El templo infinito de los cuidados

En la frontera y más allá/12 - Otro «ritmo» de tiempo y de relaciones que cambian la vida

Luigino Bruni

Publicado en  pdf Avvenire (40 KB) el 09/04/2017

Sul confine e oltre 12 rid«-Esta tarde, cuando volvías de la cantera con el burro cargado de grava, ¿no se te ha acercado un hombre? ¿Y no le has dado un trozo de pan? - volvió a preguntar el carabinero.
- ¿Me acusa de algún pecado? ¿Acaso la caridad es pecado?
- ¿No te has dado cuenta – insistió el carabinero – de que ese hombre era un soldado enemigo?
- ¿Qué quiere decir con que era enemigo?
- ¿Y qué aspecto tenía? - preguntó el carabinero.
- El aspecto de un hombre - respondió Catalina.»

Ignazio Silone, Un puñado de moras

 Ora et labora no es solamente el lema y el mensaje del monacato. Es también el aliento de nuestra civilización, que se constituyó marcando la cadencia de tiempos distintos, componiendo una sinfonía con variedad de ritmos y con la alternancia de sonidos y silencios. Las palabras y el espíritu del trabajo son distintos de los de la oración. Son aliados y amigos porque son a la vez cercanos y lejanos, íntimos y extraños.

Cuando en los antiguos monasterios, los monjes volvían de la viña y entraban en el coro, dejaban atrás un tiempo para entrar otro. El tiempo de la oración y de la obra de Dios discurría de otra forma, con otro ritmo, con otro sonido. Horadaban el tiempo histórico para tocar, o por lo menos rozar, la eternidad, en un intento por vencer a la muerte. Revivían la primera-última cena, la cruz; y la piedra volvía a rodar. Cuando cruzamos el umbral para entrar en el templum, nos hacemos un poco señores del tiempo, sentimos que no estamos dominados únicamente por el tempus racional y despiadado, viajamos libres entre el primer día de la creación y el eskaton. El adam vuelve a pasear por los jardines del edén.

Algo parecido ocurre con el tiempo del trabajo en relación con el tiempo dedicado a los cuidados. Existe un nexo profundo entre la oración, la contemplación, la interioridad y el cuidado. Los tiempos, las formas, las palabras, las manos y el espíritu del cuidado no son los mismos que los del trabajo. Cuando volvemos de la oficina y jugamos con nuestro hijo, le contamos un cuento o le cantamos una canción, salimos del registro y del ritmo del trabajo para entrar en un mundo gobernado por otras leyes y por otros tiempos. Cuando escuchamos a un padre viejo y enfermo, cuando le hablamos aun sabiendo que la enfermedad le impide entender nuestras palabras en el plano del logos, si escuchamos y hablamos con cuidado, sentimos que sintonizamos con otro tiempo y con otro ritmo; y así podemos seguir el diálogo del alma que ninguna enfermedad puede impedir. Cuando cuidamos una planta, preparamos una comida o sencillamente limpiamos la casa, en silencio decimos palabras importantes para los demás y para nosotros mismos. También hablamos cada día cuando preparamos el desayuno, limpiamos el baño, regamos las plantas o hacemos las camas. Son palabras fundamentales, incluso cuando preparamos el desayuno para nosotros mismos porque nos hemos quedado solos.

Todos sabemos que cuidar es lo mismo que dar, con otro nombre. Y sabemos que los cuidados conservan toda la belleza y la ambivalencia del don. Porque los dones nunca han sido todos iguales. Por ejemplo, en la esfera pública los dones han sido siempre un asunto de reciprocidad. Los dones-sacrificios a los dioses y a los faraones, por un lado, y las magnificencias, las donaciones y la filantropía, por otro, han estado asociados a alguna forma de virtud, y como tal han sido objeto de reconocimiento público, de valoración, recompensa y honra. A los grandes y poderosos, a la ciudad y a la iglesia se les regalaban cosas, y por ello se esperaban bendiciones, gracias, reconocimientos, aplausos y alabanzas.

Otra cosa muy distinta, radicalmente opuesta, era el don de puertas adentro o bajo la tienda de la casa. Aquí el don de tiempo, de recursos, de vida y cuidados, no era inferior al de la plaza de la ciudad ni su presencia era menos esencial para poder vivir y vivir bien. Pero, por muchas razones (la mayor parte de las cuales tiene que ver con el poder, la fuerza y sus instrumentos), los dones domésticos no eran reconocidos como tales dones. Dentro de la casa, el don recibía los nombres del deber y la obligación.

Los actores del don-virtud pública eran los varones y los del don-obligación privada eran las mujeres. En las sociedades tradicionales, a los hombres les correspondían los honores y la gloria del don, mientras que la primera obra de sometimiento y subordinación de la mujer era la negación y la falta de reconocimiento de los dones que realizaba. La maternidad, la atención y la educación de los niños y de los jóvenes, el cuidado de la casa y de las relaciones primarias, se consideraban deberes y obligaciones derivadas del hecho de ser madre, esposa, hermana. La libertad de dar que los hombres experimentaban en la esfera pública y que constituía su mérito, desaparecía en el don-obligación de las mujeres en la esfera privada.

Lo mismo puede decirse de los sacrificios. Los que se ofrecían a los dioses, a los faraones y a los reyes originaban un crédito en los “sacrificantes”. Los sacrificios realizados en el mundo del trabajo producían, como reciprocidad, sueldos y salarios. Sólo los sacrificios realizados dentro de casa por las mujeres eran simples deberes y obligaciones derivadas de su estado, débitos maternos y filiales o débitos conyugales. No podemos entender lo que supuso para las mujeres del siglo XX la posibilidad de acceder al “mercado de trabajo” de todos, si no tomamos en consideración el sentido de reconocimiento y reciprocidad que se cela en una relación de trabajo. El sueldo de aquellas mujeres obreras, empleadas y maestras era distinto al de sus maridos y hermanos, pero no sólo porque (por lo general) era más bajo, sino porque esa nómina tenía el sabor y el color de la reciprocidad, la dignidad, la estima social, el reconocimiento y el honor, que no eran los sabores y los colores que aquellas mujeres conocían dentro de casa. Los trabajos de los hombres y de las mujeres nunca han sido iguales.

Hasta tiempos recientes, las civilizaciones no han leído la relación hombre-mujer y, en general, la contribución de las mujeres a la vida social bajo el registro del mutuo provecho y la reciprocidad que pusimos en el corazón de la vida pública y, después, en el del mercado. Las civilizaciones occidentales reservaban a las mujeres el amor y la gratitud, pero no la libre reciprocidad ni el reconocimiento.

Por este motivo, entre otros, la visión del don que tienen las mujeres es distinta a la de los hombres, lo mismo que ocurre con el sacrificio. Si la teoría del don, construida en base el triple movimiento “dar-aceptar-corresponder”, hubiera sido escrita por mujeres, hablaría de un “aceptar” mucho menos libre y de un “corresponder” muy alejado de la gratuidad. “No me gusta usar las palabras sacrificio y servicio” - me confesaba hace unos días Jennifer Nedelsky, una filósofa norteamericana - “porque demasiadas mujeres asocian estas palabras con actos no elegidos y llenos de dolor”. Cada vez que hablo o escribo acerca del don, el sacrificio, la gratuidad o el servicio, intento hacerlo manteniendo fija la mirada en los dones y sacrificios, en la gratuidad y el servicio de mis abuelas campesinas Cecilia y María, y en los de mi madre, ama de casa.

Estas experiencias y estas miradas distintas tienen consecuencias importantes a la hora de concebir la relación entre el mercado, la asistencia y los cuidados. Limpiar los baños y barrer las habitaciones, cuidar a los niños, a los enfermos y a los ancianos, eran actividades de las que en otros tiempos se encargaban los siervos y los esclavos. Después lo hicieron las nodrizas, las amas de cría, las camareras y las cocineras. Finalmente las madres, las hermanas y las hijas. Nunca los hombres libres ni las mujeres nobles y ricas, que siempre vieron los cuidados como cosa de esclavos, siervos o mujeres. Para comprender las distintas experiencias del don y el sacrificio, la distinción hombre/mujer es útil pero sólo en un 95%, porque siempre ha habido una élite de mujeres que con relación a los cuidados y al sacrificio se parecían más a sus maridos que a sus siervas.

En un momento determinado, nació el “mercado de los cuidados”, pero la experiencia milenaria que ve los cuidados como el reino de los esclavos, de los siervos y de las mujeres (pobres), sigue marcando fuertemente nuestra sociedad y nuestro capitalismo. Lo vemos por todas partes. Los trabajos que implican cuidados (sanidad, educación) están mal pagados, porque todavía se los asocia con el sacrificio y el don-obligación, todavía están profundamente condicionados por la cultura sacrificial-sin-reciprocidad. La gratitud hacia estos trabajadores sigue siendo insuficiente, como lo es nuestro reconocimiento para con ellos.

El menosprecio de los cuidados ha sido una de las razones profundas del malestar que ha acompañado y acompaña al mundo del trabajo. El cuidado es una dimensión esencial de toda vida humana buena, pero la asociación entre cuidados y servidumbre lo ha mantenido bien distante de la esfera pública y por consiguiente de la economía (por no hablar de la política). Llama la atención la falta de cuidado en las empresas, en las oficinas, que no disminuye con la llegada de muchas mujeres a estos lugares, porque, por lo general, prevalece la falta de cuidado del registro masculino.

Hoy los cuidados siguen siendo maltratados, no estimados y humillados, no menos que ayer. Los nuevos esclavos no se compran en Lisboa o Nantes, sino en el “mercado de trabajo” donde hombres y mujeres ricos compran los servicios que ofrecen las mujeres y los hombres pobres, dispuestos por necesidad a ofrecer los cuidados que los poderosos desprecian y no aman. Durante siglos hemos luchado para eliminar la esclavitud y la servidumbre de la esfera política, y hoy permanecemos en total y culpable silencio ante la esclavitud-servidumbre que reina en la esfera económica en materia de cuidados.

Para terminar, debido a la fuerte influencia que la cultura económica ejerce sobre toda la vida social, los valores y las virtudes de la economía y de la empresa están cambiando y colonizando también el mundo y el tiempo de los cuidados. La eficiencia, la velocidad, la prisa, el estrés, la meritocracia y los incentivos entran también en casa y destruyen lo poco que quedaba de los tiempos, de los ritmos, de las palabras y del espíritu de los cuidados. Al cruzar la puerta de casa, no cambiamos los tiempos, no cambiamos el espíritu, no cambiamos las palabras. Ya no horadamos el tiempo, no saboreamos la eternidad, no experimentamos la libertad que sólo el tiempo distinto de los cuidados nos puede dar. El valor económico aumenta cuando reducimos el tiempo empleado. El valor de los cuidados aumenta con el tiempo invertido.

Cuando logramos entrar en el templo de los cuidados, nuestras horas y las de los demás se expanden, nuestras vidas se ensanchan y la muerte de todos se aleja. Como en la infancia, cuando los días no terminaban nunca, y un curso escolar parecía eterno. La primera reciprocidad de los cuidados es el don de un tiempo más lento y más largo, el retorno al tiempo infinito de la infancia.

 

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