El mundo ya no es un enemigo: el Concilio Vaticano II, una “resurrección”

El mundo ya no es un enemigo: el Concilio Vaticano II, una “resurrección”

Ánima económica/9 – El pensamiento social y económico del concilio que vio en las desigualdades un problema para afrontar y no un dato de la naturaleza

Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 08/03/2026

Pietro Pavan, uno de los teólogos más influyentes en el magisterio social de Juan XXIII, “perito conciliar” y miembro de la comisión encargada del Proemio y de algunos capítulos de la constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, escribía en 1950: “En las economías de hoy se está dando un enorme y trabajoso proceso de reordenamiento. De acuerdo a varios signos, podríamos decir que nos estamos encaminando a la instauración de un orden económico social más humano, casi que en respuesta a un anhelo cada vez más vívido en los pueblos, de una mayor justicia (El hombre en el mundo económico). El Concilio aprovechó este vivo anhelo de los pueblos y experimentó así una gran resurrección en la actitud de la iglesia católica frente a la Modernidad y sus preguntas. Un espíritu que ya encontramos en el Proemio de la Gaudium et Spes, uno de los textos más lindos y potentes de la historia de la Iglesia: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. No hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón”. Y de ahí se sigue que: “La Iglesia se siente por ello íntima y realmente solidaria con el género humano y su historia” (1). Una página estupenda, pura profecía, aire libre y puro. Entramos realmente, y al fin, en otro mundo, en otra época, y se puede sentir también por los destinatarios a los que están dirigidos los documentos del Concilio: “El Concilio Vaticano II se dirige ahora no sólo a los hijos de la Iglesia católica y a cuantos invocan a Cristo, sino a todos los hombres… Tiene pues ante sí la Iglesia al mundo, esto es, la entera familia humana” (2). El diálogo con el mundo nuevo finalmente ha empezado: “El Concilio no podría dar prueba mayor de solidaridad, respeto y amor a toda la familia humana que la de dialogar con ella acerca de todos estos problemas… Es la persona del hombre la que hay que salvar. Es la sociedad humana la que hay que renovar” (3). Se anuncia el tiempo de la sincera cooperación: “El Concilio ofrece al género humano la sincera colaboración de la Iglesia para lograr la fraternidad universal que responda a esa vocación” (4). Después de las guerras, las dictaduras y los campos de concentración, el mundo ha cambiado, y el Iglesia con él. Fue una metanoia. Por una poderosa irrupción del espíritu, aquella asamblea ecuménica se trasciende a sí misma y entiende que el mundo no era ni única ni principalmente el reino del enemigo, la casa de Satanás, sino un lugar creado por Dios y habitado por el adam, creado a su imagen. El cristiano miró al rostro del hombre de su época y reconoció su propio rostro, sus mismas bellezas y sus mismos pecados. Con esta nueva mirada se terminó la larga temporada del dualismo Iglesia-Mundo y empezó la dinámica Iglesia-Reino. Aquel dualismo está presente también en los evangelios (Juan), lo sabemos, pero nunca ha sido buena idea poner al evangelio en conflicto con el Génesis y con su visión de la creación del hombre como algo ‘muy bueno y hermoso’ (Gn 1:31): a nadie le conviene, o quizás solo le conviene al ‘diablo’, que se convierte en ‘dueño del mundo’, legítimo porque legitimado.

Ahora las cosas nuevas son vistas como cosas buenas, y leyendo el espíritu y el tono de la Rerum Novarum parece que hubieran pasado muchos siglos, y no setenta años: “por la causa de la Iglesia y por la salvación común, creemos oportuno, venerables hermanos, hacer ante la situación de los obreros lo que hemos acostumbrado, dirigiéndonos encíclicas sobre el poder político, sobre la libertad humana, sobre la cristiana constitución de los Estados y otras similares, que estimamos oportunas para refutar los sofismas de algunas opiniones” (1). El Concilio ya no escribe para ‘refutar sofismas’ sino para cooperar sinceramente con la humanidad, a la que ve con una mirada positiva y alentadora. Las cumbres teológicas, antropológicas y sociales alcanzadas por el Concilio todavía no fueron superadas: “He ahí que estalla una nueva resurrección histórica del Cristo Místico: el Concilio Vaticano II y el papa Roncalli, resurrección aún inconclusa” (Pietro Pavan, Chiesa fermento, 1987).

Cambia también de manera radical la actitud frente a las desigualdades entre los hombres, que ahora se extiende a la desigualdad entre los pueblos. En la Sertum Laetitiae de Pío XII, de 1939, aún se leía: “Las memorias de todas las épocas son testimonio de que siempre hubo ricos y pobres; y la inflexible condición de las cosas humanas hace prever que así siempre será. Dignos de honor son los pobres que temen a Dios, porque de ellos es el reino de los cielos y porque en ellos abundan fácilmente las gracias espirituales. Luego los ricos, si son rectos y probos, desempeñan la función de dispensadores y procuradores de los dones terrenales de Dios. En calidad de ministros de la Providencia, ellos ayudan a los indigentes, de quienes a menudo reciben los dones relativos al espíritu y la mano que los llevará a los tabernáculos eternos”. En la Gaudium et spes todo cambia radicalmente: “Las naciones en vía de desarrollo desean participar en los bienes de la civilización moderna, no sólo en el plano político, sino también en el orden económico. Los pueblos hambrientos interpelan a los pueblos opulentos. La mujer reclama, allí donde todavía no lo ha logrado, la igualdad de hecho y de derecho con el hombre. Los trabajadores y los agricultores no sólo quieren ganarse lo necesario para la vida, sino que quieren también desarrollar sus dotes personales por medio del trabajo y participar activamente en la ordenación de la vida económica, social, política y cultural” (9). Los tiempos realmente cambiaron. Ya no se parte del dato de la existencia de las desigualdades para decir que ‘siempre será así’, ni de considerar a los ricos como ‘ministros de la Providencia’ sin discutir sus riquezas y la pobreza de los otros. No se llama ‘beatos’ a los pobres dejándolos pobres, asistidos por ricos probos, sino que se afirma que los pobres, individuos y pueblos, quieren y deben cambiar su condición, reducir las ‘brechas’: “Los pueblos están convencidos de que los beneficios de la civilización pueden y deben extenderse realmente a todas las naciones. Bajo todas estas reivindicaciones se oculta una aspiración más profunda y más universal” (9).

El elemento teológico y cultural importante que le faltaba al magisterio social pre-conciliar era la conciencia de que las desigualdades no son todas iguales, y que algunas pueden reducirse por la voluntad política de los pueblos. Entre las desigualdades reducibles están las económicas y las educativas, que si en efecto se reducen, también se reducen muchas otras. Si una familia pobre vive en un país donde se creó la escuela pública obligatoria, gratuita y univeral, en la generación siguiente se reducirán no solo las desigualdades económicas sino también las desigualdades educativas, sociales, de talentos, de inteligencia, como nos enseña la historia de los pueblos. Mi padre era ferroviario municipal y mi madre ama de casa, gracias a la escuela pública italiana yo soy profesor universitario.

Sin entrar en el debate acerca de si el Concilio Vaticano II debe der leído con una “hermenéutica de la reforma en la continuidad” o con una “hermenéutica de la discontinuidad” (Benedicto XVI, 2005), lo cierto es que se trató de una reforma y no de una discontinuidad, fue una reforma de un enorme alcance, al punto de que puede equipararse a una revolución, al menos en cuanto a la actitud frente a las preguntas del hombre moderno, de los pueblos y de los pobres. Por eso, en la lectura de la evolución de la Doctrina Social de la Iglesia, la categoría de discontinuidad ayuda poco y confunde. Las desigualdades, que están en el centro de todo discurso de ética social, ahora son criticadas, invitando a todos, iglesia y mundo, a reducirlas. Lo podemos leer en la encíclica Populorum Progressio de Pablo VI, que es la continuación de la Gaudium et spes: “Las diferencias económicas, sociales y culturales demasiado grandes entre los pueblos provocan tensiones y discordias, y ponen a la paz en peligro” (1967, 76). Y para actuar en esta lucha contra las desigualdades, Pablo VI se dirige, una vez más, a todos: “Católicos, cristianos, todos los hombres de buena voluntad” (85), porque, “si el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, ¿quién no querría cooperar con todas sus fuerzas? Sí, os invitamos a todos para que respondáis a nuestro grito de angustia” (87). Un tiempo profético inédito y extraordinario, que todavía nos llama. La tierra vislumbrada por el Concilio es una tierra del no-todavía. Porque después de aquel tiempo, ni el mundo ni la Iglesia estuvieron siempre a la altura de las grandes y proféticas promesas de igualdad, libertad y fraternidad anunciadas y vividas en los años sesenta. Las desigualdades aumentaron de nuevo, y últimamente, con las nuevas ideologías (liderazgo y meritocracia), se dice que la desigualdad no es ni siquiera un problema.

Esta resurrección de la Iglesia y de su pensamiento involucró también a algunos intelectuales católicos. El padre Gemelli, que había sido uno de los principales exponentes de la restauración del orden medieval (su programa era “Somos medievalistas”), luego de la guerra y del fascismo escribió unas palabras que ya contenían cierto eco de resurrección: “Frente al colapso y la disgregación de un mundo en ruinas… más que rehacer, restaurar y reconstruir las instituciones y el orden del pasado, se percibe la necesidad de construir desde cero, de discutir nuevas vías y de encaminarse firmemente hacia metas que impidan que se repitan los trágicos errores” (‘Prefacio’ de La vita sociale nei documenti pontifici, dirigido por Pietro Pavan, Vita e Pensiero, 1945, p. vi). Y Amintore Fanfani, también integrante del mismo programa de Gemelli y de la Universidad Católica de Milán durante los veinte años fascistas, en la conmemoración de Giuseppe Toniolo, hace propia la crítica que Alcide De Gasperi había expresado contra la posición medievalista de Toniolo, una actitud de restauración que “llevó a Toniolo a no apreciar lo suficiente la transformación del Estado moderno” (Giuseppe Toniolo maestro, ‘Studium’, 1949, p. 170).

En torno al Concilio, la iglesia católica moderna vivió quizás su época más hermosa y fecunda. Nacieron grandes movimientos de masas y comenzó un protagonismo de laicos, mujeres y jóvenes que cambió radicalmente el rostro de la Iglesia. Surgieron iniciativas, instituciones y movimientos para encarnar y desarrollar las profecías sociales y económicas del Concilio y de la Popolurum Progessio. Son los años de la Teología de la liberación, de los obispos Hélder Câmara y Óscar Romero, de las Comunidades Eclesiales de Base, de Paulo Freire y la pedagogía del oprimido, de los curas obreros, de la CELAM y de la Opción preferencial por los pobres. En Italia, son los años de Barbiana, del padre Balducci y de La Pira. El espíritu del Concilio se convirtió inmediatamente en el espíritu diferente de una nueva economía, que cuestionaba el capitalismo y, por lo tanto, las desigualdades. Fue una nueva ‘era axial’ de carismas sociales y económicos, que el papa Francisco ha querido continuar añadiendo el eje medioambiental. Porque cuando se empieza a resurgir, nunca hay que detenerse.

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