Las Virtudes del mercado: ¡Ánimo empresario, tú mueves el mundo!

LECCIONES DE ECONOMÍA. Luigino Bruni: apología de los verdaderos motores del desarrollo

Es el protagonista del desarrollo económico. Con sus ideas y su valentía rompe el estancamiento y dinamiza el sistema. Nuca se lo agradeceremos bastante...

por Luigino Bruni

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publicado en el semanario Vita del 29 de octubre de 2010

El mercado, cuando funciona correctamente, es un lugar en el que se reconoce y se premia la innovación y la creatividad humana. La competencia del mercado (sobre la que ya hemos hablado en artículos anteriores) puede verse – y así hay que verla si queremos captar su realidad más auténtica – como una competición por innovar: los que innovan crecen y viven y los que no innovan se quedan atrás, fuera del juego económico y civil.

El autor que mejor ha entendido esta dinámica virtuosa del mercado (la capacidad de innovar es sin duda una virtud, porque es expresión de areté, de excelencia) es el economista austriaco J.A. Schumpeter. En su libro Teoría del desarrollo económico (de 1911), un texto clásico cuya lectura sigue siendo aconsejable para quienes estén interesados en las buenas obras de teoría económica y social, él describe magistralmente la dinámica de la economía de mercado como una “carrera” entre innovadores e imitadores.

Para explicar la naturaleza y la función de la innovación, Schumpeter recurre a un modelo en el que el punto de partida es el “estado estacionario”, una situación en la que las empresas solo realizan actividades rutinarias y el sistema económico se replica perfectamente a sí mismo en el tiempo, sin que se produzca verdadera creación de riqueza.

El desarrollo económico comienza cuando un empresario rompe el estado estacionario al introducir una innovación, que puede ser una invención técnica, una nueva fórmula organizativa o la creación de nuevos productos o mercados, que reduce el coste medio y hace que la empresa pueda crear nueva riqueza.

El empresario-innovador es el protagonista del desarrollo económico, puesto que crea verdadero valor añadido y dinamiza el sistema social. Después, al innovador le sigue un “enjambre” de imitadores atraídos por ese valor añadido como las abejas por el néctar. Estos imitadores entran en los sectores en los que se ha producido la innovación, haciendo que el precio de mercado de esos productos baje hasta absorber completamente el beneficio generado por la innovación. De este modo la economía y la sociedad regresan al estado estacionario, hasta que una nueva innovación vuelve a desencadenar el ciclo del desarrollo económico. Para Schumpeter el beneficio tiene naturaleza transitoria, ya que subsiste mientras hay innovación, durante el lapso de tiempo que transcurre entre la innovación y la imitación.

 

¿Qué puede aportarnos hoy esta vieja teoría que tiene cien años? En primer lugar nos recuerda que la naturaleza más auténtica del empresario y de la función empresarial es la capacidad de innovar.

El empresario no es un buscador de beneficios. El beneficio no es más que una señal de que hay innovación. Cuando un empresario (incluso un empresario social) se queja de que le imitan, su vocación ya está en crisis. Hay que recordar que la imitación también es importante: hace que las ventajas que derivan de la innovación no se queden concentradas solo en la empresa innovadora, sino que se extiendan a toda la sociedad (por ejemplo mediante la reducción de los precios de mercado, que aumenta el bienestar colectivo).

La imitación es importante y desempeña una función en orden al bien común. La manera positiva de responder a la imitación es relanzar la carrera, volviendo a innovar. Todo esto es importante especialmente en la era de la globalización, donde la dinámica innovación-imitación es muy rápida y global. También hoy, como hace cien años, la respuesta para crecer y vivir no es quejarse o pedir medidas proteccionistas, sino invertir y relanzar el arte de innovar.

Esta teoría de la innovación, por otra parte, nos dice que cuando el empresario deja de innovar muere como empresario (transformándose tal vez en especulador) y, al hacerlo, obstaculiza la carrera innovación-imitación, que es la verdadera dinámica virtuosa que impulsa hacia adelante a la sociedad y no solo a la economía.

Una de las razones profundas de la crisis que estamos viviendo es la progresiva transformación de muchos empresarios en especuladores, que se produjo en las décadas posteriores al boom de las finanzas.

El empresario-innovador, a diferencia del especulador, por vocación ve el mundo como un lugar dinámico que puede cambiar. No piensa simplemente en aumentar su trozo de la “tarta”, sino en crear nuevas “tartas”, en aprovechar nuevas oportunidades, mirando hacia adelante en lugar de mirar hacia un lado para ver si hay rivales a los que batir en la pelea por la tarta.

Desde el humanismo civil del siglo XV hasta los distritos industriales del made in Italy, y desde los artesanos-artistas hasta los cooperadores sociales, Italia ha sido capaz de producir desarrollo económico y cívico siempre que se han creado las condiciones culturales e institucionales necesarias para poder cultivar las virtudes de la creatividad y de la innovación. Por el contrario, hemos dejado de crecer como país cada vez que ha prevalecido la lógica del  lloriqueo y de la búsqueda por mantener rentas de posición, cuando hemos visto al otro como un rival a batir y no como un compañero con el que crecer juntos.

En tercer lugar, leer el mercado como un mecanismo que premia la innovación hace que pongamos el acento en las personas más que en los capitales, las finanzas o la tecnología. La innovación es, antes que nada, una mirada distinta sobre las cosas y sobre el mundo, propia de personas que ven la realidad de distinta manera.

El mismo Schumpeter, en la década de los 40 del siglo pasado, ya preveía que el paso de la función de innovación de las personas a los Centros de Investigación y Desarrollo de las grandes empresas cambiaría la naturaleza del capitalismo, haciéndole perder contacto con la dimensión personal, que es la única que puede innovar verdaderamente.

Hoy, tras décadas de borrachera por lo “grande” y por lo anónimo, nos estamos dando cuenta de cada vez hay más empresas que consiguen crecer y ser líderes en la economía globalizada gracias a que en ellas hay una o más personas capaces de ver la realidad de manera distinta y, por ello, de innovar. Es la inteligencia de las personas (saber “leer y ver las cosas por dentro”) la clave de toda innovación verdadera y de todo valor económico, como bien sabía un economista italiano, anterior a Schumpeter. Me refiero al milanés Carlo Cattaneo, quien, a mediados del siglo XIX, escribía una de las tesis más bellas y humanistas sobre la acción económica, que nos recuerda que la virtud de la innovación se basa en otra virtud todavía más radical (porque es más universal): la creatividad: «No hay trabajo ni hay capital que no comience con un acto de inteligencia.  Antes de cualquier trabajo y de cualquier capital… es la inteligencia la que empieza la obra e imprime en ellos por vez primera el carácter de riqueza ».

Para terminar, esta dinámica, esta virtuosa carrera de relevos innovación-imitación trasciende el ámbito económico. Nos proporciona una hermosa y original clave de lectura para comprender no solo el mercado sino también la historia civil de los pueblos. Cuando las sociedades y los mercados apoyan a las personas que innovan, cuando estas personas no se quejan sino que se alegran de ser imitados, cuando también las instituciones universalizan esas innovaciones, entonces la vida en común y el mercado funcionan y son lugares hermosos para vivir.

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