El giro del Concilio Vaticano II, una Iglesia que se abre al mundo

El giro del Concilio Vaticano II, una Iglesia que se abre al mundo

Ánima económica/10 - ¿Cómo se conformó la doctrina social católica y cómo se renovó la mirada solidaria hacia la humanidad?

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 15/03/2026

Hay momentos de la historia, de las pequeñas y las grandes comunidades, en que de repente nos encontramos encima de una colina, sobre la que toca decidir rápido por qué ladera se quiere seguir caminando. Es la decisión entre ser los últimos de un mundo que se está terminando o ser los primeros de otro que está por empezar. La primera es poco arriesgada y tranquila, la segunda es de alto riesgo, pero capaz de futuro. El Concilio Vaticano II, puesto por la historia en una de estas colinas de la iglesia, terminó en la ladera de lo nuevo: una buena dirección, hija de una decisión colectiva, pero sobre todo, una resurrección.

Hoy termina esta serie de diez capítulos sobre la historia de la Doctrina Social de la Iglesia. Fue una serie difícil de escribir, y posiblemente de leer, sobre todo los primeros capítulos, cuando recorrimos la genésis de la Rerum Novarum, de la Quadragesimo Anno y de las convergencias entre la ‘tercera vía’ deseada por la iglesia católica y aquella realizada por el corporativismo fascista. Agradezco a los colegas que escribieron artículos, algunos publicados en este periódico, para criticar cortésmente mis tesis. El objetivo principal del que hace este trabajo es plantear preguntas, suscitar debates y activar procesos, esperando que las preguntas sean buenas y los procesos generativos. Finalmente, hemos llegado al papa Juan XXIII y al Concilio Vaticano II. Aquella reunión de obispos, cardenales, sacerdotes, unos pocos laicos y poquísimas mujeres oyentes, fue capaz de no estorbar el soplo del Espíritu. Fue una auténtica, poderosísima y larga ‘conversación en el Espíritu’, sin facilitadores profesionales y sin las técnicas de la consultoría. No olvidemos nunca que la Iglesia, con todas sus comunidades, tiene dinámicas que se parecen a las de las empresas e instituciones, pero en la Iglesia hay una pequeña dosis de diversidad, pequeña como un grano de mostaza, y que sin embargo convierte a la sociología de las comunidades cristianas en algo único y específico. Y cuando olvidamos esto, todo se aplana y se banaliza, y desaparece toda profecía. Aquellos hombres, muchos de los cuales expresaban la visión de la Iglesia y de la sociedad del antiguo régimen, se vieron envueltos en una auténtica epifanía del Espíritu, entre las más grandes de la historia de la Iglesia, que les dio la capacidad de escuchar a los profetas de su tiempo. No pudieron resistir a la buena tempestad del Espíritu Santo que se desató en el Vaticano durante algunos momentos y algunas sesiones de aquel extenso concilio de dos pontificados. Todos, progresistas y conservadores, quedaron totalmente envueltos, y es algo parecido a lo que vivió el profeta Ezequiel en el valle de los huesos secos: esos huesos católicos resecados por siglos de Contrareforma y de lucha contra la modernidad, conocieron de nuevo la vida: “El Señor dice: ‘¡Ven de los cuatro vientos, oh Espíritu, y sopla sobre estos cuerpos muertos, para que puedan volver a vivir!’”. “El Señor dice: ‘He aquí, abriré sus sepulcros y los levantaré de nuevo, pueblo mío’” (Ez. 37:5-12). No entendemos el Concilio sin tomar en serio esta “resurrección colectiva” ocurrida dentro de los muros del Vaticano, pero otra piedra rodó – podría no haber estado ahí, quizás no debía estar, pero estuvo –, y aquellos padres fueron más grandes que sus eclesiologías y sus teologías. Y hoy nosotros no debemos olvidar aquella resurrección, ya que ante la falta de profetas o ante la falta de quienes los reconozcan y escuchen, caemos en la ilusión de que serán las metodologías y las técnicas empresariales las que van a llenar ese gran vacío de profecía.

Un protagonista de aquel profundo cambio conciliar, hoy alguien no recordado y valorizado lo suficiente, es el padre Louis-Joseph Lebret (1897-1966), dominicano francés. Su formación en teología y en economía, su gran relación y conocimiento de América Latina y de muchos pueblos “en vías de desarrollo”, su sensibilidad y su carisma personal, fueron esenciales para le Gaudium et Spes (1965) y para la Popolurum Progressio (1967) de Pablo VI. No era un académico, por el contrario tenía una fuerte aversión hacia el mundo del análisis abstracto. En 1941 fundó la asociación Economie et humanisme, una revista y un verdadero centro de estudios internacional que generó ideas, investigaciones de campo, análisis inductivos, gráficos, datos y, sobre todo, nuevas categorías y nuevas narrativas sobre la pobreza y el desarrollo de los pueblos: “Economie et Humanisme es un compromiso ante la miseria del mundo, un acto político de misericordia, entendida ésta en el sentido evangélico y etimológico. En la palabra misericordia está el corazón y la miseria: la condición del corazón angustiado en la miseria, la tensión de la voluntad por restablecer la justicia frente a las miserias inmerecidas” (Economie et Humanisme, 1944).

Lebret se incorporó tarde al grupo de “peritos” del Concilio (marzo 1964), y su participación “no fue algo que se daba por descontado” (M. Dau, L.J. Lebret, 2025, p. 281), pero fue indudablemente una participación decisiva, sobre todo en los párrafos sociales, económicos y políticos de la Gaudium et Spes, y de manera general en la metanoia que vivió la iglesia respecto al mundo. En su Diario, Lebret describía su trabajo en el Concilio: “El trabajo serio se hace en las reuniones restringidas, mediante las cuales se da una apertura a la realidad del mundo, que tristemente es todavía algo muy lejano para muchos obispos” (21 de octubre de 1964). En una nota suya sobre los ‘signos de los tiempos’ de octubre de 1964, escribía: “El mundo espera que los cristianos, llenos de caridad inteligente y marcados por la fidelidad al Evangelio, sean pioneros eficaces del desarrollo universal, de la mano de los hombres de buena voluntad” (en M. Dau, p. 284).

La primera elaboración del Esquema XIII recibió muchas críticas en la sesión plenaria. Labret empezó a trabajar en las casi 20.000 propuestas y mociones de los padres, en Ariccia, con 29 padres conciliares, 38 expertos y una docena de laicos: “Es una enorme felicidad encontrar viviente a la iglesia, en busca de comunión con la humanidad”, escribía en su diario el 4 de febrero de 1965. De junio a julio de ese año, pese a estar hospitalizado, Labret comentaba los bocetos del documento y expresaba cierto descontento por la poca atención que se ponía “en lo que hay de válido en el pensamiento moderno y contemporáneo, a menudo no cristiano, y del que muchos hombres hoy están impregnados. No se tienen suficientemente en cuenta las diversas investigaciones…Lo mismo en lo que respecta al socialismo, los existencialismos, las filosofías de los valores, las reacciones antirracionales del mundo árabe y del africanismo… Así, algunos cristianos se sentirán decepcionados, cuando la primera parte de la Introducción podía darles esperanza” (en M. Dau, p. 286). Lebret veía y volaba más alto que el ‘vuelo’ del Concilio, que ya a muchos les parecía demasiado “loco”. El 6 de diciembre de 1965, el Esquema XIII fue aprobado por amplia mayoría, con el feliz nombre de Gaudium et Spes.

El cardenal Poupard dirá en 1986: “Para Pablo VI, el padre Lebre fue un hombre que vino del futuro para ayudar a sus contemporáneos a dejar ir las visiones obsoletas que, al mirar hacia atrás, no podían ingresar al futuro”. Un giro total de la mirada: finalmente se deja de buscar atrás la tierra prometida y se la empieza a esperar en horizonte del día de mañana. Por otro lado, Lebret estaba fuertemente convencido de que no era suficiente la “caridad”, porque era “necesario trabajar para cambiar las estructuras” (en Dau, p. 288). La idea de la justicia social anterior al Concilio llevaba a abordar la pobreza a través de la caridad (más bien la limosna) de los ricos, que después de la obra de caridad seguían siendo ricos: empezaba el tiempo de la invitación a cambiar las estructuras económicas y sociales del mundo, por lo tanto a discutir las razones profundas de la desigualdad.

Lebret ha escrito bellísimas páginas proféticas. Una de las más conmovedoras es de 1943, en plena guerra mundial: “Todos estos hombres juntos. Los empiezo a mirar. Miro a uno y después a otro. Los miro individualmente y en grupo. Al final me encantan’’. Estamos ante una descripción que se parece a la de un gran despertar: después de varios siglos de sueño antropológico, en Lebret y en otros profetas, la Iglesia se despierta, abre los ojos y ve por fin al hombre de su época en toda su belleza: “Hay mucha grandeza en el hombre, mucha belleza. Podemos sentir que no es una criatura como las otras. Su estatura, su porte, son diferentes. Mirar los gestos de los hombres, observar sus habilidades, es un placer, es lindo de ver. Pero lo que gusta, lo que más atrae de ellos – incluso en los que parecen más degradados y más dominados – es una mirada que de golpe desvela el secreto de una existencia. A veces es solo una mirada de crueldad y maldad, pero es raro que no se vea en ciertos momentos una gran limpidez, una gran pasión, un gran ideal. Todo eso se entiende en un instante, y quedas profundamente conmovido” (El descubrimiento del hombre concreto). Toda la Iglesia queda conmovida después de esta nueva mirada, y nos seguimos conmoviendo con él – debemos hacerlo.

Quiero terminar esta serie y este artículo con el “Proemio” de la Gaudium et Spes, en cuya última elaboración contribuyó el gran teólogo moral Bernhard Häring. Es uno de los textos más bellos y elevados de la historia moderna de la Iglesia, que indica un horizonte luminoso que todavía tenemos delante de nosotros, y que nos sigue llamando: “Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez alegrías y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria con el género humano y su historia”. Es el beso de amor de la Iglesia a la humanidad.


Me queda solamente agradecer a Marco Girardo, por su confianza y el coraje de publicar estos artículos complicados. Un agradecimiento que extiendo a Francesco Ognibene, a Massimo Calvi y a toda la redacción de Avvenire, un periódico-comunidad que ya forma parte de mi investigación y de mi trabajo. Gracias a ustedes, amigas y amigos lectores, una compañía convertida en consuelo.


Imprimir   Correo electrónico

Articoli Correlati

Economía y catolicismo italiano, un siglo y medio de “cosas nuevas”

Economía y catolicismo italiano, un siglo y medio de “cosas nuevas”

El gusano del capitalismo

El gusano del capitalismo

Una Navidad entre ausencia y nueva espera

Una Navidad entre ausencia y nueva espera

La pasión y los intereses

La pasión y los intereses

Jóvenes, el paraíso de los viejos

Jóvenes, el paraíso de los viejos

La fraternidad del trabajo

La fraternidad del trabajo