Las guerras ya no vuelven a ser justas

Las guerras ya no vuelven a ser justas

Editorial – Desde la Biblia hasta los Padres de la Iglesia, los textos antiguos son usados fuera de contexto para atacar la línea del actual magisterio: una lectura que ignora la evolución de una doctrina que llega hasta el rechazo del conflicto como solución

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/04/2026

En la Biblia se lee que “no hay Dios” (Salmos 14:1). Y si un ateo de hoy o de ayer tomara esta primera parte del versículo para fundamentar su propia doctrina sería, como mínimo, bizarro. Porque con sólo completar el versículo bíblico descubrimos el truco: «“No hay Dios”, dice el necio». Pero operaciones de este estilo se estuvieron leyendo estas últimas semanas en algunos artículos (Giuliano Ferrara en Il Foglio y Antonio Socci en Libero), que usan el Evangelio, la historia de la Iglesia y los escritos de San Agustín para fundamentar sus críticas al “pacifismo” de la Iglesia en estos tiempos de guerra, recurriendo al “fuego amigo” que más usan los críticos de la Iglesia. Sabemos muy bien que la Biblia está llena de palabras que justifican la violencia, la guerra, la venganza: “Bienaventurado el que agarre a tus niños y los estrelle contra las rocas” (Sal 137:9). Por eso no sorprende que siempre haya habido, y que haya todavía, personas que toman estos y otros textos para, religiosamente, justificar guerras y violencia. Algún jefe político y militar quiso incluso usar ciertos versículos del capítulo 9 del Libro de Ester para darle un sello sagrado a la guerra de Gaza.

Ferrara recurre a la frase evangélica “Dádle al César…” (que en los Evangelios encontramos en un contexto polémico muy alejado de la guerra y de la paz) para afirmar con una certeza ética grotesca que “ese cuento de que la Iglesia Católica es pacifista es una estupidez enorme”. Y para demostrar su tesis, Ferrara cita una larga serie de episodios donde la Iglesia fue “nacionalista e incluso belicista, hasta nuestros días”: la alianza constantiniana, los bárbaros, la querella de las investiduras, “la formidable época guerrera del 1500”, el conflicto entre Lutero y la Contrareforma, la batalla de Lepanto, etc. El fundador de Il Foglio hubiera podido llenar todo el número de su periódico con una lista de hechos y palabras no pacifistas de la Iglesia a lo largo de su historia, y nosotros podríamos llenar otro número completo de nuestro periódico. Pero la pregunta crucial es claramente otra, y muy diferente: ¿qué demuestran estos hechos históricos? ¿Qué hacer de las guerras religiosas del pasado? ¿Podemos usarlas para afirmar que la Iglesia de hoy no puede estar en contra de la guerra? La cuestión tiene que ver directamente con el más común y peligroso de los errores de los periodistas que hacen uso de la historia: el anacronismo, un error en el que ambos excelentes polemistas cayeron con todo. Y el error del anacronismo, como sabe cualquier historiador, anula todo el valor de un artículo que se presenta como histórico, porque es un error fatal que se parece mucho a ese primer versículo del Salmo 14 leído a medias, distorsionando el sentido (significado y dirección).

Socci escribe: “Una reflexión respetuosa y profunda sobre algunas páginas de San Agustín relativas a la guerra, podría llevar a un acuerdo o, al menos, a un acercamiento”, entre Trump y el papa León XIV sobre la guerra en Irán. Hay que ser atrevido para aconsejarle a un papa agustiniano tener una “reflexión respetuosa y profunda” sobre San Agustín, y luego afirmar que ese mismo papa agustiniano debería cambiar de postura respecto a la guerra estudiando mejor a San Agustín. Solo la hybris ideológica puede provocar semejante absurdo. Y si después vamos a leer aquel texto de Agustín que debería provocar la reconciliación entre el Papa y Trump (Carta 189, escrita en el año 417 al general Bonifacio), nos damos cuenta de que contiene tesis que están presentes en la gran mayoría de los teólogos medievales, o sea, ninguna exclusivamente agustiniana. Por lo tanto, también en este artículo el tema central es otro: la pretensión de que la tesis de un teólogo —aunque sea uno de los más destacados— del siglo V pueda servir de base ética para criticar hoy la legitimidad de la postura de un Papa. Una idea que es, por lo menos, extraña, si pensamos que nos encontramos en un ámbito moral (Agustín no está hablando de la “Trinidad”), donde la doctrina de la Iglesia ha cambiado continuamente y sigue evolucionando – San Pablo en la Carta a Timoteo no discute la institución jurídica de la esclavitud, ¿y vamos a usar nosotros aquella carta para reinstaurarla? La doctrina moral (y teológica) de la Iglesia crece y cambia con la Iglesia y con la humanidad, si no lo hiciera se traicionaría a sí misma, su naturaleza y su misión histórica. Y así, con este ejercicio anacrónico, Socci termina su artículo evocando la doctrina medieval de la “guerra justa”, porque “Agustín enseña que se puede hacer la guerra para construir la paz”, olvidando o ignorando así que en la historia de la Iglesia, después de San Agustín y de Santo Tomás, vino el Concilio Vaticano II, luego el papa Juan – la guerra es algo «alienum est a ratione» (Pacem in Terris) –, y luego la encíclica Fratelli Tutti de Francisco, quien, en línea con el Catecismo, declara terminada la era de la guerra justa: “Ya no podemos pensar en la guerra como solución. Ante esta realidad, hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra!” (258).

Si alguien quiere rebatir una tesis moral y social de la Iglesia actual puede, obviamente, usar textos y tesis antiguas, siempre que sean el punto de partida, y no el de llegada; que sean el inicio, y no el desarrollo del argumento. Porque esos autores lejanos pensaban y vivían en un contexto ético y social demasiado diferente al nuestro, como para que sus interpretaciones sobre la paz y la guerra puedan ser usadas para contradecir o confirmar las de la Iglesia de hoy. “En la primavera del año siguiente, que era la época en que los reyes salían a la guerra…”, se lee en el Segundo Libro de Samuel (11:1). En aquel mundo, de hecho, “los reyes acostumbraban a salir a la guerra”, y así fue durante muchos siglos. Pero en nuestro mundo muchos reyes ya no van a la guerra, gracias también a la maduración del humanismo bíblico y evangélico. La Biblia y la Iglesia crecen y cambian con la historia, aprenden de ella. Plantaron sus semillas en los surcos de la historia, que a su vez se contaminaron con otras semillas y produjeron con el tiempo culturas, palabras, derechos, democracia y libertades que hoy, éticamente hablando, nos hacen sentir incómodos cuando encontramos en la Biblia, en los Evangelios, en los doctores y los padres de la Iglesia palabras que ya no usaríamos más: una vergüenza ética y espiritual generada por palabras de la misma Biblia. Cuando se olvida o se ignora esta maravillosa regla de oro del movimiento moral y espiritual de la historia, la Biblia, los santos y los teólogos se transforman en momias, incapaces de pronunciar palabras vivas y buenas. Les impedimos crecer, las condenamos a la irrelevancia o las dejamos expuestas a los peores abusos. Toda generación de cristianos llega al mundo con una Biblia y con una ética, y lo deja con otra Biblia y otra ética. Entre la Biblia, Agustín y nosotros hay largos siglos de amor y de dolor de millones de hombres y mujeres, están Ildegarda y Francisco, Dante y el Humanismo, Pico y Giordano Bruno, Kant y Nietzsche, los Lager y los Gulag, Hiroshima, el 11 de septiembre, los niños de Gaza. Todo esto la Biblia no lo sabía, no lo sabían los Evangelios, no lo sabía Agustín, ni tampoco Jesús. Pero nosotros lo sabemos, lo sabemos muy bien, lo hemos aprendido y ya no lo podemos olvidar.

Credit Foto: © Diego Sarà

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