Una Iglesia que entra en la Historia. Entre justicia social y subsidiariedad

Una Iglesia que entra en la Historia. Entre justicia social y subsidiariedad

Ánima económica/4 – El proyecto de una creíble alternativa cristiana al socialismo y al liberalismo dentro de su propia época y absorviendo las tensiones

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/02/2026

Después de la publicación de la Rerum Novarum, la práxis económica, política y social de los católicos tuvo una primavera multicolor y animadísima. Se multiplicaron las asociaciones obreras, las mutuales, los sindicatos católicos y, sobre todo, explotaron las cooperativas y las cajas rurales. Los efectos de la encíclica fueron desmesurados con respecto a lo que se preveía, porque la realidad es siempre superior a la idea de la realidad, y se impone con una libertad indómita. En el plano de las ideas, economistas y sociólogos católicos dieron vida a una nueva e intensa temporada de estudios, periódicos e instituciones culturales. Su gran precursor en Italia fue Giuseppe Toniolo, el economista más influyente en la Iglesia post Rerum Novarum, y el intérprete más importante de las “partituras” de León. Las mejores contribuciones científicas que Toniolo produjo en el ámbito de la historia económica se dieron en la primera parte de su carrera (los años 80’ del siglo XIX). Sin embargo, su trabajo como economista teórico fue modesto, y no fue apreciado por los mejores economistas – en 1909 Pantaleoni le escribía a Pareto: “En Pisa la Economía fue asesinada por el buen Toniolo”.

Su lectura de la historia era perfectamente coherente con la de León y el neotomismo. El punto de quiebre y de inicio del declive italiano y europeo es identificado con el Humanismo, al que intepreta como un fenómeno pagano y como una decadencia de la escolástica. El siglo XV sería entonces el momento en que se cometió el gran error, cuando se efectuó “la transición de la Edad Media cristiana a la Edad Moderna, del orden social elaborado por la Iglesia al orden social humano de la pura razón” (1893). Con el Humanismo el fin “es el hombre, en quien prevalece inevitablemente la utilidad, lista para degenerarse en egoísmo”. El crecimiento del hombre es interpretado como una disminución de Dios (y viceversa), como si el juego humano-divino fuese un juego de suma cero (-1/+1), una tesis que tristemente se encuentra mucho en el pensamiento católico de la Contrareforma.

Se llega a crear así una convergencia natural entre el Toniolo historiador de la economía florentina, centrada en los gremios de artesanos, y León XIII, que señalaba a esas instituciones medievales como la solución a la lucha de clases socialista y como superación del individualismo liberal. Esta tendencia restauradora del pensamiento de Toniolo fue observada también por Alcide De Gasperi: “En la urgencia de oponer al futuro Estado socialista un ideal cristiano valoró quizás de forma exagerada la democracia comunal y corporativa del medioevo: los aspectos luminosos de una época de la que no se habían destacado suficientemente las sombras” (1949). La búsqueda de una ‘tercera vía’ fue por lo tanto el gran proyecto de Toniolo y de su escuela, convencido de que la reconstitución social cristiana podría haberse logrado solo si los católicos hubieran tenido la precaución de “combatir, por un lado, la economía individualista y liberal, y por el otro la economía panteísta o el socialismo de Estado” (1886). No nos sorprende entonces que el padre Agostino Gemelli, fundador de la Università Cattolica del Sacro Cuore, titulara ‘Medievalismo’ al primer artículo de ‘Vita e Pensiero’, un texto que empieza con estas palabras: “Este es nuestro programa: nosotros somos medievalistas”. Y continuaba: “Me explico, nosotros nos sentimos profundamente distanciados, más bien enemigos, de la llamada ‘cultura moderna’” (1914).

Entre tanto, Pío X había ascendido al trono papal en 1903, y luego Benedicto XV en 1914. Sus grandes temas fueron la reacción al modernismo y la Primera Guerra Mundial (‘la inútil masacre’). El combate de Pío X contra el modernismo, definido como “la síntesis de todas las herejías” (Pascendi Dominici Gregis, 1907), es la expresión perfecta de la línea anti-moderna iniciada en el siglo XIX por sus predecesores. Pío X usó muchos recursos para esta pelea, creó una nueva estructura de inquisición para detener la epidemia, la Sodalitium Pianum, una red secreta de inspectores para identificar y señalar a teólogos con aires de modernismo. Pío XI fue, por el contrario, el que continuó explícitamente la doctrina sobre la cuestión social. La mejor ocasión fue el aniversario de la Rerum Novarum, la Quadragesimo Anno (1931), una encíclica que, tal como subrayaba el padre Gemelli, “no es solamente la más solemne exaltación de la Rerum Novarum, y su más autorizado comentario, es sobre todo un desarrollo orgánico”. Pío XI define a la Rerum Novarum como la ‘magna carta’ (QA §39) del orden social, porque había indicado un nuevo camino a las masas obreras “sin recurrir al auxilio del liberalismo ni del socialismo, el primero de los cuales se había mostrado absolutamente impotente para dirimir de manera adecuada la cuestión social, y el segundo, puesto que propone un remedio peor que el mismo mal, habría arrojado a la humanidad a más graves peligros” (§10). Pío XI reafirma entonces la visión social de la Iglesia como una tercera vía que quiere “evitar con todo cuidado dos escollos contra los que se puede chocar” (§46), navegando entre Escila (Liberalismo) y Caribdis (Socialismo): «Incidit in Scyllam cupiens vitare Charybdim» (Liberatore, 1889). Se retoma y se desarrolla el importante “principio de subsidiariedad” ya presente en la Rerum Novarum. Pero Pío XI vuelve a proponer fundamentalmente (§85, 86, 88…) los Gremios de artesanos, la solución de León a la lucha de clases socialista y al capitalismo: “el primer lugar entre estas instituciones debe atribuirse a las asociaciones que comprenden ya sea solo a los obreros, ya juntamente a obreros y patronos” (§29).

Sin embargo, había ocurrido mientras tanto algo extremamente importante. Entre las ‘cosas nuevas’, estaba el fascismo en Italia y, con la ‘Carta del Lavoro’, había entrado en vigor la reforma corporativa del Estado en 1927. Por lo tanto, la economía social corporativa se había vuelto “un aspecto fundamental de la doctrina política renovada y reconstituída por el fascismo” (Gino Arias, p. 5). El corporativismo se fundaba en la tradición aristotélico-tomista: “la doctrina orgánica de la sociedad es aristotélica, concebida como unidad real, distinta de los individuos y de los grupos pequeños que la integran”, escribía el economista Gino Arias. Y en consecuencia “la superioridad del bien público por encima del privado, conceptos ampliamente desarrollados por la doctrina política de Santo Tomás”. El corporativismo se presentaba entonces como la verdadera tercera vía entre el socialismo y el capitalismo: “La economía corporativa es la negación de la premisa hedonista, común tanto en el liberalismo como en el socialismo” (G. Arias, Economía corporativa). Premisas y promesas muy parecidas a las de la joven Doctrina Social de la Iglesia.

En 1929 se celebraron los ‘Pactos de Letrán’ y entonces Pío XI quiso agregarle a la encíclica algunos párrafos sobre la situación italiana, o sea sobre el fascismo y su corporativismo: “Como todos saben, recientemente se ha iniciado una manera especial de organización sindical y corporativa” (§91). Por ende: “Con poco que se medite sobre ello, se podrá fácilmente ver cuántos beneficios reporta esta institución, cosa que hemos expuesto muy sumariamente: la colaboración pacífica de las diversas clases y la represión de las organizaciones socialistas” (§96). Y por último, la nostalgia medieval: “En otros tiempos existió, efectivamente, un orden social que, aun no siendo perfecto ni completo en todos sus puntos, no obstante, dadas las circunstancias y las necesidades de la época, estaba de algún modo conforme con la recta razón. Y aquel orden cayó desde hace mucho tiempo” (§97), de ahí entonces…la satisfacción por su reconstitución.

Textos hoy todavía embarazosos. La Quadragesimo Anno termina alentando, o al menos no desalentando, la adhesión de muchos, demasiados, economistas católicos a la doctrina corporativa fascista. Como Francesco Vito, importante economista joven de la Università Cattolica di Milano: “La economía corporativa es una nueva orientación espiritual de los individuos” (1934). O el padre Gemelli, con una idea todavía más clara: “Desde 1893 hubo tres acontecimientos que se produjeron en el campo social: la promulgación de la Rerum Novarum, la de la Quadragesimo Anno y, hoy, el orden del día del discurso del jefe de gobierno. Tres hechos conectados. El primero, marca la condena cristiana a la desorganización liberal; el segundo, marca la reafirmación de esa condena y su extensión a las últimas formulaciones socialistas; y con el tercero se enuncian los principios según los cuales un Estado moderno, Italia, supera al liberalismo y al socialismo y completa su organización corporativa” (1933). Vitale Viglietti, en su ensayo Corporativismo y Cristianismo (1935) afirmaba que “una concepción semejante, la corporativa fascista, se identifica con la idea social del cristianismo. Y esta es una constatación que debería ser motivo de gran satisfacción para todos los italianos”.

Por último - aunque podríamos seguir con decenas de citas similares -, el padre Angelo Brucculeri, jesuita e importante escritor de la ‘Civiltà Cattolica’ en temas de economía y ética social, escribía: “Hoy el Corporativismo bajo las más variadas formas es un hecho grandioso que colma y caracteriza a nuestro momento histórico… Pero no basta con haber instituido la corporación, es necesario además desarrollar y multiplicar las conciencias corporativas no solo entre las élites, sino también entre las masas” (1934).

Gracias a estas afinidades culturales, el corporativismo fascista encontró poca resistencia en las universidades católicas y pontificias. Casi todos esos profesores que adhirieron a la economía corporativa encontraron después la manera y el tiempo como para deslindarse del fascismo, y algunos se convirtieron en protagonistas de la democracia, la Constitución y la reconstrucción. Pero esa primera etapa de la Doctrina Social de la Iglesia, demasiado preocupada por combatir al socialismo y por moderar al capitalismo, terminó por parecerse mucho a la economía corporativa. El primer paso que dio el humanismo que proponía la Rerum Novarum fue una tercera vía equivocada. Para evitar a Escila y a Caribdis, el barco de Pedró se topó con un escollo mucho más monstruoso.

Imprimir

Articoli Correlati

Un humanismo de las “nuevas realidades” tiene que ganarle a la nostalgia y al miedo

Un humanismo de las “nuevas realidades” tiene que ganarle a la nostalgia y al miedo

La (difícil) tercera vía católica entre capitalismo y socialismo

La (difícil) tercera vía católica entre capitalismo y socialismo

Economía y catolicismo italiano, un siglo y medio de “cosas nuevas”

Economía y catolicismo italiano, un siglo y medio de “cosas nuevas”