Sin mercado no hay libertad. El mercado por sí solo no da felicidad

Consumo - Léxico para una vida buena en sociedad/14

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 29/12/2013

Logo nuovo lessicoLa centralidad del consumo no es un hecho inédito ni típico de nuestra sociedad. Pero sí que es nueva y relevante nuestra incapacidad para darnos cuenta del grado de penetración de la cultura del consumo y de las rentas, característica común de muchas civilizaciones muertas. El fenómeno del consumo tiene raíces muy antiguas. Por lo general, se trata de una cosa buena, ya que cuando se niegan los bienes para el consumo también se niegan los derechos y las libertades.

El homo sapiens no consume únicamente para sobrevivir, sino que siempre ha utilizado los bienes, además de las palabras, para hablar. Tal era el caso de las perlas que se ofrecían como regalo a los pueblos venidos del mar, o el panettone que encontramos la mañana de Navidad a la entrada de casa después de haber colgado la noche anterior una felicitación en la puerta de nuestros nuevos vecinos. Estas dos ‘cosas’ hablan antes aún que nuestras (tímidas) palabras.

Pero las civilizaciones anteriores a la nuestra aprendieron, a veces pagando un alto precio, que el consumo de cosas hay que educarlo, orientarlo y limitarlo. En la cultura medieval esta verdad estaba muy presente. No hay más que recordar las ‘leyes suntuarias’ de las ciudades medievales, que eran normas que limitaban el consumo de bienes de lujo y regulaban desde la largura de la cola de los vestidos (que podían alcanzar varios metros) hasta la altura de las torres y campanarios.

Normalmente hoy se interpretan estas antiguas leyes desde un punto de vista puramente moralista. En realidad, contenían un mensaje válido también hoy, si partimos de la constatación empírica y no ideológica, del daño individual y colectivo que produce el consumo inmoderado, ilimitado y desenfrenado sobre todo de esos bienes que los economistas de hoy llaman ‘bienes posicionales’. Hay algunos bienes de consumo que no se compran por el típico uso del bien, sino para compararse y competir con los demás, o para ‘posicionarse’ en la jerarquía social. Ayer se usaban vestidos, casas y carrozas para competir y rivalizar con los ‘competidores’ de la ciudad. Hoy estos ‘bienes posicionales’ han aumentado con desmesura y ya no se trata sólo de automóviles y barcos de lujo, sino también de smart-phones y de muchos otros bienes que consumimos para competir y compararnos con los demás.

Dediquemos unas líneas al consumo de los nuevos bienes tecnológicos que estimulan nuestra fantasía, a los que asociamos con una imagen postmoderna y ‘smart’ y por los que estamos dispuestos a hacer horas de cola delante de las tiendas cuando se lanzan nuevos modelos. Si miramos estos consumos un poco más en profundidad, podremos descubrir algunas cosas de las que tal vez no se habla lo suficiente. En primer lugar tomaremos conciencia de que estos nuevos bienes de consumo son fruto de una potentísima industria que mueve capitales inmensos y que mientras es postmoderna en cuanto al tipo de bienes, es muy tradicional en cuanto a la evasión fiscal. Una enorme inversión en publicidad potencia este consumo y lo coloca en el centro del sistema capitalista, que crece alimentándolo.

Los efectos colaterales de esta gran ‘maquinaria posicional’ son muchos. El primero es el empobrecimiento de las clases más frágiles, que derrochan en consumos posicionales sus cada vez menores ingresos. Es impresionante el crecimiento de la usura entre los pobres para permitirles comprar estos nuevos ‘bienes’ de consumo que acaban por robarles el pan a los hijos. Un segundo efecto tiene que ver con el desplazamiento de recursos que la enorme inversión en la mejora de la eficiencia y el confort de teléfonos móviles y tablets produce con respecto a otros sectores ‘no posicionales’ o comunes (por ejemplo, el arte) o en los que no hay suficiente retorno económico pero son fundamentales para la calidad moral de nuestra sociedad (por ejemplo, las enfermedades raras). Un tercer efecto afecta directamente a nuestro bienestar. Hay muchos estudios, entre otros los del premio Nobel Daniel Kahneman, que nos muestran desde hace más de diez años que el dinero y las energías gastadas en consumos posicionales proporcionan un aumento de placer que dura lo que dura la experiencia de la novedad, es decir unos pocos días (teléfonos) o unos pocos meses (automóviles y casas).

Deberíamos ser conscientes de que muchas de las innovaciones en los sectores de las nuevas tecnologías tienen como principal objetivo aumentar la dimensión de ‘confort’ de estos bienes, reduciendo la dimensión de ‘creatividad’ (siempre que esté presente). Por muy simpáticas y cómodas que sean, las aplicaciones móviles y las tablets reducen nuestra participación en el proceso que va de la producción al consumo de bienes y servicios, y reducen la creatividad y la felicidad, como empezamos a ver también en los niños. No siempre, pero sí muchas veces. “Uso el callejero en lugar del navegador para no perder habilidad”, me confió un día un taxista romano. En otras palabras, la revolución tecnológica de última generación está, al menos en esta fase, aumentando nuestra tendencia a ser consumidores y no productores ni trabajadores. Otra cosa es cuando las nuevas tecnologías, aplicaciones y tablets aumentan la creatividad productiva y el uso de los bienes comunes.

No se trata de poner en duda la importancia de estos nuevos bienes, sino de usar el pensamiento crítico y tomar nota de que las grandes multinacionales usan las innovaciones tecnológicas no para aumentar la creatividad y la autonomía de los ciudadanos, sino para crear cada vez más confort y más consumidores que sustituyan rápidamente unos bienes que deben envejecer aún más rápidamente. Por eso debemos hacer de todo lo que esté en nuestra mano para que la revolución de las nuevas tecnologías no nos mantenga encerrados en casa, 'entretenidos’ y cómodos. La calidad de las democracias dependerá mucho de nuestra capacidad para no encargar las nuevas tecnologías sólo al capitalismo lucrativo, sino para considerarlas como nuevos derechos de ciudadanía, accesibles a todos, sobre todo a los más pobres, y regular su uso y su gestión como ocurre hoy con los bienes de utilidad pública. Así como potenciar la dimensión de don y de gratuidad siempre presente también en estos nuevos bienes de consumo, contrarrestando la fuerte tendencia a privatizar y mercantilizar los nuevos bienes tecnológicos (el uso gratuito de redes wifi en nuestras ciudades, estaciones y aeropuertos está en preocupante disminución).

La historia (desde el imperio romano hasta el final del Renacimiento) nos dice que las sociedades progresan cuando las personas orientan su naturaleza competitiva y agonista hacia la producción y el trabajo; pero se degradan y caen en trampas de pobreza cuando compiten principalmente con el consumo y por las rentas que lo hacen posible sin trabajar. Cuando para decir quiénes somos y ser estimados, trabajamos más y mejor, la dinámica social produce bienestar para todos, ayer igual que hoy. Cuando, por el contrario, compramos el último automóvil de lujo o el nuevo modelo de tablet para obtener el aprecio (¿o la envidia?) de los demás, nuestras relaciones se hacen estériles, caemos en dilemas sociales, a la larga nos envilecemos y sobre todo invertimos nuestros recursos en formas y lugares improductivos. Entre otras cosas, porque la lógica posicional niega la naturaleza auténtica y civil del mercado, que no es competición deportiva sino mutuo provecho (A. Smith), mutua asistencia (A. Genovesi).

Para terminar, en los países latinos, donde todavía está muy viva la arcaica ‘cultura de la vergüenza’ y de la ‘buena fama’, caemos más fácilmente en estas trampas posicionales. Como nos mostró en primer lugar Amintore Fanfani (que fue un notable historiador de la economía), en las sociedades de matriz católica y comunitaria las personas tienden a competir consumiendo, mientras que en las sociedades nórdicas, protestantes e individualistas, compiten sobre todo produciendo y trabajando. El capitalismo actual ha fundido, con un golpe de genio (todavía inexplorado), lo ‘mejor’ de estos dos humanismos, dando vida a una cultura del consumo individualista y posicional, que nos está empobreciendo y entristeciendo. “La felicidad – me susurraba en Nochebuena, con un hilo de voz, mi viejo maestro Giacomo Becattinino está en consumir muchos bienes. La felicidad está en poseer gozosamente algunos bienes, después de haberlos producido gozosamente”.

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