Luigino Bruni publicado en Avvenire el 06/12/2015 "… La muerte ¿sabes qué es?... Un nivel. Un rey, un magistrado o un gran hombre, cuando cruzan esta verja, saben que lo han perdido todo: su vida e inclus...
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Preguntas desnudas/4 – La importancia de ver y considerar la condición humana entera

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 29/11/2015

Logo Qohelet"Jovencillo gracioso, / tu dulce edad florida / es como un día de alborozo lleno, / día claro y sereno, / que precede a la fiesta de tu vida. / ¡Goza, gózalo, pues! Edad de flores, / suave estación es esta; / nada más te diré; pero no llores / si se retarda tu anhelada fiesta.”

Giacomo Leopardi, Sábado en la aldea

Existe una tensión entre la felicidad y la verdad. Mientras ambas son pequeñas, van juntas con naturalidad. Pero cuando la verdad crece y gana espacio, la felicidad acaba evaporándose, y un dolor moral se convierte en el valioso compañero del último y decisivo trecho del camino.

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Algunos, ante este nuevo y desconocido dolor, prefieren mantener la ilusión de salvar un poco de la vieja felicidad. Otros siguen el camino entre el humo de antiguas certezas. Y se encuentran con Qohélet: “Hablé en mi corazón: ¡Adelante! ¡Voy a probarte en el placer; disfruta del bienestar! Pero vi que también esto es vanidad. A la risa la llamé: locura; y del placer dije: ¿Para qué vale?” (Qohélet 2,1-2).

Tras haber explorado con la sabiduría el mundo de los hombres, acumulando sabiduría y conocimiento, y tras haber descubierto que todo es sólo viento y hambre de viento, Qohélet intenta otro camino no vano. Es el camino que siempre ha intentado la humanidad para encontrar algo bueno y verdadero que no fuera sólo humo y viento, habel. Es el camino de la búsqueda del placer en los cuerpos, en las riquezas, en el eros, en el bienestar: “Traté de regalar mi cuerpo con el vino, mientras guardaba mi corazón en la sabiduría, y entregarme a la necedad hasta ver en qué consistía la felicidad de los humanos, lo que hacen bajo el cielo durante los contados días de su vida” (2,3).

Qohélet nos presenta estas experiencias como otra indagación realizada con el corazón puesto en la sabiduría. Este hedonismo es también una experiencia vital: “Emprendí grandes obras; me construí palacios, me planté viñas; me hice huertos y jardines, y los planté de toda clase de árboles frutales. (…) Tuve siervos y esclavas, poseí servidumbre (…) Atesoré también plata y oro, tributos de reyes y de provincias. Tuve cantantes y coristas, y lo que más deleita al hombre: mujeres, muchas mujeres.” (2,4-8). Lo que describe Qohélet se parece mucho a la vida de Salomón, tal y como la narran los libros de los Reyes y de las Crónicas. El hombre más sabio de todos también buscó ‘algo bueno’ en los grandes palacios, en los jardines paradisiacos, en el lujo, en las fiestas y en las mujeres (“El rey Salomón tuvo setecientas mujeres con rango de princesas y trescientas concubinas”: 1 Re 11,3).

Esta búsqueda del placer llega después de que Qohélet ya ha experimentado la vanidad de la búsqueda de verdades más altas, intelectuales, filosóficas y teológicas. Este hedonismo es distinto al de la elección del placer al comienzo del camino, antes de haber buscado las alegrías más altas y espirituales. El hedonismo del que habla Qohélet es de distinta naturaleza: es la opción del que busca en la carne y bajo el sol lo que no ha encontrado en el espíritu y sobre el sol. Es la alegría del que quiere reír para no llorar más.

Existe el placer y el alborozo de aquellos que nunca han intentado ni conocido alegrías más verdaderas y altas que las primeras y primitivas de los cuerpos, el vino y los sentidos. Todos lo sabemos y lo vemos. Pero también existe la búsqueda del placer en aquellos otros que, decepcionados ante la revelación de la vanidad de la promesa de una felicidad más grande, dirigen la mirada hacia su propio corazón y empiezan a consumirse a sí mismos y a los demás con la esperanza de encontrar vida en otras ‘galaxias’.

Vemos personas que viven anhelando los placeres del cuerpo y de las cosas. Tal vez estén realizando una segunda búsqueda, después de que los primeros ideales más nobles se han revelado como humo. El corazón puede alimentarse de la carne propia y ajena para escapar de la carestía de alimentos más sublimes, esperados y prometidos pero no alcanzados. Se intenta saciar la indigencia del cielo vacío o mudo tocando los cuerpos y escuchando los sonidos de las cosas de la tierra, ‘comiéndose’ la vida que contienen. Con frecuencia se esconde mucho dolor y mucha desilusión detrás de unas vidas replegadas sobre sí mismas, que se conforman con el amargo sabor de las bellotas por la decepción ante los frutos del árbol de la vida que no han llegado. Responden con un viraje radical al hambre de vida primero, que se ha revelado como hambre de viento, y se aferran a la consistencia más baja pero verdadera de los cuerpos, los sentidos y las cosas.

No debe sorprendernos que a Qohélet esta búsqueda no le parezca necesariamente estúpida. Incluso con su propia experiencia le da una cierta legitimidad: “Llegué a ser grande, superé a todos los que me habían precedido en Jerusalén, y mi sabiduría se mantenía” (2,9).

Esta segunda felicidad la encontramos dentro de la Biblia. Esto debe darnos una mirada de misericordia hacia todos los que vuelven su corazón hacia esta felicidad segunda tras la desilusión de la primera. Es una buena noticia descubrir que en el humanismo bíblico también están las felicidades tristes que encontramos todos los días por las calles y dentro de nuestras casas, anidando en nuestro corazón. Son las felicidades de muchos de los que viven bajo el sol, demasiado comunes para ignorarlas, y se presentan puntuales a la cita también en la búsqueda de la felicidad más alta.

Los sabios que han explorado las altas vías del conocimiento espiritual y filosófico también llegan un día a la necesaria etapa de la desilusión. De la revelación de la vanitas nace una nueva necesidad casi invencible de explorar la verdad de los cuerpos y los bienes, que se convierten en el último territorio inviolado, del que muchas veces habían huido con la certeza de que era lo peor. Lo que habían visto y vivido como tentación y estupidez de repente se vuelve fascinante, la última tierra prometida. Esta fascinación y esta atracción se hacen tanto más fuertes cuanto más radical y sincero era el compromiso por la primera y más alta verdad. El descubrimiento de la realidad como impalpable humo y viento genera un deseo de lo que se puede tocar, ver y poseer. La dificultad de rezar y seguir a un Dios más verdadero, que no se ve ni se toca, transforma a YHWH en un becerro muy concreto y brillante.

La sabia indagación de Qohélet incluye también estas búsquedas segundas, que son parte de la condición humana y por ello son comunes, cotidianas, familiares, hermanas. Las toma en serio, no las rechaza a priori, las quiere probar, también por nosotros. Así el horizonte humano se ensancha para alcanzar a todos.

En el humanismo bíblico está también el camino del hijo entre la casa del padre y la última pocilga. Si saltamos demasiado pronto al abrazo misericordioso y al banquete, no vemos a todos los hijos consumidos por la felicidad del ‘vino’ y de los cuerpos. Y si no los vemos, se quedan en las bellotas y ya no vuelven. La mayor parte de nuestra vida transcurre pasando, varias veces, de las fiestas idolátricas de los becerros de oro a los banquetes misericordiosos de los novillos cebados, y viceversa. Todos somos constructores naturales de ídolos, casi siempre buscando simplemente vida y felicidad. De vez en cuando encontramos unos ojos y unos brazos que nos acogen y nos salvan. Qohélet es uno de estas miradas, uno de estos abrazos.

Pero Qohélet nos dice algo más. Nos explica por qué estos caminos de felicidad replegada son tan corrientes en la tierra: “Todo lo que mis ojos deseaban, me lo concedí; no hubo placer del que me privara, pues encontraba alegría en todo lo que hacía. Esto me compensaba de todas mis fatigas” (2,10). El corazón goza con la fatiga de buscar estas felicidades completamente terrenas y corpóreas, porque los bienes y los cuerpos están ahí también para alegrarnos y amarnos. En cambio, el conocimiento de la sabiduría más alta y espiritual produce sobre todo dolor, un trabajo que Qohélet define como ‘mal oficio’ y un ‘tormento’ (1,13). Buscar la felicidad en los cuerpos y en las cosas genera placer, tiene premio. La búsqueda del conocimiento desenmascara nuestras ilusiones, quita el velo y hace evidente nuestra desnuda humanidad indigente y precaria. En cambio, la búsqueda de la vida a través de los placeres inscritos en las cosas mismas proporciona un consuelo, que puede dejarnos largo tiempo, incluso para siempre, en la ilusión. No lleva dentro de sí el instrumento para su confutación, porque le falta el dolor, que siempre es el primer resorte para el cambio. Esta felicidad segunda nos alimenta, satisface una indigencia nuestra. La encontramos también dentro de las experiencias religiosas, donde, junto a la búsqueda dolorosa que desvela las ilusiones, encontramos prácticas no dolorosas que se alimentan consumiendo el placer y el ‘premio’ intrínsecos a esas mismas prácticas.

Pero al final de esta segunda búsqueda de la verdad en las felicidades bajo el sol, oímos una vez más pronunciar el tremendo y hermoso: “Todo es vanidad [habel] y atrapar vientos, ningún provecho [Itron] se saca bajo el sol” (2,11). Todo es habel, todo es una vez más un infinito Abel. Los placeres, los cuerpos y los abundantes bienes no pueden con el habel. Tanto los ricos como los pobres atrapan vientos. El hambre insaciable nos iguala a todos bajo el sol.

Esta búsqueda del placer tampoco produce ‘provecho’: no sobra nada. La recompensa de estos placeres se agota en el acto mismo de su consumo. No queda nada más allá de esto, no queda ganancia alguna tras su evaporación. Los ingresos de los placeres de la carne y de los bienes sólo llegan a cubrir sus costes: su alegría no se acumula, no se convierte en capital para saciar a nuestros hijos y a nuestra senectud. La felicidad de la vida y del cuerpo no se acumula adquiriéndola (¿y si fuera sólo don?). Adquirir es el verbo de Caín. ‘He adquirido [kanìti] un varón con el favor de YHWH’, dijo Eva al elegir el nombre de su hijo (Génesis 4,1). El primer Caín golpeó y venció a su hermano matándolo. Pero las adquisiciones de bienes y de personas ya no pueden vencer a Abel, porque también los hijos de Caín están bajo el signo del habel. El segundo Abel ha llegado a ser invencible.

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Preguntas desnudas/4 – La importancia de ver y considerar la condición humana entera

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 29/11/2015

Logo Qohelet"Jovencillo gracioso, / tu dulce edad florida / es como un día de alborozo lleno, / día claro y sereno, / que precede a la fiesta de tu vida. / ¡Goza, gózalo, pues! Edad de flores, / suave estación es esta; / nada más te diré; pero no llores / si se retarda tu anhelada fiesta.”

Giacomo Leopardi, Sábado en la aldea

Existe una tensión entre la felicidad y la verdad. Mientras ambas son pequeñas, van juntas con naturalidad. Pero cuando la verdad crece y gana espacio, la felicidad acaba evaporándose, y un dolor moral se convierte en el valioso compañero del último y decisivo trecho del camino.

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La triste felicidad segunda

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Preguntas desnudas/3 – Más allá del vértigo del apocalipsis y de los paraísos artificiales

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 22/11/2015

Logo Qohelet"Sólo los dioses viven para siempre bajo el sol. En cambio los días de los hombres están contados; viento es todo lo que realizan” 

(Epopeya de Gilgamesh).

“Yo, Qohélet, he sido rey de Israel, en Jerusalén. He aplicado mi corazón a investigar y explorar con la sabiduría cuanto acaece bajo el cielo. ¡Mal oficio éste que Dios encomendó a los humanos para que en él se ocuparan! He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos” (Qohélet 1, 12-14).

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Qohélet se presenta como Salomón, el hombre más sabio de Israel, y dice que con su sabiduría ha investigado y explorado todo lo que acontece bajo el cielo. Nadie hay más sabio que Salomón. Nadie como Qohélet ha puesto tanto “corazón” (es decir, todas las vísceras de su inteligencia, sabiduría y amor) para conocer el mundo y a los hijos de Adán.

La sabiduría no es la finalidad de su investigación, sino el instrumento con el que la realiza. Es la premisa, la precondición para buscar la verdad. Qohélet derriba la tesis corriente que veía la sabiduría como el fruto de la investigación, como el final del camino. Él, en cambio, la sitúa al comienzo, como si fuera la indumentaria del investigador que desea conocer. No nos dice cómo se obtiene la sabiduría. No necesita decirlo, precisamente porque se presenta como palabra de madurez de Salomón, pronunciada después de haber ejercido largo tiempo su sabia función regia: “Me dije en mi corazón: Tengo una sabiduría grande y extensa, mayor que la de todos mis predecesores en Jerusalén; mi corazón ha contemplado mucha sabiduría y ciencia” (1,16).

Aquí está la eterna paradoja de toda búsqueda sincera de la verdad, ya sea antropológica, moral, religiosa, artística… Para empezar a buscarla y avanzar en la dirección correcta, necesitaríamos poseer al principio del camino una sabiduría que no poseemos. Sin embargo, hay que empezar. El pueblo de Israel y todos los demás pueblos y culturas, aunque en distinta medida, han intentado deshacer esta paradoja proporcionando una sabiduría colectiva a los que se lanzaban a la búsqueda de la verdad sin sabiduría individual. Empezar a buscar la sabiduría sin poseerla es posible gracias a que podemos heredar la sabiduría del comienzo como un don. La sabiduría es un patrimonio, es decir un don (munus) de los padres (patres). Cuando uno comienza su camino de fe, ya está incluido dentro de la sabiduría del pueblo, que le guía cual pedagogo hacia la sabiduría del final, que es indispensable para que la sabiduría no se quede en tradición y herencia sino que se convierta en atuendo personal.

Sin embargo, Qohélet, con su despiadado análisis de las leyes de la vida, pone en crisis precisamente esta sabiduría heredada de la tradición: Salomón, culmen e imagen de la sabiduría de los padres, garante de la sabiduría heredada con la que los hijos e hijas de Adán pueden encaminarse a la búsqueda de la verdad sobre el mundo y sobre las cosas que están bajo el sol (y encima de él), al concluir su investigación dice que la sabiduría del final es habel. El fruto de la búsqueda del conocimiento es soplo y hambre de viento; y sin embargo bajo el sol no existe ocupación más sabia que esta. Buscar la verdad sin poseerla, indagar en el conocimiento sin abandonar la insatisfacción y la indigencia, es simplemente la condición humana. Un destino que Qohélet considera malo. Un oficio desgraciado pensado por Dios-Elohim para los hombres, enfermos de un deseo insaciable de infinito. La sabiduría como don y patrimonio es humo, viento, desperdicio, nada, Abel. Sabio es el que comienza su búsqueda sabiendo que al final encontrará la misma vanitas que al principio. Sabiduría es reconocer que estamos y siempre estaremos anhelando una plenitud que se queda a medias, suspirando por la luz de un sol que nunca alcanza el mediodía. Cuando alcanzamos una certeza, inmediatamente sentimos que es caduca, breve, efímera, viento que no sacia. Al mismo tiempo, Salomón-Qohélet sigue siendo el hombre más sabio de todos. Por consiguiente, la sabiduría consiste en adquirir conciencia de esta indigencia infinita, en reconocer la condición de impotencia de nuestro corazón y de nuestra inteligencia: “Lo torcido no puede enderezarse, lo que falta no se puede contar” (1,15). La sabiduría es conseguir por fin cantar al habel.

Y desde ahí, humilde y trágicamente, comenzar a vivir renunciando a las ilusiones y a los falsos consuelos. Qohélet nos pide una nueva madurez en las relaciones humanas y en la fe. Es un amigo precioso para ese día en que, después de haber vivido durante décadas al lado de una persona, nos damos cuenta de que existe una dimensión misteriosa de su corazón totalmente desconocida y que no conoceremos nunca. O cuando por fin entendemos que nuestra fe era fantasía e ideología y oímos dentro de nosotros el tremendo y liberatorio habel. Para ser, finalmente, pobres. En el día del despertar adulto, Qohélet nos repite que esta indigencia no puede colmarse, y que el que niega esta pobreza radical de la mente y del corazón y quiere poseer todo el misterio del otro y tal vez de Dios, es un estúpido, un idólatra o un ídolo. El día en que comienza el canto de Qohélet no es el final de la fe, puede ser simplemente el comienzo. Por eso la Biblia ha querido mantener el habel en el centro de su humanismo. La fe se hace adulta y la vida espiritual florece cuando somos capaces de entonar “todo es habel” y permanecer dentro del horizonte de un cielo no vacío.

Pero no entenderemos el valor de las palabras desnudas del Qohélet si no las situamos en su tiempo (que es también el nuestro). Cuando se estaba escribiendo este libro, en Israel florecía una nueva literatura religiosa de naturaleza apocalíptica, que negaba la condición limitada e indigente del conocimiento y la verdad, salvando ese “espacio” en base a visiones, revelaciones especiales y sueños, y trasladando al futuro la satisfacción de la falta de conocimiento y sabiduría. Qohélet no lucha sólo contra la ideología de la teología retributiva. Es también enemigo de la religión apocalíptica y visionaria. La literatura apocalíptica se encontró con la tradición bíblica, fascinó al pueblo de Israel y penetró en algunas de sus tradiciones y libros. Los textos apocalípticos más radicales (como los de Enoc) no entraron en el canon. Pero, mientras Qohélet escribía, el enfrentamiento era muy vivo y muchos israelitas se sentían atraídos por la nueva fe apocalíptica. Gracias, entre otras cosas, a la lucha ética y espiritual de Qohélet, los antiguos escribas dejaron a Enoc al margen y pusieron a Qohélet en el centro de la Biblia. Si hubiera prevalecido la línea apocalíptica, la Biblia hebrea habría sido muy distinta. Pero no sólo ella: también la interpretación de la experiencia cristiana misma sería distinta. Tendríamos otros evangelios canónicos y otros apócrifos, otra lectura de la figura de Jesucristo, otra historia de Europa y del mundo, otra ciencia, otra filosofía y otra vida. La Biblia se estaría menos de parte de los hombres y de los pobres, como guardiana de un Dios más sencillo pero menos verdadero, y más lejos del habel-Abel. Tendríamos menos palabras verdaderas para tratar de balbucear algo en este Noviembre de 2015, ‘tiempo de llorar’.

Estos diálogos entre fe e ideología, entre apocalíptica y humanismo histórico, continúan hoy dentro de nuestras sociedades, religiones e iglesias. No son pocas las tentaciones de aquellos que, ante la dureza del oficio de vivir bajo el sol, en lugar de acoger dócilmente la verdad de nuestra indigencia moral y espiritual, se construyen paraísos artificiales, credos espectaculares, revelaciones que responden a todas las preguntas de ayer y de mañana y prometen desvelar todos los secretos y misterios que hay bajo el sol y sobre el sol. Muchos no se conforman con una fe verdadera en blanco y negro, quieren una imagen en color. Qohélet nos dice, con la fuerza de su sabiduría, dolorosa porque no es ideológica, que las únicas “revelaciones” que ayudan a vivir son las que nos reconcilian con la finitud, la fragilidad, la precariedad de la vida y de la fe, con el habel. No hay locura más grande que fabricarse ilusiones para responder a las desilusiones. Esta estupidez se hace enorme cuando estas construcciones son colectivas, verdaderos imperios de la ilusión. Los hombres y las mujeres siempre lo han hecho, lo hacen y lo seguirán haciendo. Pero para esta invencible producción de credos y paraísos artificiales no encontrarán nunca en Qohélet un aliado.

La fe, toda fe, vive también de la promesa y del todavía-no. Pero hay épocas de crisis en que la búsqueda del paraíso se hace enemiga de la búsqueda de Abel, cuando la espera del todavía-no amenaza con matar a Abel, que ya está aquí, con su humanidad indigente, herida, parcial, imperfecta y penúltima. En estas épocas (como la nuestra) es esencial volver al Qohélet, para no transformar la fe en ilusión colectiva, y la religión en un templo de consumo de experiencias emocionales demasiado alejadas de Abel.

He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría, y también a conocer la locura y la necedad, he comprendido que aun esto mismo es atrapar vientos, pues donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia, acumula dolor” (1,17-18).

El hambre de este viento no se puede saciar, crece con el deseo de sabiduría, y para que no nos haga morir debemos llamarla por su nombre. Hermana vanitas, hermano Abel. La única solidaridad que salva es la que florece a partir del reconocimiento de nuestra recíproca fragilidad. Si la fraternité puede resurgir, será por la resurrección de infinitos Abel.

El pueblo de Israel lee el libro del Qohélet durante la “fiesta de las tiendas” (Sukkot), cuando junto a la alegría por la vendimia se recuerda también la humilde y frágil tienda del éxodo, que las familias construyen en los jardines de las casas con materiales sencillos y provisionales. Qohélet mantiene viva la memoria de la caducidad de la vida. Pero la tienda es también símbolo y recuerdo de la travesía del mar, cuando un grupo de mujeres y hombres libres, liberados de la esclavitud de los faraones y de sus ídolos, comenzaron en el desierto una vida nueva. Una tienda de caña es una buena casa para aquellos que desean liberarse del imperio de las ilusiones consolatorias, para aquellos que quieren seguir estando de parte de Abel mientras la mano de Caín le sigue golpeando.

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Preguntas desnudas/3 – Más allá del vértigo del apocalipsis y de los paraísos artificiales

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 22/11/2015

Logo Qohelet"Sólo los dioses viven para siempre bajo el sol. En cambio los días de los hombres están contados; viento es todo lo que realizan” 

(Epopeya de Gilgamesh).

“Yo, Qohélet, he sido rey de Israel, en Jerusalén. He aplicado mi corazón a investigar y explorar con la sabiduría cuanto acaece bajo el cielo. ¡Mal oficio éste que Dios encomendó a los humanos para que en él se ocuparan! He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos” (Qohélet 1, 12-14).

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La infinita sabiduría del limite

Preguntas desnudas/3 – Más allá del vértigo del apocalipsis y de los paraísos artificiales de Luigino Bruni publicado en Avvenire el 22/11/2015 "Sólo los dioses viven para siempre bajo el sol. En cambio los días de los hombres están contados; viento es todo lo que realizan”  (Epopeya ...