La sangre de Europa que cambió la mirada de la Iglesia sobre lo social

La sangre de Europa que cambió la mirada de la Iglesia sobre lo social

Álma económica/8 – De las ruinas morales de las guerras surge un cambio irreversible: el catolicismo relee el pasado y abre el debate con la modernidad

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 01/03/2026

Después de las dos guerras mundiales, el fascismo, el nazismo y el holocausto, la trayectoria moderna de Europa se interrumpió bruscamente. 1945 fue el inicio de algo nuevo para el mundo, y también para la iglesia católica. Ese inmenso dolor, los tantos millones de muertos, el fratricidio entre pueblos cristianos, las dictaduras y el desastre civil que siguió, fueron un shock (religioso también) tan fuerte que lo cambió todo para siempre: las cosas eran verdaderamente nuevas. Ya nada iba a ser como antes. El Vaticano II fue también una flor del mal, una rosa blanca nacida en una tierra ensangrentada, una tierra que no cubrió la sangre de los millones de Job - “¡Oh tierra, no cubras mi sangre, no dejes que se acalle mi clamor” (Job 16:18) -, y no calló sus gritos. Las guerras y las dictaduras, crecidas en las patrias de Kant, de Manzoni, de Lutero, de Erasmo y de San Francisco, fueron un grito tan potente y tan desgarrador que rasgó el cielo y todos los muros. ‘¿Qué Dios después de Auschwitz?’ se convirtió no sólo en el gran tema de la teología y del pueblo judío; también fue necesariamente el tema de los cristianos. No se podía seguir concibiendo al cristianismo, a la fe, a Dios, como si no hubiera pasado nada, o poco. Algo tenía que cambiar, y rápido, si no se quería salir del centro de la historia y convertirse definitivamente en hombres de otros tiempos: “‘¡En mis tiempos…!’. ¿No es este nuestro tiempo? No hay nada peor que ser hijastro del tiempo. No hay destino más duro que sentir que uno no pertenece a su tiempo” (Vasili Grossman, Vida y Destino, 12). La Iglesia sabía que detrás de aquel gran fracaso había muchas razones. Algunos teólogos e intelectuales cristianos escribieron incluso que había sido fruto de las semillas perversas de la modernidad. Pero el sentido más profundo de la fe decía algo distinto: que también la Iglesia debía cambiar, que había esperado demasiado para dialogar verdadera y profundamente con ese ‘hijo difícil’, el hombre moderno, y no le había prestado demasiada atención: “la atención es la forma más rara y más pura de la generosidad” (Simone Weil, Carta a Joë Bousquet, 1942). Y así, algunos católicos intuyeron que aquel fratricidio de dimensiones colosales, aquel luto improcesable por ser demasiado grande, podía, debía, ser un kairos con un mensaje decisivo por descifrar (piénsese en el ‘Codice di Camaldoli’ del verano de 1943).

Y así fue. Llegaron Juan XXIII, Pablo VI y su Concilio, con sus documentos y constituciones, que ya no fueron los de la “restauración del orden” del pasado, sino que inauguraron, después de siglos de una vida casi paralela, un nuevo encuentro con el mundo moderno, que no era otra cosa que el niño medieval convertido en adulto. Y entonces empezaron a mirar de otra manera a la obra de sus predecesores, a la nostalgia de la Edad Media, a los miedos y a las peleas contra la modernidad y el modernismo, al Syllabus, al corporativismo. Esos nuevos cristianos no borraron el pasado, lo miraron a los ojos, sufrieron mucho cuando lo entendieron, y luego recibieron el don de una nueva y diferente lectura. Fue tiempo de una gracia colectiva enorme.

No entendemos el milagro del Vaticano II, la Populorum Progressio y, finalmente, a Francisco, si no tomamos en serio el profundo dolor de la Iglesia por lo que había ocurrido en Europa entre 1914 y 1945. Fue una purificación inmensa. Porque después de lo que pasó aquel viernes de hace casi dos mil años, ya no es posible imaginar una verdadera resurrección sin un verdadero Gólgota. Si hay miedo a mirar de frente a los anacronismos y errores de la iglesia católica de la Contrareforma, y por tanto del siglo XIX y parte del XX, no se va a lograr entrar a la novedad de la Mater et Magistra, del Vaticano II y de la Doctrina Social que floreció de esa ‘sangre no cubierta’; porque la Doctrina Social de la Iglesia después de Juan XXIII no es la de antes. Salvo por cierta continuidad con la tradición, el Concilio comenzó una verdadera discontinuidad con el espíritu católico precedente en dimensiones fundamentales (la visión del mundo contemporáneo), aunque después no hayamos logrado mantenernos siempre a la altura teológica y ética alcanzada por el Concilio - “¿de qué sirve dedicarle todo este espacio a los asuntos de la Iglesia y de los papas del siglo pasado?”, me preguntaba el otro día un amigo, comentando estos artículos. “Para poder escribir esta larga introducción al artículo n°8 de la serie”, le responderé.

Pensemos en el movimiento cooperativo, como un ejemplo importante. León XIII y Pío XI en la Rerum Novarum y en la Quadragesimo Anno, no habían mencionado ni la palabra ‘cooperativa’ ni la palabra ‘cooperativismo’; en su lugar promovieron las ‘corporaciones’, por ende, la restauración y el aggiornamento del modelo económico medieval. Mientras que en el septuagésimo aniversario de aquella primera encíclica social, el papa Juan XXIII dice en la Mater et Magistra, de 1961: “Deben asegurarse y promoverse, de acuerdo con las exigencias del bien común y las posibilidades del progreso técnico, las empresas artesanas y las empresas agrícolas de dimensión familiar, y las cooperativas, las cuales pueden servir también para completar y perfeccionar las anteriores” (85).

La cooperación tenía un origen laico y socialista. En Francia, a mediados del siglo XIX, las cooperativas eran consideradas como la manera de llevar los valores de ‘libertad, igualdad, fraternidad’ a las empresas, y luego a todos los ámbitos de la vida económica (consumo, ahorro, seguros, agricultura…). En Italia estaba la figura enorme e incómoda de Giuseppe Mazzini, apóstol de su propia versión civil y anticlerical de la religión, y uno de los protagonistas de la República Romana de 1849. En su manifiesto ético y político Los deberes del hombre (1860), ya delineaba los principios institucionales que todavía hoy están en la base de la tradición y la cultura cooperativa: “Libertad de retirarse, sin perjudicar a la asociación; igualdad en los socios en la elección de administradores temporales o sujetos a revocación; admisión posterior a la fundación, indivisibilidad, perpetuidad del capital colectivo, retribución a todos por igual en las necesidades de la vida…”. A Mazzini se le debe también el amplio uso de los términos ‘fratellanza’ o ‘fraternità’ (‘hermandad’ o ‘fraternidad’: usados siempre como sinónimos) y los diversos “pactos de hermandad”. Desde finales del siglo XIX, las cooperativas fueron también alentadas por la Iglesia, pero solo “entre católicos”, bajo la guía de los pastores: “La advertencia hecha recientemente por el Santo Padre León XIII a los católicos de no afiliarse en asociaciones donde la religión no tiene ningún puesto” (Toniolo, L'avvenire della cooperazione cristiana, París, 1900).

Esta falta de entusiasmo por parte del magisterio hacia el primer cooperativismo, la encontramos en los documentos que van hasta, al menos, el fin de la segunda guerra mundial. La dificultad entre la jerarquía y la cooperación son una clara expresión de la compleja actitud que la Iglesia de la época tenía respecto a la democracia. En el Código de derecho canónico de 1917, impulsado por Pío X y promulgado por Benedicto XV, la Iglesia se definía como sociedad desigual: “Por institución divina, entre los fieles hay en la Iglesia ministros sagrados, que en el derecho se denominan también clérigos, y los demás que se llaman laicos” (Código 207), una distinción religiosa, ontológica y, por lo tanto, jerárquica. Y en el mensaje radial de la Navidad de 1944, el papa Pío XII le dedicó muchas palabras al “problema de la democracia”. El año anterior, el mismo papa, en la encíclica Mystici Corporis Christi, había afirmado que la Iglesia era “un cuerpo ordenado de manera ‘orgánica’ y ‘jerárquica’”. Hasta ese momento, cuando los papas veían la democracia de los modernos, no podían más que verla como insatisfactoria - porque la sociabilidad moderna, al menos desde Hobbes, nace precisamente del rechazo a esa visión jerárquica y organicista. La versión de la democracia que la iglesia católica aceptó (hasta cierto punto y no muy pronto) era diferente a la versión del liberalismo y del socialismo. La democracia moderna, construida sobre el principio de la igualdad entre todos los seres humanos, debía quedar integrada al principio jerárquico y a la defensa de “todas las desigualdades que proceden no del arbitrio sino de la naturaleza misma de las cosas, desigualdades de cultura, de bienes, de posición social”, para evitar “una uniformidad monocroma” (Pío XII, Radiomensaje de Navidad, 1944). Estos principios eran innegociables para la Iglesia. Solo con el Concilio, la Iglesia empezó a distinguir su propia naturaleza interna del juicio sobre la democracia de los pueblos. Quién sabe, alguien podría preguntarse si Jesús realmente hubiera querido una Iglesia como sociedad desigual y jerárquica.

En la posguerra, por lo tanto, algo cambió realmente. El papa Juan fomentaba explícitamente la creación de cooperativas y su democracia económica, sin distinguir entre las cooperativas de cristianos y las de todos: “Invitamos con paternal amor a nuestros queridísimos hijos del artesanado y del cooperativismo, esparcidos por todo el mundo, a que sientan claramente la nobilísima función social que se les ha confiado en la sociedad, ya que con su trabajo pueden despertar cada día más en todas las clases sociales el sentido de la responsabilidad y el espíritu de colaboración” (Mater et Magistra, 90). Los cooperadores son ahora llamados hijos.

Pero no se limita solo a esto. Escuchando los sabios consejos de Monseñor Pietro Pavan, sobre quien volveremos luego, se mete en terrenos participativos que, después de tantos años, mantienen intacta su profecía: “Estamos convencidos de la razón que asiste a los trabajadores en la vida de las empresas donde trabajan. No dudamos en que hay que darles una participación activa en los asuntos de la empresa donde trabajan” (91). En realidad, el contenido de la idea de empresa comunitaria de Juan XXIII no está muy lejos del viejo corporativismo católico, solo que cuando llegó el fascismo (o en Austria) había cambiado de forma y de estilo. Ya no mira hacia atrás, ahora dialoga con el mundo. Hemos llegado a las vísperas del Concilio, de su revolución teológica, social y económica, que todavía no se mostró en su pleno potencial.

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