La otra mitad del verso

La otra mitad del verso

El signo y la carne/4 – Los profetas ven el futuro de los demás y de Dios, pero para ellos mismos solo ven el presente.

Luigino Bruni

Publicado en Avvenire el 19/12/2021

«El dinero compra el placer y, al mismo tiempo, se convierte en expresión de vergüenza. Esto no se entiende mientras se vea el dinero como un simple medio de pago o un regalo. El amor de la prostituta se compra, pero no la vergüenza de su cliente. Por esa vergüenza, el hombre busca un escondite y encuentra el más genial: el dinero».

Walter Benjamin, Passages, Vol. 1

Dentro de la paradójica historia nupcial de Oseas, resalta la fuerza de su canto de amor. Era un mensaje también para el pueblo, como lo es para nosotros. En nuestras noches y más allá. 

«Por eso yo voy a seducirla, la llevaré al desierto y hablaré a su corazón… Allí me responderá como en su juventud. Aquel día me llamarás “esposo mío”, ya no me llamarás “señor mío” (…) Aquel día haré en su favor una alianza con los animales salvajes, con las aves del cielo (…) Me casaré contigo para siempre» (Oseas 2,16-21). Este diálogo del corazón, una juventud distinta y más hermosa, la reciprocidad entre iguales y no una relación sierva-señor, una nueva alianza que abraza incluso a los animales y a la tierra, una fidelidad capaz de un “para siempre”, despuntan como flor del mal en la hendidura que se abre entre los durísimos versos de acusación anterior (2,4-15) y el capítulo tremendo que viene a continuación. Cuando extrapolamos solo los pasajes de luz, las palabras se vuelven demasiado etéreas y pálidas como para verlas y oírlas. La luz de la Biblia (y de la vida) – y hay mucha – solo la encontramos si sabemos buscarla dentro de su oscuridad. 

Su alba es magnífica porque es la despedida de una noche muy oscura. Su rayo de luz penetra entre las nubes oscuras, puesto que los cielos demasiado límpidos no conocen los colores del arcoíris. Cuando leemos este canto de amor de Oseas desconectado de su contexto escandaloso, se nos escapan sus notas más bellas y verdaderas. Las que nos hablan de un marido, de innumerables maridos y aún más innumerables mujeres que, después de haber traído un día al cónyuge infiel a casa, al día siguiente tienen que salir de nuevo a buscarle, porque ha vuelto al camino equivocado. El profeta Oseas nos regala un encuentro salvífico entre un regreso y una nueva partida, entre una traición y una reconciliación.  Porque así son nuestros encuentros, los verdaderos, con mujeres y maridos, hijas e hijos, amigos y hermanos. Quedarse solo con las páginas de consuelo de Oseas significa sacarlo de la vida para colocarlo, inocuo, en la estantería de los consuelos inútiles, porque son falsos.

Entonces no debe asombrarnos que casi sin terminar de leer, con emoción, este himno de amor, entremos de nuevo en lo más crudo de la vida del profeta: «Me dijo el Señor: –Vete otra vez, ama a una mujer amante de otro y adúltera» (3,1). No sabemos quién es esta mujer, si es la misma del primer capítulo (1,2), es decir su esposa Gomer, la prostituta con la que tuvo que casarse por mandato de YHWH, ni si se trata del mismo relato del primer capítulo con algunas variantes o si ambos pasajes son independientes. Podría tratarse de otra mujer, y en ese caso Oseas habría tenido que amar a dos mujeres infieles (como sostiene, entre otros, Alviero Niccacci, Osea 1-3: composizione e senso). Sin embargo, la mayor parte de los estudiosos cree que esta mujer sigue siendo Gomer. Tal vez, después del repudio de Oseas, Gomer encontró otro hombre, o fue comprada como esclava. o se convirtió en una prostituta sagrada, o sencillamente siguió prostituyéndose – como deja entender el capítulo 1, que nos dice que tuvo tres hijos “de prostitución” (1,2). En todo caso, es difícil no estar de acuerdo con Martin Buber cuando escribe: «El imperativo “ama” es una expresión singular y extraña: ¿es verdaderamente posible mandar amar? ¿es posible pedir que se ame a una persona específica, donde amar se convierte en algo tan concreto? Esta palabra solo puede dirigirse a uno que ya ama» (La fe de los profetas, p. 113). Además, el verbo que usa Oseas para decir “ama” es ahev, que expresa el amor afectivo sentimental entre un hombre y una mujer. No usa la palabra hesed, que habría dado a este gesto una acepción de amor como misericordia.

En cualquier caso, lo verdaderamente importante es que Oseas sigue escribiendo su libro con su carne. Esta mujer, a la que debe admitir a su lado después de nuevas traiciones, o bien otra mujer adúltera a la que debe amar, son una experiencia real e histórica del profeta, gestos concretos y públicos. Pero mientras Oseas obedece el mandato profético y realiza estos gestos paradójicos, absurdos y escandalosos (el adulterio de una mujer casada estaba castigado con la muerte), no conoce el sentido de lo que está haciendo. Lo hace y basta. Son los escribas posteriores y sus discípulos quienes explicarán el sentido de los gestos de Oseas. Él, mientras los realiza, permanece en la ignorancia, y el único lenguaje que comprende es el de la Voz y después el de su carne. Los pasajes de los libros de los profetas donde se explica el sentido de sus gestos, generalmente las segundas partes de los versículos, están escritos por otras manos redaccionales – algo parecido a la explicación de las parábolas en los evangelios –. Los profetas solo conocen la primera parte de sus palabras («Vete otra vez, ama a una mujer …»). La segunda («como ama el Señor a los israelitas, a pesar de que siguen a dioses ajenos, golosos de tortas de uva») solo la conocemos nosotros.

Los profetas son un verso amputado. Ven y explican el futuro de los demás y el futuro de Dios, pero de ellos mismos solo consiguen ver el presente, y de este modo se nos parecen. Por esta razón las antiguas palabras de la profecía nos siguen hablando, eternizan el instante, vencen la vanitas del tiempo: en esto está su única, posible, extraña y buena actualidad. Los detalles de la ejecución del mandato por parte de Oseas, los detalles del precio, son demasiado específicos como para ser solo un mensaje teológico: «Me la compré por quince pesos de plata y un homer y medio de cebada» (3,2). Como en la compra del campo de Jeremías en Anatot (c. 32), cuando los profetas nos revelan precios y cantidades nos están dando palabras encarnadas en su vida. Y para aquellos (como yo) que se ocupan por oficio de la economía, es fuerte ver a un profeta que usa el lenguaje de la economía y los contratos para los hechos más solemnes. También en este caso la Biblia nos descentra, pues invierte el orden natural de las cosas. Nosotros estamos acostumbrados a pensar que para las cosas verdaderamente importantes el contrato y el dinero son un lenguaje demasiado pobre, y recorremos al don y a la gratuidad. La Biblia usa a menudo el don y la gratuidad, sobre todo cuando tiene que hablarnos de Dios. Pero para los actos humanos verdaderamente decisivos – desde la compra de la tumba de Sara por parte de Abraham hasta los dos denarios del buen samaritano – no usa el don, sino contratos y dinero. Y de este modo sigue amaestrándonos para la vida.

El precio pagado por Oseas (no sabemos si a la mujer o, más probablemente, a su hombre) equivale a unos 30 siclos de plata, que era el precio de un esclavo, el rescate de una mujer que había terminado en la esclavitud por deudas, o el coste de una prostituta sagrada. Pero estamos ante otro vuelco de la naturaleza ordinaria de las cosas. En el mundo antiguo, el dinero entraba en las relaciones íntimas entre hombres y mujeres en la dote o en la prostitución. Aquí el texto nos dice que Oseas no está pagando una dote, porque el pago parece tener un objetivo bien concreto: «Y le dije: –Muchos años vivirás conmigo; no te prostituirás ni estarás con hombre alguno, ni yo estaré contigo» (3,3). Así pues, Oseas paga a la mujer para que no se prostituya. Aquí el dinero desempeña una función opuesta a la habitual. La Biblia sabe que el dinero puede lograr casi todo, que puede comprar incluso la vida y la muerte. Por eso, más tarde, otro lo puso al lado de Dios, reconociendo a mammona una naturaleza (casi) divina (Mt 6,24). Pero este gesto insólito de Oseas nos dice también otra cosa: el dinero, el mismo dinero, puede servir para comprar personas o para liberarlas. Hoy como ayer, junto a los hombres que pagan por esas antiguas prestaciones, hay otros hombres y mujeres que dedican todas sus energías y su dinero para liberar a muchas hermanas de Gomer de esos caminos, siempre demasiado abarrotados.

Oseas paga a su mujer para que se abstenga de las prostituciones y de toda relación sexual, incluso con el mismo Oseas («ni yo estaré contigo»). Después, también en este caso, alguien nos ha explicado el sentido del gesto de Oseas: «Porque muchos años vivirán los israelitas sin rey y sin príncipe, sin sacrificios y sin estelas» (3,4). Siglos después de Oseas, recordando el éxodo o el exilio babilónico, alguien explicó el significado del loco gesto del profeta. Y a continuación concluyó: «Después volverán a buscar los israelitas al Señor, su Dios» (3,5). El uso del verbo jasab (estar sentados) es frecuente en la Biblia para describir la condición del exilio: «Junto a los canales de Babilonia nos sentamos (jasabnu)» (Salmo 137). El exilio fue también, sobre todo, un tiempo del que nació un nuevo amor, una nueva alianza, una nueva fe. Los hebreos se vieron derrotados, sin rey, sin sacrificios y sin culto. En aquel tiempo sin templo, en el silencio de la política y la religión, renació una nueva fe y un nuevo pacto, que no habrían renacido sin la noche del culto y el poder, sin la noche de Dios. Aquel exilio, no querido ni buscado, se convirtió en un tiempo de gracia.

Después de una grave crisis personal o comunitaria, antes de poder comenzar una etapa mejor, hace falta el exilio con su típica pedagogía. Para aprender una nueva fe, una nueva vida y un nuevo Dios hace falta el eclipse de la vida anterior y del Dios anterior. Para recomenzar no hay que pasar de inmediato a la etapa postcrisis, hay que atravesar esta tierra media, donde aprender a ser de nuevo, donde, sin templo y sin palacio, mantener la esperanza de volver a escuchar la primera voz. Los templos, religiosos y laicos, se llenan demasiado aprisa de objetos sagrados que acaban restando espacio a la única cosa necesaria: la sutil voz de silencio. Y si cada cierto tiempo no llegara Nabucodonosor a destruir nuestro templo, seguiríamos eternamente entreteniéndonos con las cosas de Dios y no oiríamos nunca al Dios de las cosas. Demasiadas crisis no se superan porque la prisa por volver a empezar devora este tiempo intermedio del exilio, el silencio, la pobreza, el vacío y la libertad. Sin el exilio no tendríamos la Biblia, y la memoria de los profetas se habría perdido. Sin su oscuridad no habríamos visto y seguido ninguna estrella. En el exilio se aprende la Navidad.


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