La fe convierte el dinero

La fe convierte el dinero

El exilio y la promesa/11 - La profecía sobre las deudas y el interés funda una ética distinta de la del "imperio"

Luigino Bruni

Original publicado en Avvenire el 20/01/2019

«Detesto y rehúso vuestras fiestas, no me aplacan vuestras reuniones litúrgicas. Retirad de mi presencia el barullo de los cantos, no quiero oír la música de la cítara; que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne.»

Amós, 5,21-24

La Biblia concede una importancia tremenda a la economía. La pone, no por casualidad, al lado del pecado de idolatría. La teología de la Biblia se convierte en antropología y por consiguiente en dinero, préstamos e intereses. Es la hermosa laicidad de la Biblia, donde, para hablarnos de sí mismo, Dios usa las palabras de nuestros negocios, elevándolos hasta que llegan a agujerear el cielo. No deberíamos asombrarnos si, al llegar alguno de nosotros al paraíso, ve en medio de la danza de las personas divinas y los santos un torno, un destornillador, muebles y ropa. Si perdemos la co-esencialidad del eje vertical y del eje horizontal no entenderemos nada del humanismo bíblico ni de los evangelios.

La economía es parte de la vida. Es importante que lo recordemos, hoy más que nunca, cuando la economía quiere desbordar su ámbito para ocupar la vida entera. Pero, al mismo tiempo, las relaciones económicas determinan la calidad y la justicia de las demás relaciones. Por consiguiente, equivocarse en la relación con la economía y con las finanzas significa equivocarse también en la relación con Dios. La Biblia ha querido y ha debido mantener radicalmente unidas la oikonomia de la salvación y la economía cotidiana de los negocios y el dinero. Al hacerlo, nos ha dejado una herencia que no tiene precio porque tiene un valor infinito.

«El águila gigante, de gigantescas alas, de gran envergadura, de plumaje tupido, de color abigarrado, voló al Líbano; tomó el cogollo del cedro, arrancó su vástago cimero y se lo llevó a un país de mercaderes, plantándolo en una ciudad de negociantes» (Ezequiel 17,3-5). En la Biblia, la naturaleza es mucho más que un foro donde se representa la comedia y la tragedia humana. Los hombres, las montañas, el cielo, el viento, el fuego… viven, se mueven y “hablan” junto a las águilas, los leones (cap.19), los cedros y las vides. Las plantas no entraron en el arca de Noé, pero sí que subieron al arca de la Biblia, donde los árboles están vivos y a veces se convierten en palabras que los profetas utilizan para dar la palabra a YHWH. Los animales y la naturaleza están incluidos en su diálogo con los hombres y con Dios. Son cantores globales de la creación. La palabra de Dios es palabra de vida, y la vida humana, obra maestra de la creación, es insuficiente para decir por sí sola algo verdadero sobre el misterio de la vida. Nabucodonosor II, la gran águila, capturó con sus garras al rey de Israel (el cogollo del cedro, Joaquín, en la primera deportación del 598 a.C.), y lo exilió a Babilonia. La parábola continúa con la llegada de una segunda águila («vino después otra águila gigante»: 17, 7), imagen de la superpotencia egipcia, hacia la que se volvió Israel (en el año 591) buscando una condición política mejor que la del tratado con los babilonios, búsqueda que resultará insensata.

Ezequiel se ve siendo profeta de una parte del pueblo exiliado, que interpreta y vive el exilio como castigo por los pecados de idolatría de los padres, por la traición colectiva de la Alianza. Es consciente de que ese estado moral y religioso puede paralizar al pueblo y matar cualquier esperanza no vana. Por consiguiente, debe absolutamente reconstruir el alma de su gente, darles otra posibilidad de salvación: «Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos y practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá» (18, 21). Para no morir, cada uno debe indudablemente repudiar a los ídolos; pero el profeta dice que también debe practicar una ética distinta, que es una forma concreta de expresar con las manos la fidelidad del corazón: «Quitaos de encima los delitos que habéis perpetrado y estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y así no moriréis, casa de Israel. Pues no quiero la muerte de nadie» (18, 31-32).

En esta operación ética y teológica fundamental, la economía entra en escena y ocupa un lugar central. Ezequiel, para describir a Babilonia, no usa muchas palabras, solo las suficientes para desvelar su esencia: «País de mercaderes, ciudad de negociantes». El léxico elegido puede decirnos muchas cosas, si le dejamos hablar. A Ezequiel y a los hebreos deportados tuvo que impresionarles mucho la economía de aquel gran imperio. Si bien los antropólogos del siglo pasado nos contaron que el mercado era una invención moderna, porque las comunidades religiosas regulaban sus intercambios prevalentemente con el don y con la redistribución de riqueza, hoy, gracias a miles de tablillas encontradas en excavaciones recientes, sabemos que la Babilonia de Nabucodonosor había alcanzado un excepcional desarrollo económico y financiero, no muy diferente, en cantidad y calidad, del que alcanzará después el tardo imperio romano o las ciudades italianas medievales (y por tanto no demasiado diferente del nuestro). Aquella economía era prevalentemente monetaria (plata), contaba con un mercado de trabajo con obreros asalariados, un floreciente comercio interior y exterior y un sofisticado sistema bancario, basado en los templos con su rica y compleja economía y finanza. En todo el Medio Oriente antiguo se permitía cobrar interés por los préstamos, si bien en algunos códices babilónicos estaba limitado al 20% sobre el dinero y al 33.3% sobre el trigo. En todo el Medio Oriente… excepto en Israel. ¿Por qué? ¿Cuáles son los motivos de esta prohibición bíblica única de prestar a interés que ha condicionado tanto el desarrollo de Occidente hasta la edad moderna?

En las economías no monetarias, donde la moneda solo cubre algunos ámbitos de la vida, pocos, el dinero no es decisivo. Pero cuando la economía se hace monetaria y el dinero se convierte en intermediario de la mayor parte de las relaciones, la relación con el dinero resulta decisiva para la vida, y - añade proféticamente Ezequiel - también para la fe. No hay igualdad en el manejo del dinero. Quien lo posee se siente tremendamente tentado a abusar del poder que tiene, a usarlo sin justicia. Quienes concedían los préstamos no estaban en una posición de igualdad con respecto a quienes los recibían. Los prestamistas eran ricos, poderosos, y a veces estaban revestidos de autoridad sagrada. Generalmente los bancos estaban vinculados al rey o a los templos. Los prestatarios se encontraban en situación de necesidad, con un futuro incierto, y por consiguiente eran más débiles. Israel, en el exilio, comprendió que impedir la usura significaba no dejar que el uso del poder creara rentas para los más fuertes a costa de la parte más frágil del pueblo. La profecía siempre es profecía económica, nunca se queda en mero asunto “religioso” o de culto, y si lo hace se transforma en falsa profecía.

El cautiverio babilónico y la observación directa de las graves consecuencias de la usura para los deudores, fueron decisivos para el nacimiento de la legislación especial y única de la Torá hebrea (escrita en su mayor parte tras el exilio), que atribuía una importancia central a las deudas, a los préstamos y a los intereses. El jubileo era, en algunas épocas sobre todo, el tiempo de la liberación de los esclavos que habían llegado a esa situación por no haber pagado las deudas a sus acreedores, que se convertían en dueños y señores de la familia entera.

Así pues, durante el largo exilio, en una tierra comercial y financiera, sin templo y sin culto, gracias a Ezequiel y a los profetas del exilio, el pueblo de Israel comprendió que para refundar la ética de la Alianza era necesario emprender una lucha sin cuartel contra la fascinación de aquellos dioses distintos, seductores, naturales y llenos de colores como las águilas. Pero con la misma urgencia había que refundar una vida social y económica diferente de la dominante en aquel gran imperio. Para decir quién era su Dios escribieron otra economía; negaron los intereses sobre el dinero para exaltar los intereses de los pobres y la justicia divina. Un Dios que escucha el grito de los pobres no podía escuchar la voz de los usureros. La diversidad teológica se convirtió inmediatamente en diversidad ética y por tanto económica.

Entonces no debe sorprendernos que cuando Ezequiel indica cuáles son las condiciones para ser justo, escriba: «El hombre que es justo observa el derecho y la justicia, no come en los montes levantando los ojos a los ídolos de Israel…, devuelve la prenda empeñada, no roba, sino que da su pan al hambriento y viste al desnudo, no presta con usura ni cobra intereses» (18,5-8).

Un pueblo con un Dios distinto a todos los demás pueblos produjo una ética económica y financiera única y distinta. En aquel imperio idolátrico y económico-financiero, Ezequiel comprendió que una de las lecciones teo-anropológicas que podía aprender de aquel dolor tan grande el grupo atemorizado y desalentado de exiliados era la comprensión de la naturaleza religiosa del dinero: el dinero podía convertirse en el material de los ídolos o también en el primer ladrillo de la construcción de la primera nueva casa. Ayer como hoy, la economía vivía esta radical y tremenda ambivalencia. Judas usó denarios (treinta) para su infame comercio; denarios eran también los dos que gastó samaritano para asociar a un comerciante a su proximidad. Con oro se construyó el becerro al pie del Sinaí, y con oro y plata se construye nuestra justicia y nuestra injusticia.

Pero parece que lo hemos olvidado. Salimos de la iglesia e inmediatamente después invertimos nuestro dinero en bancos que financian el juego de azar y las minas antipersona, y ni siquiera tenemos profetas que nos digan: “¡Ay de vosotros!”. Y si queda alguno capaz de repetírnoslo, nos negamos a escucharlo, lo ridiculizamos. Las acciones económicas no son solo ética: son teología. En esto radica también la importancia de la economía. La justicia socioeconómica tiene la misma naturaleza y dignidad que el culto religioso. Ezequiel no establece una jerarquía entre sus preceptos: traicionamos la Alianza y morimos tanto venerando a Baal como oprimiendo al prójimo con préstamos a usura y con contratos injustos. Morimos en el alma cuando nos hacemos idólatras, y morimos en el alma cuando usamos nuestro poder económico contra los pobres. Los profetas nos recuerdan este vínculo, nos hacen ver esta cuerda que une a YHWH con la economía. Nosotros intentamos por todos los medios cortarla, y ellos nos lo tienen que seguir recordando.

 


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