La libertad de los profetas nos libera

La libertad de los profetas nos libera

La gran transición/9 - Encuentros que “encienden” vocaciones espirituales y civiles.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/03/2015

Para esconderme de ti apagué mi luz, pero tú me sorprendiste con las estrellas.

Rabindranath Tagore

Las comunidades y los movimientos generativos ponen a las personas que forman parte de ellos en condiciones de repetir, de distintas formas, la misma experiencia del fundador. Los mismos milagros, la misma libertad y los mismos frutos. La historia del cristianismo es una elocuente demostración de esto. La fecundidad de la experiencia cristiana se ve en los miles de comunidades y movimientos generados por una misma raíz, que reviven en el tiempo y en el espacio las mismas experiencias de los primeros tiempos: panes que se multiplican, lisiados que caminan y crucificados que resucitan. Las experiencias carismáticas con capacidad de futuro han sido plurales y pluralistas, frutales con muchos árboles, jardines poblados de cientos o miles de flores, todas iguales y todas distintas, florecidas a partir del mismo humus, con colores y perfumes parecidos y a la vez enormemente diversos. La semilla asume la forma del terreno donde crece, generando personalidades siempre nuevas que enriquecen la tierra.

Los miembros de una comunidad carismática tienen características propias que les diferencian radicalmente de otras figuras más comunes de nuestro tiempo (el trabajador por cuenta ajena, el fan de un escritor o el activista de una asociación humanitaria). Todas estas figuras muchas veces están presentes también en las comunidades y movimientos carismáticos, pero junto a ellas hay otras muy distintas. Son personas que cuando entran en contacto con un carisma-ideal no se encuentran con algo exterior, sino consigo mismas. Esta experiencia es muy común en los movimientos espirituales, pero también podemos encontrarla, en distintos grados, en algunas realidades civiles, políticas y culturales. Hay mujeres y hombres que cuando entran en contacto con una espiritualidad o con un ideal, inmediatamente advierten que existe una profunda consonancia entre esa espiritualidad y su realidad interior más auténtica. Dentro de esas personas ya hay algo del carisma por el que después serán conquistadas, pero no pasan de ser “portadores sanos” hasta que entran en contacto con la comunidad donde ese carisma vive y actúa. Cuando un joven estudia química y después trabaja en una empresa, estudiando y trabajando aprende un oficio que le convierte en algo distinto a lo que era antes de comenzar a estudiar y a trabajar. En cambio, cuando una joven encuentra el carisma de Francisco y siente una vocación, no se convierte en franciscana, porque ya lo era. En otras palabras: se convierte en lo que ya era. Se puede aprender un oficio pero no se puede aprender una vocación. Van Gogh aprendió la técnica pictórica pero ya era Van Gogh.

Este es el gran misterio de los carismas y de todas las vocaciones humanas (el mundo está lleno de vocaciones). En el encuentro decisivo de su vida, estas personas hacen una experiencia “ontológica” (en el plano del ser), mucho más profunda que la mera dimensión psicológica y emocional. Esto quiere decir que un jesuita no recibe el carisma ni de Ignacio ni de otros jesuitas, sino que lo encuentra, misteriosa y realmente, dentro de sí mismo; lo descubre viviente y durmiente en la “bodega” del alma, donde sólo esperaba a que alguien lo llamara por su nombre. El encuentro con un carisma enciende una dimensión latente pero real y genera un proceso de reconocimiento: la persona se re-conoce, y de ese encuentro decisivo surge un nuevo conocimiento y una revelación de uno mismo y del mundo. Si así no fuera, todo el misterio y el encanto de la vocación desaparecerían. Todos estaríamos destinados a secundar a otras personas y a seguir incentivos externos. Nos estarían vedadas la verdadera libertad y la verdadera gratuidad, que sólo nacen cuando sentimos que al seguir un carisma estamos siguiendo la parte mejor de nosotros mismos, aunque sea junto a otros y con una relación fundamental con el fundador. Este juego de convertirnos en lo que ya somos, este encuentro entre lo exterior y lo interior, bien pensado, se encuentra en toda relación de verdadero amor, cuando al encontrar a otro nos damos cuenta de que misteriosamente ya estaba presente en algún lugar de nuestra vida, donde esperaba en silencio ser “visto”. Todo esto sucede, de forma aún más radical, en las experiencias colectivas ideales.

De aquí se derivan dos consecuencias. En la tierra ha habido y sigue habiendo muchas personas que no se han “encendido” simplemente porque no han tenido la oportunidad de conocer a una persona o a una comunidad capaz de activar la parte más profunda de ellas mismas. En segundo lugar, las personas siempre tienen más de un encuentro vocacional. Si bien es cierto que en algunos casos (como, por ejemplo, en el de una monja o un artista) hay un encuentro decisivo, éste no es nunca el único.

Poner a las personas en condiciones de imposibilidad de tener más encuentros de identidad es el camino más seguro para apagar la luz encendida en el encuentro principal. Mientras el primer encuentro sea el más importante pero no el único, no se convertirá en una prisión. La experiencia de seguir un carisma (religioso o civil) es un asunto muy delicado. Siempre existe el peligro de que este reconocimiento ideal entre la persona y la comunidad produzca neurosis mutuamente narcisistas.

Un elemento crucial en este sentido es la gestión de las desilusiones. La experiencia de la desilusión es inevitable para los se ponen en camino tras haber encontrado un carisma, puesto que ninguna realidad histórica puede estar a la altura del ideal. El ideal de la comunidad y nuestro ideal interior deben ser más grandes que la realidad, ya que de otra forma no podrían “encender” nada. La buena madurez implica también la desilusión de las promesas de juventud.

Una decepción mal gestionada y no aceptada produce dos escenarios posibles, ambos muy peligrosos: (a) la reducción del ideal a la realidad, y (b) la interpretación ideológica de la realidad para hacerla coincidir con el ideal. El primer error lo cometen las comunidades y las personas que ante las primeras desilusiones (sobre todo las colectivas) reducen el peso ideal del carisma, convirtiéndolo en otra cosa más fácil de gestionar: YHWH es reducido a un becerro de oro. El resultado necesario de este primer error es la incapacidad de este “nuevo” ideal redimensionado para atraer personas de alta calidad ideal, porque cuando se reducen los ideales, las personas excelentes dejan de reconocerse en ellos. El segundo escenario no es menos peligroso ni menos dañino. Se manifiesta cuando se intenta evitar que las personas atraídas por ideales grandes y necesariamente irreales lleguen a la etapa de la desilusión, construyendo una auténtica ideología.
En lugar de educarse juntos y aceptar y habitar el “diferencial” entre las promesas ideales y las posibilidades reales, se convierte la realidad, cualquier realidad, en el ideal, reinterpretándola y descargando sobre la falta de correspondencia de la persona individual la responsabilidad de ese “diferencial”. Así no se acoge la desilusión como parte natural y necesaria del camino de crecimiento de la persona, sino que se la niega y se la anega en la ideología, impidiendo la plena maduración de los miembros, que siguen siendo consolados y mantenidos en una condición infantil sin desilusión porque es ilusa. En el primer escenario, la diferencia entre el ideal y la realidad se anula por reducción (del ideal); en el segundo se anula por incremento (de la realidad). Pero no se propone la única posibilidad verdadera para superar positivamente esta etapa decisiva de toda existencia, es decir, la educación para convivir con el diferencial, cuidando y elaborando las inevitables desilusiones que conlleva hacerse adultos sin borrar ni la verdad del ideal ni la de la realidad.

Por eso la capacidad de futuro de una realidad colectiva nacida de un carisma-ideal depende radicalmente de cómo se desarrollen en el tiempo las relaciones entre el fundador, la comunidad, la interpretación del carisma y cada una de las “vocaciones”. El perfil carismático de la sociedad es expresión y seguimiento de la vocación profética, de la que la Biblia ofrece una gramática insuperable. Pero la profecía de las comunidades y de los movimientos carismáticos no pertenece sólo al fundador o a la comunidad en su conjunto. Cada persona que ha recibido el mismo carisma la encarna, la vive y la desarrolla ofreciéndole su propia carne. En cada franciscano, gandhiano, dominico o salesiana reviven Isaías. Jeremías y Oseas; resurgen sus palabras, su indignación, su crítica a los poderes constituidos de todo tiempo, incluido el nuestro. Y revive Moisés, el profeta más grande, y su típica vocación de libertador de un pueblo esclavo del faraón y de sus ídolos. Por otro lado, la experiencia de la profecía no está reservada a una élite de intelectuales o profesionales. Entre los ”profetas” que me han amado y han “encendido” mi vida hay obreros, campesinos y mujeres que no pasaron de la educación primaria.

Una realidad con motivación ideal vive bien y hace que sus miembros y el mundo vivan bien cuando engendra cientos o miles de Moisés. En cambio, cuando las comunidades y los movimientos sólo permiten esa liberación a sus líderes y asignan a los miembros el papel de pueblo liberado que camina a través del desierto, lo que sucede es que las vocaciones se apagan, las flores se marchitan y la fuerza profética del carisma se redimensiona mucho, demasiado. Y la tierra de todos pierde luminosidad. En la tierra hay pocas personas más hermosas que los jóvenes con vocación; pero hay muy pocas experiencias más tristes que ver cómo esas vocaciones se marchitan una vez que se han convertido en adultas.

Los carismas siguen vivos mientras engendren personas libres que, al encontrar una voz hablando en una zarza ardiente mientras pastorean el rebaño, la reconocen como la voz profunda que habitaba dentro de ellos desde siempre (si no estuviera dentro de nosotros, no sabríamos reconocerla como una voz buena ni obedecerla). Entonces salen hacia Egipto y ven las plagas, el mar abierto, el maná bajado del cielo y el baile de Miriam. Y siguen señalándonos una tierra prometida más allá de nuestro horizonte.

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