Fuerte es la vulnerable confianza

Fuerte es la vulnerable confianza

La gran transición/5 – Desarrollar alternativas generativas a las lógicas de casta.

de Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/02/2015

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“Communitas es el conjunto de personas unidas no por una “propiedad”, sino por un deber o una deuda. Unidas no por un “más”, sino por un “menos”, una falta, una limitación que se configura como una carga y posee incluso un carácter defectivo para el que está “afectado” por ella, a diferencia del que está “exento” o “eximido”.

(Roberto Esposito, Communitas).

Las comunidades y las organizaciones que se han mantenido creativas y fecundas a lo largo del tiempo son las que han sabido convivir con la vulnerabilidad, ocupándose de ella sin eliminarla completamente de su territorio. La vulnerabilidad (de vulnus = herida), como muchas otras palabras verdaderas de la humanidad, es ambivalente: la buena vulnerabilidad convive con la mala y en muchas ocasiones ambas se encuentran entrelazadas. La buena vulnerabilidad está inscrita en todas las relaciones humanas capaces de engendrar. Si yo no pongo al otro en la posibilidad de “herirme”, la relación nunca alcanza la profundidad suficiente para ser fecunda.

La buena vulnerabilidad es la que vivimos en las relaciones de amor, con los hijos, con los amigos, dentro de las comunidades primarias de nuestra vida. Hoy sabemos que los equipos de trabajo más creativos son aquellos en los que se da crédito a las personas; un crédito auténtico que, por ello, conlleva riesgo. En todos los ámbitos, la capacidad de engendrar exige libertad, confianza y riesgo. Pero son precisamente estos elementos los que hacen vulnerable a quien concede da libertad y confianza. La vida se engendra donde hay relaciones abiertas a la posibilidad de la herida relacional. Para ayudar a un niño a convertirse en una persona libre es necesario concederle confianza vulnerable en la familia, en la escuela y en otros lugares educativos. Y, ya de adultos, es imposible florecer en el lugar de trabajo sin recibir y dar esa confianza peligrosa y vulnerable.

Hoy la cultura de las grandes empresas globales busca lo imposible: quiere la creatividad de sus trabajadores pero sin aceptar la vulnerabilidad de las relaciones. Pensemos en un fenómeno que va en aumento: la llamada ‘subsidiariedad directiva’, según la cual un directivo sólo debe intervenir en las decisiones del grupo que coordina si los resultados de sus actividades serían peores sin su intervención, sin su ‘subsidio’. Las grandes empresas se están dando cuenta de que para obtener lo mejor de sus trabajadores deben ponerles en condiciones de sentirse libres y protagonistas de su propio trabajo. No hay creatividad fuera de la libertad, pero para que la subsidiariedad funcione es indispensable que los trabajadores y los grupos de trabajo experimenten una confianza genuina hacia ellos, de la que incluso puedan abusar. Hay pocas cosas en esta tierra que produzcan tanta alegría como la participación en una acción colectiva libre entre iguales.

Para que esta bella y antigua idea de la subsidiariedad no se quede sólo en un principio inspirador del balance social, es vital que la dirección se fíe verdaderamente del grupo de trabajo y no quiera controlar todo el proceso para evitar abusos de confianza y ‘heridas’. Es más, si el que recibe la ‘delegación’ percibe que esa ‘confianza’ en realidad sólo es instrumental, no es más que una técnica para obtener más beneficios, la subsidiariedad deja de producir efectos. Por eso, para que la subsidiariedad funcione bien en las empresas, sería necesario que la propiedad de las mismas no fuera de tipo capitalista, de forma que la delegación no proceda desde lo alto hacia los trabajadores, sino en la dirección opuesta (como ocurre en la política, donde nació el principio de subsidiariedad). En cambio, cuando la subsidiariedad desciende desde arriba se convierte en otra cosa, que funciona única y exclusivamente cuando los propietarios deciden que es conveniente. Una subsidiariedad así no es muy resiliente ante los fracasos. Sólo las motivaciones intrínsecas, asociadas a instituciones adecuadas, permiten que la subsidiariedad y las formas participativas sobrevivan después de las crisis por graves abusos de confianza. En realidad, las instituciones naturalmente subsidiarias serían las empresas democráticas y participativas (como las cooperativas), en las que verdaderamente la ‘soberanía pertenece al pueblo’, es decir, a los socios-trabajadores, quienes se la conceden desde abajo hacia arriba a los directores y gerentes.

En otras palabras, la subsidiariedad y la confianza funcionan de verdad cuando son peligrosas y vulnerables. Si tuviéramos que diseñar la moneda
Vulnerabilita ridde las relaciones humanas en su conjunto, en una cara representaríamos la alegría del encuentro libre en la gratuidad, y en la otra las muchas imágenes de las heridas que han engendrado esa alegría. Pero (esta es otra paradoja de nuestro sistema capitalista) la cultura que se enseña en todas las escuelas de negocios odia la vulnerabilidad, considerándola como su gran enemigo. Esto es así por muchas razones. La civilización occidental ha efectuado a través de los siglos una nítida separación entre los lugares de la buena y la mala vulnerabilidad, sin aceptar su ambivalencia y creando así una dicotomía. Ha asociado la buena vulnerabilidad, capaz de engendrar bendición, con la vida privada, la familia y la mujer, que es la primera imagen de la herida generativa. En la esfera pública, enteramente construida sobre el registro masculino, la vulnerabilidad siempre es mala. Así, también la vida económica y organizativa se ha fundado sobre la invulnerabilidad. Mostrar heridas y fragilidad en los lugares de trabajo siempre es un valor negativo, una ineficiencia y un demérito. Los últimos decenios de capitalismo financiero han acelerado la naturaleza invulnerable de la cultura del trabajo en las grandes empresas globales, de las cuales toda vulnerabilidad debe ser expulsada.

El gran medio para eliminar la vulnerabilidad de las comunidades siempre ha sido la inmunidad. La inmunidad hoy es la nota principal de las grandes empresas capitalistas. Toda cultura invulnerable es también una cultura inmunitaria: si no quiero resultar herido por la relación contigo, debo impedirte que me toques, construyendo un sistema de relaciones que evite cualquier forma de contaminación. La inmunidad es la ausencia de exposición al roce con el otro. La immunitas es la negación de la communitas: el alma de la communitas es el munus (don y obligación) recíproco, la de la immunitas es la ingratitud recíproca, la ausencia del don y su opuesto (in-munus, inmune).

Todas las sociedades inmunitarias son radicalmente jerárquicas, porque aumentan las distancias verticales y horizontales entre las personas para evitar el contacto y así poder gestionarlas y orientarlas a sus fines. La primera función de la jerarquía es evitar que se mezclen las personas (este es el origen de la palabra portuguesa casta: no contaminada), evitar que los distintos se toquen entre sí, algo que está reservado a los semejantes. En todas las sociedades inmunitarias y de castas está fuertemente prohibido tocar a los distintos; sólo los pertenecientes a la misma casta pueden y deben tocarse entre sí. Por este motivo, las sociedades de castas conocen poca creatividad e innovación, porque siempre es la biodiversidad la que tiene capacidad de engendrar.

Esta falta de contacto entre distintos es una causa radical de la decadencia de las élites en las sociedades de castas, incluidas nuestras empresas globales. Los movimientos mendicantes de los siglos XI y XII fueron un factor de gran innovación y generatividad económica, social, política y espiritual. Echaron por tierra el orden de castas e inmunitario de la primera Edad Media en sus sociedades, acogiendo en los mismos conventos a pobres y a ricos, a personas de distintas regiones y países. Esas nuevas comunidades tuvieron una enorme capacidad de innovar porque juntaron a mercaderes y pobres, banqueros y artesanos, artistas y místicos. Esa biodiversidad se hizo creatividad e innovación, una innovación que nació de los estigmas de la fraternidad, de la superación del miedo a las heridas. La fraternidad es anti-inmunitaria, como nos enseñó Francisco de Asís cuando abrazó y besó al leproso. La solidaridad-filantropía es casi siempre inmune, la fraternidad nunca.

La raíz de toda civilización inmunitaria y de castas es la gestión de la distinción fundamental entre puro e impuro: hay actividades, personas y cosas puras que pueden tocarse y otras impuras que sólo pueden ser tocadas por las castas más ínfimas. Pero en todas las sociedades inmunitarias y de castas hay también una profunda interdependencia entre las castas. También los brahmanes necesitan de los parias (y viceversa). En estas sociedades, debido precisamente a la inmunidad, la división del trabajo es radical. Por eso es indispensable la presencia de mediadores, cuya especial función es poner en contacto a los que no pueden tocarse entre sí.

Así se comprende mejor por qué las grandes empresas capitalistas son hoy la imagen más nítida de las sociedades inmunitarias y de castas, y por qué los directivos son los mediadores que ponen en contacto a las distintas ‘castas’ de la empresa sin que nadie tenga que tocar a los distintos, a los impuros. Sólo nos tocamos entre iguales (a veces demasiado y mal entre compañeros-as). Los miembros de los rangos ‘inferiores’ sólo pueden ser tocados por los superiores con instrumentos y técnicas, no directamente. En las grandes empresas las personas cada vez están menos mezcladas, aunque se trabaje en espacios abiertos (en los que la separación en cuanto a poder y salario sigue siendo grande).

Dejamos de ser generativos, en todos los ámbitos, cuando dejamos de encontrarnos y abrazarnos, sobre todo con los pobres. Las personas pierden creatividad cuando, con el paso de los años, reducen el contacto con los distintos. Algo parecido está ocurriendo también con las élites de las organizaciones e instituciones, y por lo tanto también de las empresas: la cultura inmunitaria que les lleva a no contaminarse determina su esterilidad y su decadencia. Gran parte de nuestra capacidad de engendrar y de nuestra fuerza y energía, dependen del contacto con otras humanidades, culturas, vidas y cuerpos. La esperanza y la excelencia nacen y renacen a partir de los promiscuos lugares del vivir, del encuentro entre humanidades enteras, y de nutrirse de los distintos alimentos de la aldea.

Por el horizonte asoma una profunda crisis del capitalismo, generada por la decadencia de las élites empobrecidas por la inmunidad y no fecundadas por la buena vulnerabilidad de las relaciones completamente humanas. El miedo a las heridas relacionales está creando una cultura global inmunitaria, de la que las grandes empresas son vectores globales. Por este motivo, un gran desafío para los próximos años será la supervivencia misma de las organizaciones. La apoteosis de la cultura inmunitaria-invulnerable será la eliminación de las organizaciones, la desaparición de los lugares donde se con-vive y co-labora, para crear en su lugar modelos de producción descentralizada, donde cada uno trabaje en su casa gracias a tecnologías cada vez más sofisticadas. Consumidores sin tiendas, banking sin bancos, escuelas online sin profesores ni estudiantes y, tal vez, hospitales sin enfermeros ni médicos poblados por eficientísimos robots y tele-cámaras. Así se eliminará definitivamente la vulnerabilidad y se hallará por fin el árbol de la vida, que, sin embargo, será un árbol sin frutos o con frutos insípidos. Pero el hambre de frutos sabrosos hará que sigamos encontrándonos, abrazándonos, viviendo.

 


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