La respuesta del intocable

Un hombre llamado Job/2 – Resistir sin maldecir, descubrir la «libertad del estiércol»

de Luigino Bruni

logo Giobbe“Nuestra civilización actual, procedente del Norte y del Occidente, ha visto el sol y el color azul. No ha visto las tinieblas del mar, el fango seco, los desiertos de arena amarilla, el calor achicharrante, los torrentes secos, la maraña de matojos polvorientos, la crueldad de la luz, la sal y el sudor, los gritos y los silencios, la rápida putrefacción. Nuestra cultura está en esta mala visión, en esta ilusión. Por eso, es el retrato de la impotencia ante la muerte y, con ella, ante la vida”.

Sergio Quinzio, Cristianismo del principio y del fin.

La riqueza, toda riqueza humana, toda nuestra riqueza, es, antes que nada, un don. Desnudos venimos al mundo. Nuestro camino en la tierra comienza gracias a la acogida gratuita de dos manos que nos reciben cuando asomamos al mundo. Como regalo, recibimos la herencia de milenios de civilización, genialidad y belleza, que se nos dan sin que tengamos ningún mérito. Nacemos dentro de instituciones que ya existían antes de que llegáramos, que cuidan de nosotros, nos protegen y nos aman. Nuestro mérito siempre es subsidiario del don y mucho más pequeño que él. Sin embargo, seguimos causando injusticias cada vez más grandes en nombre de la meritocracia, y vivimos como si la riqueza y el consumo pudieran borrar la desnudez de la que venimos y que nos espera, siempre fiel, en las encrucijadas de todos los caminos de la vida.

El Satán (“el opositor”) pierde su primera apuesta porque, a pesar del viento impetuoso que barre todos los bienes de Job, éste no maldice a Dios: «En todo esto no pecó Job, ni profirió la menor insensatez contra Dios» (1,22). Pero el Satán todavía no está convencido de la gratuidad de la fe de Job, y le pide a Dios permiso para probarle en el último bien que le queda: el cuerpo. Y así, en una nueva asamblea de la corte celestial, toma la palabra y dice: «¡Piel por piel! ¡Todo lo que el hombre posee lo da por su vida! Pero extiende tu mano y toca sus huesos y su carne; ¡verás si no te maldice a la cara!» (2,4-5). Dios le responde una vez más: «Ahí le tienes en tus manos». El Satán entonces «hirió a Job con una llaga maligna desde la planta de los pies hasta la coronilla de la cabeza. Job tomó una tejoleta para rascarse, y fue a sentarse entre la basura» (2,7-8).

La desventura de Job llega hasta el límite de lo imposible, hasta que no le queda más que la vida desnuda. Pero, como le ocurre a Job, también nosotros, cuando estamos dentro de la quiebra total, descubrimos recursos desconocidos que nos hacen capaces de soportar sufrimientos que antes de vivirlos nos parecían insoportables. Una fortaleza que a lo mejor nos sorprende también cuando descubramos que somos capaces de morir, mientras que toda la vida habíamos pensado que no lo éramos.

Con el segundo capítulo del libro de Job, el horizonte del ser humano amigo de Dios se sigue ensanchando y ninguna condición humana queda simbólicamente fuera. Job, sobre un montón de estiércol, en medio de la basura del poblado, toca el punto más bajo de la condición humana, las periferias existenciales más lejanas: todos los excluidos, todos los “vencidos”, toda la escoria de la historia. Los basureros están fuera de las murallas. La enfermedad de la piel de Job (quizá algo parecido a la lepra) le señala como impuro y por eso debe ser expulsado con los “excomulgados”. Para el hombre del medio oriente, ninguna otra enfermedad era signo de la maldición reservada por Dios a los pecadores como las enfermedades infecciosas de la piel. En las religiones “económicas” del tiempo (y, hoy, también en la de nuestras grandes empresas y bancos), la desventura y la impureza se consideraban efectos de una vida de pecado. Pero Job no quiere aceptar esta equivalencia, por él y por nosotros. Job pasa de ser rico y poderoso a ser desventurado e impuro y, por ello, a ser intocable, excluido de todas las castas sociales. Esta sigue siendo todavía hoy la triste suerte de algunos empresarios, directivos, trabajadores, políticos y sacerdotes que han caído en la ruina y se encuentran no sólo empobrecidos, sino sentados sobre un montón de escombros entre los que se incluye su familia, sus amigos y su salud. Y pronto acaban también entre los impuros de fuera del poblado, marginados y alejados de clubs, asociaciones y círculos, recluidos en basureros sociales y relacionales, apartados de todos y sin que nadie les toque por el terror a contagiarse de su ruina.

Pero Job, sobre las cenizas y el estiércol, con su trozo de barro cocido, no maldice a Dios. Sigue siendo justo. No hay mayor gratuidad que la de quien espera y quiere que Dios exista y sea justo, incluso aunque en su vida personal ya no vea ni las señales de su presencia ni las de su justicia. Job sigue buscando la verdad y la justicia. Una búsqueda desesperada, que tiene un valor ético y espiritual enorme, sobre todo si pensamos que en el Antiguo Testamento (Job incluido) la idea de la existencia de la vida después de la muerte es muy rara, casi inexistente. El lugar donde YHWH vive y donde puede encontrarse su bendición es esta tierra, no otra. La lucha de Job abarca a todo ser humano que quiera aprender el oficio de vivir sin conformarse con respuestas sencillas, incluidas las sencillas respuestas del ateísmo. Job, en todo tiempo, sigue luchando también por ellos.

Si la vida funciona y florece, inevitablemente llega la etapa del montón de estiércol. Es la cita con la pobreza no elegida. Mientras seamos pobres por elección nuestra, estaremos dentro del campo de las virtudes, pero no todavía en el de Job. La pobreza elegida, que ha generado y sigue generando mucha vida buena, no es la pobreza de Job: Job es alguien rico y feliz que se convierte en pobre sin elegirlo. Por eso, su condición abraza toda pobreza, sobre todo la de los que se encuentran en ella sin haberla elegido. Una pobreza radical y universal, pues aunque siempre han sido pocos los que han elegido la pobreza como estilo de vida (aún menos los que consiguen liberarse de la riqueza de haber elegido libremente la pobreza), somos muchos, todos en potencia, los que podemos hacer la experiencia de convertirnos en pobres sin haberlo pedido ni elegido. Y allí nos espera Job, para luchar con nosotros y por nosotros. Es lo que ocurre cuando, después de haber dedicado toda una vida a construir una riqueza espiritual, un día, casi siempre de repente, nos encontramos desnudos sobre un montón de estiércol, privados de todos los “bienes” que habíamos acumulado. He tenido el don de conocer a algunas personas grandes, que sólo han encontrado la radical libertad del estiércol al prepararse para morir. Libres de todas las riquezas, sobre todo espirituales, levantan de nuevo un vuelo finalmente libre, aunque no dure más que unos pocos años, meses, o a veces incluso días u horas. Esta pobreza radical y no elegida hace que nos convirtamos en los “pequeños” que logran entrar en otro reino, porque antes alcanzan a verlo y desearlo.

Job no está totalmente solo en el estiércol. Hasta él llegan primero su mujer y luego algunos amigos. La mujer hace una rápida, infeliz y única aparición, mientras que los amigos serán los protagonistas de todo el drama de Job. «Su mujer le dijo: “¿Todavía perseveras en tu entereza? ¡Maldice a Dios y muérete!”» (2,9). Son palabras misteriosas, que admiten muchas posibles explicaciones. Pero en la vida de los justos caídos en desgracia no son palabras raras. En el culmen de una gran prueba son precisamente las personas más cercanas las que se convierten en las más distantes, porque al no entender lo que está viviendo la mujer, el padre o el marido, acaban dando los consejos menos sabios y verdaderos, aunque estén movidos por el amor o la piedad. Job recibe de su mujer una invitación a rendirse, a suicidarse, a dejarse morir. Pero Job no la escucha: «Hablas como una estúpida cualquiera. Si aceptamos de Dios el bien, ¿no aceptaremos el mal?» (2,10). Job no elige la muerte y aunque (como veremos) se sienta tentad o por el deseo de morir, seguirá viviendo, luchando y buscando sentido: «En todo esto no pecó Job con sus labios» (2,10).

Job no maldice a Dios. Pero se maldice a sí mismo y a su propia vida. Una auto-maldición de una poesía y una humanidad que quita el aliento y miles de años después sigue siendo capaz de emocionarnos, convertirnos y llevarnos a buscar al menos un Job a nuestro alrededor, al que acompañar por estas páginas inmensas. Y así descubrir una nueva oración, tal vez la más hermosa de todas. Cada vez que leemos a Job, Qohelet o Marcos, podemos dar palabras a muchos que han enmudecido por el dolor de la vida, y que no pueden, o no consiguen, o no quieren gritar sus dolores más grandes y verdaderos. Es posible empezar a rezar una y otra vez – en la vida se olvida y se aprende a rezar muchas veces – tomando prestadas las palabras extremas de Job, hasta convertirlas en palabras nuestras y de aquellos que ya no tienen palabras.

El poema de Job es la revelación de la inmensa profundidad del espesor moral del hombre, capaz de seguir bendiciendo a Dios en la desventura radical e inmerecida sin su reciprocidad. Job buscará en todo su drama un sentido para esta falta de reciprocidad de Dios. Lo mismo hará cada lector que lea el libro de Job dentro de una Biblia basada en la reciprocidad “contractual” de la Alianza y de la Ley (Torah). ¿Cuál será la reciprocidad de Dios?

La apuesta entre el Satán y Elohim no la gana ninguno de los dos. El verdadero ganador es Job, que “obligará” al mismo Dios a liberarse de la lógica retributiva, económica, contractual. Le pedirá que se convierta ante sus ojos de hombre en lo que es: Otro.

Gracias a Job, hombre fiel incluso sin reciprocidad, Dios debe seguir amándonos aunque nosotros dejemos de hacerlo. Gracias a Job, Dios puede y debe estar presente en un mundo que ya no lo quiere, ni lo ve, ni lo desea.

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